Cuidad de la bimba

“Cuidad de la nena, que es pequeñica.” Recuerdo esta frase como el estribillo de la nana de mi infancia. También yo se lo digo a las clientas más piccolinas, niñas que, muy atentas, cuidan de la tiendita de papel.

“¡Mira! Nos hemos puesto las camisetas con nuestros nombres para que nos distinga bien”. La bimba de papel da palmitas cuando ve a las gemelas S. y M. llegar. De primeras, un poco cansaditas; luego, se van animando mientras rastrean los lápices, las gomas de borrar.

– ¡Me gusta la jirafa y la galleta! Voy a rifarlo a ver cuál me toca… Pitopito… ¿La galleta? ¡Pero es que prefiero la jirafa!

La bimba se ríe. Ella también se aturulla cuando no sabe lo que quiere. Mientras, M.— ¿o es S.?— teclea en la máquina de escribir. Su mamá le advierte, firme y cariñosa:

– Esto no es un juguete.

– ¿Y qué es?

– Pues… Como un ordenador muy antiguo, pero que al pinchar la letra, se escribe en el papel.

– A veeer… Voy a poner mi nombre… La M, dónde está la A…

Por la tarde aparecen P. y M. También hermanas, también les gustan las gomas de borrar. Y el washi. La bimba se despierta de la siesta y corre, descalza, a verlas. Quieren despedirse porque van a pasar todo el verano fuera de la ciudad.

– Os voy a echar de menos.

– Y nosotras también.

– ¿Me escribiréis una postal atenta?

– Claro que sí.

– ¡Es Atentamente la tienda más bonita!, grita la pequeña C.

– No te pases. Es Bershka, corrige su hermana mayor.

Pasa la bimba las tardes tranquila, haciendo como que sabe leer. Le chifla Batiscafo. Da un brinco cuando entran I y P., que llegan felices de la función de fin de curso. También sus padres, aliviados porque ha durado menos de 3 horas. Juega con I. a esconder el ratoncito de madera; le enseña a P. los rotus fosforitos nuevos.

Al marcharse, P. se tira a mi cuello, me regala todos los besos. La abrazo. Le digo:

– Gracias por cuidar de la bimba.

– Es que es pequeñica.

Y la abrazo mucho rato más.

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Cosas sobrenaturales

Ocurren cosas sobrenaturales en Atentamente. Una: dos de los cuatro globos de la lámpara modernista se encienden y apagan a su capricho. Otra: tres de cuatro veces que suena el teléfono es para preguntar por MRW y sus paquetes.

– ¿Tiene mi paquete?

Ya me gustaría. No, señor, debe ser un error, esto es una papelería, blablablá.

El día en que, apretando dos de las cuatro bombillas, sonó simultáneamente el teléfono, supe que algo extraordinario iba a suceder.

Y así fue.

– ¿Atentamente, buenos días?

– ¡Hola! Mira, te llamo desde Madrid. Es que hoy es el cumpleaños de mi hermana I., que vive en Salamanca…

– ¿… Y quieres enviarle un paquete, a que sí?

– Uhmmmnooo… Quería regalarle una flor de papel y una tarjeta, de tu tienda.

(Ya me reubico: esto es una papelería y yo, una papelera)

– ¡Claro! ¿Y de qué color la hacemos?

– A ella le gusta el azul.

– Pues azul. ¿Y si usamos como tarjeta el papel plantable?

– ¿Y esto qué es?

(Me acuerdo de la italiana que suspiraba)

– Es una tarjeta de algodón, que lleva semillas; al sembrarla, el algodón se descompone, y brotan flores.

– ¡Eso, eso también! Y otra cosa… ¿Puedes apuntar el número de mi hermana y decirle que tiene una cosa esperándole en Atentamente?

(Aquí empiezo a dar palmitas y a celebrar mi suerte)

Pliego la flor azul, escribo con mi mejor letra temblorosa las palabras que T. me dicta, cuelgo el regalo en el pomo de la vitrina, y me pongo a esperar, haciendo cosas propias de papelera.

Y al fin llega I. Se disculpa porque ella cree que es tarde. Se extraña porque no imagina de quién puede ser, y cuando lo descubre, sonríe, habla un poquito, agradece mucho, y ya se marcha. Luego, a la tarde, llama de nuevo T., también para agradecer.

Y soy yo quien da las gracias a estas hermanas, que se quieren y se lo dicen, que juegan a darse sorpresas, que se emocionan con lo pequeño y lo bonito. Y lo hacen abiertamente, frente a una papelera que da palmitas… y presencia cosas sobrenaturales.