Las vacaciones del rey Melchor

No sé si estaría aquí desde antes, pero yo no reparé en él hasta el verano pasado: una tarde, al abrir la tiendita, con un calor de mucho sudar, le veo: pantalón de franela, camisa de puños, chaleco, zapato de invierno. “¿Este hombre con estos ropajes?”, pienso, sudando a lo extremeño. Pero voy tan centrifugada que apenas medito.

A las pocas tardes, vuelvo a verlo. Observo lo despacííííísimo que camina por la acera de la tiendita, él solo, sin bastón, bajo el sol. No entiendo nada, este señor tan mayor, este solazo, parece tan frágil… ¿Qué hago, le pregunto si puedo ayudarle? Hay una clienta atenta esperando a la puerta. “¡Ya abro!”

Paso las tardes de verano esperando ver al señor muy mayor. Comienzo a fantasear que está viudo, que por las mañanas acude a un Centro de Día a echar un mus, y que por las tardes hay pasodobles y él ya no está para jotas, así que prefiere pasear. ¿Pero por qué va solo? ¿Vestido para ventisca? ¿Y tan tan taaaaan despacio?

Una tarde, directa de la piscina, aún con los pelos mojados, llego a la tiendita. Ahí está, sentado en el poyete que contornea el jardín. Los abedules hacen lo que pueden, meciéndose levemente.Tengo que hacer muchísimas cosas propias de papelera, pero me conmueve verlo ahí, yo tan frenética, él tan quieto, le tengo que preguntar:

  • Buenas tardes, señor. Vaya calor… Trabajo aquí, ¿quiere que le saque un vaso de agua?
  • Buenas tardes, papelera atenta. Te lo agradezco.

Me perplejo mucho mientras voy al atelier. ¿Cómo sabe el tan mayor mi nombre?

  • Su agua.
  • Muchas gracias.
  • ¿Y cómo es que sale a pasear, con la calorina que hace?
  • Estoy de paso, unos días de vacaciones. En mi empresa solo somos tres, en unos meses tendremos que envolver miles de regalos, y me han dicho que tienes muy buen papel.
  • (40º: estoy helada. Le hago una pequeña reverencia )
  • Pues sí que hay unos papeles preciosos. Pase y elija, rey…
  • Melchor.

 

Una lotería muy repartida

  • Y nos encontramos con una de las afortunadas del día.
  • ¡Soy yo!
  • Felicidades por ganar la lotería de Navidad.
  • ¡Muchísimas gracias! ¡Qué emoción más grande!
  • ¿Nos puede decir cuánto le ha tocado?
  • ¡Un porronazo, yoquésé! Nunca compro lotería, pero este año tenía una intuición, que es la inteligencia sutil, ¿sabes?
  • … Claro, claro. ¿Y qué piensa hacer con todo este dinero?
  • Pues siempre he querido tener una papelería, pero no una de bolis feos y folios chungos: fantaseo con una tienda para enamorados del papel, de su suavidad, su olor, y de las historias y las emociones que desencadena. ¿Me puedes abrir el champán? Que ayer me hice la manicura y…
  • Traiga, traiga. Ya veo que es un proyecto bastante madurado. ¿Y cree que una papelería en estos tiempos funcionará?
  • Oye, ¿no serás de los tristes? No tengo ni la más remota. Pero repasa las cosas que nos decimos cuando usamos papel: que estoy superagusto de vacaciones y he visto esta postal y me recuerda a ti; que gracias por formar parte de este año que se acaba; que espero que en el siguiente sigas cerca y contenta; que te envío este cupón ¡porque este año fijo que nos toca!
  • ¿Y cómo va a compensar la influencia de Facebook o de Instagram?
  • Es que la gente está en las redes, así que las usaré como un escaparate chachi para que se asomen a la tiendita. ¡Ey! ¿Y si escribo un blog? ¡Chinchín!
  • Salud. ¿Y cómo imagina su tienda pasados los años?
  • Con los papeles más hermosos, los cuadernos más suspirados… Con música. Flores. Y gente sonriendo.
  • ¿Y se ha planteado que tenga un taller para aprender a hacer cosas con ese papel?
  • ¡Pero qué idea tan brillante! ¡Más champán! ¡Pero tutéame! ¿Cómo te llamas?
  • Me llamo F. ¿Y los clientes? ¿Cómo te los imaginas?
  • Generosos, divertidos, aten…

Tinoní Tinoní Tinonino

Calla, despertador de la muerte. ¿Estaba soñando que me había tocado la lotería? ¿Otra vez?

