El chungo, el guay, y el de verdad

El cuento chungo: vuelvo después del finde a la tiendita. Muchísimo sueño. Bostezo hacia el atelier a dejar el bols… ¿Qué es ese hueco del techo? Clonc. Parece… Clonc. ¿una gotera? Clonc. ¡Una goteraaaaaa! Una gotera en una papelería es el apocalipsis, el descrédito, ES el fin. Ya oigo los comentarios: “El caso es que era muy bonita, pero tuvo que cerrarla porque se mojó toda.” Pues a ver qué hago yo con tanto stock. Puedo poner unas banderolas de scrap en el escaparate: “Liquidamos que nos ahogamos.” Pero no, la corriente atenta no es tonta, y no vendrá porque a ver quién quiere comprar papel reblandecido, cuadernos anegados, láminas salpicadas, clonc, por el chorrazo. Esto es el fin. ¿Los autónomos tenemos paro?

El cuento guay: vuelvo después del finde a la tiendita. Está preciosa. Huele a lavanda. Anda, mira, ha salido una gotera. Qué bien que no sea un chorrazo, sino un leve clonc. Voy a poner una palangana y a llamar al fontanero, que fue muy diligente cuando arregló el vater con delirios de grandeza. Y si para solucionarlo hay que cerrar la tiendita, pues pido al seguro que me indemnice, y con el pastizal, me voy a un país multicolor. ¡Bendita gotera! ¡Gracias por venir a hacerme la vida más fácil!

Y el de verdad: tras el finde, abro la tiendita. Lo primero que veo es una gotera. Entro en pánico. Por suerte, no ha estropeado nada. Pongo una palangana, llamo al seguro, viene el fontanero, aporrea el techo, descubre la fuga, tapa el boquete con un folio y cuatro washis en cada esquina: “Nada, esto en dos horas te lo arreglamos.” Han pasado 15 días de pasapalabra entre el seguro, la comunidad y suputamadre. Y mientras me disculpo con la corriente atenta, “¿tú te crees, la palangana aquí en medio?”, ellos me alivian: “Ni me había fijado. ¿Y el washi también se pega en el techo?  Si es que es genial.”

 

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Routers a pares

Menos mal que en yoga he aprendido a hacer una respiración que aleja la furia visigoda. Hay que sacar la lengua, y hacer con ella un turuto; entonces, se inspira por la nariz y se expira por el turuto —zzu zzu—; y así observas las cosas con mucha menos malaostia furia visigoda.

Llevo respirando así n tendiendo a infinito días. Quién me manda a mí —zzu—, qué desayuné aquel día —zzu—, por qué decidí —zzu zzu zzu—  ¡cambiar de compañía telefónica!

Imaginemos que mi compañía es azul, y que tengo el contrato tope guay. Y que ese contrato incluye sí o sí la televisión. Y aunque en la tiendita no hay tele, me traen dos cacharros, “por si algún día quiere poner una tele… aquí,” aconseja el telefónico cegato. Hasta que un día suben la tarifa “porque es que le vamos a meter la Champions.” Entonces, te caes del caballo, llamas a la competencia roja, y empiezas a fantasear como la lechera, pensando en qué te vas a pulir invertir el pastizal que te vas a ahorrar.

Hacen primero la portabilidad del móvil. Bien. Luego, llega una cajita con el router. Vale. Pero, antes de enchufarlo, las dos compañías tienen que entenderse. Y aquí empieza la marcha tropical:

  • Verá, tiene que ir uno de nuestro técnicos porque movistar la compañía azul dice que no hay pares disponibles.
  • ¿Ein?
  • Que le mandamos un técnico de vodafone la compañía roja.

Viene, comprueba, y dictamina: “Vale, pues aunque dicen que no, está clarísimo que sí. En un par de días le avisamos para que autoinstale su nuevo router.”

El router me mira un día, otro, otro más… Y llaman de la compañía roja: “Vamos a iniciar la portabilidad, le vamos a enviar un router, y uno de nuestros técnicos acudirá a comprobar que…” Zzu zzuputamadre zzu.

A día de hoy, tengo:

  • Dos cacharros de una tele que no veo.
  • Dos routers de la compañía azul.
  • Dos routers pendientes de instalar de la compañía roja.
  • Dos contratos con dos compañías distintas.
  • Y la lengua escocía —zzu— de tanto respirar.

 

 

¡Yo no fui!

A lo mejor solo la he cantado yo, y este paralelismo no lo entiende ni Cristofer. Pero el mantenimiento tecnológico de Atentamente me recuerda a una canción que cantábamos de bambinos, subidos en un autobús que nos llevaba a un sitio. Cantábamos erre que erre, y cuanto más coñazo dábamos al autobusero, mejor. Era tipo:

  • Bego robó pan en la casa de San Juan.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡Santi!
  • Santi robó pan…

Pues yo me siento superautobusera ante los aparatos de la tiendita de papel, que se van estropeando uno tras otro, uno tras otro, hasta el infinito y más pacá. Trato de solucionarlo pero no hay manera: cuando arreglo uno, da el coñazo otro. Más o menos así:

  • La bombilla se fundió en el atelier una vez más.
  •  ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡El enchufe!

Se me saltan los ojos como a la carita del wasap. ¿Cómo pueden funcionar las luces y no los enchufes de una misma estancia? Qué intriga voltaica.

  • El enchufe se rompió en el atelier una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡El ordenata!

