El 10%

Vuelvo a mediodía a mi hogar de ladrillo. Enciendo la radio, servicios informativos: “Del total de emprendedores dados de alta en los dos últimos años en la región, el 90% ha tenido que cerrar su negocio. Las razones se encuentran en la falta de preparación y de experiencia.” Evoco las palabras de quien ya lo anunció, antes y mejor que yo: “¡¡A mediodía, alegría!!” (Leticia Sabater)

Apago la radio. Preparo manjares sanísimos. Para compensar, me abro una birrita. Falta de preparación dicen: pero, ¿en qué carrera te explican que emprender es bonito? ¿Dónde te entrenan para el lanzamiento sin paracaídas? ¿Cómo coges fondo para lidiar con burocracias, multitareas, canas, dudas, contracturas? Esta ensalada de lechuga con lechuga tendría que estar recomendada en Saber Vivir.

Y la experiencia, pero vamos a ver: ¿acaso Leticia Sabater cantó bien desde el principio? Vale, esto lo retiro.

Friego el plato.

  • ¿Friegas para un plato?

Es que vaya bobada de indicadores: ¿por qué no incluyen la implicación emocional, la creación de comunidad, la gestión del funambulismo como elementos de evaluación? O si quieren hablar de cosas tochas: ¿por qué no mencionan el colchón económico que el emprendedor debe tener para esos dos años de cero ingresos? Según la noticia, tendría que estar contenta porque estoy en la horquilla del 10% que, tras tres años, vive —¿se nota la cursiva?— del emprendimiento. Pero no me da la gana: en el camino se ha quedado mucha gente que puso idéntica ilusión, trabajo, ideas y pasta que yo.

Llego a la tiendita con tremendo chine. Entra una clienta y se lo cuento todo: lo de la noticia, lo de la ensalada y lo de que friego para un solo plato.

  • ¿Para un plato?
  • Y es que además no tienen en cuenta que, si emprender es bonito, hacerlo sola es mortal con tirabuzón.
  • Pero tú no estás sola.
  • ¿…?
  • Tú tienes a la bimba. Y vosotras nos tenéis a toda la corriente atenta.

 

 

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Herencias

Yo nunca había tenido un negocio. Ni conocí a mi abuelo Sergio. Pero de él debo de haber heredado una habilidad natural para lo precioso. Mi abuelo tenía una tienda de tejidos, en un lugar de la Mancha. Él solito se ocupaba de buscar proveedores, colocar las piezas, manejarse con los paños de doble ancho, medir metros de tiras bordadas, llevar las cuentas, y atender exquisitamente a cada persona que entraba en su tiendecica. Una vez, sería verano, hizo para sus clientas unos paipáis de papel, como cortesía. Lo imagino acodado en el mostrador, apremiado por facturas, las penurias, el calor, pero sonriendo generosamente cada vez que se abría la puerta:

  • Buenas tardes, Nati.
  • Nos dé Dios, Sergio. Busco tela para coserme un vestido. Algo sencillico.
  • Claro. Pues precisamente acaba de llegarme de Barcelona una franela muy buena. Se la enseño.

Invoco a mi abuelo mientras hablo con la corriente atenta: vienen a la tiendita hipnotizadas por las cosas bonitas que comparto en las redes sociales, con ganas de comprar, y también de conversar. Y yo, que también tengo pedidos que hacer, correos que responder, llamadas por contestar —”¿Es MRW“?, lo dejo todo para disfrutar de Atentamente como si yo misma fuera clienta:

  • ¿Dónde tienes las cosas nuevas de Italia?
  • Mira, ¡mira! Son pliegos ilustrados, son postales con faros, cuadernos para mirar las estrellas.
  • ¡¿Pero y cómo aguantas tanta maravilla?!
  • Ya. Llevo toda la semana con dolor de barriga, como cuando te enamoras. Mira este papel. Se llama Pietro vuole volare.
  • ¡Ohhhh!

Se marchan los atentos, dichosos con sus joyas de papel. Que me recuerdan al paipai:

  • Tenga, Nati, una cortesía.
  • ¿Un abanico de papel?
  • Y da muy buen aire.

Abuela Nati lo guardó entre sus joyas. También mi madre. Y yo fui suertuda heredando de abuelo su gusto por lo precioso. Ojalá herede también su paipai de papel.

