El diezmo de la prosperidad

  • ¡Ya he pillado entradas para el teatro, Ror! ¡Qué guay ir en horario infantil, no?
  • ¿Qué horario infantil? Si el teatro es a las 22.00h.

Saco entradas para ver una obra de mucha risa y pasar un rato con Ror, que es la gracia y el ingenio y la chistorra —porque Ror es ¿de? Exacto—. Todo es perfecto hasta que cometo el error de comprarlas mientras hago multitareas de papelera. No me doy cuenta de que hay dos sesiones, la infantil, y la de Ror. Y ahora: ¿qué hago yo con dos entradas, patio de butacas, pasillo, fila 10?

Un grupo de mujeres salerosas se reúnen en el atelier para hacer postales solidarias a porrillo. Acuden convocadas por la tallerista más fuerte y bella del planeta scrap. El plan es pasar la tarde haciendo postales para regalárselas a niños que las están pasando canutas. Da igual si se conocen o no: ellas se juntan, y ponen generosamente sobre la mesa su tiempo y su papel.

Entre ellas está I., que trae infusiones, “es que sé que te gustan”: té verde y jazmín, manzana y rosa mosqueta, y mi favorita, revoltijo de especias. Me acuerdo de las entradas:

  • ¿Alguien quiere ir al teatro?
  • ¡Yo!, es I.
  • ¡Y yo!, se suma S.

A los días, aparece S. por la tiendita, a explicarme las risas que se echaron, las birritas que después bebieron, la tarde chachi que pasaron sin conocerse. Y sin terminar de hablar, saca del bolso una muñequita sonriente, con la cabeza llena de flores de cerezo, desnuda y con alitas. Es un ángel. La muñequita también.

En yoga, esto se conoce como el diezmo de la prosperidad: si quieres que te vaya bien, dedica algo de tu dinero, de tu tiempo, de ti… a los demás. Y la vida te lo devolverá en forma de té, de teatro, de alitas, de flores, de postales, de amigas, de papel.

Las vacaciones del rey Melchor

No sé si estaría aquí desde antes, pero yo no reparé en él hasta el verano pasado: una tarde, al abrir la tiendita, con un calor de mucho sudar, le veo: pantalón de franela, camisa de puños, chaleco, zapato de invierno. “¿Este hombre con estos ropajes?”, pienso, sudando a lo extremeño. Pero voy tan centrifugada que apenas medito.

A las pocas tardes, vuelvo a verlo. Observo lo despacííííísimo que camina por la acera de la tiendita, él solo, sin bastón, bajo el sol. No entiendo nada, este señor tan mayor, este solazo, parece tan frágil… ¿Qué hago, le pregunto si puedo ayudarle? Hay una clienta atenta esperando a la puerta. “¡Ya abro!”

Paso las tardes de verano esperando ver al señor muy mayor. Comienzo a fantasear que está viudo, que por las mañanas acude a un Centro de Día a echar un mus, y que por las tardes hay pasodobles y él ya no está para jotas, así que prefiere pasear. ¿Pero por qué va solo? ¿Vestido para ventisca? ¿Y tan tan taaaaan despacio?

Una tarde, directa de la piscina, aún con los pelos mojados, llego a la tiendita. Ahí está, sentado en el poyete que contornea el jardín. Los abedules hacen lo que pueden, meciéndose levemente.Tengo que hacer muchísimas cosas propias de papelera, pero me conmueve verlo ahí, yo tan frenética, él tan quieto, le tengo que preguntar:

  • Buenas tardes, señor. Vaya calor… Trabajo aquí, ¿quiere que le saque un vaso de agua?
  • Buenas tardes, papelera atenta. Te lo agradezco.

Me perplejo mucho mientras voy al atelier. ¿Cómo sabe el tan mayor mi nombre?

  • Su agua.
  • Muchas gracias.
  • ¿Y cómo es que sale a pasear, con la calorina que hace?
  • Estoy de paso, unos días de vacaciones. En mi empresa solo somos tres, en unos meses tendremos que envolver miles de regalos, y me han dicho que tienes muy buen papel.
  • (40º: estoy helada. Le hago una pequeña reverencia )
  • Pues sí que hay unos papeles preciosos. Pase y elija, rey…
  • Melchor.

