Italiano para papeleras

Yo entonces no dimensionaba. Entré en la Escuela de Idiomas despreocupada sin saber de lo solemne del asunto. La secretaria me ofreció dos sobres de matrícula para elegir: “¿Alemán o Italiano?” El idioma entonces era lo de menos; yo solo quería hacer algo que no fuera útil, que me distrajera, ¡ey!, a lo mejor hasta ligaba y limpiaba la mancha de mora. Allí pasé seis años indimenticabili.

Conforme iba aprendiendo la lengua, viajaba a Italia para chequear los progresos dal vivo: fui a Siena a dar unas clases ¡con el presente de indicativo!; me perdí pedaleando la Toscana por no tener claro destra-sinistra-dietro-davanti; hice mi ascolto más emocionante en misa de Reyes, en San Marcos, en Venecia; y ya, con subjuntivos, alquilé mi propia macchina para viajar por Cinque Terre y hasta cabrearme por las multas —cazzo— de aparcamiento.

Siendo papelera, las clases se complicaron, los viajes. A cambio, llegó una tiendita pequeña y bonita, y la llamé bimba, porque es eso, una niña de papel a la que le gustan los cuadernos, las ilustraciones, los rotus, el papel, sobre todo si es italiano.

Correos electrónicos, hace unos días:

  • In English:Hola! Soy la propietaria de un pequeño estudio de diseño, hacemos cuadernos, postales y papel ilustrado, vivimos en el norte de Italia y he encontrado Atentamente navegando por la red. Me gustaría mostrarte nuestro catálogo, por si te interesa.
  • In italiano: Hola! Muchas gracias por pensar en Atentamente. Vuestros productos son verdaderamente maravillosos. ¿Me puedes enviar el catálogo y condiciones de venta?
  • Ma chè bello che parli l’italiano così bene!

No tenía remota idea cuando elegía idioma en la escuela; no lo sabía cada vez que usaba el presente de indicativo en Siena; ni intuía nada de nada escuchando el órgano de San Marcos con los ojos cerrados… Pero ahora lo veo todo claro y precioso: lo que hacía aquel día era matricularme en italiano. Para papeleras.

 

 

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El premio de los atentos

Recuerdo un verano que llegué a Viena en bici. Me despisté un rato de la cuadrilla con la que pedaleaba y acabé en una calle de acera estrecha y trazado curvo y luz preciosa: me encantó estar perdida tan de mañana, tan de verano, tan de vacaciones. En mitad de esta calle ondulante había una librería de viejo, entré y compré un grabadito antiguo de la catedral de San Esteban. Guardé con sumo cuidado aquel tesoro en mis alforjas. Me da mucha alegría recordar ese encuentro azaroso cada vez que miro el grabado, enmarcadito ahora en el salón de mi hogar.

La serendipia es el premio de los curiosos, de los atentos, como esta pareja que primero se asoma al escaparate, y luego, entra en Atentamente. Ella lleva una melenita blanca preciosa —al verla, anoto: paso de volver a teñirme las canas del emprendimiento—; él, guapo, rostro fino, surcado de arrugas y de vida. Mapa en mano. Ropa cómoda. Gestos amables. Guiris.

  • ¿Puedo ayudarles?
  • ¿Estamos mirándonos?, duda ella.

Recorren la tiendita con pausa, él marca el compás de la música, ella reconoce washis, pegatinas y troqueles, se enseñan mutuamente, look this!, las ilustraciones, los estuches-pez, el calendario de mapas. Ya para marcharse, les pregunto de dónde son: son de Michigan, muy cerca de Canadá, viven junto a un lago que está helado de noviembre a mayo—de ahí su piel fina, anoto—. Me piden sugerencias de locales donde haya jam session. Me están cayendo tan bien que anoto cerrar la tiendita y marcharme con ellos, pero tacho en seguida: no es verano, no es vacación, tengo por delante tareas propias de papelera.

Con un cálido apretón de manos, se despide agradecida la pareja de Michigan. Con carita de “qué suerte la mía” me quedo yo también. Y agradezco la serendipia de los atentos, que nos premia con encuentros azarosos, efímeros, sutiles, irrepetibles, que quizás no vuelvan… pero que ya están guardados, son tesoros, en la alforja.

Que te pasen cosas volcánicas

Hace cinco veranos, subí al Kilimanjaro.

  • Esto lo has contado hasta la aburrición.

Y lo seguiré contando tantas veces como pueda: ascender hasta el cielo de África me confirmó la mujer terquísima que soy, y las cosas maravillosas que esto desencadena. Allí trinqué una piedrita, que llevo siempre en mi bolso, y me recuerda que soy capaz de hacer cosas volcánicas: subir el Kili, correr medias maratones, defender una tesis, abrir una tiendita de papel.

