Vuelta a escuela

Ha pasado mucho tiempo desde mi último power point. Aquéllos hablaban de las funciones de la documentación y de… ¿de qué más? Bueno, de documentación. Abro el power point para hacer una presentación rumbera para unas jornadas de emprendimiento, en un centro de FP. Quieren que hable de la bimba.

  • Mientras sea fuera del horario de la tiendita, encantada. Que emprender es bonito y unicelular.
  • Pues claro, ríe tibiamente M.C., la organizadora, como arrepentida de la propuesta.

Allá que voy para el insti, me pongo los vaqueros rotos para mimetizarme con el entorno, me sorprende lo nerviosa que estoy, ¡con la de horas de vuelo que tengo!, y mientras disimulo colocando mis cosas, me digo que procure no decir mamarrachadas, que me comporte como una emprendedora que lo peta, que prepare alguna frase lapidaria para cuando les pregunten en el examen: “Según la atenta, emprender es de inconscientes.”

Miro el aula… ¿Son todo varones? ¿Con el mundo cursi de papeles de colores que les traigo? Me van a patear. Se duermen con seguridad. Forza.

Y empiezo a contarles, desde que dejé la zona de confort de la universidad hasta que me subí al trapecio; se ríen cuando digo que soy papelera en prácticas; un chico asiente cuando comparo emprender con una carrera de fondo; les animo a que se formen, se asesoren, se cuiden, a que su pasión sea aquello que, además, sepan hacer muy bien… Y creo que me escuchan de la mejor manera posible, atentamente.

Me marcho muy agradecida y muy a toda pastilla, a abrir la tiendita de papel. Me entra nostalgia de clases y de alumnos, enciendo el ordenador, pongo música, viene una mamá pidiendo 12 gomas de borrar para el cumple de su bambino… Regreso a mi vida de papelera.

Al entrar en el atelier, a por más gomitas, veo el paraguas que el delegado me ha regalado: “Muchas gracias, nos has contagiado mucho entusiasmo.” Y salgo con las manos llenitas de gomas y de ilusión. Qué alegría volver de vez en cuando a escuela. A contar entusiasmada que tengo una tiendita de papel.

 

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La maravillosa historia de niña guitarra y niña caracol

Esta es la historia de dos niñas. Una de piel blanca y otra negra, una con guitarra a la espalda y otra, con caracolitos en el pelo. Dos niñas de ojos curiosos. Dos niñas que no hablan; ¡exclaman! Dos niñas que, de camino a su clase de música de los miércoles, deciden una tarde entrar en la tiendita de papel.

  • ¡Hola! ¿Te acuerdas de nosotras?
  • Pues…
  • ¡Te vimos en el mercadillo! —aquel en el que decidí ser feriante—. ¡Qué escaparate más chulo! ¿Podemos entrar?
  • Pues claro.

Empiezan a corretear: “¡Mira, los waaashis! ¡Mi prima tiene cinco! ¿Cuánto cuesta el más barato?”, pregunta como un riff de guitarra la niña guitarra. Trato de contestar, cuando suspira lentamente niña caracol: “Este cuaderno de lunares… ¡Es precioooso! Le voy a decir a mi padre que me dé la paga los miércoles y así…” Interrumpe su amiga: “¡Ven, ven! ¿Has visto los sellos? ¡Pero qué boniiiitos son!”

Les dejo que disfruten descubriendo las cosas atentas, mientras continúo con los pedidos, los correos, la merienda de la bimba… Pero es del todo imposible. Niña guitarra es una melodía de acordes mayores:

  • ¡¿Y esto qué es?!
  • Son siluetas de madera para decorar…
  • ¡Pero son maravillooosas! ¿Y esto?
  • Una plegadora. Se usa para encuadernar, también para plegar…
  • ¡Qué cosa tan bonita! ¿Y esos libros?
  • Son para colorear.
  • ¡OOOOH!

Niña caracol, mientras, sigue abrazada al cuaderno de lunares. Asiente con entusiasmo todo lo que su amiga señala, pero parece tener claro cuál es su cosa atenta más favorita.

  • Oye, ¿qué hora es?
  • Las seis menos cinco.
  • ¡Tenemos que irnos a clase!

Niña caracol dice adiós a su cuaderno, “la paga, le voy a pedir a papá la paga.” Niña guitarra se tropieza con la caja del papel italiano, “Ups, perdón, ¡pero qué papel tan increíble!” Salen de Atentamente agitando fuerte la mano, y todavía, desde el escaparate, se despiden una vez más.

