Decido gandulear

Tomé la decisión de inventar Atentamente con sorprendente facilidad: yo quería una papelería de las que encontraba en mis viajes, de las de pegar nariz en el escaparate, una tiendita de papel que oliera, que sonara, que emocionara. Se lo conté a mi familia, se lo conté a la cámara de comercio, al ayuntamiento, al Inem

  • Se dice SEPE.
  • Lo que sea.

y me puse a emprender que es bonito con la clarividencia y la resolución

  • y la pedantería

de que eso era exactamente lo que quería hacer. La convicción, tres años después, sigue intacta.

En cambio, cuando se trata de decisiones cotidianas, me aturullo enormemente: ¿las pegatinas nuevas de zorritos, aquí o allí? ¿Pastas o cruasanes para el taller? ¿Dejo esta araña campando por la tiendita o la extermino?  Y algo que me cuesta muchísimo es dar vacaciones a la servilleta.

  • Hombre, pos claro, un blog con miles de seguidores, de lectura obligada, que mueve conciencias, mejor que Míster Wonderful y Paulo Coelho juntos, normal que te cueste.

Yo sé que no se abre un cráter en el planeta papel si en verano no escribo servilletas, y sé que la corriente atenta no sólo lo entiende, sino que se alegra por que me permita parar, descansar, gandulear. Gandulear, sí, nada del rollo de “Queridos followers: voy a dedicar las vacaciones a buscar inspiración para volver con más fuerza.” Ya pasamos todo el año aprovechando el tiempo. No pasa nada por perderlo en verano.

Así que, como los bambinos de los colegios, las aprendices en el atelier, los distribuidores de plumillas y pegatinas, la servilleta también se toma vacación.

  • Vete en paz, y que la Macarena te guíe.
  • A lo mejor escribo algunita por sorpresa.
  • ¿Pero no ibas a gandulear?
  • Vale, adiós.

 

 

 

 

El qué y el quién

Escribo servilletas tras un ejercicio de autoexploración, hondo y comprometido, en la búsqueda de una voz genuina, necesaria, trascendente.

  • ¡Sigue, Immanuel Kant, queremos saberlo todo!

Vale. Escribo servilletas con el atropello habitual del emprendimiento y la chaladura natural de mi persona humana. Atrás queda la prehistoria atenta en la que podía escribir en el sofá de mi hogar de ladrillo, reposando cada palabra, valorando la importancia de esta coma, cambiando el orden de las frases, releyendo sin prisa.

Hay días en los que ni siquiera sé muy bien qué contar: he hablado de MRW, de los telefónicos, de que subí al Kilimanjaro, de la bimba, de sus  abuelos, de que hago yoga y bebo birras, en perfecto equilibrio de prana y apana. No tengo claro si esto servirá para el SEO,

  • ¿Qué es el SEO?
  • Que tus redes y tu blog sean tan guays que Google te ame y te recupere en primera posición.
  • Qué hermoso.

pero me gustan estas historias pequeñas. Además, el momento en que descubro el hilo por el que viene la nueva servilleta, doy palmitas, digo bieeeen, y disfruto mucho de la escritura aturullada.

Sí tengo, en cambio, muy claro el quién: escribo servilletas pensando en la corriente atenta, que las espera cada viernes o que se pone al día leyéndolas de cuatro en cuatro; la corriente atenta que me inspira historias, que sonríe con mis ocurrencias, que se emociona también. Y que las lee around the world: una de las cosas buenas que tiene el putowordpress procesador del blog es que te dice desde dónde te leen. A mí me maravilla saber que hay gente en Bolivia, Bélgica, Irlanda, México, Grecia, ¿Filipinas? que lee las cosas que cuento. Por eso no descarto, sé que va a pasar, que algún día se abra la puerta de la tiendita y se oiga: “Soy el de Filipinas. Me encanta la servilleta.”

Cómo escribir servilletas tristes

Me pregunta la abuela atenta por las servilletas, por cómo las escribo y cómo me da tiempo, en esta vida loca-loca-loca —Cfr. Pancho Céspedes— que arrastro.

Le cuento que las escribo con esfuerzo, y desde las emociones: muchas veces fascinada por la corriente atenta; a veces, chinada por mis desastres cotidianos; hay días que serena; hay otros, atolondrada; casi siempre tecleo y sonrío. Hoy estoy triste. Da igual si se me nota.