Una estrella os escribirá

Como todas las navidades,

  • Solo llevas 3.
  • Ains, la pulcra.

aparece E. en Atentamente, y se hace la luz. Como su nombre, E. ilumina, guía, titila…

  • ¿Titila?
  • Ains, la erudita.

El primer año vino como una centella: buscaba sellos de renos. El segundo año parecía un cometa: quería troqueles de copos de nieve. Este año aparece veloz, con muchas dudas, y mucha luz.

  • Hola, E.
  • Qué tarde vengo este año.
  • ¿Traes alguna idea?
  • Traigo a mi marido.

Y empiezan a buscar papeles, sellos, tintas… Piensan, comparan, dudan, se aturullan. Ven el papel italiano de la partitura: “Ay, si hubieras estado hace cuatro navidades… Nos empeñamos en hacer la postal con papel de partitura, y como no encontramos nada, nos la pintaron a mano, la escaneamos, e imprimimos en cartulinas. Y no era una partitura a lo loco, que era un villancico.”

Escucho con disimulo papelero sus debates, me freno en ayudarles, y dejo que resuelvan ellos solos su misión navideña. No convencidos, se marchan con papel para dos prototipos, “él quiere en rojos, y yo en azules… Este año no llegamos”, se despide E. fugaz.

A los días, regresa y pide tintas en azules, parece que su prototipo se consolida. Y ya, en el mostrador, me lo explica: “Es que para mí, este jaleo de hacer las postales en familia, ES la navidad: juntarnos, pensarlas cuidadosamente, confeccionarlas en cadena, enviarlas a nuestros queridos. Porque aunque no los veamos el resto del año, esta postal sirve para decirles que les recordamos, que los tenemos aquí —se toca el corazón—.”

  • ¿Y esta postal del pajarito?
  • Es nuestro petirrojo, que anuncia la llegada del frío, y de la navidad.
  • ¿Sííí? Pues lo pienso proponer en cuanto llegue a casa: dibujar un petirrojo. Este año no acabamos.

Deja E. una estela en el suelo de la tiendita. Voy a por el cepillo, barro, y no me sorprende nada encontrar en el recogedor un montoncito de polvo de estrellas.

 

Lo atento que yo más quería

Yo creo que sonreirá. Sonreirá con solo ver la bolsa de Atentamente en sus zapatos, porque adivinará que es el libro de colorear que había pedido, un librote balsámico, para pasar las tardes de invierno sacando punta a sus lápices acuarelables, coloreando bosques encantados.

  • ¿Y si no le gusta, lo puede cambiar?
  • Claro… Pero le va a chiflar.

Cómo me gustaría ver la cara que pondrá cuando deshaga el lazo, abra la cajita de cartón, retire el confeti y, por fin, descubra los pendientes de pajarita de sugus. Azules, los que más quería. Cómo me gustaría verla, poniéndoselos delicadamente, tan leves, cosquilleándole la oreja.

  • ¿Y si los prefiere en otro color?
  • Los puede cambiar sin problema. Pero vas a triunfar.

Qué felicidad cuando abra la bolsa, retire el papel de seda, y aparezcan ¡un montón! de papeles de scrap, varios washitapes, un par de cordeles, pegatinas, sellos de silicona, tintas… Seguro que le mira fascinada, y luego, se lo come a besos.

  • Es que mi chica tiene mogollón de todo esto. Si repito algo, ¿lo puede cambiar?
  • Claro que sí.
  • Si sé que tenéis lo del Bono Atento, pero prefería elegirlo yo.
  • Y seguro que aciertas. —Se lo come a besos fijo—

Envolver para regalo. Parece un gesto mecánico: quitar precio, cubrir de papel de seda, elegir la bolsa, cerrar con washi… Total, dirán algunos tristes, si lo van a romper. Y qué va. En cada regalo sonrío mucho a quien compra, fantaseo con quien lo recibe, deseo que esos lazos y ese papel envuelvan algo muy soñado.

