La puerta abierta

La primera tarde que puedo dejar la puerta de Atentamente abierta es algo parecido a algo muy bonito. Se pasa todo el invierno cerrada, velando por la bimba, siempre gateando en calcetines de rayas amarillas, que no pase frío; conservando los aromas a jengibre, a canela; la música, que siempre sea cálida; el papel, de buen gramaje, para que cuando la corriente atenta abra la puerta, olvide los fríos fuera, y encuentre calor.

Así que pasamos el invierno metidas en nuestra cuevita de papel. Hasta que llega la primera tarde. Y por más que pretenda hacer cosas propias de papelera, no paro de girarme, de mirar, ¡es que ahí fuera pasan montones de cosas! Pasa que están comenzando a brotar hojas diminutas en los abedules, esas que, por tener la puerta abierta, se colarán en otoño por toda la tiendita y me parecerá genial. Pasa que el cerezo japonés ya está en sakura, y es imposible no mirar su copa de flores rosas, cómo el viento la despeina, y van cayendo levemente, en suave danza oriental. Yo quiero pero no puedo dejar de escuchar la conversación de dos chavalas que lo flipan, en plan, aún no me ha contestado, y lo ha visto, tía, porque tiene doblecheck en el wasap. Lo intento, de verdad que sí, pero me distraen los pájaros, los de mi cabeza chorlita y los que se cortejan, de magnolio a magnolio. Un chico silbando deja una estela a jabón, los radios de una bici rebotando en el pavés, Blas, que hasta que no salgo a hacerle cariños no para de ladrar, el olor a hierba, las ganas de pisarla, la luz que crece 6 minutos cada tarde y que pinta el cielo primero dorado, y luego, se sonroja. Como yo, al darme cuenta de que me he pasado la tarde mirando algo parecido a algo muy bonito.

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Operación Luz

  • ¡Y como volvamos a pasar por aquí y sigas sin luz, te enteras!

En condiciones normales las hubiera mandado al guano con los subtítulos de por dentro de la cabeza, pero estas señoras me dicen las verdades del barquero con tanta gracia, que tomo nota de todas sus vehemencias.

  • Es que tu tienda es preciosa, ¡es como de Centroeuropa! Pero hoy nos la hemos vuelto a pasar, y sabemos que está aquí, perfectamente.

No digo yo que su parlanchineo intenso pueda distraerles hasta el punto de pasarse la tiendita, pero tienen santa razón: Atentamente no se ve —carita que llora, carita que llora, carita que llora del wasap—.

Despliego el operativo Operación Luz. La Operación Luz —en adelante, OL— acomete dos acciones: una, indoor, dirigida a iluminar mi escritorio. Busco las lámparas más bonitas, pido a S. que me sugiera un electricista, y aparece un señor con el pelo lleno de bombillas, vale, eran rizos: “Me he pasado tu tienda. Necesitas luz fuera.” Que es la acción outdoor: instalar un vinilo luminoso para que, por la noche, cuando acueste a la bimba y baje la persiana, se vea desde Cuenca dónde está Atentamente.

La OL va fenomenal: llamo al señor vinilo. Es joven, amable, escucha pacientemente las dos acciones, toma medidas, me asegura que va a quedar genial. Su cara me resulta familiar, y como me siento poderosa por la envergadura de la operación, le cuento:

  • Pues el caso es que tu cara me suena…
  • Y a mí la tuya también.
  • ¡Anda! ¿Y de qué puede ser? ¿Vas a yoga? ¿Compras en el Gadis? ¿Eres runner?
  • Soy torero 〈sic〉.

Mientras le despido con una ovación, pienso en las cosas extraordinarias que suceden en la tiendita, y espero, por la cuenta que me trae, que se haga la luz antes de que vuelvan las parlanchinas. Van a flipar cuando vean a lo lejos el vinilo ribeteado, todo de bombillitas, de grana y oro.

Las tardes de puntillas

La búsqueda del equilibrio —Paulo Coelho, sal de mi cuerpo— también existe en las papelerías. Hay semanas en las que vas como la carita que aprieta el culo los dientes del wasap: se te apelotonan cuatro talleres, cinco pedidos, infinitos correos, la regla y la cansaera general. También los clientes acuden en aluvión, y me chino porque no me dejan concentrarme en cosas propias de papelera.

  • Vender es LA COSA de la papelera.
  • Tío Gilito, sal de mi cuerpo.

Y luego, llega el equilibrio. Tardes en las que todo se detiene, apenas entra gente, las horas caminan de puntillas, y parece que no pasa nada, como en las etapas de transición del Tour. La cosa es que me encantan las etapas de transición del Tour.

Y por eso, disfruto mucho las tardes de pedalada lenta, silenciosa, en las que me dedico a contemplar atentamente la tiendita. El sol de la tarde hace cosquillas a las pajaritas de papel y, durante unos minutos apenas, se ve una guirnalda de sombras reflejadas en la pared, efímera, hermosa. Giro en el taburete para no perdeme el cinexín que, las tardes de sol, se proyecta sobre la pared de papel pintado. Dura solo un instante -hay que estar muy atento- y puede leerse…

AtentamentE

Lunes, de 17-20; martes a sábado, de 10.30-14…

Me sé de memoria el horario pero, intuirlo sombreado en la pared me parece un pequeño espectáculo. Como descubrir que a la orquídea le está brotando un tallo nuevo. O que los membrillos siguen perfumando. O que la bimba se duerme cuando dejo de oír su botita roja —pom, pom, pom—, golpeando el suelo, al compás de la música… Parece que no pasa nada; pero por las tardes, de puntillas, pasa todo.