Principessa

Entra una princesa. No es una exageración de papelera: es una mujer, y va tocada con una corona, así que: entra una princesa.

  • ¿Puedo mirar?
  • Pues claro —alteza, leo por los subtítulos de por dentro de la cabeza—.

Comienza a pasear la princesa, con su coronita en la cabeza, su cámara entre las manos, los ojos muy abiertos, una sonrisa espléndida. Me gusta que mire Atentamente, precisamente así, y sigo a mis cosas de papelera.

Entra ahora un chico, se dirige a la princesa, se besan levemente, se engarzan por el índice. Ah, no lo había reconocido: es el príncipe. Como no lleva corona…

Parece que a la princesa le gustan los sellos de madera, también las tintas, le explico cómo se usan, cómo limpiarlos. Se decide por la tinta textil roja y el abecedario de las minúsculas. El príncipe anuncia que se lo compra, y cuando va a pagar, dice la princesa mirando el ordenador:

  • Sono dodici…
  • … e quaranta, me oigo completar de forma espontánea.

¡Es una principessa! Agradece que hable su lengua, y me cuenta que están de vacaciones, que hoy es su cumpleaños —por eso la corona— y que, al ver el escaparate petaloso, han decidido entrar.

A punto de marcharse, descubre las postales atentas:

  • Sono bellissime!
  • Certo.
  • Posso darti una cartolina?

Y la princesa saca de su bolso un montón de postales, impresas con las fotos —por eso la cámara—  que ella hace. Escojo una en blanco y negro: un salón vacío, con columnas, inundado de agua, parece un aljibe, o unos baños turcos, es inquietante, evocadora, es superbonita. “Son los baños de la princesa, en Sri Lanka”, me explica. “Cómo no”, pienso yo.

Viajar. Cumplir años. Pasear las calles con corona de plástico. Buscar un dedo índice. Encontrarlo. Visitar papelerías. Hacer fotos. Regalar postales… Soy muy feliz siendo papelera, pero a veces, solo a veces… quién fuera principessa.

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La maravillosa historia de niña guitarra y niña caracol

Esta es la historia de dos niñas. Una de piel blanca y otra negra, una con guitarra a la espalda y otra, con caracolitos en el pelo. Dos niñas de ojos curiosos. Dos niñas que no hablan; ¡exclaman! Dos niñas que, de camino a su clase de música de los miércoles, deciden una tarde entrar en la tiendita de papel.

  • ¡Hola! ¿Te acuerdas de nosotras?
  • Pues…
  • ¡Te vimos en el mercadillo! —aquel en el que decidí ser feriante—. ¡Qué escaparate más chulo! ¿Podemos entrar?
  • Pues claro.

Empiezan a corretear: “¡Mira, los waaashis! ¡Mi prima tiene cinco! ¿Cuánto cuesta el más barato?”, pregunta como un riff de guitarra la niña guitarra. Trato de contestar, cuando suspira lentamente niña caracol: “Este cuaderno de lunares… ¡Es precioooso! Le voy a decir a mi padre que me dé la paga los miércoles y así…” Interrumpe su amiga: “¡Ven, ven! ¿Has visto los sellos? ¡Pero qué boniiiitos son!”

Les dejo que disfruten descubriendo las cosas atentas, mientras continúo con los pedidos, los correos, la merienda de la bimba… Pero es del todo imposible. Niña guitarra es una melodía de acordes mayores:

  • ¡¿Y esto qué es?!
  • Son siluetas de madera para decorar…
  • ¡Pero son maravillooosas! ¿Y esto?
  • Una plegadora. Se usa para encuadernar, también para plegar…
  • ¡Qué cosa tan bonita! ¿Y esos libros?
  • Son para colorear.
  • ¡OOOOH!

Niña caracol, mientras, sigue abrazada al cuaderno de lunares. Asiente con entusiasmo todo lo que su amiga señala, pero parece tener claro cuál es su cosa atenta más favorita.

