Llena eres de música

Habrá días en los que coma espartanamente, y habrá semanas en las que habite una cochiquera, pero no habrá un solo día —un-solo-día— en el que no escuche música. Si voy en coche, suena Radio 3; si salgo a correr, lo que salte del iPod, si voy camino de la tiendita de papelSantiBalmes+todolodemás. A los que nos pasa, esto nos pasa: la música nos hace más altos, más guapos, y con los ojos más azules.

Era inevitable, pues, que la bimba de papel saliera muy musiquitas. Quizás porque, antes de ser papelería, fue el atelier de un lutier. Quizás porque entre sus vecinos se encuentran dos escuelas de música, el conservatorio y la estatua de Rafael Farina. Quizás porque entre las primeras cosas que tuvo fue una pista de baile, escrita con washitapeQuizás. Quizás. Quizás.

Cada día de la semana, la tienda afina su oído con músicas diversas: los lunes, culta; los martes, europea; los miércoles, tangos, boleros, samba sudamericana; los jueves, música de raíz americana; los viernes, SantiBalmesQuieroPorlarContigo música indie; y los sábados, la música se acomoda a si la bimba está más cansadita, más revoltosa, más pensativa.

En los sellos de partituras y de cintas de casete; en el papel de instrumentos musicales, en la perforadora de la corchea, en la ilustración del león en pleno riff, en el Te Veo Música… Llena de música. Con el rollo del San Valentín escribí en el espejo una estrofa de la canción de amor más bonita del planeta. Por suerte el valiente coñazo pasó, y la canción sigue, queriendo pintarte, aunque no lo consiga.

A veces, en estas mañanas de primavera, la bimba se queda quieta, en silencio, la música está fuera: los pájaros, contándose cosas propias de pájaros, el viento tonteando con las hojas de los abedules, bambinos en fila de a dos, camino de alguna aventura… Me gusta entonces dejar la puerta abierta. No importa si entran también moscas y pelusas… porque la bimba se sonríe, se llena de gracia, y de música.

Al principio fue la música

Cuando te da un siroco y dices que vas a abrir una papelería-atelier, una de las primeras cosas que has de encontrar es un local –o una bajera, que dirían mis navarricos-.

Dice Jorge Carrión que las librerías han de rodearse de vecinos que les hagan espejo, lugares amigos que narren historias parecidas, tiendas cómplices con las que tender puentes.

Yo fantaseaba con encontrar un local cerca de Hydria. Nacer a la sombra de una librería tan enraizada, con ramas tan amplias, hermosas y diversas, me daba alegría. Y confianza. Sabía que junto a los libreros atentos las cosas iban a estar bien.

Pero los precios de los locales –o bajeras- me hicieron renunciar a las palabras poéticas de Carrión, y optar por la pálida prosa de los gastos fijos mensuales.

Y entonces fue la música. Porque, puede que haya gente que no sepa dónde está en Salamanca la calle Sierpes, pero todo el mundo sabe llegarse hasta la estatua de Rafael Farina, cantaor charro universal que vivió -y seguramente canturreó- en esta misma calle.

Así que fui a ver un local pegadito a la capa charra de Farina, y desde que lo pisé sentí que sí. Paseé por la sala, el taller, bajé al almacén… Desde el escaparate miré el magnolio del jardín. Lo imaginé provocándome cada primavera con sus flores rotundas; cada invierno, cobijándome en sus hojas barnizadas, y sentí que sí. Los vecinos –una imprenta, una fotocopiadora, un periódico, una escuela de música- me recordaron aquella poesía de los puentes. Por fin, le pregunté al propietario:

–       ¿Y esto qué fue antes?

–       Fue el taller de un luthier.

(Yo creo que entonces se oyó un SÍ mayor)

Volví a casa con el eco de virutas, gubias, cajas armónicas, cuerdas, clavijeros… Quizás estaba un poco sugestionada por mi reciente viaje a Italia, a Cremona, la ciudad natal de Antonio Stradivari, el luthier en cuyas manos nacieron joyas de madera eterna.

Necesitaba una opinión menos arrebatada y se la pedí a R. “Yo voy a verlo; si me gusta te lo digo, y si no, también.” Paseó por la sala, el taller, bajó al almacén –“Mola la cripta”-. Tenía prisa porque se había escapado del curro. Pero antes de irse, en mitad del local, asintió muy a cámara lenta, y solemnemente, sacó del bolsillo el disco que yo más quería, mientras musitaba: “Es aquí, maría, es aquí.”

Luego llegaría el origami y el washi tape. Pero al principio fue la música.