 

El premio de los atentos

Recuerdo un verano que llegué a Viena en bici. Me despisté un rato de la cuadrilla con la que pedaleaba y acabé en una calle de acera estrecha y trazado curvo y luz preciosa: me encantó estar perdida tan de mañana, tan de verano, tan de vacaciones. En mitad de esta calle ondulante había una librería de viejo, entré y compré un grabadito antiguo de la catedral de San Esteban. Guardé con sumo cuidado aquel tesoro en mis alforjas. Me da mucha alegría recordar ese encuentro azaroso cada vez que miro el grabado, enmarcadito ahora en el salón de mi hogar.

La serendipia es el premio de los curiosos, de los atentos, como esta pareja que primero se asoma al escaparate, y luego, entra en Atentamente. Ella lleva una melenita blanca preciosa —al verla, anoto: paso de volver a teñirme las canas del emprendimiento—; él, guapo, rostro fino, surcado de arrugas y de vida. Mapa en mano. Ropa cómoda. Gestos amables. Guiris.

  • ¿Puedo ayudarles?
  • ¿Estamos mirándonos?, duda ella.

Recorren la tiendita con pausa, él marca el compás de la música, ella reconoce washis, pegatinas y troqueles, se enseñan mutuamente, look this!, las ilustraciones, los estuches-pez, el calendario de mapas. Ya para marcharse, les pregunto de dónde son: son de Michigan, muy cerca de Canadá, viven junto a un lago que está helado de noviembre a mayo—de ahí su piel fina, anoto—. Me piden sugerencias de locales donde haya jam session. Me están cayendo tan bien que anoto cerrar la tiendita y marcharme con ellos, pero tacho en seguida: no es verano, no es vacación, tengo por delante tareas propias de papelera.

Con un cálido apretón de manos, se despide agradecida la pareja de Michigan. Con carita de “qué suerte la mía” me quedo yo también. Y agradezco la serendipia de los atentos, que nos premia con encuentros azarosos, efímeros, sutiles, irrepetibles, que quizás no vuelvan… pero que ya están guardados, son tesoros, en la alforja.

La bimba cumple 2

De camino a la tiendita, siento el dolor de pies de los tacones: ayer quería estar superguapa para recibir a la corriente atenta por el cumple 2 de la bimba. Hasta las perlas me puse.

De camino a la tiendita entro en la estación de buses y compro el billete de vuelta para la tallerista. Todos los talleres atentos son molones pero, en el mes que cumple la bimba, la programación es especial y vienen celebrities de las cosas bonitas.

De camino a la tiendita me río recordando las Mannenken-Copas que usamos en el brindis. Había traído un espumante semidulce muy pretencioso, pero las copas eran de plástico del malo, y al servirlo, ¡se meaban!

De camino a la tiendita huelo alimentos que llegan de bares y hogares, siento un hambre atroz, y recuerdo que he desayunado un tomate. Mi hogar se habrá vuelto soviético, pero mi piel está plena en antioxidantes.

Y de camino a la tiendita repaso los regalos que le hicieron a la bimba por su cumple: flores y más flores, una tarta toda de chuches, postales coloreadas, palabras cariñosas… Y me emociono un poco, porque estoy con la regla —que como sabemos, nos acompaña en todas nuestras celebraciones—, y porque la corriente atenta es decididamente maravillosa.

Y pienso en otras tienditas que cierran, a las que sus responsables dedicaron tesón y cariño y desvelos y empeño. Igual que yo, desde antes que yo. Me asusta que el trabajo bien hecho a veces no sea suficiente. Y me emociono de nuevo. Aprieto el paso, quiero ver a mi tiendita.

Y trato de averiguar, ya la veo, por qué la gente aprecia tanto Atentamente. Y creo que es porque no esconde sus fragilidades, y con ellas, está contando una historia imperfecta y bonita. Y puede que las historias perfectas gusten. Pero las imperfectas… emocionan. Subo la persiana. Abro la puerta. Qué bien huele la bimba. Qué bien se está en la tiendita.

