Lo imperfecto es wabi sabi

Sigo una pequeña liturgia al inicio de cada taller atento: me gusta dar la bienvenida a las aprendices, agradecerles su presencia en el atelier, presento a la tallerista, les anuncio que beberemos , deseo que disfruten del regalo de hacer algo único. También les animo a que no se aturullen si la encuadernación no queda perfecta, el sello borroso, o los trazos de lettering agarrotados. Mis sobrinas ya lo dejaron escrito en la pared: “Lo imperfecto es bonito.”  No es un mantra para justificar las cagadas, sino para ser indulgentes si nos descuidamos con la cola, la gubia o el rotulador.

Llega un wasap de M.: meritina, estoy leyendo “Wabi Sabi para Artistas, Diseñadores, Poetas y Filósofos”. Me acordé de ti. Échale un ojossaltones ojossaltones.

Se lo pido a mi librero de confianza, y espero al domingo para leerlo como merece. Con lápiz azul, subrayo: “Wabi sabi es la belleza de las cosas imperfectas, mudables e incompletas. Es la belleza de las cosas modestas y humildes. Es la belleza de las cosas no convencionales.”

Me caigo del sofá porque no esperaba que el mantra de los talleres tuviera una dimensión tan honda, tan hermosa. El wabi sabi no está en el oro y los diamantes sino en el barro y el papel; wabi sabi no es un jardín podado por jardineros de Versalles sino la caída de las flores del jarrón; no es lo pulido sino lo rugoso, incluso lo roto; no es caja cerrada sino cuenco abierto; no busca la utilidad sino la belleza efímera, mudable, incompleta, solitaria, a veces triste. El wabi sabi va ligero de equipaje, sabe elegir y también, deja que las cosas ocurran; afloja el paso, mira con paciencia, muy atentamente.

Y pienso si no sería bonito añadir a mi liturgia algún párrafo de este libro, para que este cuaderno, este pliegue del papel, cada uno de estos trazos se hagan desde lo lento, lo atento, lo imperfecto, lo wabi sabi.

 

 

 

Poesía y prosa del edén

“Si es que además está todo tan cuidado, tan ordenado, lo bien que huele…”

La papelera sonríe, cruza las piernas con gracia, descansa la cabeza sobre la palma de su mano y asiente, como si la tiendita fuera, efectivamente, un edén de papel.

<Dos horas antes>

  • Estooo, papelera, nada, que el fregaderero está atascadísimo. Debe ser que de tanto lavar los peces, pues que se ha petao.

Cuando me proponen el taller de Gyotaku sólo me quedo con lo poético que sería aprender esta técnica de estampación ancestral, usada por los pescadores japoneses para preservar el alma de los peces. “Qué cosa más bonita y cómo lo vamos a petar.” Y vaya si lo petamos; empezando por el fregadero. Porque el fregadero no es poético, es prosaico, su único cometido es tragar, y yo entiendo que estar toda la vida tragando, incluso para un fregadero, es muy chungo. Así que justo ese día, el fregadero, ¡hagamos locuras! decide no tragar ni una agüita más. Y ahí está la pescadera papelera trasvasando agua: del fregadero al barreño, del barreño al cubo, del cubo a la calle. También es prosaico el olor, esa frangancia intensa, ese inconfundible aroma, a sardina. Los clientes, al entrar en la tiendita, lo omiten porque son atentos, pero yo les veo dar un leve respingo porque no aprecian la canela ni el jengibre habitual, y sí en cambio, el pulpito y la trucha. Y anda que no es prosaico entrar al taller y encontrarse 3 kilos de peces churreteados en tinta china. Es prosaico y es una guarrada: al contenedor.

Pero, ¿para qué se inventaron los Mister Proper olor a limón, las barritas de incienso y las bolsas de basura? Pues para hacerme la vida más fácil, ofrecer talleres poéticos, y descansar, dos horas de repulimiento después, en el edén.

 

Guau

Desde que he implantado el pago por anticipado de los talleres, respiro aaamplio. Se me ha quitado esa contracción de ombligoanogenitales tan de yoga, que hacía de manera natural cada vez que abría el correo, esperando encontrarme una baja de última hora. Lo cierto es que no han sido frecuentes estas ausencias, pero cuando ocurrían, me arrabiaba porque se trataba de una plaza no cubierta, un material desaprovechado, un dinero no ingresado. Que emprender en febrero es muy porculero bonito. Por eso, ahora que los aprendices atentos aseguran su plaza pagándola, yo abro el correo con la musculatura pélvica superrelajada.