Las manos que rezan del wasap al recordar lo del inventario.

  • El ordenata se petó en la tienda una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡La pistola de código de barras!

Justo el día que llegan 3 pedidos se incapacita la pistolita. Al menos vuelvo a tener ordenador. A ver si con algún tutorial del YouTube.

  • La pistola se escachó en la tienda una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • ¡La alarma!

¡Montones de caritas sucesivas del Munch del wasap! Si solo tengo la instalación, pero no está dada de alta… ¡¿Cómo es posible que suene laputaalarma?!

  • La alarma robó pan…

Y así se la pegan todo el día los cacharritos, —¿quién yo?—, arreglándose y desarreglándose, —¡yonofui!—, confabulados contra mi persona humana, y logrando —¿entonces quién?— que esta papelera en prácticas sea cada vez menos atenta, y más chorlita.

El inventario es bonito

– ¿Quiere usted igualar el stock teórico con el real?

– Sí, ¿no? Aceptar, clinnnk.

Y entonces se escucha, around the world, a todos los programadores, a Bill Gates, a Enjuto Mojamuto: “¡Nooooooo!”

Todo el inventario, sinf, todo, con sus 931 artículos, a cero. A cero patatero.

– ¿Copia de seguridad ya vas haciendo, no?, pregunta J.A., el informático.

Sinf.

– ¡Nooooooo!

Empiezo a sudar. Empiezo a tiritar. Paso de la carita de Munch a la carita que chorrea lágrimas del wasap. “Mecagoenmipuuutamalasuerte”. “Cielos, qué contrariedad”, pienso.

Valor. Mi gestor –y abuelo atento– lleva semanas animándome a hacer inventario, porque, considera, “te ofrece una información muy valiosa de tu negocio.” Pues mira tú qué bien, que me voy a poner a recabar información valiosa a toda castaña. ¿Y qué hago: pongo cartel de cerrado por inventario? Qué ordinariez, si el inventario es bonito: la tiendita de papel estará abierta mientras cuento, y si hay ventas, pues descuento. ¡Muñequita flamenca del wasap!

Y comienza el inventario:

  • Alfabeto Mayúsculas Artemio: 2
  • Abecedario Mayúsculas Artemio: ¿eins? ¿Pues no es la misma cosa?
  • Papel de triangulitos verdes: 9
  • Papel de cuadritos vichi azul: 7
  • Papel de puntitos grises grandecitos -el inventario es bonito, el inventario es bonito-: 8
  • Washi samekomon matsu, washi shima ao, washi tsugihagi… Peropero, ¿qué manera de llamar a las cosas tiene esta peña nipona? ¿No sería mucho mejor decir washi rojo, verde, azul? ¿O washi kimono? ¿CandiCandi? ¿Murakami?

Y luego, que estoy en fase terca. Mis amigos diciendo: “¿Te cuento las postales?” Y yo: “Si me queréis, ¡irsen!”

Finalmente, acabo. En Atentamente hay 4895 cosas. Entre ellas, cuatro papeleras: la del atelier, la del baño, la de la tienda… y la que recaba información valiosa, no por haberla liado parda, sino porque el inventario… es una mierda es bonito.

Mi medida de todas las cosas

Emprender es bonito”, me digo mientras recojo el portafolios que se tira y se desparrama bajo el agua, que llueve que moja. Me recompongo y vuelvo a taconear bajo la lluvia, para visitar, por tercera vez en 10 días, Hacienda.

Hacienda es bonita, Hacienda es bonita”, voy bisbiseando al pasar por el arco de seguridad. Recojo el número, N8. Espero. Espero más. Meeeck. N8, ventanilla 22. “Esto es registro. Las altas, en la ventanilla 11. Te derivo.”

“Emprender es bonito”, estoy convencida, y regreso a toda castaña para abrir la tiendita de papel. “Hacienda es bonita”, dejo el paraguas en el atelier, aunque hasta dentro de una semana no sabré si estoy dada de alta en el Registro de Operadores Intracomunitarios, alias ROI. Roi, vaya mierda de nombre. Si al menos fuera Roy

Enciendo la música, el ordenador, paso la fregona. Suena el teléfono. Salgo corriendo, pisando todo lo mojado:

Atentamente, ¿buenos días?

– ¿Es MRW?

Telefónica concediendo números usados es bonita, emprender es bonito. Al primer cliente que entre preguntando que qué cojones es esto le arreo un bolsazo, y así las denuncias serán bonitas.

Entonces, es entonces, cuando oigo alguien frotando el cristal de la puerta. Frr, Frr. Agarro el bolso. La puerta no se mueve pero sigo oyendo, Frr Frr. Miro y le veo. Me mira y sonríe. Sonrío yo también. No entra; se queda parado, fuera, mirándome. Suelto el bolso. Voy hacia la puerta:

– Hola.

[Sonríe]

– Qué haces.

[Sonríe]

– ¿Quieres pasar?

[Sonríe. Sonrío]

Su mamá, entonces, le agarra la manita, y los veo marcharse. Aún él se gira, como una peonza a-pun-to-de-ca-er… y sonríe.

Y yo me aflojo, porque un nene de dos años sonríe para decirme que emprender es intenso, desbordante, te salen canas, arrugas el hocico, dices tacos sin querer… Y el nene me sonríe para que recuerde, Frr, Frr, lo pequeño, lo bonito, mi medida de todas las cosas.