 

Los tesoros del cencerrero rubio

El escaparate de Atentamente es precioso. No anuncia casi nada de lo que hay dentro, pero es precioso: una mesa con faldillas, flores del admirador del boj —tengo un admirador: me deja regalos en el boj—, una imponente máquina de escribir alemana con su manual de mecanografía… A veces dejo alguna pista: una postal, la pajarita de papel saliendo de la jaula, algún rotu chulo, una ilustración descansando en la silla thonet. Supongo que será poco comercial, pero a mí me gusta que el escaparate sea evocador, emocional, que sea auténtico. Que haga soñar.

Hace unos días, llega N. al taller de encuadernación. Aún faltan unos minutos para comenzar, y me dice: “Mira lo que te he traído.” La corriente atenta es así, no solo compra, no solo acude entusiasta a los talleres: también trae cosas. Empiezo a dar saltitos sin saber qué habrá en la bolsa. La abro, y aparecen tesoros:

  • Es un juego de compases antiguo, y esto…
  • Esto es un tintero maravilloso.
  • Sí, y éste es el secante. Era todo de mi abuelo, que era cencerrero.
  • (Aquí, estoy llorando, y saludando entre mocos a las dos últimas aprendices, que acaban de llegar)
  • Yo lo tenía en casa metido en un cajón, y creo que aquí es donde mejor puede estar. Además, mira:
  • Sssssqué (sorbo mocos)
  • Las iniciales de mi abuelo, escritas en el secante. E.V.R. Rubio. Como tú. Tiene que estar aquí. Me voy, que empieza el taller.
Y ahí me quedo yo y mi congoja, acunada, querida, enseñada por la corriente atenta, tan tan generosa.
Me pongo a buscar un lugar especial para estos tesoros: en el pupitre rural se resbalan, en mi escritorio también corren peligro —la bailarina modernista y el cuenco de Marrakesh ya han aterrizado varias veces— Tienen que estar en el escaparate, que todo el mundo quiera entrar, que dé igual lo que encuentren dentro… porque los tesoros del cencerrero rubio les han hecho soñar.

 

La pulsera de la esperanza (chica)

Los clientes atentos se igualan por lo atento. Traigan la pedrá donde la traigan…

  • Habló la cuerda.
  •  Pues también.

…todos comparten una característica que los identifica: el aprecio por lo bello, por lo bueno, por lo atento. Algunos, además, comparten el nombre.

Está E. Grande, que es toda una señora, con sus hijos, con sus nietos, con su pelo cortito y siempre bien marcado. Hace encuadernación en talleres para mayores, y un día aparece por la tiendita a buscar papel para encuadernar. Le recomiendo, claro, papel italiano, porque es fácil de trabajar, y hermoso de mirar. Me pregunta el precio; le digo; le parece caro; se lo piensa y al final lo compra. Le hago una pequeña rebaja, nos sonreímos, se va.

A los días, aparece con una caja que ha confeccionado usando el papel. Le ha quedado preciosa. Añade, muy satisfecha: “Y mira qué vídeo le ha hecho mi hijo.” Entonces, saca su móvil, abre el wasap, y pincha un enlace que lleva al YouTube, ¡donde se ve el proceso de confección de la caja! Yo me quedo turulata.

Y está E. Chica, una joven estudiante china, que se enfurruña —levemente, a lo oriental— cuando descubre Atentamente: “¡Pero por qué ahora si llevo meses aquí!” Mira todo, le gusta todo, suspira por todo. Compra unos washis, unas bolsitas de regalo, y al marcharse, susurra: “Me gusta tu voz.” Yo me pongo roja.

A los días, vuelve: “Te traigo un regalo.” Reconozco la bolsita y reconozco el washi. La abro y encuentro una carta llena de cariño, y una pulsera: “La he hecho yo. Es roja porque este año es el año del mono, y hay que llevar cosas rojas para que nos vaya todo bien, para tener esperanza.”

Y yo me pongo mi pulsera de la esperanza, pero la tengo ya conmigo: la grande, y la chica.