Y así encuentro el correo de M.J., una clienta atenta que había confirmado y pagado su taller de encuadernación japonesa. Me explica que tiene que renunciar porque su perra K. está muy enfermita, recién operada y con resultados poco esperanzadores. Me relata que ese cuaderno que pensaba encuadernar podría llenarlo de recuerdos, fotos, tiempo compartido con su perrita en tiendas de campaña, en playas, por el monte, paseando por la ciudad… Se me empiezan a caer las lágrimas cuando me propone ofrecer el taller a alguien que se haya quedado fuera, por falta de plazas o de dinero. Sorbo los mocos cuando, al sugerirle que puede venir a cualquier otro taller, me insiste en que quiere regalarlo, “un regalo pequeño de una enorme de cuatro patas.” Saco un klínex del cajón de arriba cuando se despide con un beso y un guau atento, y me pide no hacer más pucheros, “que las lágrimas estropean el papel.”

Yo nunca he tenido mascotas, solo tuvimos un canario que se llamaba Cuchimbri, y lo pasamos fatal el día que amaneció tieso en la jaula, con la hojita de lechuga a mediocomer. Y aunque me siento blandiblú con esta historia de amor perruno, quisiera ladrar de felicidad —guaguaguau—, por esta clienta generosa, compasiva, tan atenta… y su familia de cuatro patas.

Permitido fijar carteles

Pasé mi infancia con una duda grande, ¡enorme!, inmensa como Barcelona. Paseando por las calles, en paredes impolutas, leía: Prohibido fijar carteles. “¿Y de qué carteles se van a fijar, —razonaba yo— si no hay ninguno que copiar?”

Recuerdo esta ingenuidad los días que me toca fijar carteles, los carteles que anuncian los talleres atentos. Podría colocarlos siguiendo los criterios publicitarios del itinerario del buen emprendedor. Abrazando la más pura vagancia, los pego de camino a la tiendita de papel. Con washi tape, eso sí. Vaga pero elegante.

Escuela Oficial de Idiomas. Estuve yendo hasta cuarto de Italiano. Quinto lo aprobé sin casi pisar aula, y este año soy la mecenas del último curso. Voy a proponer en secretaría que inviertan mi matrícula en birra Moretti. Peccato.

La Escuela de Artes y Oficios. Pam, pam, pam. A lo mejor son aporreos de los aprendices de encuadernación. Muchos vienen a comprar papel, y me gusta que Atentamente participe en su formación artesana, imperfecta y bonita.

Conservatorio de Música. Se escapan arpegios, escalas, acordes de las aulas. Quiero aprender música, silbo mientras busco un hueco para el cartel. Cuando la bimba sea un poquito más grande, decido.

Microteatro La Malhablada. “Malhabladas queridas, qué frío hace. ¿Me podéis pegar el cartel, plis?”, y lo cuelo por el buzón.

Cafetería 1. Me chifla porque aquí hago el segundo desayuno y porque el tendero está de toma pan. El bizcocho de yogur también le sale rico.

Cafetería 2. No es fácil encontrar sitio en la entrada, tapizada siempre de mil historias. Que figuren por unos días las historias atentas me parece un honor. Lo miro antes de irme… Un honor.

Biblioteca Municipal. A lo mejor, alguien que venga buscando libros de poesía japonesa, ve el taller de haikus, y decide apuntarse.

Cafetería 3. Este lo pego a toda castaña. Me he recreado demasiado en la 2.

Fotocopiadora. “Vecinos, aquí os pego el cartel que primorosamente me imprimís.” “Deja de hacernos la pelota y trae los cartones, que te los cortemos para el taller de encuadernación.”

Y así cada mes. Es verdad que son efímeros, que el agua los estropea y que el washi no acaba de pegar en la piedra de Villamayor. Pero disfruto mucho fijándolos en lugares tan hermosos; y pienso que tendría que estar permitido fijar carteles. Sobre todo si son atentos.

