Herencias

Yo nunca había tenido un negocio. Ni conocí a mi abuelo Sergio. Pero de él debo de haber heredado una habilidad natural para lo precioso. Mi abuelo tenía una tienda de tejidos, en un lugar de la Mancha. Él solito se ocupaba de buscar proveedores, colocar las piezas, manejarse con los paños de doble ancho, medir metros de tiras bordadas, llevar las cuentas, y atender exquisitamente a cada persona que entraba en su tiendecica. Una vez, sería verano, hizo para sus clientas unos paipáis de papel, como cortesía. Lo imagino acodado en el mostrador, apremiado por facturas, las penurias, el calor, pero sonriendo generosamente cada vez que se abría la puerta:

  • Buenas tardes, Nati.
  • Nos dé Dios, Sergio. Busco tela para coserme un vestido. Algo sencillico.
  • Claro. Pues precisamente acaba de llegarme de Barcelona una franela muy buena. Se la enseño.

Invoco a mi abuelo mientras hablo con la corriente atenta: vienen a la tiendita hipnotizadas por las cosas bonitas que comparto en las redes sociales, con ganas de comprar, y también de conversar. Y yo, que también tengo pedidos que hacer, correos que responder, llamadas por contestar —”¿Es MRW“?, lo dejo todo para disfrutar de Atentamente como si yo misma fuera clienta:

  • ¿Dónde tienes las cosas nuevas de Italia?
  • Mira, ¡mira! Son pliegos ilustrados, son postales con faros, cuadernos para mirar las estrellas.
  • ¡¿Pero y cómo aguantas tanta maravilla?!
  • Ya. Llevo toda la semana con dolor de barriga, como cuando te enamoras. Mira este papel. Se llama Pietro vuole volare.
  • ¡Ohhhh!

Se marchan los atentos, dichosos con sus joyas de papel. Que me recuerdan al paipai:

  • Tenga, Nati, una cortesía.
  • ¿Un abanico de papel?
  • Y da muy buen aire.

Abuela Nati lo guardó entre sus joyas. También mi madre. Y yo fui suertuda heredando de abuelo su gusto por lo precioso. Ojalá herede también su paipai de papel.

Y escribo

  • Ah, y me gusta mucho leer La Servilleta.
Así se despide una cliente atenta. Me suena mejor que la mejor canción de Love of Lesbian. La corriente atenta también es maravillosa porque te comunica generosamente aquello que le gusta.
Se marcha, abro el putowordpress procesador de textos, me pongo a Santi en la oreja, para que me susurre, y escribo.
Es mediodía, no me gusta quedarme a comer porque acabo muy cansadita, la bimba echa la siesta, el boj se moja bajo la lluvia, que sale a bienvenir a la primavera, escribo.
Con la cabeza llena de ocupaciones, también de alguna preocupación, Santi dice que matará monstruos por mí, respiro largo, profundo, perfecciono la postura de la espalda, escribo.
Al parecer, el dolor de espalda causa un punto gatillo en el brazo, que hace que sienta hormiguitas en la mano, y llega hasta el dedo pequeño del pie, hinchado como un pimiento de Socuéllamos. ¿Y si me descalzo? Y escribo.
No sé bien qué haré en Semana Santa, si abrir el sábado como los negocios decentes, o pegar un cartel en la persiana: “La papelera se ha ido a tierra santa.” Echo tanto de menos a los rubios. Y escribo.
Valoro el portento de emprender sola, de hacer malabarismos para gestionar, para comunicar, y Santi me explica que soy una niña imantada, y lo escribo, lo escribo, y lo requeteescribo.
Imantadas están en las paredes las risas de los talleres, también sus silencios concentrados, los suspiros al descubrir las cosas bonitas en la tienda, todos los comentarios sinceros, generosos, escritos con cuidado, pronunciados con afecto. Es el premio del funambulismo. Lo escribo.
Es hora de abrir. Despierto dulcemente a la bimba. Enciendo las luces, la música, casi nunca suena Santi porque no quiero cansinear con mis idolatrías, pero hoy lo pongo, otro premio. Miro los abedules, blanquísimos por la lluvia, las flores rosas de los ciruelos japoneses, el boj… Pienso si hoy alguien entrará por primera vez a la tiendita de papel, espero que le guste. Y Santi dice que será un reencuentro inolvidable en noche azul. Y escribo.

Lo atento que yo más quería

Yo creo que sonreirá. Sonreirá con solo ver la bolsa de Atentamente en sus zapatos, porque adivinará que es el libro de colorear que había pedido, un librote balsámico, para pasar las tardes de invierno sacando punta a sus lápices acuarelables, coloreando bosques encantados.

  • ¿Y si no le gusta, lo puede cambiar?
  • Claro… Pero le va a chiflar.