 

 

 

Guau

Desde que he implantado el pago por anticipado de los talleres, respiro aaamplio. Se me ha quitado esa contracción de ombligoanogenitales tan de yoga, que hacía de manera natural cada vez que abría el correo, esperando encontrarme una baja de última hora. Lo cierto es que no han sido frecuentes estas ausencias, pero cuando ocurrían, me arrabiaba porque se trataba de una plaza no cubierta, un material desaprovechado, un dinero no ingresado. Que emprender en febrero es muy porculero bonito. Por eso, ahora que los aprendices atentos aseguran su plaza pagándola, yo abro el correo con la musculatura pélvica superrelajada.

Y así encuentro el correo de M.J., una clienta atenta que había confirmado y pagado su taller de encuadernación japonesa. Me explica que tiene que renunciar porque su perra K. está muy enfermita, recién operada y con resultados poco esperanzadores. Me relata que ese cuaderno que pensaba encuadernar podría llenarlo de recuerdos, fotos, tiempo compartido con su perrita en tiendas de campaña, en playas, por el monte, paseando por la ciudad… Se me empiezan a caer las lágrimas cuando me propone ofrecer el taller a alguien que se haya quedado fuera, por falta de plazas o de dinero. Sorbo los mocos cuando, al sugerirle que puede venir a cualquier otro taller, me insiste en que quiere regalarlo, “un regalo pequeño de una enorme de cuatro patas.” Saco un klínex del cajón de arriba cuando se despide con un beso y un guau atento, y me pide no hacer más pucheros, “que las lágrimas estropean el papel.”

Yo nunca he tenido mascotas, solo tuvimos un canario que se llamaba Cuchimbri, y lo pasamos fatal el día que amaneció tieso en la jaula, con la hojita de lechuga a mediocomer. Y aunque me siento blandiblú con esta historia de amor perruno, quisiera ladrar de felicidad —guaguaguau—, por esta clienta generosa, compasiva, tan atenta… y su familia de cuatro patas.

Lo atento que yo más quería

Yo creo que sonreirá. Sonreirá con solo ver la bolsa de Atentamente en sus zapatos, porque adivinará que es el libro de colorear que había pedido, un librote balsámico, para pasar las tardes de invierno sacando punta a sus lápices acuarelables, coloreando bosques encantados.

  • ¿Y si no le gusta, lo puede cambiar?
  • Claro… Pero le va a chiflar.

Cómo me gustaría ver la cara que pondrá cuando deshaga el lazo, abra la cajita de cartón, retire el confeti y, por fin, descubra los pendientes de pajarita de sugus. Azules, los que más quería. Cómo me gustaría verla, poniéndoselos delicadamente, tan leves, cosquilleándole la oreja.

  • ¿Y si los prefiere en otro color?
  • Los puede cambiar sin problema. Pero vas a triunfar.

Qué felicidad cuando abra la bolsa, retire el papel de seda, y aparezcan ¡un montón! de papeles de scrap, varios washitapes, un par de cordeles, pegatinas, sellos de silicona, tintas… Seguro que le mira fascinada, y luego, se lo come a besos.

  • Es que mi chica tiene mogollón de todo esto. Si repito algo, ¿lo puede cambiar?
  • Claro que sí.
  • Si sé que tenéis lo del Bono Atento, pero prefería elegirlo yo.
  • Y seguro que aciertas. —Se lo come a besos fijo—

Envolver para regalo. Parece un gesto mecánico: quitar precio, cubrir de papel de seda, elegir la bolsa, cerrar con washi… Total, dirán algunos tristes, si lo van a romper. Y qué va. En cada regalo sonrío mucho a quien compra, fantaseo con quien lo recibe, deseo que esos lazos y ese papel envuelvan algo muy soñado.

Tras las fiestas,  vuelve la tiendita a la normalidad. Viene una clienta. Se lleva una ilustración. Pregunta:

  • Hoy estarás con devoluciones, ¿no?
  • Pues no.
  • ¿Y eso?
  • Pues no sé… Será que todo el mundo ha recibido lo atento que más quería.

