Volveremos a pasear

Iba a escribir sobre las cinco llamadas que hizo O. al ver la programación de los talleres atentos: “¿Me guardas 5 plazas para el taller de carvado de sellos? Tengo un grupo de wasap que está que arde si no les confirmo que tenemos sitio. ¡Te dejo que me estoy depilando!” pero no hago más que pensar en Barcelona,  en que hace justo un año, yo también estaba allí.

Quería hablar de los correos apresurados de la corriente atenta, que estos días disfruta de sus vacaciones: “¿Te quedan plazas para el bullet journal? Te llegará una postal desde Portugal. Beijinhos!”. El agobio con el que preguntaba P.: “Es que estoy en Estados Unidos y no puedo perderme el taller de lettering otra vez: ¿se puede pasar mi madre a pagarlo?” Y vuelvo a la Barceloneta, la Sagrada Familia, las cañas en Gracia, lo guapa que estaba, eran sus fiestas, el césped verdísimo de Tot el Camp/ es un clam.

La idea era recordar el wasap de I.: “Me acaba de enviar mi hija el cartel con los talleres. ¿Puedo reservar uno por aquí?” O la llamada de A.: “Estoy en el médico, nada, rutinas, y mirando el móvil me salta la programación. ¡Quiero ir!” Y fuimos a pasear por Las Ramblas, repletas de turistas, como siempre, como ayer.

Y al final decido escribir de la alegría que desencadenan la llegada de los talleres atentos, porque los malos nos dejan muy tristes, pero no nos paralizan. Para su disgusto, apreciamos nuestra vida, nuestras ciudades, amamos a nuestras familias, lloramos y reímos con amigos, somos compasivos con desconocidos, acudimos tranquilos al campus, trabajamos en cosas que nos gustan, vamos a clases de yoga y pedimos por la paz, llenamos las terrazas, las plazas, las playas, los talleres. Y volveremos a las Ramblas a pasear.

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Lo imperfecto es wabi sabi

Sigo una pequeña liturgia al inicio de cada taller atento: me gusta dar la bienvenida a las aprendices, agradecerles su presencia en el atelier, presento a la tallerista, les anuncio que beberemos , deseo que disfruten del regalo de hacer algo único. También les animo a que no se aturullen si la encuadernación no queda perfecta, el sello borroso, o los trazos de lettering agarrotados. Mis sobrinas ya lo dejaron escrito en la pared: “Lo imperfecto es bonito.”  No es un mantra para justificar las cagadas, sino para ser indulgentes si nos descuidamos con la cola, la gubia o el rotulador.

Llega un wasap de M.: meritina, estoy leyendo “Wabi Sabi para Artistas, Diseñadores, Poetas y Filósofos”. Me acordé de ti. Échale un ojossaltones ojossaltones.

Se lo pido a mi librero de confianza, y espero al domingo para leerlo como merece. Con lápiz azul, subrayo: “Wabi sabi es la belleza de las cosas imperfectas, mudables e incompletas. Es la belleza de las cosas modestas y humildes. Es la belleza de las cosas no convencionales.”

Me caigo del sofá porque no esperaba que el mantra de los talleres tuviera una dimensión tan honda, tan hermosa. El wabi sabi no está en el oro y los diamantes sino en el barro y el papel; wabi sabi no es un jardín podado por jardineros de Versalles sino la caída de las flores del jarrón; no es lo pulido sino lo rugoso, incluso lo roto; no es caja cerrada sino cuenco abierto; no busca la utilidad sino la belleza efímera, mudable, incompleta, solitaria, a veces triste. El wabi sabi va ligero de equipaje, sabe elegir y también, deja que las cosas ocurran; afloja el paso, mira con paciencia, muy atentamente.

Y pienso si no sería bonito añadir a mi liturgia algún párrafo de este libro, para que este cuaderno, este pliegue del papel, cada uno de estos trazos se hagan desde lo lento, lo atento, lo imperfecto, lo wabi sabi.

 

 

 

Poesía y prosa del edén

“Si es que además está todo tan cuidado, tan ordenado, lo bien que huele…”

La papelera sonríe, cruza las piernas con gracia, descansa la cabeza sobre la palma de su mano y asiente, como si la tiendita fuera, efectivamente, un edén de papel.

<Dos horas antes>

  • Estooo, papelera, nada, que el fregaderero está atascadísimo. Debe ser que de tanto lavar los peces, pues que se ha petao.

