El premio de los atentos

Recuerdo un verano que llegué a Viena en bici. Me despisté un rato de la cuadrilla con la que pedaleaba y acabé en una calle de acera estrecha y trazado curvo y luz preciosa: me encantó estar perdida tan de mañana, tan de verano, tan de vacaciones. En mitad de esta calle ondulante había una librería de viejo, entré y compré un grabadito antiguo de la catedral de San Esteban. Guardé con sumo cuidado aquel tesoro en mis alforjas. Me da mucha alegría recordar ese encuentro azaroso cada vez que miro el grabado, enmarcadito ahora en el salón de mi hogar.

La serendipia es el premio de los curiosos, de los atentos, como esta pareja que primero se asoma al escaparate, y luego, entra en Atentamente. Ella lleva una melenita blanca preciosa —al verla, anoto: paso de volver a teñirme las canas del emprendimiento—; él, guapo, rostro fino, surcado de arrugas y de vida. Mapa en mano. Ropa cómoda. Gestos amables. Guiris.

  • ¿Puedo ayudarles?
  • ¿Estamos mirándonos?, duda ella.

Recorren la tiendita con pausa, él marca el compás de la música, ella reconoce washis, pegatinas y troqueles, se enseñan mutuamente, look this!, las ilustraciones, los estuches-pez, el calendario de mapas. Ya para marcharse, les pregunto de dónde son: son de Michigan, muy cerca de Canadá, viven junto a un lago que está helado de noviembre a mayo—de ahí su piel fina, anoto—. Me piden sugerencias de locales donde haya jam session. Me están cayendo tan bien que anoto cerrar la tiendita y marcharme con ellos, pero tacho en seguida: no es verano, no es vacación, tengo por delante tareas propias de papelera.

Con un cálido apretón de manos, se despide agradecida la pareja de Michigan. Con carita de “qué suerte la mía” me quedo yo también. Y agradezco la serendipia de los atentos, que nos premia con encuentros azarosos, efímeros, sutiles, irrepetibles, que quizás no vuelvan… pero que ya están guardados, son tesoros, en la alforja.

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Le concedo este parking

Aparcar en Atentamente requiere A/ mucha pasta, B/ mucho tiempo, C/ muchas lágrimas. Mucha pasta para gastarla en la zona azul en el mejor de los casos, y en el peor, en multas y depósitos municipales, que el enemigo tiene las grúas muy largas. Mucho tiempo por si te niegas a pagar una multa más —este mes— y decides dejar el coche en algún rinche gratuito y lontano. Y muchas lágrimas, las que se te caen cuando ves libre uno de los 25 aparcamientos gratuitos, tan pegados a la tiendita de papel que se ven desde el escaparate.

Normalmente me muevo en la B. Y hace unos días, casi se cumple la C.

Hay un coche con las luces de emergencia aparcado en discapacitados —el viejo truco, la vieja multa—. Justo delante, otro coche que se marcha. Me alineo con el de las luces. Es una mujer. No parece inmutarse por el milagro vial que estamos contemplando. Bajo la ventanilla:

  • ¿Vas a aparcar?
  • ¿Sorry?
  • ¿Are you going to park there?
  • I need it!

La angustia de la guiri es la mía, así que le concedo ese parking.

Cuando vuelvo de los suburbios, ella sigue allí, sentada al sol. Me ve llegar a la tiendita como un Sputnik, y no he puesto aún la música cuando entra. Me agradece con una sonrisa, me cuenta que acaban de llegar a la ciudad, que su marido ha ido a buscar el hotel mientras ella intentaba aparcar. Le digo que es un aparcamiento excelente, y que cuando se marchen, me avisen. Nos reímos.

Al día siguiente aparecen los dos. Miramos su coche desde el escaparate, les aconsejo algún sitio bonito de la ciudad, compran cuadernos italianos y joyas de papel, me cuentan que se marchan tomorrow morning. Me apeno. Soy de apego fácil.

Esa mañana intento llegar pronto. Su coche aún sigue allí. Me pongo como que a hacer cosas pero con el rabillo del ojo vigilo el aparcamiento. Y son ellos quienes vienen de nuevo, a despedirse. Hablamos, y al marcharse, me preguntan el significado de Atentamente. “Kind regards, Yours sincerely…”, traduzco. Asienten, sonríen. Y pienso que para aparcar también se requiere D/ ser atento.

