Grotesca 12

En verano -no en este; en el verano verdadero- pido a Vadevintage la silla de dentista en la ahora escribo -definitivamente cómoda, como ya me anticipó L. probándola antes de vendérmela-, una minimesa, y la caja tipográfica. No sé muy bien para qué quiero la caja, para nada útil por supuesto, probablemente sea un ornamento de la tienda, de esos que abrigan.

Cuando llega, compruebo que los huecos de los tipos móviles se ahorman perfectamente a las tintas y los sellos. Me parece hermoso que las cajas altas y bajas, en otro tiempo llenas de piezas de plomo ennegrecido, acojan ahora bicis, brújulas y dientes de león de caucho, que esperan, inmaculados, a mancharse con los colores de las flores.

Aprecio la confección de la caja, en madera humilde y rotunda; entro la mano en el tirador de hierro, desgastado por las veces que se habrá abierto y cerrado apresuradamente para acabar de componer una noticia, o la participación de una boda, o un recordatorio funerario. Y me doy cuenta de que todavía lleva pegado, a la derecha, el nombre de la fuente: grotesca cuerpo 12.

Grotesca 12, grotesca 12. Aguanta el nombrecito. Rendida como estoy ante mi tipografía, Calamity Jane, tan voluptosa y aventurera, la grotesca me observa desafiante, espartana y sin rabitos –serifas, perdón, señora Grotesca-. Y para acabar de arreglarlo, resulta que está emparentada con la familia de palo seco -¡carita del Munch del wasap!-

Le digo:

– Señora Grotesca, acomódese. ¿Le apetecería un té?

– ¿Un té? ¡¿Pero qué birria de sitio es este?! ¡Absenta!

– Claro, claro, absenta…

Mientras voy pensando en una excusa para devolver la caja pimplante, decido saber algo más de esta fuente. Leo que es una tipografía del s. XIX,  que en América se llama Gótica, que se usa particularmente en titulares de periódicos por su cómoda lectura, y que pese a su austeridad también se concede ciertas licencias -absenta aparte-, como un leve saliente en la G mayúscula que asemeja una barbilla, y una g minúscula que recuerda dos barrigas. Barrigas, barbillas… cosquillas.

Comienzo a colocar los sellos en la caja. Se muestra indiferente ante el diente de león, la brújula o la partitura. Pero empieza a sonrojarse cuando coloco el sello de Gatos. Parece que se recompone, cuando paso a las tintas:

– Querida, este pigmento se llama embosinG, se usa para acabados con relieve.

– Aquí te dejo las tintas distress, perfectas para dar un aire vintaGe.

– Aunque las más habituales son las eyecat, ya sabes, ojo… de… ¡GGGato!

Es imposible. Inútil resistirse. No hay grotesca cuerpo 12 que se resista a las cosquillas atentas.

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Calamity Jane

  • ¿Cuál de los dos logos te gusta más?
  • ¿… Ah, pero son dos? Yo no aprecio la diferencia entre uno y otro. Pero la tipografía está chula.
  • Se llama Calamity Jane.
  • ¿Como la pistolera?
  • Yes.

La diseñadora atenta me pidió que hiciera una macroencuesta sociológica para sondear la percepción de la opinión pública en torno a un tema crucial: si el logo de Atentamente debía empezar y acabar en mayúscula, o no.

Para mí es una excusa ―una más― para contárselo. Ante sus respuestas, anoto mentalmente: “No hay nada que hacer si no distingue dos diseños TaN clamorosamente diferentes.” Y luego: “Aún hay esperanza si se remueve con Calamity Jane.”

Y es que, como para no estremecerse ante la historia de esta mujer fabulosa. Martha Jane Canary nace en 1852 en Missouri ―en el centro, pelín a la derecha de EE.UU. … tipo Guadalajara―. Es la mayor de seis hermanos, que pronto quedan huérfanos, y que ella saca adelante… vistiéndose de soldado y alistándose en todas las campañas de la época. Al tiempo que trabaja de enfermera, de cocinera, de lavandera, de minera, va adquiriendo extraordinarias habilidades como pistolera y jinete.

Calamity Jane, además de muy guerrera, es muy fantasiosa; le encanta relatar, sin miedo a la hipérbole. Cuenta que cabalga como exploradora junto a Buffalo Bill, y que sirve en las campañas del general Custer ―aquí, una coda, recordada por mi periodista favorito, Jacinto Antón. Relata Antón en su librazo Pilotos, Caimanes y otras aventuras extraordinarias, que en la unidad del Séptimo de Cabellería de Custer, además de Calamity, iba el enviado especial del Bismarck Tribune Marck Kellog, quien tuvo la exclusiva de la batalla del Little Big Horn y no pudo contarla porque los sioux lo saetearon, le arrancaron la cabellera, y una oreja, ausshh―.

Idolatra, Calamity, al pistolero Wild Bill Hickok, con quien asegura tener un hijo, entre disparos y galopes. Porque la chica de Missouri es de enamoramiento súbito y, aunque se casa con Clinton Burke, ella bebe los vientos por Hickok. No duda en perseguir al asesino de su pistolero con un hacha, ni en exigir, llegado el día, ser enterrada cerca de su amado.

Calamity es una aventurera que vende caro su amor, y ay del hombre que ose ofenderla: se expondrá a tremenda calamidad.

Sus últimos días los pasa trabajando en espectáculos del salvaje oeste. Muere en 1903, y cumpliendo sus deseos, la guerrera y el pistolero yacen juntos en el cementerio de Mount Moriah, en Deadwood.

Cómo no querer tener la tipografía de una mujer aventurera, enamoradiza y fantasiosa.

Cómo no querer a quien la reconozca.