Cuando me proponen el taller de Gyotaku sólo me quedo con lo poético que sería aprender esta técnica de estampación ancestral, usada por los pescadores japoneses para preservar el alma de los peces. “Qué cosa más bonita y cómo lo vamos a petar.” Y vaya si lo petamos; empezando por el fregadero. Porque el fregadero no es poético, es prosaico, su único cometido es tragar, y yo entiendo que estar toda la vida tragando, incluso para un fregadero, es muy chungo. Así que justo ese día, el fregadero, ¡hagamos locuras! decide no tragar ni una agüita más. Y ahí está la pescadera papelera trasvasando agua: del fregadero al barreño, del barreño al cubo, del cubo a la calle. También es prosaico el olor, esa frangancia intensa, ese inconfundible aroma, a sardina. Los clientes, al entrar en la tiendita, lo omiten porque son atentos, pero yo les veo dar un leve respingo porque no aprecian la canela ni el jengibre habitual, y sí en cambio, el pulpito y la trucha. Y anda que no es prosaico entrar al taller y encontrarse 3 kilos de peces churreteados en tinta china. Es prosaico y es una guarrada: al contenedor.

Pero, ¿para qué se inventaron los Mister Proper olor a limón, las barritas de incienso y las bolsas de basura? Pues para hacerme la vida más fácil, ofrecer talleres poéticos, y descansar, dos horas de repulimiento después, en el edén.

 

La hora de los atentos

Soy una papelera divina.

  • Y sin abuela.

Cambiante, lunar, fluyo como el agua del segundo chakra…

  • ¿Pero qué mierda estás diciendo?

Quiero decir que estoy haciendo una reflexión honda, serena, meditada…

  • Qué paliza de chiquilla.

… sobre si cambiar o no cambiar el horario de la tiendita.

Desde el principio, pensé en los sábados por la tarde como el mejor momento para los talleres atentos: en general, la gente está de finde, está feliz, y convocarlos por la tarde es, además, una cortesía para quien curra por la mañana. A cambio, cierro los lunes por la mañana para hacer cosas locas: correr, hacer la compra, comer comida. Me encanta el gustito vacacional que siento los domingos por la noche.

Hace un tiempo que percibo los lunes como días comercialmente casi perdidos, apenas viene gente, y quienes vienen, lo hacen por la mañana, como bien me hacen notar cuando vuelven a lo largo de la semana y me ponen como una moto con el cometarito dichoso de”Esquevineellunesyteníascerrado.” Por otro lado, y aunque procuro parcelar mi vida de ser divino y mi vida de papelera, lo cierto es que muchas mañanas acabo haciendo llamadas, contestando correos, adelantando trabajo, siendo papelera… en pijama.

Claro, si abriera el lunes por la mañana, sólo descansaría el domingo. Entonces, lo que podría hacer sería trasladar los talleres a los sábados por la mañana, y así cerrar los sábados por la tarde, total, los días que hay taller por la mañana, por la tarde la bimba se echa la siesta mientras yo cronometro cuánto falta para tomarme una birrita. Además, tiene más sentido abrir cuando las tiendas de alrededor lo hacen, y cerrar cuando también.

Qué difícil es esto, qué complejo todo, cómo acertar con la hora de los atentos, ¿cómo tú lo ves?

  • ZzzzzZZZ.
  • ¡Oye!
  • Pues que lo cambies, a la corriente atenta le va a parecer todo bien, ¿no ves que eres su papelera divina?
  • ¿Y si no funciona?
  • Pues lo vuelves a cambiar alegando que eres fluctuante.
  • Como el agua.

Y escribo

  • Ah, y me gusta mucho leer La Servilleta.
Así se despide una cliente atenta. Me suena mejor que la mejor canción de Love of Lesbian. La corriente atenta también es maravillosa porque te comunica generosamente aquello que le gusta.
Se marcha, abro el putowordpress procesador de textos, me pongo a Santi en la oreja, para que me susurre, y escribo.
Es mediodía, no me gusta quedarme a comer porque acabo muy cansadita, la bimba echa la siesta, el boj se moja bajo la lluvia, que sale a bienvenir a la primavera, escribo.
Con la cabeza llena de ocupaciones, también de alguna preocupación, Santi dice que matará monstruos por mí, respiro largo, profundo, perfecciono la postura de la espalda, escribo.
Al parecer, el dolor de espalda causa un punto gatillo en el brazo, que hace que sienta hormiguitas en la mano, y llega hasta el dedo pequeño del pie, hinchado como un pimiento de Socuéllamos. ¿Y si me descalzo? Y escribo.
No sé bien qué haré en Semana Santa, si abrir el sábado como los negocios decentes, o pegar un cartel en la persiana: “La papelera se ha ido a tierra santa.” Echo tanto de menos a los rubios. Y escribo.
Valoro el portento de emprender sola, de hacer malabarismos para gestionar, para comunicar, y Santi me explica que soy una niña imantada, y lo escribo, lo escribo, y lo requeteescribo.
Imantadas están en las paredes las risas de los talleres, también sus silencios concentrados, los suspiros al descubrir las cosas bonitas en la tienda, todos los comentarios sinceros, generosos, escritos con cuidado, pronunciados con afecto. Es el premio del funambulismo. Lo escribo.
Es hora de abrir. Despierto dulcemente a la bimba. Enciendo las luces, la música, casi nunca suena Santi porque no quiero cansinear con mis idolatrías, pero hoy lo pongo, otro premio. Miro los abedules, blanquísimos por la lluvia, las flores rosas de los ciruelos japoneses, el boj… Pienso si hoy alguien entrará por primera vez a la tiendita de papel, espero que le guste. Y Santi dice que será un reencuentro inolvidable en noche azul. Y escribo.