Quiero ser feriante

Desde la autoridad de quien ha ido a innumerables ferias —3—, puedo decirlo: quiero ser feriante. Es verdad que tienen una logística cansinísima: valorar si compensa cerrar la tiendita de papel; y si compensa, decidir qué te llevas; y cuando decides, organizar el tetris de meterlo todo en el coche más bonito y estrecho del mundo; para luego regresarlo, colocarlo, inventariarlo, y abrir al día siguiente, leve y sonriente, como si te hubieras pasado el finde en un espar —spa para los que hablen idiomas—.

Pero el durante es maravilloso. Y hace unos días, durante mi último mercadillo, decidí ser feriante.

Las organizadoras nos llevaron al patio de un museo, pusieron música bailonga, organizaron un fotomatón, un cuentacuentos, una peluquería, un concierto! Y luego, Lemarte y Lulu’s Vintage son brillantes, y generosas, y guapísimas.

Los vecinos de puesto fueron artesanos talentosos, originales y auténticos, como Marisa, o Gema, o Tatiana, o Alejandro, o Cris, o los jabones de sangusín… Y luego están Retales&Agujas, que hilan joyas, tricotan cactus, explican mil veces sus monerías, y ayudan a las feriantes novatas: te relevan para que vayas a mear evacuar mear, te sonríen para una foto del instagram, te pasan la loción lavamanos, y se comen un calipo.

Y los visitantes… Acostumbrada a la quietud de Atentamente, las ferias son Bershka: acude la corriente atenta, que quiere hacer gasto comprando lo que ya han visto quinientas veces; atentos 2.0 que lo saben todo de la bimba; personas que descubren que hay una tiendita de papel en su ciudad; guiris que se quedan dudosos sobre si comprar un cuaderno italiano, lo consultan con la almohada y aparecen al día siguiente. Incluso lloviendo, los visitantes miran a través de los plásticos que protegen el frágil material.

Porque llovió. En parte, pena. Y en parte, bien: la lluvia bendice, perfuma, matiza la luz, para que Raquel pueda hacer sus fotos maravillosas. Y mientras recogía a toda castaña, pensaba que la lluvia, en realidad, no desluce; que cuando algo es bonito, es atento, la lluvia tiene que estar. A lo mejor es que también quiere ser feriante.

La suerte del guiri

Pone en el feisbuk de la tienda —¿o es en el tuiter, ¿o en los flyers?, luego lo miro—: “Atentamente es una tienda de papel soñada en viajes.” Y sí. La bimba se sueña mucho en papelerías francesas, en cartolerías italianas, por callejuelas vienesas, en viajes lentos, ligeros, la mayoría en solitario. Qué bien se está de guiri, turuteando por las calles, pasando de los mapas —que están mal hechos, como sabemos todo el mundo… todo el mundo que no los entendemos—, dejando que el azar te guíe, descubriendo lugares maravillosos, que parece que estaban siempre ahí, no haciendo otra cosa que esperarte.

“Qué suerte ser guiri”, pienso, cuando los veo llegar a la tiendita de papel. A todos los trae la serendipia, el hallazgo estrictamente azaroso, porque Atentamente no figura en guías ni mapas, e incluso algunos autóctonos se aturullan para localizarla.

En cambio, desde la Patagonia sabe llegar un viajero argentino, que está unos días por acá, la tienda se cruza a su paso, y desea llevar algunos regalos a su chica. O una señora, grandíííísima como toda Minnesota, que se pega al escaparate y decide entrar: “Busco cosas para mis nietos. Son 4 y 7 años. Y estudian español.” O una joven japonesa, que suspira por todos los rincones de la tienda. K. y J. descubren Atentamente durante los meses que aprenden español, y la víspera de regresar a América, vienen, tristes, a despedirse: “No hay una tienda como esta en nuestro país.”

También son americanas las dos chicas que entran, despistadas, curiosas, felices de ser guiris:

– Si necesitáis ayuda…

– ¿Sorry?

– ¿Can I help you?

– Oh, grasias. Es que hablamos pequeño español.

Qué suerte ser guiri, hacer tu propio mapa, ser tu propio guía, viajar despacio, viajar atento, perderse y dejarse encontrar por lugares tesoro, lugares atentos… lugares de papel.