Por ser ya casi de noche, destaca aún más la luz; la luz que desprenden, los miércoles de otoño, niña guitarra, y niña caracol.

¡Yo no fui!

A lo mejor solo la he cantado yo, y este paralelismo no lo entiende ni Cristofer. Pero el mantenimiento tecnológico de Atentamente me recuerda a una canción que cantábamos de bambinos, subidos en un autobús que nos llevaba a un sitio. Cantábamos erre que erre, y cuanto más coñazo dábamos al autobusero, mejor. Era tipo:

  • Bego robó pan en la casa de San Juan.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡Santi!
  • Santi robó pan…

Pues yo me siento superautobusera ante los aparatos de la tiendita de papel, que se van estropeando uno tras otro, uno tras otro, hasta el infinito y más pacá. Trato de solucionarlo pero no hay manera: cuando arreglo uno, da el coñazo otro. Más o menos así:

  • La bombilla se fundió en el atelier una vez más.
  •  ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡El enchufe!

Se me saltan los ojos como a la carita del wasap. ¿Cómo pueden funcionar las luces y no los enchufes de una misma estancia? Qué intriga voltaica.

  • El enchufe se rompió en el atelier una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡El ordenata!

Las manos que rezan del wasap al recordar lo del inventario.

  • El ordenata se petó en la tienda una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡La pistola de código de barras!

Justo el día que llegan 3 pedidos se incapacita la pistolita. Al menos vuelvo a tener ordenador. A ver si con algún tutorial del YouTube.

  • La pistola se escachó en la tienda una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • ¡La alarma!

¡Montones de caritas sucesivas del Munch del wasap! Si solo tengo la instalación, pero no está dada de alta… ¡¿Cómo es posible que suene laputaalarma?!

  • La alarma robó pan…

Y así se la pegan todo el día los cacharritos, —¿quién yo?—, arreglándose y desarreglándose, —¡yonofui!—, confabulados contra mi persona humana, y logrando —¿entonces quién?— que esta papelera en prácticas sea cada vez menos atenta, y más chorlita.

Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Apéndice necesario para las guías de emprendimiento

– ¿Estás a dieta?

– No, soy emprendedora.

No lo pone en las guías de autoempleo, pero debería añadirse, a modo de apéndice: emprender te pone tipín. Entre los cabreos, las cagadas, las alegrías, las emociones… he hecho la operación bikini sin privaciones, al contrario, apretándome todo lo que me cabía y bebiendo como el padrino de las bodas de Caná.

Tampoco lo dice en las guías para un emprendimiento feliz, y la advertencia es necesaria: emprender te cansa una jartá. Me agoté menos subiendo el Kilimanjaro —por si algún incauto recién caído de Saturno no se ha enterado aún ¡de que yo! subí el Kilimanjaro—. Me levanto calculando las horas que faltan para acostarme. Es verdad que al llegar a Atentamente se me olvida: veo a la bimba y me pongo superfeliz. Incluso así, como dice mi querida P.: “Es que estar contenta todo el tiempo es mu cansao.”

Ergo… Emprender te vuelve un asocial: de casa a la tienda, de la tienda casa, ni ganas para socializar por la 2.0. te deja, con lo que yo me curraba mis estados del feisbuk, qué lástima de chiquilla… El día que decido hacer locuras y salir a cenar, o al cine —en horario infantil, claro, porque pagar para dormirse en el cine es de emprendedores gilipollas—… lo vivo con pasmo fascinado.

Una consideración que algunas emprendedoras hubiéramos agradecido escuchar: emprende cerca de tu peluquería de confianza. Porque vas a flipar con las canas que te van a salir en menos de un año. La última vez que me fui a teñir tuvieron que hacer doble ración del potingue maravilla, tal era el destrozo canoso.

También es cierto que si hubiera leído este apéndice, si en su momento hubiera tenido toda esta información, probablemente no hubiera dado el paso en el trapecio. ¿Y no existiría entonces Atentamente, no habría servilleta…? Pues bendita sea la locura, la inconsciencia, de la papelera emprendedora y atenta.

Profesora-papelera

Por las mañanas, Atentamente está preciosa. Me parece, por eso, muy normal encontrar una pareja sentada frente a la persiana, en el bordillo del jardín, entre magnolios, arces, abedules. Yo a veces también lo hago. Qué bonita está la bimba, aún dormida.

