Huele a Atentamente

Todos los manuales que lo cuentan, lo cuentan: el marketing olfativo es una cosa de mucho molar. Que tu negocio se reconozca por su aroma, y que ese estímulo suscite en tus clientes emociones, y que esas emociones estén conectadas con sus monederos… El marketing olfativo es tu amigo.

Antes, cuando iba a tiendas —como hacen las personas humanas que no tienen tiendas en las que se tienen que quedar para que vengan otras personas humanas, eh, que estoy muy a gusto, no es una queja, es una leve nostalgia— prestaba mucha atención a los olores. Y sin abrir un solo tocho de marketing olfativo, sabía que Atentamente iba a oler muy bien; aunque entonces no sabía a qué. Ahora sí.

Como es una bimba, la tiendita de papel huele necesariamente a colonia de bebé, una esencia amable que se mezcla con agua y se evapora en el humificador que me regaló mi querida M. Coloqué el cacharro debajo de la caja de fruta en la que descansa el equipo de música. Es por eso que, el perfume, tamizado por la madera y la música, destila ese olor tan rico.

Para ser mejor papelera, la papelera precisa flores. Mi floristera más favorita dice que tiene manazas salvo para hacer los ramos más bonitos del planeta. Depende de la estación y de lo que a ella le dé la gana, el escaparate se perfuma de lirios, astromerias, peonías, anastasias, clavelinas, falsa pimienta, hojas de roble, hortensias azules… Últimamente me las regala mi novio formal. Y llevan tanto cariño en cada pétalo, que solo pueden oler a maravilla.

Toda la tienda y todo el atelier se impregna con la corriente atenta, que deja un aroma cálido y fresquito, que se contagia y que te abraza y te hace cosquillas y te da ganas de bailar.

Y, sobre todo, día tras día, se perfuma con esencia de papel, con papel que se elige, se escribe, se dibuja, se colorea, se corta, se pliega, se troquela, se contempla, se acaricia, y se hueleatentamente.

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Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Eruditos de lo inútil

Hubo un tiempo en el que decidí vivir despacio, y en tanto me inventaba un trabajo que me volviera a enamorar, me dediqué a cultivar lo inútil: ver crecer mis flores, silbar, memorizar libros, ir a clases de francés para hacer amigos, apuntarme a un curso de ópera organizado por A.N. … Aunque si hubiera sido de finanzas para desnucarse de aburrición también hubiera ido; porque todo lo que hace A.N. es maravilla.

¿Pero a dónde quieres llegar? ¡Que estamos hasta arriba de cosas superimportantes!, brama el coro de lo útil.

Pues a que A.N., ¡A.N.!, ha venido esta semana a Atentamente.

– ¡Hola! Perdona que no haya podido venir hasta ahora, me han hablado tanto de tu tienda preciosa, ¿estás contenta?

De la impresión, me caigo de la silla de dentista, y ya que estoy en el suelo, aprovecho para besarle los pies, porque A.N., al igual que B., es erudito de lo inútil, de lo curioso, lo efímero, lo bello, de las cosas que nos salvan de la asfixia, de la no-vida*. No aprendí mucha ópera porque es que eran muy largas y a mí me daba me da el sueño prontísimo, pero me enseñó a sonreír con los ojos.

Contempla A.N. la tienda de papel, elige sobres, pegatinas, tararea y lleva el compás de la música con la mano. Yo disimulo ante el ordenador, como si hiciera cosas útiles —”Apreciado señor Washitape: soy una atareada papelera que…”— pero, en realidad, miro, embelesada, la mano bailarina del erudito.

Está a punto de marcharse. Le suena el móvil. Se disculpa. Le sonrío con los ojos.

– ¡Hombre, B.! ¿Qué tal todo? Pues te había llamado porque quería contarte que…

“¡Atiza!”, pienso, de nuevo contra el suelo. “Si B. es erudito, y A.N. es erudito, lo natural es que estén hilvanados y juntos hagan maravillas.” Y me siento muy honrada por que lo inútil nos cría, y Atentamente nos junta.

*Ordine, N. (2013). La utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado.

Llena eres de música

Habrá días en los que coma espartanamente, y habrá semanas en las que habite una cochiquera, pero no habrá un solo día —un-solo-día— en el que no escuche música. Si voy en coche, suena Radio 3; si salgo a correr, lo que salte del iPod, si voy camino de la tiendita de papelSantiBalmes+todolodemás. A los que nos pasa, esto nos pasa: la música nos hace más altos, más guapos, y con los ojos más azules.