Tras las fiestas,  vuelve la tiendita a la normalidad. Viene una clienta. Se lleva una ilustración. Pregunta:

  • Hoy estarás con devoluciones, ¿no?
  • Pues no.
  • ¿Y eso?
  • Pues no sé… Será que todo el mundo ha recibido lo atento que más quería.

 

 

 

Bimba de paz

V., la vecina de la fotocopiadora, lo dice ya desde la puerta: “Es que me gusta venir a traerte los flyers porque, es entrar en Atentamente, y se respira como paz.”

La corriente atenta también solemniza exageradamente en la misma dirección: “Me quedaría a vivir aquí.” “Los talleres son mejor que un spa.” “Puedo mirar solamente el papel? Me relaja.”

A. viene a conocer a la bimba, y también a la papelera atenta. Nos hemos escrito correos y wasap, tenemos amores comunes que nos hablaban de cuantísimo íbamos a conectar, dábamos mutuamente a los megusta de nuestras redes sociales, pero nunca nos habíamos visto. Hasta que llegó la Navidad. La bimba de A. se llama Cocowawa, y es preciosa, y es valiente, y delicada como la organza. Al marcharse, nos damos otro abrazo más. Sin soltarme, dice: “Traía muchas cosas en la cabeza, pero se han disuelto todas. La bimba da mucha paz.”

A mí también me ocurre: me precipito en la tiendita como una peonza, mareada por todo lo que ya he hecho y lo que me espera por hacer. Entonces, abro la puerta, huele a Atentamente, y comienzo a estar inmediatamente bien.

Y pienso, que estos días, podíamos compartir de alguna manera la paz que la bimba nos da a todos día tras día.

Probemos hoy.

Feliz Noche de Paz.

Tesoros en el buzón

Una se piensa que es lo más del veraneo, que hace unas cosas que te cagas, que lo petas que fascinan. Una se cree, por ejemplo, que escribe las postales de navidad más molonas, las más entrañables, que causan las más tremendas emociones… Qué va, qué va, qué va.

Esta semana he recibido un montón de felicitaciones de navidad. Pero nada de papásnoeles del wasap ni bodrios textos de Paulo Coelho en el muro del feisbuk. Son postales especiales, pensadas con cariño y escritas, con las palabras más bonitas, en papel.

Algunas las manda la familia. ¿La familia? Claro. Aunque nos lo decimos cada vez que nos vemos, también nos gusta recordarnos, por carta, que nos queremos. “Nena, se desliza el boli taaan bien por este papel…”, escribe la abuela atenta en Bimba con dono, una postal italiana que compró… en Atentamente.

Otras son de amigos, las traen en mano. Aparece A., clienta atenta number one, como que para comprar –y pedir facturas, afú-. Mientras yo hiperventilo porque la base imponible y el iva no suman el precio de venta al público -afúúú-, ella me da una postal: dentro lleva el sello de los muñecos de navidad, y fuera, unas velitas de washitape. “Mira, la hemos hecho en el cole. Para ti.”

V. ya me mandó una postal este verano, antes incluso de conocernos. En la tienda de papel está su delicado libro de poemas, ilustrado con agua de té. Trae unas postales de regalo, y otras para vender. Hay unos papánoeles –mal-, pero vestidos de azul –bien-.

Es la cartera quien llega con la tarjeta de S., decorada con el detalle que pone a todas las cosas. Papel suave, sellos, troqueles, washis… Y lo mejor, palabras. Las leo, empiezo a hacer pucheros, entra gente, y los recibo atentamente entre lágrimas. Y a todos nos parece bien.

Hacerlas o comprarlas, pensarlas, escribirlas, enviarlas, recibirlas, olerlas, tocarlas, releerlas, guardarlas… No creo que sean solo postales. Son tesoros en el buzón.