Cómo me gustaría ver la cara que pondrá cuando deshaga el lazo, abra la cajita de cartón, retire el confeti y, por fin, descubra los pendientes de pajarita de sugus. Azules, los que más quería. Cómo me gustaría verla, poniéndoselos delicadamente, tan leves, cosquilleándole la oreja.

  • ¿Y si los prefiere en otro color?
  • Los puede cambiar sin problema. Pero vas a triunfar.

Qué felicidad cuando abra la bolsa, retire el papel de seda, y aparezcan ¡un montón! de papeles de scrap, varios washitapes, un par de cordeles, pegatinas, sellos de silicona, tintas… Seguro que le mira fascinada, y luego, se lo come a besos.

  • Es que mi chica tiene mogollón de todo esto. Si repito algo, ¿lo puede cambiar?
  • Claro que sí.
  • Si sé que tenéis lo del Bono Atento, pero prefería elegirlo yo.
  • Y seguro que aciertas. —Se lo come a besos fijo—

Envolver para regalo. Parece un gesto mecánico: quitar precio, cubrir de papel de seda, elegir la bolsa, cerrar con washi… Total, dirán algunos tristes, si lo van a romper. Y qué va. En cada regalo sonrío mucho a quien compra, fantaseo con quien lo recibe, deseo que esos lazos y ese papel envuelvan algo muy soñado.

Tras las fiestas,  vuelve la tiendita a la normalidad. Viene una clienta. Se lleva una ilustración. Pregunta:

  • Hoy estarás con devoluciones, ¿no?
  • Pues no.
  • ¿Y eso?
  • Pues no sé… Será que todo el mundo ha recibido lo atento que más quería.

 

 

 

Cosas que abrigan

El papel es una cosa.

Viniendo de una papelera, no parece la manera más convincente de explicar lo que trato de vender. Porque es verdad que el papel no es persona ni es animal; el papel es una cosa: pero se trata de una cosa emocional. Cuando queremos decir algo importante, buscamos la tarjeta adecuada; los regalos que más nos emocionan son los garabatos que pintan nuestros críos en un folio; si viajamos atentamente, guardamos el mapa manoseado, las entradas de los museos, los billetes del tren, una servilleta… Pero también, por ser emocional, el papel atesora historias dolorosas. Quizás por eso insisto en que es una cosa, para que la vida que contuvo no me duela demasiado.

“Son solo cosas, son solo cosas”, trataba de convencerme cuando hacía la mudanza: cacerolas, toallas, espejos, las cortinas del salón… Eran unas cortinas pesonas, de loneta blanca y unos pequeños pompones beig, iban de pared a pared y cubrían el ventanal que daba al jardín. Aromáticas a la derecha, camelias, un prunus, una acacia de Costantinopla que no terminó de arraigar… Yo quería un boj, y él plantó un boj. Todo el jardín allí se quedó, pero las cosas, las cosas las repartimos y yo las guardé lejos: contaban historias demasiado tristes.

Hace unas semanas, me acuerdo de las cortinas de loneta, de cómo se parecían sus colores a la tiendita de papel, de que podía rehacerlas en faldillas, para la mesa del escaparate. Llamo a la abuela atenta, le cuento. A los días, un wasap muy largo: “Nena, las he llevado a retales Amado y dicen que dan para hacerlas de una sola pieza. Te las mando por Correos, se han puesto cerriles como los iberdrolos, pero me he empeñao y te llegarán enseguida. Carita sonriente, carita de besitos del wasap.”

Fueron las cortinas de nuestra casa con jardín, y ahora son las faldillas de mi casa de papel. Y sí, siguen siendo solo una cosa, pero estas faldillas, éstas, ya no me duelen, ya las puedo acariciar, solo me traen recuerdos hermosos, me abrigan. Como el papel.

Le concedo este parking

Aparcar en Atentamente requiere A/ mucha pasta, B/ mucho tiempo, C/ muchas lágrimas. Mucha pasta para gastarla en la zona azul en el mejor de los casos, y en el peor, en multas y depósitos municipales, que el enemigo tiene las grúas muy largas. Mucho tiempo por si te niegas a pagar una multa más —este mes— y decides dejar el coche en algún rinche gratuito y lontano. Y muchas lágrimas, las que se te caen cuando ves libre uno de los 25 aparcamientos gratuitos, tan pegados a la tiendita de papel que se ven desde el escaparate.

Normalmente me muevo en la B. Y hace unos días, casi se cumple la C.

Hay un coche con las luces de emergencia aparcado en discapacitados —el viejo truco, la vieja multa—. Justo delante, otro coche que se marcha. Me alineo con el de las luces. Es una mujer. No parece inmutarse por el milagro vial que estamos contemplando. Bajo la ventanilla:

  • ¿Vas a aparcar?
  • ¿Sorry?
  • ¿Are you going to park there?
  • I need it!

