Decido gandulear

Tomé la decisión de inventar Atentamente con sorprendente facilidad: yo quería una papelería de las que encontraba en mis viajes, de las de pegar nariz en el escaparate, una tiendita de papel que oliera, que sonara, que emocionara. Se lo conté a mi familia, se lo conté a la cámara de comercio, al ayuntamiento, al Inem

  • Se dice SEPE.
  • Lo que sea.

y me puse a emprender que es bonito con la clarividencia y la resolución

  • y la pedantería

de que eso era exactamente lo que quería hacer. La convicción, tres años después, sigue intacta.

En cambio, cuando se trata de decisiones cotidianas, me aturullo enormemente: ¿las pegatinas nuevas de zorritos, aquí o allí? ¿Pastas o cruasanes para el taller? ¿Dejo esta araña campando por la tiendita o la extermino?  Y algo que me cuesta muchísimo es dar vacaciones a la servilleta.

  • Hombre, pos claro, un blog con miles de seguidores, de lectura obligada, que mueve conciencias, mejor que Míster Wonderful y Paulo Coelho juntos, normal que te cueste.

Yo sé que no se abre un cráter en el planeta papel si en verano no escribo servilletas, y sé que la corriente atenta no sólo lo entiende, sino que se alegra por que me permita parar, descansar, gandulear. Gandulear, sí, nada del rollo de “Queridos followers: voy a dedicar las vacaciones a buscar inspiración para volver con más fuerza.” Ya pasamos todo el año aprovechando el tiempo. No pasa nada por perderlo en verano.

Así que, como los bambinos de los colegios, las aprendices en el atelier, los distribuidores de plumillas y pegatinas, la servilleta también se toma vacación.

  • Vete en paz, y que la Macarena te guíe.
  • A lo mejor escribo algunita por sorpresa.
  • ¿Pero no ibas a gandulear?
  • Vale, adiós.

 

 

 

 

Que sepa pintar

“Buenas tardes: quería saber si tienen cuadernos para acuarelas tamaño A3.”

” Buenas tardes: no los tenemos pero los pedimos de inmediato, y en cuanto lleguen, le avisamos.”

¡Un mes! después:

“Apreciada L.: disculpa la demora. Por fin han llegado los cuadernos de acuarelas, por si aún sigues interesada.”

“No tenía ninguna prisa. Muchas gracias por la gestión. Me paso pronto por Atentamente.”

Así conocí a L., una mujer talentosa, inquieta, divertida, superamiga. Una vez, sus amigas le regalaron un taller sorpresa, y pasaron la tarde en el atelier, pintando bolsas de tela y riendo sin parar. Ella reprodujo la ilustración que le inspiró un libro de Paul Auster. A los pocos días se presenta en la tiendita: “Para ti, para darte las gracias.” Su Trilogía de Nueva York embellece la pared del atelier.

Este verano quiero cerrar unos días por vacaciones, bajar la persiana, viajar a un sitio que huela a mar. Unos días antes, aparece L.:

  • ¿No te vas de vacaciones?
  • Sí, quiero ir a un sitio que hue…
  • ¿Y vas a cerrar?
  • Pues sí.
  • ¿Y si me quedo yo?

Delante del ventilador, medito: es verdad que agosto es un mes tranquilo, pero hay gente que regresa a la ciudad, turistas que la visitan justo estos días, y si encuentran la tiendita cerrada, se llevan un leve chasco. Además, puede ser un buen entreno para ella, para familiarizarse con troqueladoras, washis y cuadernos, los productos que llevan código de barras y los que no, el pago con tarjeta, el confeti para los regalos… Y si las dos estamos contentas, podemos repetir más adelante. Además, hace mucho que no mecagoentodo me incomodo con la burocracia, y seguro que el alta en la seguridad social y la redacción del contrato me inspira muchas servilletas.

Decido preguntar a la bimba:

  • Bimba, ¿quieres que L. sea tu baby sitter?
  • ¿Y eso qué es?
  • Pues te cuida, juega contigo…
  • ¿Y sabe pintar?
  • Pinta bichitos y soldaditos.
  • ¿Y cuándo viene? ¿Viene ya?

 

 

 

En ocasiones veo M.

  • Es un espectáculo atroz que no desearía ni al vigilante más chungo de la zona azul. Es terrible, es de mucho espantar: es el asunto de las moscas. De ahora en adelante diré secretamente M. para que no noten que escribo sobre ellas, porque además de legión, son muy hijasdeputa irritables. Entra una M. como por descuido, me pasa por la oreja  —ffss, ffss— y se marcha. Pero no es un vuelo fortuito: es un una estudiada ronda de reconocimiento. Al rato, aparecen 200 M.  —fffffsssss—, y empiezan a dar vueltas-vueltas-vueltas a la lámpara de globos. Se muerden, se enganchan por el pico que tengan las moscas, se desprecian. ¿Pero y estas macarras, en el templo del buenrrollo, de qué van?  Voy al atelier en busca del Bloom, y fumigo a tope. Entra una señora y alaba el ambientador. Se me pone la carita de los dientes del wasap pensando si será una M. mutante, me muerde el cuello, y fin de la historia atenta. Por la tarde, espectáculo dantesco, veo M. everywhere: bajo la lámpara de globos, en el escritorio, ¡sobre los papeles de scrap! Barro con energía el cementerio, chorreo otra vez con Bloom… y ffss, cchhqqtt, ffss, cchhqqtt, unas cuantas M. se dan choquetones contra el cristal del escaparate, y al rato, cadáver. Y yo intento respirar largo, lento y profundo, pienso que no es un bicho sino la hermana M., y seguro que en el Protocolo de Kioto les dedicaron un epígrafe de lo buenísimas que son. Lo que sea: no quiero moscas en la tiendita. Me vuelven (más) chorlita, y en lugar de hacer cosas de papelera, me paso el día cazándolas, y…
  • Y si escribes cosas de moscas…
  • ¡¡¡Se dice M.!!!
  • … es que necesitas urgentemente descansar. Tómate unas vacaciones de servilleta.
  • No puedo.
  • Sí puedes.
  • Puedo escribir alguna suelta en verano.
  • Tú, gandulea, y ya vas viendo.
  • Vale, voz de la conciencia de las papeleras.