Guau

Desde que he implantado el pago por anticipado de los talleres, respiro aaamplio. Se me ha quitado esa contracción de ombligoanogenitales tan de yoga, que hacía de manera natural cada vez que abría el correo, esperando encontrarme una baja de última hora. Lo cierto es que no han sido frecuentes estas ausencias, pero cuando ocurrían, me arrabiaba porque se trataba de una plaza no cubierta, un material desaprovechado, un dinero no ingresado. Que emprender en febrero es muy porculero bonito. Por eso, ahora que los aprendices atentos aseguran su plaza pagándola, yo abro el correo con la musculatura pélvica superrelajada.

Y así encuentro el correo de M.J., una clienta atenta que había confirmado y pagado su taller de encuadernación japonesa. Me explica que tiene que renunciar porque su perra K. está muy enfermita, recién operada y con resultados poco esperanzadores. Me relata que ese cuaderno que pensaba encuadernar podría llenarlo de recuerdos, fotos, tiempo compartido con su perrita en tiendas de campaña, en playas, por el monte, paseando por la ciudad… Se me empiezan a caer las lágrimas cuando me propone ofrecer el taller a alguien que se haya quedado fuera, por falta de plazas o de dinero. Sorbo los mocos cuando, al sugerirle que puede venir a cualquier otro taller, me insiste en que quiere regalarlo, “un regalo pequeño de una enorme de cuatro patas.” Saco un klínex del cajón de arriba cuando se despide con un beso y un guau atento, y me pide no hacer más pucheros, “que las lágrimas estropean el papel.”

Yo nunca he tenido mascotas, solo tuvimos un canario que se llamaba Cuchimbri, y lo pasamos fatal el día que amaneció tieso en la jaula, con la hojita de lechuga a mediocomer. Y aunque me siento blandiblú con esta historia de amor perruno, quisiera ladrar de felicidad —guaguaguau—, por esta clienta generosa, compasiva, tan atenta… y su familia de cuatro patas.

Permitido fijar carteles

Pasé mi infancia con una duda grande, ¡enorme!, inmensa como Barcelona. Paseando por las calles, en paredes impolutas, leía: Prohibido fijar carteles. “¿Y de qué carteles se van a fijar, —razonaba yo— si no hay ninguno que copiar?”

Recuerdo esta ingenuidad los días que me toca fijar carteles, los carteles que anuncian los talleres atentos. Podría colocarlos siguiendo los criterios publicitarios del itinerario del buen emprendedor. Abrazando la más pura vagancia, los pego de camino a la tiendita de papel. Con washi tape, eso sí. Vaga pero elegante.

Escuela Oficial de Idiomas. Estuve yendo hasta cuarto de Italiano. Quinto lo aprobé sin casi pisar aula, y este año soy la mecenas del último curso. Voy a proponer en secretaría que inviertan mi matrícula en birra Moretti. Peccato.

La Escuela de Artes y Oficios. Pam, pam, pam. A lo mejor son aporreos de los aprendices de encuadernación. Muchos vienen a comprar papel, y me gusta que Atentamente participe en su formación artesana, imperfecta y bonita.

Conservatorio de Música. Se escapan arpegios, escalas, acordes de las aulas. Quiero aprender música, silbo mientras busco un hueco para el cartel. Cuando la bimba sea un poquito más grande, decido.

Microteatro La Malhablada. “Malhabladas queridas, qué frío hace. ¿Me podéis pegar el cartel, plis?”, y lo cuelo por el buzón.

Cafetería 1. Me chifla porque aquí hago el segundo desayuno y porque el tendero está de toma pan. El bizcocho de yogur también le sale rico.

Cafetería 2. No es fácil encontrar sitio en la entrada, tapizada siempre de mil historias. Que figuren por unos días las historias atentas me parece un honor. Lo miro antes de irme… Un honor.

Biblioteca Municipal. A lo mejor, alguien que venga buscando libros de poesía japonesa, ve el taller de haikus, y decide apuntarse.