La angustia de la guiri es la mía, así que le concedo ese parking.

Cuando vuelvo de los suburbios, ella sigue allí, sentada al sol. Me ve llegar a la tiendita como un Sputnik, y no he puesto aún la música cuando entra. Me agradece con una sonrisa, me cuenta que acaban de llegar a la ciudad, que su marido ha ido a buscar el hotel mientras ella intentaba aparcar. Le digo que es un aparcamiento excelente, y que cuando se marchen, me avisen. Nos reímos.

Al día siguiente aparecen los dos. Miramos su coche desde el escaparate, les aconsejo algún sitio bonito de la ciudad, compran cuadernos italianos y joyas de papel, me cuentan que se marchan tomorrow morning. Me apeno. Soy de apego fácil.

Esa mañana intento llegar pronto. Su coche aún sigue allí. Me pongo como que a hacer cosas pero con el rabillo del ojo vigilo el aparcamiento. Y son ellos quienes vienen de nuevo, a despedirse. Hablamos, y al marcharse, me preguntan el significado de Atentamente. “Kind regards, Yours sincerely…”, traduzco. Asienten, sonríen. Y pienso que para aparcar también se requiere D/ ser atento.

Necesita Mejorar

Era la manera que tenían en la escuela de no especificarnos lo zotes que éramos, y, a cambio, animarnos positivamente a la mejora. Tampoco hubiera pasado nada si nos hubieran dicho que éramos unos zotes, que nos ponemos gilipollas con el lenguaje políticamente correcto. Te estás yendo por la ramas. Ya vuelvo. 

Necesita Mejorar. Pues así me siento yo —zote quiero decir— cuando al llegar a la tiendita de papel veo a C. varada en la puerta. Con lluvia. Con frío. Con actitud de no haber leído el correo en el que le cuento que el taller de elaboración artesana de papel se ha suspendido.

  • Te puedo ofrecer un té… si quieres.
  • Una guantá te daba yo No, gracias.

Se marcha C. bajo la lluvia, y abro Atentamente desolada. Es la segunda vez que se queda sin poder hacer este taller: la primera hubo que suspenderlo porque al tallerista —Juan Barbé, fundador de Eskulan, maravilla dedicada a la elaboración artesanal de papel y a su divulgación— se le inundó su taller, que no puede haber mayor desgracia para un artesano papelero. “Cómo lamento no poder ir. Intentamos más adelante”, me anima el animoso.

Decido que la segunda vez será la buena, y programo su curso para inaugurar la nueva temporada de talleres atentos. Solo se apuntan dos personas, no es posible cubrir los costes, y con pena, desconvoco. Pero no le llega la información a C., y me hago responsable porque he sido rápida y he sido atenta, pero no he sido eficaz. He sido zote, o necesito mejorar. Como se diga.

A ver, que no es cosa de sacar la fusta. Basta con usar el teléfono para la próxima. Pero me he criado con la abuela atenta que, de pequeña, lloraba por el burrito que se mojaba camino del Sisonar… Y no puedo evitar apenarme yo también al ver cómo C. se marcha, con lluvia, y sin taller.

Una decisión impopular

(Conversación telefónica con el gestorabuelo atentoporteador de táperes)

  • Es que con los libros no tengo este problema.
  • Ya, nena, porque tienen precio fijo. Pero, ese problema, en realidad, para ti es una ventaja porque tu washi es muy exclusivo, y lo exclusivo lleva otro precio.
  • Y encima, justo ahora, que la bimba cumple un año. Va a ser una decisión impopular.
  • ¡Precisamente! Con motivo del cumpleaños, se compra con más alegría. Y vas a hacer descuentos, así que, lo comido por lo servido.
  • Es que me sueño con las clientas atentas: entran felices, van como foguetes hacia la casita del washi tape, reparan en que han subido los precios, y puedo leer los subtítulos de por dentro de su cabeza: “Claro, así también me voy yo de vacaciones a Italia. Pues verás tú como le dé por ir a conocer al señor Kamoi.”
  • ¿A quién?
  • Al señor Kamoi. Es el japo fundador del washi. Se dedicaba a fabricar bobinas gigantes, y un día las cambió por los mini celos de papel de arroz, con dibujos bonitos y fácilmente removibles. Se lo saben todo, papá. ¿Pero no recuerdas la que se lió con el taller sopetón?
  • ¡Pues más a tu favor! Tus clientas ya lo conocen, lo adoran, y saben que el más bonito de toda la ciudad lo tienes solo tú.
  • Y que lo coloco precioso.
  • Y que lo colocas precioso.
  • Ya… La verdad es que este curso sube el alquiler del local, y la cuota de autónomos, he cambiado las bombillas a LED, y no veas la pasta que es lo del impuesto de basuras, y…
  • Y eres un negocio, nena. Y has construido una historia maravillosa en torno a tu tiendita de papel. Pero la historia y el negocio tienen que ir de la mano.
  • Vale.
  • En cuanto colguemos, te pones a cambiar precios.
  • Sí.
  • Que te comas las lentejas que te llevé la semana pasada.
  • Que sí.
  • ¿Vamos a por otro año?
  • ¡Vamos!
  • Y, nena. No olvides cuánto te queremos.
  • … (Y aquí, moqueando, empiezo a subir los precios del washitape)

Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Eruditos de lo inútil

Hubo un tiempo en el que decidí vivir despacio, y en tanto me inventaba un trabajo que me volviera a enamorar, me dediqué a cultivar lo inútil: ver crecer mis flores, silbar, memorizar libros, ir a clases de francés para hacer amigos, apuntarme a un curso de ópera organizado por A.N. … Aunque si hubiera sido de finanzas para desnucarse de aburrición también hubiera ido; porque todo lo que hace A.N. es maravilla.

¿Pero a dónde quieres llegar? ¡Que estamos hasta arriba de cosas superimportantes!, brama el coro de lo útil.

Pues a que A.N., ¡A.N.!, ha venido esta semana a Atentamente.

– ¡Hola! Perdona que no haya podido venir hasta ahora, me han hablado tanto de tu tienda preciosa, ¿estás contenta?

De la impresión, me caigo de la silla de dentista, y ya que estoy en el suelo, aprovecho para besarle los pies, porque A.N., al igual que B., es erudito de lo inútil, de lo curioso, lo efímero, lo bello, de las cosas que nos salvan de la asfixia, de la no-vida*. No aprendí mucha ópera porque es que eran muy largas y a mí me daba me da el sueño prontísimo, pero me enseñó a sonreír con los ojos.

Contempla A.N. la tienda de papel, elige sobres, pegatinas, tararea y lleva el compás de la música con la mano. Yo disimulo ante el ordenador, como si hiciera cosas útiles —”Apreciado señor Washitape: soy una atareada papelera que…”— pero, en realidad, miro, embelesada, la mano bailarina del erudito.

Está a punto de marcharse. Le suena el móvil. Se disculpa. Le sonrío con los ojos.

– ¡Hombre, B.! ¿Qué tal todo? Pues te había llamado porque quería contarte que…

“¡Atiza!”, pienso, de nuevo contra el suelo. “Si B. es erudito, y A.N. es erudito, lo natural es que estén hilvanados y juntos hagan maravillas.” Y me siento muy honrada por que lo inútil nos cría, y Atentamente nos junta.

*Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.

El funambulismo que compensa

Todo este funambulismo…

“CriCriCri. ¡Cielos, ya? Uf, cinco minutinos más, y paso de salir a correr. A ver dónde está el móvil… Un correo de Artemio, otro de Tassotti, que está agotado el papel de los bigotes, ay qué disgusto, tan de mañana. Aivá, no queda café. ¿Se ha terminado el aceite? Mira, lo que nunca se acaban son estas sanísimas galletas de alpiste avena. Padentro. Me tendría que lavar el pelo. Y ya que no salgo a correr, paso el aspirador. ¿Qué me puse ayer? La falda de flores… Pues hoy los vaqueros de buenorra. ¿Bajo en bus o a pata? A pata que no sales a correr, y así entras en la Caja a ingresar el pastizal. ¿Hoy es… viernes? Toca indie. Nada de Love of Lesbian que la gente va a pensar que… ¡Y tengo que ir a por flores! Pues Caja+Flores no da tiempo. ¿Qué tendré hoy para comer? Nada, coleta y palante. Lo primero que hago nada más llegar es anunciar por facebook los talleres atentos. Qué guay que gusten tanto. Y llamar a los de las bolsas, que se han acabao las grandes y sufro. Arrea, esta semana es lo de la madre. Voy a pensar algo temático para las fotos de instagram. Qué va. Ya no me da tiempo a maquillarme: al bolso, y en Atentamente. ¿Pero y si me cruzo con el barrendero? Pues le explico que vengo de sacarme un litro de sangre. Ostras, cómo está hoy la Caja. Se debe haber corrido la voz del milagro de la multiplicación de la pasta. El barrendero ya ha pasado, si es que es tardísimo. Voy a aspirar, again, ahora mi casa de papel, a colocar las gomas de borrar que se caen del expositor todas las noches, japutas, que ya viene gente, buenos días, te puedo ayudar…”

Queda compensado por esto:

“Es que tienes una tienda muy bonita. Muchas gracias por abrir Atentamente.”