Vacaciones en el país de la bimba

Como cada mañana, la nonna Marta se encarga de preparar el desayuno. “Aquí está la fruta, aquí, el queso, el jamón, el pan… ¿Tomará café, signorina?”, pregunta la nonna, paladeando cada palabra. “¡Ah, la focaccia! Se ha terminado. Arrivo súbito.” Pero entonces, aparecen unos nuevos clientes para desayunar, y comienza la letanía una vez más: “Aquí está la fruta, aquí…”

Ya me lo advierte Ana, su nuera, el día que llego a la casa rural: “La abuela te lo explicará todo. Todo-todo.” Y así es. Mientras prepara ceremoniosamente el capuccino, la nonna me describe el sendero que une Levanto con Bonassola, me aconseja tomar un barco para llegar a Santa Margherita Ligure por mar, me anima a visitar las bodegas de vermentino, a no perderme el festival de música napolitana que hay en la Piazza Maggiore…

Yo la escucho embelesada, esa señora tan mayor y tan despistada y tan resuelta y tan hermosa. Si supiera que elegí Cinque Terre como lugar de vacaciones porque salía en una lección del libro de italiano…

“Però Cinque Terre è veramente affascinante”, asegura la nonna Marta, capuccino eternamente en mano, mientras marcha al encuentro de mapas y folletos que refuercen sus palabras. Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola, Riomaggiore. Cinco tierras donde las casas, las viñas, los limoneros y el tren se ahorman a un territorio retorcido y apretado, de cepas plantadas en empinadísimas terrazas, hilvanadas con una malla similar a la que usan, justo en frente, para faenar: allá, los regalos del mar; acá, los de la vid.

Cazo mi café y le prometo que iré a Cinque Terre, pero que hoy solo quiero desayunar, y escribir postales frente al mar.

Al poco, llega una pareja con su bebé. “Buon giorno, signori. Aquí está la fruta, aquí…” Al reparar en el bebito, la nonna aparca de nuevo la retahíla:

  • E come si chiama?
  • Giulia.
  • È una bimba!!!

Y entonces, me derrito al escuchar la palabra mágica, y es cuando  que van a ser las vacaciones perfectas, estoy en el país de la bimba, de la bimba de papel.

Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Everything reminds me on you

Apago las luces, meto el boj y el carrito de aromáticas, bajo la persiana, coloco el cartel de “Cerrado por vacaciones”, ¿¿beso la persiana?? Besar una persiana metálica es síntoma de:

1. Estar muy chalada.

2. Ser una cursi.

3. Precisar urgentemente unas vacaciones.

4. Las tres son correctas.

La 4.

Antes de Atentamente, las vacaciones eran con bici y alforjas, con mochila y crampones, eminentemente potrosas. Tras la llegada de la tienda de papel, las vacaciones pretenden una sola cosa: dormir. Bueno dos: dormir y comer ensaimadas, que para eso viajo a la isla de las ensaimadas bonitas.

El caso es que -entre bostezo y bocado- pienso en la tiendita todo el tiempo: si tendrá frío, si dormirá bien, si estará jugueteando con los cascabeles de las bolsas de navidad…

Me pasa, además, que todo me recuerda a Atentamente. Visito una exposición dedicada a Joaquín Sorolla. Miro mucho rato los pigmentos azules con los que teñía su mar -azul de montaña, azul cobalto, azul ultramar, azul de Prusia…- y me recuerdan las tintas de los colores de las flores.

Aprecio la Almudaina, la Catedral, la Lonja, los Baños Árabes. En Ca Na Cati meriendo café y, of course, ensaimada. Correteo las calles estrechas, y llego a La Pajarita, una tienda de ultramarinos exquisitos. Me importa menos que fuera la primera que vendiera Möet Chandon en la isla. Me importa mucho su parecido… a las pajaritas de papel japonés que revolotean en las estantería.

Como he dormido montones, recupero el lujo de leer varias horas seguidas -y no varios minutos seguidos, como los últimos meses-. Es un libro maravilloso de Juan Marsé, que M. me regala por navidad. Quiero agradecérselo leyéndolo en la playa, pisando arena, abrigada por el sol. Y lo termino… fantaseando con dedicar un taller a la Señora Pauli, y a sus Noticias felices en aviones de papel.

Estoy tan feliz, por que sea enero y esté en la playa… Y también porque todo lo que veo, todo lo que leo… me recuerda, atentamente, a la bimba de papel.