Cafetería 3. Este lo pego a toda castaña. Me he recreado demasiado en la 2.

Fotocopiadora. “Vecinos, aquí os pego el cartel que primorosamente me imprimís.” “Deja de hacernos la pelota y trae los cartones, que te los cortemos para el taller de encuadernación.”

Y así cada mes. Es verdad que son efímeros, que el agua los estropea y que el washi no acaba de pegar en la piedra de Villamayor. Pero disfruto mucho fijándolos en lugares tan hermosos; y pienso que tendría que estar permitido fijar carteles. Sobre todo si son atentos.

 

 

 

 

Ponme un taller

Buscando palabras para contar cómo son las intendencias invisibles de los talleres atentos, —esas tareas que parece que se hacen solas, pero que dan muchoporculo mucha fatiguita—, se me vienen a la cabeza imágenes del tipo “Dolor de callos”, “Multa de la zona azul”, “Abrir el frigo y que no haya cervezas”. Y sí. La gestión de los talleres es compleja: pensar temas, acordar fechas, confeccionar el cartel, pegarlo por la ciudad, polinizarlo por las redes… Y todo esto, a toda castaña. Y todo, mes tras mes.  Y siempre, susurrando el mantra de emprender es bonito, MRW es bonita, Hacienda es bonita, Iberdrola es bonita.

Luego, a esperar a que lleguen inscripciones. En principio, puedes apuntarte por correo electrónico, llamadas, mensajes por feisbuk, por instagram, en la tiendita o por wasap. Y bueno, luego están las otras opciones que se les ocurre a la corriente atenta:

Ese día había taller de lámparas de origami. Llevaban media hora plegando valles y montañas de papel, cuando aparece N. N. es maravillosa como seis trazos de caligrafía.

  • ¡Hola! ¿Qué taller hay?
  • Pues lámparas de origami, pero ya han…
  • ¿Me puedo quedar? Iba hacia una oposición pero, de camino, ha habido un accidente de tráfico, han cortado la carretera, y como ya no iba a llegar al examen, he pensado: “Pues me voy a Atentamente y me hago un taller.”

Enga. Aceptamos “Que te den, oposición” como método de inscripción.

Otro día, en la gasolinera, repostaba mi nunca suficientemente multada macchina. Me dirijo a pagar, y allí está I., preciosa como un lirio de papel.

  • ¡Anda, qué casualidad! Es que he visto el taller de postales en familia. Apúntanos a mí y a mi nieto S.

Pues vale. Aceptamos “Ponme 20 euros de diésel y un taller” como método de inscripción.

Y así tantas y tantas veces: por mi salud mental, prefiero orden en las intendencias de los talleres, pero es que la corriente atenta lo alborota todo y pide talleres como le da la gana. Y me parece fenomenal.

 

Cuando fui matahari

Ser copiota está fatal. Pero como yo quería que Atentamente fuera tienda y fuera atelier tuve que ser copiota. Total. Fatal ya estaba.

Confieso que hice un poco de espionaje industrial en algunas tiendas de la capi, para ver cómo organizaban los talleres. Con gran disimulo, me matriculé en un taller de carvado de sellos y en otro de washi tape. Al primero fui en coche y me pusieron una multa en la dictatorial zona azul madrileña; fui al segundo en bus, y con las afonías de la muerte, penosidad que, sin embargo, me benefició para evitar confesar que era una espía industrial afónica.

Allí estaba matahari, haciendo como que carvaba mientras cotilleaba con el rabillo del ojo: el local, los muebles, los materiales, la música, si daban merienda, si olía bien… Pero es que el espionaje industrial es muy canso, y el carvado de sellos muy entretenido, así que poco a poco se me fue olvidando lo del matajarismo, y me concentré en hacer un sello que es una flor. Lo mismo en el taller de washi: como no podía hablar por la penosidad, enfoqué sobre la tarea: decoré mi cuaderno con tiras de washi, una blonda, un lazo rosa -la afonía te vuelve cursi- y hasta puse en peligro mi espionaje estampando en la portada A T E N T A M E N T E. Regresé a casa con muy poca información sensible, y contentísima por las monerías que había hecho.

Ajenos a toda estrategia, los talleres atentos se fían del sentido común y del cariño, y triunfan como la cocacola: los imparten talleristas excelentes, los proyectos son bonitos, y el atelier tiene un cedazo que solo deja pasar a gente preciosa. Me gusta que al entrar lo encuentren todo colocado, y que al salir parezca el apocalipsis. Me enseñan felices sus álbumes, las grullas, sus cajas y cuadernos… A veces, reconozco mi sello imperfecto y bonito estampado en sus cosas… Y me alegro, un montón, de cuando una vez fui matahari.