Le cuento que siempre las escribo los viernes, y siempre en Atentamente: repaso las cosas extraordinarias que he presenciado durante la semana en la tiendita, abro el putowordpress procesador de textos, levanto la vista, miro a la bimba, “¿Para qué sirve esto? Sirve para lo bello“, empiezo a escribir. Al tiempo, entran los atentos, les dejo que turuteen o turuteo yo con ellos si lo precisan. Se marchan. Vuelvo a teclear. Pincho en gmail a ver si alguien se ha apuntado al taller: nada, qué penita, va a haber que suspenderlo. Llega la cartera, trae una postal atenta maravillosa, la leo, me emociono un poco, se abre la puerta, me recompongo. Es P., otra atenta: “¿Qué tal estás?” “¡Muy bien!”, miento. Se lleva un par de cuadernos que prometen primavera. Entro al atelier a sonarme el moquillo, de nuevo la puerta, traen flores: jacintos y flor de cera envueltos en palabras y besos. Y ahora sí que se me caen unos lagrimones estupendos. Es mediodía. Guardo la escalera con la flor de mirto, apago las luces, escribo un rato más. Aprecio evidencias para la alegría, pero hoy estoy triste: será el taller que finalmente no ha salido, la cuesta de enero, esta ola de frío. Será que querría estar despidiendo al tío Mariano que nos ha dejado, y no he podido hacerlo porque soy papelera, y los viernes escribo servilletas. Da igual si son tristes.

Servilletas auténticas

  • Esta es la servilleta 100.
  • Con más garbo, papelera.
  • ¡Esta es la servilleta cieeeeen!

Las primeras servilletas están escritas en el sofá de mi hogar de ladrillo, unas semanas antes de que abriera la tiendita. Explicaba el porqué de esta ida de olla; cómo vi aparecer el nombre de Atentamente de mi mano zurda; los avatares previos a la apertura, mis solemnes intenciones. Eran la parte teórica del servilletero. Porque, desde el momento en que Atentamente nace, comienzan las servilletas prácticas, auténticas, filtradas, vale, por mi mirada novelesca, pero basadas todas en hechos reales: el váter se anegó, el inventario se perdió, la puerta se cerró, el boj se murió, no así las multas, que resucitaron milagrosamente cada tres días.

Real también es el pupitre de escuela que P. me regaló y metió por la puerta porcojones con determinación, los tinteros que rebuscó una medici atenta para completarlo, el juego de compases del abuelo de N., la máquina de escribir y la máquina de coser, todas las postales atentas.

Y aunque parezcan personajes de novela fantástica, son de carne y hueso mi floristera más favorita, la niña guitarra y la niña caracol, la baby sitter de la bimba, clienta callada y atenta, los guiris que no encontraban aparcamiento y el que buscaba regalos para llevar a su amor. La corriente atenta es vera y verdadera, generosa, divertida, paciente, inspiradora, amable. Auténtica.

En el sofá de mi hogar, yo quería escribir servilletas porque intuía que en Atentamente iban a suceder cosas maravillosas. También porque no me veía haciendo un blog con tutoriales de scrapbooking o para promocionar los últimos washitapes. Yo quería contar historias cotidianas, y hacerlo brevemente, en lo que permite una servilleta. Lo que no sabía es que iba a llegar a 100, ¡100! así de alucinada, porque todo lo contado ha sido verdad.

  • ¿Cómo la gotera?
  • Y como la bimba que hace dibus en servilletas.

En ocasiones veo M.

  • Es un espectáculo atroz que no desearía ni al vigilante más chungo de la zona azul. Es terrible, es de mucho espantar: es el asunto de las moscas. De ahora en adelante diré secretamente M. para que no noten que escribo sobre ellas, porque además de legión, son muy hijasdeputa irritables. Entra una M. como por descuido, me pasa por la oreja  —ffss, ffss— y se marcha. Pero no es un vuelo fortuito: es un una estudiada ronda de reconocimiento. Al rato, aparecen 200 M.  —fffffsssss—, y empiezan a dar vueltas-vueltas-vueltas a la lámpara de globos. Se muerden, se enganchan por el pico que tengan las moscas, se desprecian. ¿Pero y estas macarras, en el templo del buenrrollo, de qué van?  Voy al atelier en busca del Bloom, y fumigo a tope. Entra una señora y alaba el ambientador. Se me pone la carita de los dientes del wasap pensando si será una M. mutante, me muerde el cuello, y fin de la historia atenta. Por la tarde, espectáculo dantesco, veo M. everywhere: bajo la lámpara de globos, en el escritorio, ¡sobre los papeles de scrap! Barro con energía el cementerio, chorreo otra vez con Bloom… y ffss, cchhqqtt, ffss, cchhqqtt, unas cuantas M. se dan choquetones contra el cristal del escaparate, y al rato, cadáver. Y yo intento respirar largo, lento y profundo, pienso que no es un bicho sino la hermana M., y seguro que en el Protocolo de Kioto les dedicaron un epígrafe de lo buenísimas que son. Lo que sea: no quiero moscas en la tiendita. Me vuelven (más) chorlita, y en lugar de hacer cosas de papelera, me paso el día cazándolas, y…
  • Y si escribes cosas de moscas…
  • ¡¡¡Se dice M.!!!
  • … es que necesitas urgentemente descansar. Tómate unas vacaciones de servilleta.
  • No puedo.
  • Sí puedes.
  • Puedo escribir alguna suelta en verano.
  • Tú, gandulea, y ya vas viendo.
  • Vale, voz de la conciencia de las papeleras.

