Los tesoros del cencerrero rubio

El escaparate de Atentamente es precioso. No anuncia casi nada de lo que hay dentro, pero es precioso: una mesa con faldillas, flores del admirador del boj —tengo un admirador: me deja regalos en el boj—, una imponente máquina de escribir alemana con su manual de mecanografía… A veces dejo alguna pista: una postal, la pajarita de papel saliendo de la jaula, algún rotu chulo, una ilustración descansando en la silla thonet. Supongo que será poco comercial, pero a mí me gusta que el escaparate sea evocador, emocional, que sea auténtico. Que haga soñar.

Hace unos días, llega N. al taller de encuadernación. Aún faltan unos minutos para comenzar, y me dice: “Mira lo que te he traído.” La corriente atenta es así, no solo compra, no solo acude entusiasta a los talleres: también trae cosas. Empiezo a dar saltitos sin saber qué habrá en la bolsa. La abro, y aparecen tesoros:

  • Es un juego de compases antiguo, y esto…
  • Esto es un tintero maravilloso.
  • Sí, y éste es el secante. Era todo de mi abuelo, que era cencerrero.
  • (Aquí, estoy llorando, y saludando entre mocos a las dos últimas aprendices, que acaban de llegar)
  • Yo lo tenía en casa metido en un cajón, y creo que aquí es donde mejor puede estar. Además, mira:
  • Sssssqué (sorbo mocos)
  • Las iniciales de mi abuelo, escritas en el secante. E.V.R. Rubio. Como tú. Tiene que estar aquí. Me voy, que empieza el taller.
Y ahí me quedo yo y mi congoja, acunada, querida, enseñada por la corriente atenta, tan tan generosa.
Me pongo a buscar un lugar especial para estos tesoros: en el pupitre rural se resbalan, en mi escritorio también corren peligro —la bailarina modernista y el cuenco de Marrakesh ya han aterrizado varias veces— Tienen que estar en el escaparate, que todo el mundo quiera entrar, que dé igual lo que encuentren dentro… porque los tesoros del cencerrero rubio les han hecho soñar.

 

La suerte del guiri

Pone en el feisbuk de la tienda —¿o es en el tuiter, ¿o en los flyers?, luego lo miro—: “Atentamente es una tienda de papel soñada en viajes.” Y sí. La bimba se sueña mucho en papelerías francesas, en cartolerías italianas, por callejuelas vienesas, en viajes lentos, ligeros, la mayoría en solitario. Qué bien se está de guiri, turuteando por las calles, pasando de los mapas —que están mal hechos, como sabemos todo el mundo… todo el mundo que no los entendemos—, dejando que el azar te guíe, descubriendo lugares maravillosos, que parece que estaban siempre ahí, no haciendo otra cosa que esperarte.

“Qué suerte ser guiri”, pienso, cuando los veo llegar a la tiendita de papel. A todos los trae la serendipia, el hallazgo estrictamente azaroso, porque Atentamente no figura en guías ni mapas, e incluso algunos autóctonos se aturullan para localizarla.

En cambio, desde la Patagonia sabe llegar un viajero argentino, que está unos días por acá, la tienda se cruza a su paso, y desea llevar algunos regalos a su chica. O una señora, grandíííísima como toda Minnesota, que se pega al escaparate y decide entrar: “Busco cosas para mis nietos. Son 4 y 7 años. Y estudian español.” O una joven japonesa, que suspira por todos los rincones de la tienda. K. y J. descubren Atentamente durante los meses que aprenden español, y la víspera de regresar a América, vienen, tristes, a despedirse: “No hay una tienda como esta en nuestro país.”

También son americanas las dos chicas que entran, despistadas, curiosas, felices de ser guiris:

– Si necesitáis ayuda…

– ¿Sorry?

– ¿Can I help you?

– Oh, grasias. Es que hablamos pequeño español.

Qué suerte ser guiri, hacer tu propio mapa, ser tu propio guía, viajar despacio, viajar atento, perderse y dejarse encontrar por lugares tesoro, lugares atentos… lugares de papel.

Tesoros en el buzón

Una se piensa que es lo más del veraneo, que hace unas cosas que te cagas, que lo petas que fascinan. Una se cree, por ejemplo, que escribe las postales de navidad más molonas, las más entrañables, que causan las más tremendas emociones… Qué va, qué va, qué va.

Esta semana he recibido un montón de felicitaciones de navidad. Pero nada de papásnoeles del wasap ni bodrios textos de Paulo Coelho en el muro del feisbuk. Son postales especiales, pensadas con cariño y escritas, con las palabras más bonitas, en papel.

Algunas las manda la familia. ¿La familia? Claro. Aunque nos lo decimos cada vez que nos vemos, también nos gusta recordarnos, por carta, que nos queremos. “Nena, se desliza el boli taaan bien por este papel…”, escribe la abuela atenta en Bimba con dono, una postal italiana que compró… en Atentamente.

Otras son de amigos, las traen en mano. Aparece A., clienta atenta number one, como que para comprar –y pedir facturas, afú-. Mientras yo hiperventilo porque la base imponible y el iva no suman el precio de venta al público -afúúú-, ella me da una postal: dentro lleva el sello de los muñecos de navidad, y fuera, unas velitas de washitape. “Mira, la hemos hecho en el cole. Para ti.”

V. ya me mandó una postal este verano, antes incluso de conocernos. En la tienda de papel está su delicado libro de poemas, ilustrado con agua de té. Trae unas postales de regalo, y otras para vender. Hay unos papánoeles –mal-, pero vestidos de azul –bien-.

Es la cartera quien llega con la tarjeta de S., decorada con el detalle que pone a todas las cosas. Papel suave, sellos, troqueles, washis… Y lo mejor, palabras. Las leo, empiezo a hacer pucheros, entra gente, y los recibo atentamente entre lágrimas. Y a todos nos parece bien.

Hacerlas o comprarlas, pensarlas, escribirlas, enviarlas, recibirlas, olerlas, tocarlas, releerlas, guardarlas… No creo que sean solo postales. Son tesoros en el buzón.