  • Oye, ¿qué hora es?
  • Las seis menos cinco.
  • ¡Tenemos que irnos a clase!

Niña caracol dice adiós a su cuaderno, “la paga, le voy a pedir a papá la paga.” Niña guitarra se tropieza con la caja del papel italiano, “Ups, perdón, ¡pero qué papel tan increíble!” Salen de Atentamente agitando fuerte la mano, y todavía, desde el escaparate, se despiden una vez más.

Por ser ya casi de noche, destaca aún más la luz; la luz que desprenden, los miércoles de otoño, niña guitarra, y niña caracol.

Paulocoelhadas las justas

Tardaremos varias generaciones en recuperarnos del destrozo. Del destrozo causado por coachers, pauloscoelhos, y misterwonderfuls. Esto de que puedes ser feliz si te empeñas en perseguir tus sueños caminando de la mano no atrás ni delante sino juntos mirando hacia el infinito que si te caes alégrate que lo importante es levantarse… Qué peña más cansina.

Pues estos mensajes de empecinada felicidad también se filtran en el universo de las manualidades —se dice crafting; lo que sea—. La tiendita de papel no está libre del taladro motivador: hay unos sellos de silicona que estampan mensajes de alta exigencia: “Cada día es una oportunidad para volver a empezar” (sic); washis que nos obligan a que tengamos un día pero que muy feliz; pegatinas — se dice stickers— que recalcan la persona tan-tan-supertán especial que somos. Leo, pasmada, la receta de la vida, impresa en un papel de scrap —nota mental: escribir otra servilleta sobre terminología tónter—: “Ama las cosas bonitas de la vida.”

Personalmente, este Hazte Tú Mismo tu propia felicidad me da un poco de cosa chunga. A veces pienso en el negocio que serían sellos que dijeran: “Puto coñazo; aburres a las ovejas; a la mieeerda!”, porque no es posible, ni sano, ni necesario estar siempre feliz. Y lo dice una papelera que se ha inventado una tienda que es una bimba y que recibe cariño a sacos de la corriente atenta. Pero, ¿qué pasa si tenemos días, semanas, años, la vida entera hecha unos zorros? ¿No se puede hacer un álbum con recuerdos tristes, no hay sellos con las frases que se nos clavan, algún washi con el que pegar nuestras cagadas?

Por fortuna, y para contener el flanco de los cacharros sobrepasados de felicidad, hay también en Atentamente papel discreto, ilustraciones complejas, libros exigentes, y austeros cuadernos en blanco, que nos dejan contarles historias tristes, el barro que somos, nuestras pequeñeces, lo que nos dicte la cabeza, las tripas, y el corazón. Y si aparece algún paulocoelho animándonos con la pandereta… también valen para dar cuadernazos, muy atentos.

Servicio secreto y atento

“¿Tienes tienda online, la tienes, la tieneslatieneslatienes?” “¡Nnnoooo!”, me despierto aterrada como el Munch del wasap. Ya sé que en el plan de empresa dije, ¿lo dije?, lo dije, que “en el trascurso del segundo año, el negocio crecerá incorporando la venta online.” Tienda online, tienda online, qué ordinariez. Aquí, lo que se estila es el servicio secreto y atento.

El servicio secreto y atento se activa con una llamada de teléfono, o un correo electrónico. Consiste en que X —que no vive en la ciudad—, quiere dar una sorpresa a Y —que sí, o no, depende del caso, jesúsquécristo—, y Atentamente hace de intermediario. La logística del servicio no es nada aburrida. Pueden llegar avisos inapelables: “Quiero el marcapáginas de la escrapera de pelo rubio”, o encargos difusos: “Quiero un cuaderno.” Hago fotos, las adjunto al mail/wasap, elige, lo envuelvo, me llega transferencia, lo llevo a correos/lo recogen en la tienda.

