Papelera-niño

  • Me he cortado el pelo.
  • ¡Bueno! ¿Ahora resulta que eres ItGirl? ¡Paula Echevarría, tiembla!

No, no voy a contar que no llevo pelo corto desde bambina; ni que la gente me decía: “¡Qué salao, el muchachino!” y yo: “¡Soyunaniñaaa!” No voy a contar que llevaba semanas expiando a las clientas atentas de pelos cortitos, ni pienso contar que esperé a cortármelo después la Behobia, por si me robaba la energía, es que también corro.

  • ¿Y que aburres a las ovejas? ¿Eso lo vas a contar?

La cosa es que subí una foto del corte de niño a las redes sociales de la tiendita. Y se lió parda: una lluvia de megustas en Facebook, de corazoncitos en Instagram, montones de comentarios generosos de parte de la corriente atenta, hasta uno que yo quise que fuera mi novio y él no, se manifestó muy a favor.

Y entonces recordé un taller que la gurú de las cosas bellas dio hace unos meses en el atelier. Hablando de marketing y emprendimiento, explicaba que tenemos que aparecer en nuestras redes; que con mejor o peor desparpajo, es importante que quienes nos sigan —”Se dice followers” (Paula Echevarría)— nos pongan cara, nos reconozcan. Y es verdad: la foto de la papelera-niño fue más aplaudida que los nuevos washis de navidad. Pero no porque una esté de toma pan, sino porque, al mostrarnos, en realidad estamos diciendo que nuestros proyectos son reales, son auténticos, y que detrás de cada foto y de cada historia hay alguien afanado en contarla de la mejor manera posible.

Es como si el corte de pelo fuera un pretexto para decir más vivamente a la corriente atenta: hola, ¡gracias!, soy así, estoy aquí. La cosa fantástica es que la corriente reacciona, aletea de felicidad, te contesta enérgicamente que le mola la papelera-niño, y que también está aquí. Y que siga así.

 

 

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El halago

En una peli de Jonás Trueba lo decían: “Quien no acepta un halago, es que está esperando otro.”

Esta semana he salido en la tele, y al contarlo por las redes, la corriente atenta se ha puesto loca dando al me gusta, compartiendo el vídeo, regalando cariños a la papelera, y haciendo palmitas a la bimba, que está empezando a gatear solita.

El halago me pilla emprendiendo —que es algo que ahora hago— y relativizando —que es algo que he hecho siempre—.

Me noto algo incómoda con el minuto de gloria, porque no hago más que otros valientes que, además, me sacan kilómetros de experiencia y riesgo en esta carrera de fondo.

Me pica un poco el halago porque miro el vídeo y encuentro ausencias: ¿cuántos podrían salir en mi lugar? R. con su barco-librería, M. y sus galletas artesanas, G. con los complementos que hace su madre, C. con las chuches suecas, C., R. y M. y sus tiendas de ropa vintage… Ellos también funambulean. ¿Por qué salgo yo?

Soy prudente, también, porque el halago 2.0 tiene memoria de pez; ahora estamos eufóricos y ahora +1 se nos ha pasado el subidón.

Luego pienso: mira, sales tú porque tu trabajo es distinto, porque has conseguido que la gente oiga la palabra Atentamente y la asocie al momento con la tiendita de papel, porque estás haciendo una cosa milagrosa y hermosa, que es vivir del papel, y en el vídeo sale una mujer entusiasmada a la que le brillan los ojos hablando de su trabajo.

Y pienso: y a todos esos valientes ausentes, de algún modo, los representas, y se alegran contigo, porque tú eres ellos, eres de los suyos.

Y ya me convenzo: vivimos tiempos de refunfuño, así que si la tiendita hace vibrar cosas positivas, comparte y agradece. Y luego, a emprender. Que es bonito.

 

 

Bimba de paz

V., la vecina de la fotocopiadora, lo dice ya desde la puerta: “Es que me gusta venir a traerte los flyers porque, es entrar en Atentamente, y se respira como paz.”

La corriente atenta también solemniza exageradamente en la misma dirección: “Me quedaría a vivir aquí.” “Los talleres son mejor que un spa.” “Puedo mirar solamente el papel? Me relaja.”

A. viene a conocer a la bimba, y también a la papelera atenta. Nos hemos escrito correos y wasap, tenemos amores comunes que nos hablaban de cuantísimo íbamos a conectar, dábamos mutuamente a los megusta de nuestras redes sociales, pero nunca nos habíamos visto. Hasta que llegó la Navidad. La bimba de A. se llama Cocowawa, y es preciosa, y es valiente, y delicada como la organza. Al marcharse, nos damos otro abrazo más. Sin soltarme, dice: “Traía muchas cosas en la cabeza, pero se han disuelto todas. La bimba da mucha paz.”

A mí también me ocurre: me precipito en la tiendita como una peonza, mareada por todo lo que ya he hecho y lo que me espera por hacer. Entonces, abro la puerta, huele a Atentamente, y comienzo a estar inmediatamente bien.