Cumple 2 de la servilleta

Abro el putowordpress procesador de textos para escribir una nueva servilleta. Quería contar que tras la vuelta del país de la bimba, he entrado en un bucle de enfermedades que, reflexiono, es un puro equilibrio de emociones: después de 3 días admirando, tocan 3 días estornudando.

Iba yo decidida a contar mis miserias, cuando el programa me recuerda que La Servilleta cumple dos años. ¡Dos años! Y así es. Un par de meses antes de que naciera Atentamente, comencé a contar los avatares previos a la apertura: la búsqueda del local, la elección del nombre, los desvelos con los iberdrolos, el montaje de los muebles, el inventario… Los que saben, sentenciaban que un blog era supernecesario para vender el producto, hacer tutoriales, posicionarse estratégicamente en las redes sociales, y noséqué mierdas más. En cambio, yo quería que La servilleta resaltara lo cotidiano, estuviera atenta a las personas, mirara con indulgencia a la papelera en prácticas… Atesorara lo atento.

Escribiendo aquellas primeras servilletas en el sofá de mi hogar de ladrillo, no podía ni imaginar todo el universo atento que se ha construido en torno a ellas: este servilletero usa un vocabulario propio, tejido lentamente, en el que no se habla de clientes sino de corriente atenta, y la tienda no es la tienda, sino la bimba, y la papelera se va habituando a vivir haciendo malabarismos, y le va cogiendo el punto a emprender, que es bonito, y no deja de maravillarse con lo extraordinario que sucede en Atentamente.

Puedo imaginar que todos los negocios acumulan anécdotas similares que, por falta de tiempo o de inspiración, se desvanecen. Para mí, escribir servilletas es un poco un deber: me sentiría fatal si, después de presenciar las preciosuras que suceden en la tiendita, no las contara. Y también es un placer, el que siento cada semana al pensar con la bimba las historias atentas que vamos a contar.

Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Escribir atentamente

– Que no pasa naaada.

– Es que no sé… Hay gente que está esperando a que llegue el viernes para leerla.

– Di que sí: aguardan a Juan José Millás, a Enric González, y luego a ti y tu servilleta.

– Bueno, vale, pero es que para mí escribir es cosa de mucha responsabilidad: primero, pensar, que eso cansa; después, saber contar, y al final -y al principio, y en medio- corregir: dejar que el texto se enfríe, mirarlo de lejos, regresar a él con palabras nuevas… Leo la servilleta en alto, esta expresión aquí no, mejor allí; pongo una coma, la quito, la vuelvo a poner…

Jamía, esto más que La Servilleta parece La Odisea.

– Lo que quiero decir es que, porque la lectura es fluida y amena, parece que está chupao, pero la verdad es que la escritura es densa. Hay gente que escribe superbién y superrápido. Yo, en cambio, escribo como puedo, y muy muy lento.

– Ahí le has dao, escritora atormentada. ¿Lo has comentado con Vargas Llosa, a ver qué opina?

– Y luego, que hay semanas en las que tengo la atención en otras cosas, y voy corriendo detrás de los días, y no quiero contar siempre las mismas historias, y todo lo que se me ocurren son memeces, y busco la manera de meterme en las matrioskas del escritorio.

– Dostoievski a tu lado era un feliciano, nena. A ver: ¿esto lo haces por gusto?

– Sí.

– ¿Y te pagan por ello?

– Pues claro. Que no.

– Entonces, si lo haces per piacere, cuando no se te ocurra nada, pues no escribas nada.

– ¿Ein?

– Prueba.

– ¿A quedarme callada?

– Sí. Deja de escribir.

 

 

 

 

– ¿Qué tal?

– Pues que sí, que no ocurre absolutamente nada si una semana no escribo. Que la servilleta es una cortesía que me gusta regalar, y que las personas que la leen merecen pequeñas historias nacidas de la risa, la rabia, la perplejidad. Merecen una servilleta que esté escrita…

– ¿Atentamente?

– ¡Eso!