La despierto con cuidado, y entra la pareja. Me cuentan que están buscando un cuaderno porque su profesor se jubila, y quieren darle las gracias por ser tan excelente. “Es un hombre que sabe tanto, y que lo cuenta tan bien… Ayer mismo, en clase de Historia del Arte, ¡nos estuvo hablando de pájaros!”

Eligen un cuaderno fabuloso, con una cubierta que cruza el Estrecho de Bering, el Mar del Norte y el Pacífico. También Australia, donde un koala, superagusto, abraza ¿una acacia?

Me quedo pensando qué suerte mutua, la de los estudiantes, y la del profesor. Los entiendo bien porque tuve Maestros que me enseñaron, sobre todo, actitud. Así también yo lo intenté porque, antes que papelera, fui profesora. Como investigadora, escribía rollos mu cojonuos  artículos de investigación sobrios, rigurosos, pura ciencia. Un coñazo. Pero me las arreglaba para, en medio de aquel paramal, colocar alguna alegría que aliviara al sufrido investigador. Una vez me escribieron de una revista científica aconsejándome que, para su definitiva publicación, modificara ciertos aspectos de mi artículo. Y que se habían reído mucho con mis metáforas.

También en las clases me las apañaba para combinar el jeroglífico de los tesauros con palabras de Paul Auster; la historia de la documentación con música de Damien Rice; la estrategia de la información con la expedición de Amundsen; los criterios de selección documental, con los pasos funambulistas de Philippe Petit. Creía entonces que todo sumaba.

Los veo marcharse con su cuaderno viajero, me alegra seguir encontrando alumnos curiosos y agradecidos, me entra un poco de nostalgia… se me pasa pronto. Porque, aunque es probable que no haya demasiadas papeleras acreditadas por la ANECA, sé que la profesora está orgullosa de la estudiante de Primero de Papelerías. Y que todo suma.

Papelera en prácticas

Quiero ser una buena papelera: hacer pedidos con decisión, colocar productos de modo ejecutivo, atender a los clientes a lo británico –firm but polite-, dominar los modelos 036 y 115, hablar con naturalidad del recargo de equivalencia, saberme de memoria mi ROI y mi PIN y mi password de mis dos bancas online… Quiero ser superbuena papelera.

Pero, por ahora, soy papelera en prácticas. Y, en lo que me gradúo, la cago a diario.

Desde la apertura de Atentamente llevo pagadas  cuatro -¡4!- multas de aparcamiento. La última, con visita al depósito incluida. Allí estaba yo, bombitarubio, detonando con los ojos al funcionario de ¿12 años? que me acababa de levantar 90 -ay- euros.

La cago porque digo cosas convencida, que al minuto se me olvidan:

  • Soy el del gas. ¿Vas a estar el lunes en casa?
  •  Pues claro -y salgo a correr con la vecina-
  • Soy otra vez el del gas. ¿Estarás el jueves?
  • Claro que sí. -¡Y me vuelvo a ir a correr!-

Ni digamos en la tiendita de papel.

Sufro cuando un cliente pide factura. Si hay confianza, le cuento la cruda realidad: que se me olvida cómo hacerlas de una vez para otra; si no la hay, comento muy seria que, en clara coherencia empresarial, se la haré llegar en papel, para ganar un poco de tiempo y recordar cómo cojones se emiten las dichosas.

También la cago con las cosas que se supone debería tener y no tengo: folios dinA4, bolis bic, pegamento, grapadoras… Hace unos días vino B. por segunda vez. B. es erudito. Me alegra verle de nuevo y quiero ser buena papelera. Se lleva washis lisos, unos pliegos Tassotti suavísimos, la perforadora de esquinas –un capricho, anota-. Entonces, pregunta:

  • ¿Tienes cartón para encuadernar?
  • Lo siento, B. Lo usamos en los talleres, pero no lo vendo. De todos modos, puedes encontrarlo en Miranda.
  • Oh, pena… Me gusta tanto tu tienda que quisiera comprarlo todo aquí.
  • Oh. -Y me siento fatal por fallar a B., el erudito-.

Y sin embargo, y al mismo tiempo, me estimula la sensación de incertidumbre, de no saber casi de nada, de moverme con cuidado por si cometo algún destrozo, de aprender de los que saben.

De soñarme buena papelera.

De vivir en prácticas.