Y pienso, que estos días, podíamos compartir de alguna manera la paz que la bimba nos da a todos día tras día.

Probemos hoy.

Feliz Noche de Paz.

Feliz como Lartigue

Ishtagraaán!!” Esto es lo que grito -en tono Marcial– cada vez que el móvil parpadea con un aviso de Instagram. No había tenido antes Instagram –ishtagraaán– hasta que un día, en pleno delirio por la apertura de Atentamente, una amiga me anima:

– ¡Háztelo! Tu tienda es muy visual. Muy apropiada para Instagram.

– Pero si ya tengo feisbuk, tuiter, pinterest [minuto y resultado: esto último, ya casi no. Es que… tengo mucha plancha.]

– Prueba. Verás cómo te alegras.

Su invitación a la alegría me recuerda las palabras de Jacques Henri Lartigue, el fotógrafo de la felicidad efímera y cotidiana: “Yo nací feliz. Eso cuenta, ¿no?”

Como soy de felicidad fácil, me hago un Instagram. Se nota que llego con 5 años de retraso porque pongo marcos que ya nadie usa, y me debato sobre qué filtro emplear cuando la gente aclara que #nofilters. Se me nota también que curso 1º de Instagram el día que recibo unos sellos de silicona dedicados a la red social, con su camarita, su me gusta, su corazón… y tardo varios ratos en entender el sello del mensaje encriptado: “AdoroIG” (¡?)

Da igual. Confirmo que Instagram te pone feliz como a Lartigue. Te encuentras, de manera fluida, con gente entusiasta, animosa, que no para de dar aplausos del wasap. Te da alegría 2.0., que es leve y es real.

Algunos seguidores son conocidos; otros no. Hay uno –pigamer 37– que pulsa el corazón día tras día. Yo fantaseo con que es un tiazo, aunque todos sabemos que será una clienta atenta. Pero desde aquí, pigamer, te lo ruego: si alguna vez visitas Atentamente, identifícate con la contraseña “AdoroIG”. Los sellos son para ti.

A mí, como a Lartigue, la felicidad me llega con una canción, un papel italiano, la luz de la tarde en la tienda de papel… Y puede que aprecie -también como él- la felicidad efímera y doméstica, la del tintineo del móvil que me avisa de que lo atento gusta. Eso cuenta, ¿no?

La corriente atenta

Me chifla feisbuk. Como persona humana lo uso, fundamentalmente, para ligar. En este sentido, he alcanzado resultados dispares: ligar con quien no me hacía tilín, y padecer el silencioso desdén 2.0 de quien me hacía tolón. Como en la vida 1.0, vamos.

Siendo papelera, también aprecio mucho el feisbuk. Nadie me tuvo que convencer de las ventajas que las redes sociales ofrecen –visibilidad, identificación del público objetivo, comunicación directa, ligar…-, y con gusto cuido del feisbuk, del instagram, del twitter. Lo entiendo como una parte gozosa de mi trabajo que, con un poco de constancia, mensajes en positivonaturalidad, regala enormes gratificaciones.

Por ejemplos:

Un mes antes de la apertura de Atentamente, probé a jugar por feisbuk, invitando a quien estuviera de vacaciones a escribir  postales atentas. Nadie había pisado aún la tienda. Y, entre inventarios, montaje de muebles y retadoras altas de la luz puaj– empezaron a llegar postales desde Santiago, Baviera, London, los States, Ceilán…; de amigos y de familia, sí, y también de desconocidos, que sin saber qué era la tiendita de papel, ya decían que les gustaba [He tenido que colocar cuerdas supletorias para seguir colgando todas las postales que, aún hoy, siguen llegando.]

Hace unos días superamos los milypico atentos en feisbuk. Los manuales de marketing –y el sentido común y la educación- aconsejan agradecerlo. Sin prisa –estaba de vacaciones, tampoco se iba a abrir un cráter en las redes si pasaban unos días del acontecimiento planetario…- pienso en un concurso. Se trata de que la gente escriba por qué cree que es una persona atenta, bien a través del feisbuk o por carta. Comienzan a llegar decenas de comentarios: “Soy atenta porque doy los buenos días, porque sonrío, porque gracias está en mi grupo de palabras favoritas, porque creo que es contagioso, porque escucho con atención, porque utilizo con precisión el lenguaje, porque el mundo me hizo así…” Y comienzan ¡también! a llegar cartas escritas a mano. Algunas, con rotus y en postales de Atentamente; otras, con poemas y pajaritas plegadas; todas, en precioso papel, y con sus mejores palabras.

Vivo sorprendida y emocionada la corriente de cariño que Atentamente desencadena. De manera fluida por la red, más reposada en papel, con clientes generosos en palabras y gestos… Normal que vaya a trabajar como un balín, y tenga ganas de tirar confetis, de dar palmas y de silbar. Será que estoy imantada. Por la corriente atenta.