Mírame, soy pequeña (y atenta)

Clink. Mensaje por el feisbuk:

  • Hola, papelera: ¿tienes este papel marmolado adamascado que te adjunto? Lo he visto en Amazon a dos pesetas el pliego. Pero si lo tienes, prefiero comprártelo a ti.
  • Hola, apreciada: comprátelo en Amazon sin dudarlo. Te lo podría pedir, llegaría en 15 días y costaría el doble. Imposible competir con los plazos y los precios de esas mega empresas que cotizan en bolsa, vamos, igualico que yo tiendas. Ahora, ¿a que ellos no pueden competir con mi encanto? : )

Esa papelera sin abuela, pensé cuando le di a enviar. Pero no iba tan desencaminada.

Hace unos días salgo a pasear, bueno a beber, con mi amiga M., que es sabia y visionaria, y trabaja con empresas Goliat. Abrazada a mi birra, le explico mi sensación de pequeña David. Me tranquiliza: “Mira, los Goliat tendrán pasta para montar emporios. Pero no tienen lo que tú eres. ¿Y sabes? El pastizal se lo están gastando en aprender a ser tú, auténticos, cercanos, generadores de emociones… Vamos, lo que haces de forma natural, y con cero presupuesto. ¿Ellos? Nánáná. Tú sí que eres un caso de estudio. ¿Otra birrita?”

Y es verdad: a veces, tenemos cierto complejo por no ser grande, por no tener de todo, no abrir los festivos, que nuestros precios no estén tiraos, o no recibir cajas de novedades a diario. Error. Nos estamos comparando mal porque ellos no somos nosotros: ¿cómo pretender asemejarse a gigantes, si no tenemos, ¡ni queremos!, patas largas ni vozarrón?

Pero es que, además, me fascina pensar que los grandes nos miran de reojo, se enfurruñan por la frescura de los pequeños, nuestra naturalidad, la manera con que cuidamos nuestro negocio, como si fuera una bimba, un bebé. Y me encanta imaginar a la sabia M. dándoles caña mientras coloca una cuña de publicidad subliminal: “Vosotros, mirad abajo, aprended de los pequeños, sed atentos.”

 

 

Vuelta a escuela

Ha pasado mucho tiempo desde mi último power point. Aquéllos hablaban de las funciones de la documentación y de… ¿de qué más? Bueno, de documentación. Abro el power point para hacer una presentación rumbera para unas jornadas de emprendimiento, en un centro de FP. Quieren que hable de la bimba.

  • Mientras sea fuera del horario de la tiendita, encantada. Que emprender es bonito y unicelular.
  • Pues claro, ríe tibiamente M.C., la organizadora, como arrepentida de la propuesta.

Allá que voy para el insti, me pongo los vaqueros rotos para mimetizarme con el entorno, me sorprende lo nerviosa que estoy, ¡con la de horas de vuelo que tengo!, y mientras disimulo colocando mis cosas, me digo que procure no decir mamarrachadas, que me comporte como una emprendedora que lo peta, que prepare alguna frase lapidaria para cuando les pregunten en el examen: “Según la atenta, emprender es de inconscientes.”

Miro el aula… ¿Son todo varones? ¿Con el mundo cursi de papeles de colores que les traigo? Me van a patear. Se duermen con seguridad. Forza.

Y empiezo a contarles, desde que dejé la zona de confort de la universidad hasta que me subí al trapecio; se ríen cuando digo que soy papelera en prácticas; un chico asiente cuando comparo emprender con una carrera de fondo; les animo a que se formen, se asesoren, se cuiden, a que su pasión sea aquello que, además, sepan hacer muy bien… Y creo que me escuchan de la mejor manera posible, atentamente.

Me marcho muy agradecida y muy a toda pastilla, a abrir la tiendita de papel. Me entra nostalgia de clases y de alumnos, enciendo el ordenador, pongo música, viene una mamá pidiendo 12 gomas de borrar para el cumple de su bambino… Regreso a mi vida de papelera.

Al entrar en el atelier, a por más gomitas, veo el paraguas que el delegado me ha regalado: “Muchas gracias, nos has contagiado mucho entusiasmo.” Y salgo con las manos llenitas de gomas y de ilusión. Qué alegría volver de vez en cuando a escuela. A contar entusiasmada que tengo una tiendita de papel.

