Los datos del verano

  • ¡Oh, cielos, si es la papelera! ¿Qué tal ha ido este mes de ganduleo?

Cómo son las conciencias. De hijasdeputa inoportunas.

He anotado en servilletas todas las cosas que me han pasado en este mes sin servilletas:

  • En Hacienda ya me saludan por mi nombre. La última notificación era para decirme que tengo a Montoro loco porque llevo 3 años tributando a través de un modelo equivocado. Entro —con la confianza que dan los ene tendiendo a infinito requerimientos— al despacho de la funcionaria-teniente O’neil. Conozco las fotos de sus hijos, el ficus, la manera de frotarse las sienes, el documento por triplicado que me dicta palabra por palabra. “¿Pero quién es tu gestor?” “Mi padre.” “Dame su número.” Y le brama que haga el favor de presentar en el tercer trimestre el Modelo 309, 309, ¡30999!
  • He dado empleo, temporal y poco cualificado, pero empleo al fin y al cabo. He dado de alta —y ya de baja, snif— a R., tallerista de la tiendita, que me completa y me mejora y es la Espasa Calpe del scrap. Aliarse con gente talentosa es obligatorio. Hacerlo con contrato es la bomba. Otro día hablo de las ayudas para la contratación de mujeres, en paro, y madres de bebés. O casi mejor, lo resolvemos ya: cero.
  • La víspera de gandulear recibo una llamada de un teléfono muy largo. Es el Ayuntamiento. Que la subvención que había pedido hacía 3 meses; la que había invocado con el mantra har har har frente a una vela en el atelier; esa que el gestor había reescrito porque hice la memoria económica con los pies; la subvención. Que me la dan. ¡Un pastizal! para que pueda innovar.
  • Llevo mucho tiempo picando inventario, pidiendo favores, valorando empresas de mensajería, soñando un embalaje que al abrirlo sea como entrar en la tiendita. Porque la bimba va a tener pronto una sorellina 2.0, y

 

  • Chssss. Calla, insensata, todo a su tiempo. Y el ganduleo qué?
  • Ay, el ganduleo muito bem.

Ese señor atento

  • Pues hoy ha venido a la Cámara una muchacha. ¡Dice que quiere montar una papelería? Pero no una normal: nos ha traído un tocho así, que si la soñó viajando, que si va a dar cursos…
  • Ah, qué guay. A mí me encanta el scrap.
  • ¿El qué?
  • El scrapbooking, papá: es hacer álbumes con papeles bonitos, sellos, washis
  • ¿Con qué? Le hemos dicho que menos viajes y más plan de empresa, y que vuelva en un mes. Anda, nena, pásame el pan.

Salí de aquella primera reunión muy chafada. Yo fui esperando comprensión, y lo que me dieron fue tremendo meneo. Se trataba de una asesoría para emprendedores gestionada por personas jubiladas, que antes de estarlo, trabajaron en el mundo empresarial, banca, despachos de abogados, y así. Gente, vaya, con muchísima experiencia, que me retaron con este epitafio: “No te hacemos críticas por que sí, sino para que tu papelería nazca lo más fuerte posible.”

Un mes después, volví con mi Atentamente. Plan de empresa. Contacté con proveedores, adjunté proformas, pronostiqué la viabilidad a 1, 3 y 5 años, calculé gastos fijos mensuales… Los señores jubilados siguieron buscando grietas, y yo seguí empeñada con que era un proyecto a largo plazo, lento, que os he hecho estas tarjetas de agradecimiento, por vuestro acompañamiento.

Entonces, L. pregunta:

  • ¿Oye, y una cosa que se llama washi?
  • Es como un celo de papel de arroz, con dibujitos.
  • Es que mi hija lo usa.
  • Pues voy a tener a trisca. Mira la proforma en el anexo II.
  • Nada: a V. tu tienda le va a encantar.

Yo pensaba que ese señor atento lo decía para animarme, pero no. Más de dos años después, su hija visita la tiendita, compra washi, acude a talleres. El último, un bono-atento regalo de su padre, que vino buscando “algo de esto para V.” Y se sonreía: como si le gustara cómo crece, lento y fuerte, la idea chorlita de aquella muchacha empeñada.

Cosas preciosas

  • Me gustaría hacer un álbum para regalárselo a mi hermana.
  • Quería washi para decorar las paredes de la habitación de los niños.
  • Busco papeles bonitos para forrar una maleta antigua que tengo en casa desde hace un montón.
  • ¿Qué necesito para hacer esas banderitas tan chulas que tienes ahí?

Llegan los clientes atentos cargaditos de ideas de papel. Da un poco igual si son experimentados o novatos; si se erizan frente a las plegadoras –“¡Por fin!”  o las miran con escepticismo –“¡¿Pero si esto es un palo?!” Da igual. Todos se parecen en que les arrastran sus ideas. Las cuentan con entusiasmo, piden consejo, se deciden, y al marchar de la tienda de papel, les digo -porque me gusta que esto sea lo último que oigan-: “Que hagas cosas preciosas.”

Me los imagino, regresando a casa como balines, para empezar cuanto antes las cosas preciosas. La mesa del experto, repulía, con su base de corte y todas las herramientas dispuestas a modo de instrumental quirúrgico. La del novato, un puro barullo de cacharros. Comienza el pro: “Veamos: la cinta de doble cara aquí, la perforadora de esquinas lista, la guillotina a punto, MI plegadora siempre cerca…” Y el popular: “Joooder con la cinta, ¡si está viva!, ¿pero estos redondeles se llaman ojetes en serio?, y lo del palo, ¿para qué valía?” Horas después, el winner concluye: “Bueno, creo que para ser mi primera encuadernación con cosido copto no está mal.” Y mientras, el looser: “¡Ay, amá, qué destrozo he preparao. Estoy fatal. Llevadme a un bar.”

Algunos suben fotos a sus redes sociales, otros vuelven a Atentamente. Los pulcros no están muy conformes con una brizna de cola que se escapó al forrar las guardas -imposible de apreciar al ojo humano-; los guarreras, entre risas, relatan que su álbum desastre al final gustó.

Yo me siento muy afortunada por que me confíen estas historias. Y claro que nos gusta que las cosas queden bien, pero… –lo imperfecto es bonito- también da un poco igual. Da un poco igual si son impecables o chapuzas. Porque están tan soñadas, hay tanto cariño puesto… que son cosas, necesariamente, preciosas.