Viene Á. a Atentamente, y me cuenta que ella y su familia pasarán las vacaciones en Tanzania. Compra unos cuadernos para que los grandes y los bambinos escriban algo cada día, ya tienen puestas las vacunas, están muy ilusionados.

Á. me recuerda que en frente del hotel de Moshi había unos arrozales. Fuimos a visitarlos una tarde; de fondo, se escuchaban los rezos de la mezquita. Esos arrozales se cultivan gracias a las aguas subterráneas que bajan del Kilimanjaro y que emergen, de nuevo, a hidratar su crecimiento. Tomé mucha nota de la digna elegancia con que caminaban las mujeres sobre aquellos caminos de cemento.

Regreso cuando Á. me pregunta por un boli que escriba bien, y le recomiendo el de los bigotes. Le gusta. Pienso si lo llevará en su mochila para anotar palabras en suajili. Y me vuelvo: una mañana, el camarero del hotel se presenta con un folio, al que le faltaba, no sé, el tamaño que ocupa una postal. “Toma, te he escrito un diccionario suajili-inglés.” Conservo aquel tesoro, y gracias a él aprendí los números hasta el 60 (¡!), y a decir las cosas importantes: Asante/thank you, Karibu/wellcome, Mimi/I, Wewe/you.

Se marcha A. en bici. Le deseo que disfrute su viaje, que le pasen cosas volcánicas, y que las escriba, en su cuaderno… y en su corazón.

 

Viaje al país de la bimba

Estamos las dos dando palmitas: la bimba, porque ella vino de allí, y de allí se trajo la belleza de su papel. Y la papelera, porque vuelve a viajar después de meses de trabajo trabajoso. Y aunque todos sabemos que emprender es bonito, una se cansa, lo voy a decir otra vez, ¡se cansa! Así que, recuento las ganancias del emprendimiento, y me da para pasar un montón de días —3—, en el país de la bimba.

Pero mientras, voy a dejar listos algunos pedidos. Necesito reponer bolis y cuadernos, y saber si ya disponen de agendas para septiembre, que la gente empieza a preguntar si… si por aquí se sube a San Miniato al Monte.

Y me da agobiera responder que todavía no las he recibido, pero que en cuestión de semanas estarán en la tiendita, y que merecerá la pena… ver la puesta de sol desde Ponte Santa Trinita.

Abro el correo electrónico. Redactar. Apreciada proveedora: espero que estés muy bien. Ya sé que estamos en junio, pero tengo clientes que preguntan y hacen cola para… para entrar en la Galleria degli Uffizzi.

Me gustaría que me enviaras 6 agendas de cada modelo, y si vemos que se venden bien, te vuelvo a pedir que… que me indiques algún sitio bonito para cenar en la Piazza del Santo Spirito.

También quería que me enviaras bolis de erizos. Son tan bonitos, escriben tan bien, que… que me los llevaré seguro para escribir una postal a la corriente atenta, mientras bebo un capucino.

Quedo a la espera de la proforma. Te envío un saludo atento. ¡Ah! Si puedes, avisa por favor a la agencia de transportes, para que repartan el pedido a mediados de la semana que viene porque… porque voy a estar fuera unos días. Vuelvo al país de la bimba. Cordiali saluti.

 

Principessa

Entra una princesa. No es una exageración de papelera: es una mujer, y va tocada con una corona, así que: entra una princesa.

  • ¿Puedo mirar?
  • Pues claro —alteza, leo por los subtítulos de por dentro de la cabeza—.

Comienza a pasear la princesa, con su coronita en la cabeza, su cámara entre las manos, los ojos muy abiertos, una sonrisa espléndida. Me gusta que mire Atentamente, precisamente así, y sigo a mis cosas de papelera.

Entra ahora un chico, se dirige a la princesa, se besan levemente, se engarzan por el índice. Ah, no lo había reconocido: es el príncipe. Como no lleva corona…

Parece que a la princesa le gustan los sellos de madera, también las tintas, le explico cómo se usan, cómo limpiarlos. Se decide por la tinta textil roja y el abecedario de las minúsculas. El príncipe anuncia que se lo compra, y cuando va a pagar, dice la princesa mirando el ordenador:

  • Sono dodici…
  • … e quaranta, me oigo completar de forma espontánea.

¡Es una principessa! Agradece que hable su lengua, y me cuenta que están de vacaciones, que hoy es su cumpleaños —por eso la corona— y que, al ver el escaparate petaloso, han decidido entrar.

A punto de marcharse, descubre las postales atentas:

  • Sono bellissime!
  • Certo.
  • Posso darti una cartolina?

Y la princesa saca de su bolso un montón de postales, impresas con las fotos —por eso la cámara—  que ella hace. Escojo una en blanco y negro: un salón vacío, con columnas, inundado de agua, parece un aljibe, o unos baños turcos, es inquietante, evocadora, es superbonita. “Son los baños de la princesa, en Sri Lanka”, me explica. “Cómo no”, pienso yo.