 

 

 

 

Balance atento

El feisbuk lo hace, el Informe Semanal lo hace, Mecano lo hizo; hasta este puto poco intuitivo procesador de textos me termina de enviar un correo haciéndolo: el balance de fin de año. Así que frena, papelera peonza, párate un rato, y repasa cómo ha sido este año que se acaba.

  • Enero: en la playa. Después de la movida navideña, me regalo cuatro días en el mar. En los días nublados, invoco el bocadillo de escalibada que me comí, descalza, en la playa. Funciona.
  • Febrero: con el tostón de San Valentín y a regañadientes, escribo en el espejo de la tiendita la estrofa de la canción de amor más bella del planeta. Prometo borrarla al día siguiente. Y ahí sigue.
  • Marzo: en el atelier pintamos bolsas de tela, plegamos grullas y se lía parda con el cosido copto. Paco no da más de sí con la aguja, y Auxi le replica sin tontunas que lo imperfecto es bonito.
  • Abril: abuelita Rosario nos deja, después de una vida larga y bienvivida. La recuerdo cada vez que como naranjas pequeñicas, como a ella le gustaban.
  • Mayo: florecen cientos de flores, en los cuadernos, en los papeles, en los talleres, en los jarrones y en mi corazón.
  • Junio: ay, qué risa: ¡Hacienda me devuelve pasta!
  • Julio: la bimba dice que si pueden venir Jimena y Paula a los talleres atentos y fresquitos. Le digo que vale. Hacen de todo: cajas, risas, bolsas, risas, banderolas, risas, sobres, risas…
  • Agosto: bajo la persiana y vuelvo a Italia. Subo la persiana y me reciben un montón de postales atentas: Sara y Ángel desde Lanzarote, Natalia y Nuria en Portugal, Diana desde Menorca, y Cucu, en la Costa del Sol.
  • Septiembre: ¡la bimba cumple un año!
  • Octubre: todo el mundo vuelve a la escuela. También Chus, que se regala días de descanso haciendo cosas preciosas en el atelier.
  • Noviembre: le presto el wifi a mi vecina Nines. A cambio, ella me trae membrillos. Perfuman todo el otoño.
  • Diciembre: hago balance y compruebo que no menciono ni multas, ni cansaeras, ni pataletas, ni cagadas. Se me han olvidado todas. Soy una papelera agradecida por el año vivido, curiosa por el que llega, ilusionada por descubrirlo con la bimba y la corriente atenta, y decidida a seguir viviendo de la única manera posible. Atentamente.

 

 

Ponme un taller

Buscando palabras para contar cómo son las intendencias invisibles de los talleres atentos, —esas tareas que parece que se hacen solas, pero que dan muchoporculo mucha fatiguita—, se me vienen a la cabeza imágenes del tipo “Dolor de callos”, “Multa de la zona azul”, “Abrir el frigo y que no haya cervezas”. Y sí. La gestión de los talleres es compleja: pensar temas, acordar fechas, confeccionar el cartel, pegarlo por la ciudad, polinizarlo por las redes… Y todo esto, a toda castaña. Y todo, mes tras mes.  Y siempre, susurrando el mantra de emprender es bonito, MRW es bonita, Hacienda es bonita, Iberdrola es bonita.

Luego, a esperar a que lleguen inscripciones. En principio, puedes apuntarte por correo electrónico, llamadas, mensajes por feisbuk, por instagram, en la tiendita o por wasap. Y bueno, luego están las otras opciones que se les ocurre a la corriente atenta:

Ese día había taller de lámparas de origami. Llevaban media hora plegando valles y montañas de papel, cuando aparece N. N. es maravillosa como seis trazos de caligrafía.

  • ¡Hola! ¿Qué taller hay?
  • Pues lámparas de origami, pero ya han…
  • ¿Me puedo quedar? Iba hacia una oposición pero, de camino, ha habido un accidente de tráfico, han cortado la carretera, y como ya no iba a llegar al examen, he pensado: “Pues me voy a Atentamente y me hago un taller.”

Enga. Aceptamos “Que te den, oposición” como método de inscripción.

Otro día, en la gasolinera, repostaba mi nunca suficientemente multada macchina. Me dirijo a pagar, y allí está I., preciosa como un lirio de papel.

  • ¡Anda, qué casualidad! Es que he visto el taller de postales en familia. Apúntanos a mí y a mi nieto S.