 

 

 

Huele a Atentamente

Todos los manuales que lo cuentan, lo cuentan: el marketing olfativo es una cosa de mucho molar. Que tu negocio se reconozca por su aroma, y que ese estímulo suscite en tus clientes emociones, y que esas emociones estén conectadas con sus monederos… El marketing olfativo es tu amigo.

Antes, cuando iba a tiendas —como hacen las personas humanas que no tienen tiendas en las que se tienen que quedar para que vengan otras personas humanas, eh, que estoy muy a gusto, no es una queja, es una leve nostalgia— prestaba mucha atención a los olores. Y sin abrir un solo tocho de marketing olfativo, sabía que Atentamente iba a oler muy bien; aunque entonces no sabía a qué. Ahora sí.

Como es una bimba, la tiendita de papel huele necesariamente a colonia de bebé, una esencia amable que se mezcla con agua y se evapora en el humificador que me regaló mi querida M. Coloqué el cacharro debajo de la caja de fruta en la que descansa el equipo de música. Es por eso que, el perfume, tamizado por la madera y la música, destila ese olor tan rico.

Para ser mejor papelera, la papelera precisa flores. Mi floristera más favorita dice que tiene manazas salvo para hacer los ramos más bonitos del planeta. Depende de la estación y de lo que a ella le dé la gana, el escaparate se perfuma de lirios, astromerias, peonías, anastasias, clavelinas, falsa pimienta, hojas de roble, hortensias azules… Últimamente me las regala mi novio formal. Y llevan tanto cariño en cada pétalo, que solo pueden oler a maravilla.

Toda la tienda y todo el atelier se impregna con la corriente atenta, que deja un aroma cálido y fresquito, que se contagia y que te abraza y te hace cosquillas y te da ganas de bailar.

Y, sobre todo, día tras día, se perfuma con esencia de papel, con papel que se elige, se escribe, se dibuja, se colorea, se corta, se pliega, se troquela, se contempla, se acaricia, y se hueleatentamente.

Servicio secreto y atento

“¿Tienes tienda online, la tienes, la tieneslatieneslatienes?” “¡Nnnoooo!”, me despierto aterrada como el Munch del wasap. Ya sé que en el plan de empresa dije, ¿lo dije?, lo dije, que “en el trascurso del segundo año, el negocio crecerá incorporando la venta online.” Tienda online, tienda online, qué ordinariez. Aquí, lo que se estila es el servicio secreto y atento.

El servicio secreto y atento se activa con una llamada de teléfono, o un correo electrónico. Consiste en que X —que no vive en la ciudad—, quiere dar una sorpresa a Y —que sí, o no, depende del caso, jesúsquécristo—, y Atentamente hace de intermediario. La logística del servicio no es nada aburrida. Pueden llegar avisos inapelables: “Quiero el marcapáginas de la escrapera de pelo rubio”, o encargos difusos: “Quiero un cuaderno.” Hago fotos, las adjunto al mail/wasap, elige, lo envuelvo, me llega transferencia, lo llevo a correos/lo recogen en la tienda.

Es un servicio supersecreto, tanto, que a veces el destinatario no tiene ni idea de quién le hace el regalo. Hace unas semanas, una muchacha me explica vía mail que su amiga se marcha a Inglaterra, y quiere desearle buen viaje con unos sellos de evocación viajera. A los días, me escribe, simpática y agradecida: “Llegaron, llegaron. Y como no había remitente, ¡nos ha vuelto a todos locos por el grupo del wasap!”

Aún hay confeti en el suelo del último servicio atento. Llega un correo de alguien que está lejos y querría estar cerca. En esta ocasión, la afortunada tiene que recoger la sorpresa en la tienda. Llega intrigada, desenvuelve con mimo, saltan los confetis, se queda, sonriente y callada, ante su cuaderno de flores. “Creo que sé de quién puede ser…”, murmulla, y vuelve a sonreír. Guardo el secreto, sonrío yo también.

Seguramente, con el tiempo haga caso al plan de empresa y abra la tienda online. Será más eficaz. Y la logística mucho menos complicada. Ojalá también sorprenda, y emocione, y recuerde levemente al servicio secreto, y atento.