Viajar. Cumplir años. Pasear las calles con corona de plástico. Buscar un dedo índice. Encontrarlo. Visitar papelerías. Hacer fotos. Regalar postales… Soy muy feliz siendo papelera, pero a veces, solo a veces… quién fuera principessa.

La suerte del guiri

Pone en el feisbuk de la tienda —¿o es en el tuiter, ¿o en los flyers?, luego lo miro—: “Atentamente es una tienda de papel soñada en viajes.” Y sí. La bimba se sueña mucho en papelerías francesas, en cartolerías italianas, por callejuelas vienesas, en viajes lentos, ligeros, la mayoría en solitario. Qué bien se está de guiri, turuteando por las calles, pasando de los mapas —que están mal hechos, como sabemos todo el mundo… todo el mundo que no los entendemos—, dejando que el azar te guíe, descubriendo lugares maravillosos, que parece que estaban siempre ahí, no haciendo otra cosa que esperarte.

“Qué suerte ser guiri”, pienso, cuando los veo llegar a la tiendita de papel. A todos los trae la serendipia, el hallazgo estrictamente azaroso, porque Atentamente no figura en guías ni mapas, e incluso algunos autóctonos se aturullan para localizarla.

En cambio, desde la Patagonia sabe llegar un viajero argentino, que está unos días por acá, la tienda se cruza a su paso, y desea llevar algunos regalos a su chica. O una señora, grandíííísima como toda Minnesota, que se pega al escaparate y decide entrar: “Busco cosas para mis nietos. Son 4 y 7 años. Y estudian español.” O una joven japonesa, que suspira por todos los rincones de la tienda. K. y J. descubren Atentamente durante los meses que aprenden español, y la víspera de regresar a América, vienen, tristes, a despedirse: “No hay una tienda como esta en nuestro país.”

También son americanas las dos chicas que entran, despistadas, curiosas, felices de ser guiris:

– Si necesitáis ayuda…

– ¿Sorry?

– ¿Can I help you?

– Oh, grasias. Es que hablamos pequeño español.

Qué suerte ser guiri, hacer tu propio mapa, ser tu propio guía, viajar despacio, viajar atento, perderse y dejarse encontrar por lugares tesoro, lugares atentos… lugares de papel.

Volver pronto

Viene N. desde Parma, para dar abrazos de oso, llevarse un cuaderno pirata… y dejarme tremenda nostalgia italiana. Paseamos por la tienda, le muestro los papeles Tassotti –”¿Son de Bassano del Grappa? Pues si quieres visitar questa dita, ya sabes dónde tienes casa”-… Y me ahogo en tantissima nostalgia. Lo nota y me da otro abrazo de oso: “Volveré pronto.” Justo lo que yo quiero. Volver pronto. A Italia.

Porque Atentamente, antes de nacer, se sueña en viajes. En Francia, desde luego, frente aquella exquisita papelerie, belle, utile et inventive, de la Bretaña. Y, sobre todo, la tiendita de papel se fantasea en Italia. Fue durante el verano en el que casi nos derretimos dando pedales bajo el ferragosto toscano. Echamos pie a tierra en Florencia, y pasamos del Palazzo Pitti, la Piazza della Signoria y la Galleria degli Uffizi: solo queríamos birras Moretti. Junto al Ponte Vecchio estaba Signum, mi cartoleria soñada. Como no me la podía llevar, quise al menos comprar unas láminas. Como iba con alforjas de bici, puse al David de Michelangelo por testigo de que volvería a Florencia a por ellas.

Y volví.

Hace un año regresaba para subir la artrítica torre Garisenda de Bolonia, pedirle unos cuantos imposibles al santo Antonio de Padua, ser luthier tras salir del Museo Stradivari en Cremona, cenar con N. -abrazo de oso- en Parma… y desviarme hasta Florencia a por ¡mis! láminas: una vespa, una lambretta, una bici, il ponte vecchio, la cúpula del Duomo. Conté todo el rollo a mi homóloga italiana -“Es que yo ya estuve aquí, signora, pero en bici, mal”-, y se puso tan contenta como cuando yo vendo washi tape a palas.

Nostalgia italiana… Cómo no tenerla: si hasta quise que Atentamente se llamara cartoleria-atelier. Me encantaba ese flirteo de lenguas, pero era demasiada explicación para ser un buen nombre. A cambio, le digo cariñosamente bimba de papel, pues lo es: una niña pequeña y bonita que está aprendiendo a hablar: uno, due, tre

Qué tremenda nostalgia. Y ahora viene Vila-Matas a arreglarlo: “La hermosa Italia, al igual que la persona amada, está siempre más lejos, en otro lado.”

Quizás no conviene ambicionar: ya estuve en Italia, tuve cerca a la persona amada. Pero, a veces, solo a veces, las extraño. Es entonces que pienso que ya ha de quedar menos. Para volver pronto. A verlas.