Es un servicio supersecreto, tanto, que a veces el destinatario no tiene ni idea de quién le hace el regalo. Hace unas semanas, una muchacha me explica vía mail que su amiga se marcha a Inglaterra, y quiere desearle buen viaje con unos sellos de evocación viajera. A los días, me escribe, simpática y agradecida: “Llegaron, llegaron. Y como no había remitente, ¡nos ha vuelto a todos locos por el grupo del wasap!”

Aún hay confeti en el suelo del último servicio atento. Llega un correo de alguien que está lejos y querría estar cerca. En esta ocasión, la afortunada tiene que recoger la sorpresa en la tienda. Llega intrigada, desenvuelve con mimo, saltan los confetis, se queda, sonriente y callada, ante su cuaderno de flores. “Creo que sé de quién puede ser…”, murmulla, y vuelve a sonreír. Guardo el secreto, sonrío yo también.

Seguramente, con el tiempo haga caso al plan de empresa y abra la tienda online. Será más eficaz. Y la logística mucho menos complicada. Ojalá también sorprenda, y emocione, y recuerde levemente al servicio secreto, y atento.

Grotesca 12

En verano -no en este; en el verano verdadero- pido a Vadevintage la silla de dentista en la ahora escribo -definitivamente cómoda, como ya me anticipó L. probándola antes de vendérmela-, una minimesa, y la caja tipográfica. No sé muy bien para qué quiero la caja, para nada útil por supuesto, probablemente sea un ornamento de la tienda, de esos que abrigan.

Cuando llega, compruebo que los huecos de los tipos móviles se ahorman perfectamente a las tintas y los sellos. Me parece hermoso que las cajas altas y bajas, en otro tiempo llenas de piezas de plomo ennegrecido, acojan ahora bicis, brújulas y dientes de león de caucho, que esperan, inmaculados, a mancharse con los colores de las flores.

Aprecio la confección de la caja, en madera humilde y rotunda; entro la mano en el tirador de hierro, desgastado por las veces que se habrá abierto y cerrado apresuradamente para acabar de componer una noticia, o la participación de una boda, o un recordatorio funerario. Y me doy cuenta de que todavía lleva pegado, a la derecha, el nombre de la fuente: grotesca cuerpo 12.

Grotesca 12, grotesca 12. Aguanta el nombrecito. Rendida como estoy ante mi tipografía, Calamity Jane, tan voluptosa y aventurera, la grotesca me observa desafiante, espartana y sin rabitos –serifas, perdón, señora Grotesca-. Y para acabar de arreglarlo, resulta que está emparentada con la familia de palo seco -¡carita del Munch del wasap!-

Le digo:

– Señora Grotesca, acomódese. ¿Le apetecería un té?

– ¿Un té? ¡¿Pero qué birria de sitio es este?! ¡Absenta!

– Claro, claro, absenta…

Mientras voy pensando en una excusa para devolver la caja pimplante, decido saber algo más de esta fuente. Leo que es una tipografía del s. XIX,  que en América se llama Gótica, que se usa particularmente en titulares de periódicos por su cómoda lectura, y que pese a su austeridad también se concede ciertas licencias -absenta aparte-, como un leve saliente en la G mayúscula que asemeja una barbilla, y una g minúscula que recuerda dos barrigas. Barrigas, barbillas… cosquillas.

Comienzo a colocar los sellos en la caja. Se muestra indiferente ante el diente de león, la brújula o la partitura. Pero empieza a sonrojarse cuando coloco el sello de Gatos. Parece que se recompone, cuando paso a las tintas:

– Querida, este pigmento se llama embosinG, se usa para acabados con relieve.

– Aquí te dejo las tintas distress, perfectas para dar un aire vintaGe.

– Aunque las más habituales son las eyecat, ya sabes, ojo… de… ¡GGGato!

Es imposible. Inútil resistirse. No hay grotesca cuerpo 12 que se resista a las cosquillas atentas.