Era inevitable, pues, que la bimba de papel saliera muy musiquitas. Quizás porque, antes de ser papelería, fue el atelier de un lutier. Quizás porque entre sus vecinos se encuentran dos escuelas de música, el conservatorio y la estatua de Rafael Farina. Quizás porque entre las primeras cosas que tuvo fue una pista de baile, escrita con washitapeQuizás. Quizás. Quizás.

Cada día de la semana, la tienda afina su oído con músicas diversas: los lunes, culta; los martes, europea; los miércoles, tangos, boleros, samba sudamericana; los jueves, música de raíz americana; los viernes, SantiBalmesQuieroPorlarContigo música indie; y los sábados, la música se acomoda a si la bimba está más cansadita, más revoltosa, más pensativa.

En los sellos de partituras y de cintas de casete; en el papel de instrumentos musicales, en la perforadora de la corchea, en la ilustración del león en pleno riff, en el Te Veo Música… Llena de música. Con el rollo del San Valentín escribí en el espejo una estrofa de la canción de amor más bonita del planeta. Por suerte el valiente coñazo pasó, y la canción sigue, queriendo pintarte, aunque no lo consiga.

A veces, en estas mañanas de primavera, la bimba se queda quieta, en silencio, la música está fuera: los pájaros, contándose cosas propias de pájaros, el viento tonteando con las hojas de los abedules, bambinos en fila de a dos, camino de alguna aventura… Me gusta entonces dejar la puerta abierta. No importa si entran también moscas y pelusas… porque la bimba se sonríe, se llena de gracia, y de música.

Al principio fue la música

Cuando te da un siroco y dices que vas a abrir una papelería-atelier, una de las primeras cosas que has de encontrar es un local –o una bajera, que dirían mis navarricos-.

Dice Jorge Carrión que las librerías han de rodearse de vecinos que les hagan espejo, lugares amigos que narren historias parecidas, tiendas cómplices con las que tender puentes.

Yo fantaseaba con encontrar un local cerca de Hydria. Nacer a la sombra de una librería tan enraizada, con ramas tan amplias, hermosas y diversas, me daba alegría. Y confianza. Sabía que junto a los libreros atentos las cosas iban a estar bien.

Pero los precios de los locales –o bajeras- me hicieron renunciar a las palabras poéticas de Carrión, y optar por la pálida prosa de los gastos fijos mensuales.

Y entonces fue la música. Porque, puede que haya gente que no sepa dónde está en Salamanca la calle Sierpes, pero todo el mundo sabe llegarse hasta la estatua de Rafael Farina, cantaor charro universal que vivió -y seguramente canturreó- en esta misma calle.

Así que fui a ver un local pegadito a la capa charra de Farina, y desde que lo pisé sentí que sí. Paseé por la sala, el taller, bajé al almacén… Desde el escaparate miré el magnolio del jardín. Lo imaginé provocándome cada primavera con sus flores rotundas; cada invierno, cobijándome en sus hojas barnizadas, y sentí que sí. Los vecinos –una imprenta, una fotocopiadora, un periódico, una escuela de música- me recordaron aquella poesía de los puentes. Por fin, le pregunté al propietario:

–       ¿Y esto qué fue antes?

–       Fue el taller de un luthier.

(Yo creo que entonces se oyó un SÍ mayor)

Volví a casa con el eco de virutas, gubias, cajas armónicas, cuerdas, clavijeros… Quizás estaba un poco sugestionada por mi reciente viaje a Italia, a Cremona, la ciudad natal de Antonio Stradivari, el luthier en cuyas manos nacieron joyas de madera eterna.

Necesitaba una opinión menos arrebatada y se la pedí a R. “Yo voy a verlo; si me gusta te lo digo, y si no, también.” Paseó por la sala, el taller, bajó al almacén –“Mola la cripta”-. Tenía prisa porque se había escapado del curro. Pero antes de irse, en mitad del local, asintió muy a cámara lenta, y solemnemente, sacó del bolsillo el disco que yo más quería, mientras musitaba: “Es aquí, maría, es aquí.”

Luego llegaría el origami y el washi tape. Pero al principio fue la música.