 

Mujeres fuertes y atentas

Entra una mujer en Atentamente. La saludo desde la silla de dentista, le digo mi frase —Si te puedo ayudar en algo, me dices…—, asiente con la sonrisa, pasea, suspira un par de veces… y ya aclimatada, se lanza:

  • Te voy a comprar una tinta y otras cosas… ¿Pero me puedes decir antes quién es la bimba?

A mí, entonces, se me olvidan las facturas, las dudas, las multas. Dejo todo lo urgente, y le cuento que la bimba es la tiendita de papel, un proyecto muy soñado, muy deseado, una papelería que aún es muy bebé, que con un año está aprendiendo a andar, que reclama toda mis ojeras y mi atención. Que ahora es lo más importante de mi vida.

  • ¿Cómo una hija?
  • Exactamente así.

La señora parece compartir la exagerada comparación. Me cuenta que su hija acaba de abrir una tienda, que dejó su trabajo porque no era feliz, que esa tinta que se lleva es para estampar unos adornos que va a colocar en el escaparate, que la apoya en todo lo que puede.

Y ahora soy yo la que la entiendo bien. Su historia es la mía y la de tantas mujeres bellas y fuertes que nos hemos hartado de lo que hacíamos y nos hemos lanzado a lo que queríamos, en ocasiones, con más sentido común que conocimientos, pero con una determinación clarividente: no tenemos mucha idea de cómo se hace, pero lo vamos a hacer.

Antes de marcharse, la señora aún me regala palabras atentas:

  • Me gusta mucho lo que escribes en La servilleta.
  • ¡Gracias!
  • Me sirve de inspiración para la tienda de mi hija.
  • <Me quedo sin palabras>

Ya sé que las tiendas son lugares propicios para la anécdota, la historia curiosa, la ocurrencia… Pero me pregunto en cuántas sucederán estos pequeños milagros. Entonces, la bimba se ríe, me tira de la falda, y me señala, como queriendo decir: pues en las tiendas de las mujeres bellas, fuertes. Y atentas.

Una decisión impopular

(Conversación telefónica con el gestorabuelo atentoporteador de táperes)

  • Es que con los libros no tengo este problema.
  • Ya, nena, porque tienen precio fijo. Pero, ese problema, en realidad, para ti es una ventaja porque tu washi es muy exclusivo, y lo exclusivo lleva otro precio.
  • Y encima, justo ahora, que la bimba cumple un año. Va a ser una decisión impopular.
  • ¡Precisamente! Con motivo del cumpleaños, se compra con más alegría. Y vas a hacer descuentos, así que, lo comido por lo servido.
  • Es que me sueño con las clientas atentas: entran felices, van como foguetes hacia la casita del washi tape, reparan en que han subido los precios, y puedo leer los subtítulos de por dentro de su cabeza: “Claro, así también me voy yo de vacaciones a Italia. Pues verás tú como le dé por ir a conocer al señor Kamoi.”
  • ¿A quién?
  • Al señor Kamoi. Es el japo fundador del washi. Se dedicaba a fabricar bobinas gigantes, y un día las cambió por los mini celos de papel de arroz, con dibujos bonitos y fácilmente removibles. Se lo saben todo, papá. ¿Pero no recuerdas la que se lió con el taller sopetón?
  • ¡Pues más a tu favor! Tus clientas ya lo conocen, lo adoran, y saben que el más bonito de toda la ciudad lo tienes solo tú.
  • Y que lo coloco precioso.
  • Y que lo colocas precioso.
  • Ya… La verdad es que este curso sube el alquiler del local, y la cuota de autónomos, he cambiado las bombillas a LED, y no veas la pasta que es lo del impuesto de basuras, y…
  • Y eres un negocio, nena. Y has construido una historia maravillosa en torno a tu tiendita de papel. Pero la historia y el negocio tienen que ir de la mano.
  • Vale.
  • En cuanto colguemos, te pones a cambiar precios.
  • Sí.
  • Que te comas las lentejas que te llevé la semana pasada.
  • Que sí.
  • ¿Vamos a por otro año?
  • ¡Vamos!
  • Y, nena. No olvides cuánto te queremos.
  • … (Y aquí, moqueando, empiezo a subir los precios del washitape)