Pues vale. Aceptamos “Ponme 20 euros de diésel y un taller” como método de inscripción.

Y así tantas y tantas veces: por mi salud mental, prefiero orden en las intendencias de los talleres, pero es que la corriente atenta lo alborota todo y pide talleres como le da la gana. Y me parece fenomenal.

 

Necesita Mejorar

Era la manera que tenían en la escuela de no especificarnos lo zotes que éramos, y, a cambio, animarnos positivamente a la mejora. Tampoco hubiera pasado nada si nos hubieran dicho que éramos unos zotes, que nos ponemos gilipollas con el lenguaje políticamente correcto. Te estás yendo por la ramas. Ya vuelvo. 

Necesita Mejorar. Pues así me siento yo —zote quiero decir— cuando al llegar a la tiendita de papel veo a C. varada en la puerta. Con lluvia. Con frío. Con actitud de no haber leído el correo en el que le cuento que el taller de elaboración artesana de papel se ha suspendido.

  • Te puedo ofrecer un té… si quieres.
  • Una guantá te daba yo No, gracias.

Se marcha C. bajo la lluvia, y abro Atentamente desolada. Es la segunda vez que se queda sin poder hacer este taller: la primera hubo que suspenderlo porque al tallerista —Juan Barbé, fundador de Eskulan, maravilla dedicada a la elaboración artesanal de papel y a su divulgación— se le inundó su taller, que no puede haber mayor desgracia para un artesano papelero. “Cómo lamento no poder ir. Intentamos más adelante”, me anima el animoso.

Decido que la segunda vez será la buena, y programo su curso para inaugurar la nueva temporada de talleres atentos. Solo se apuntan dos personas, no es posible cubrir los costes, y con pena, desconvoco. Pero no le llega la información a C., y me hago responsable porque he sido rápida y he sido atenta, pero no he sido eficaz. He sido zote, o necesito mejorar. Como se diga.

A ver, que no es cosa de sacar la fusta. Basta con usar el teléfono para la próxima. Pero me he criado con la abuela atenta que, de pequeña, lloraba por el burrito que se mojaba camino del Sisonar… Y no puedo evitar apenarme yo también al ver cómo C. se marcha, con lluvia, y sin taller.

Taller sopetón

No es bonito que la semana en la que se destapan casos de corrupción fiscal te toque pagar el IRPF y el IVA —no el trimestral, que estamos en recargo de equivalencia, sino el de operaciones intracomunitarias. Que se note que me empapo los boletines de Infoautónomos—.

Ni está bonito que la semana en la que haces pedidos con el culo apretao anuncien en el parte chubascos localmente fuertes.

O que te pegues las tardes comiéndotelosmocos subrayando los boletines de Infoautónomos porque no entra ni Christopher en la tienda de papel.

Emprender es bonito… y tremendamente desconcertante. Pasas de ser la embajadora del washi a que entren a preguntarte si eres una mercería; o si tienes fuego, guapa —aquí sonrío mientras en los subtítulos de por dentro del cerebro se lee veteatomarporculo,salao—.

En tales situaciones, es fácil dejarse llevar por el bucle de ay qué malito estoy y qué poco me quejo. Es incluso legítimo. Y es cuando, los que saben, aconsejan cambiar de dinámica, virar hacia otro sitio, poner la atención en otra cosa… o, en lenguaje atento, que te llegue un taller sopetón.

En el sofá, hace unos mediodías, leo en el móvil:

¿Te llegó el correo?

Tengo pendiente una visita a Zamora y de camino, si quieres,

podemos hacer un taller de washi tape en Atentamente.

Me caigo del sofá porque era un mensaje de la reina del washi herself, porque no me llegó el dichoso correo, porque me parece muy precipitado, y porque estamos en pleno bucle ayquémalito. Le contesto, por supuesto, que .

El taller sopetón triunfa como la cocacola: mujeres —y niño— acuden en aluvión; se topan con una montaña adhesiva de cuadritos, rayitas, puntitos, confetis; se olvidan de sus particulares bucles… y empiezan a jugar.

Y mientras les escucho reírse, pienso que la próxima vez que entre en el lastimerío, me pego un washi donde me duela, me tiro del sofá y me pongo, de sopetón, a jugar.