La importancia de no llamarse mirto

Entra E. en la tiendita, con bufanda amarilla, katiuskas amarillas, le encanta el amarillo, el papel, la música, la botánica.

  • ¿Sabes que tenemos encendido debate a cuenta de la planta que tienes en la escalera?
  • ¿Del mirto?
  • Creemos que no es mirto.
  • ¿Comor?
  • ¿Le puedo hacer una foto? Y voy a cortar una hoja. Es que no sabemos qué es. Pero mirto, fijo que no.
  • ¿Pero quiééénes?

〈Música dramática. Tipo Chachachachán〉

Me explica E. que invitó a un montón de amigos amarillos a que siguieran Atentamente por las redes sociales, y que cuando publiqué la foto para bienvenir la primavera, el mirto posando en la escalera, saltó la polémica. Mi floristera más favorita me lo vendió en navidad, cuando tenía bolitas rojas, y ya me anticipó que iba a ser difícil que superara el invierno, que es planta de clima cálido, que no olvidara mi mano con la zamioculca, que asesiné hace unos años. “La zamioculca se lo tenía muy creído. Ya verás cómo el mirto arraiga.”

El mirto —que no es miiirto—se ha empapado, se ha helado, lo he recogido del suelo varias veces sacudido por los vientos; esta semana, le ha nevado. Y con estas circunstancias adversas, que cualquiera hubiéramos dicho: “¡Si no sabes ni cómo me llamo! Va a florecer tuputamadre Rita,” llega la primavera, y brota unas hojitas tiernas, unas flores diminutas. Me vuelvo loca de amor por esta planta terca.

〈Clink. Mensaje del feisbuk〉

  • ¡Lo encontré! Tu planta se llama Ugni Molinae. Popularmente murta, murtilla, o uñi. No es autóctona, y la floristera tenía razón: es una mirtácea.

Me envía, además, la foto de una enciclopedia, en la que aprendo que es de hoja perenne, y sus flores, ligeramente péndulas, y anoto mentalmente usar cuanto antes este adjetivo genial.

Salgo a la calle a ver mi mirt ugni molinae, beso sus flores péndulas, le doy las gracias por venir esta primavera, y por querer, terca y decididamente, florecer.

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Tutto petaloso

Un niño italiano, un bimbo, se la inventó. La maestra explicaba en clase los adjetivos, y preguntó cómo describir una flor. Entonces, Matteo — puede que con la mano zurda, puede que mordiéndose la lengua— escribió: pe ta lo so.

Ella, aun sabiendo que no existe en italiano, alabó el ingenio del pequeño y la belleza de la palabra. Las redes sociales polinizaron la hermosa historia, y petaloso llegó, volando volando, como si soplaras un diente de león con los ojos cerrados, hasta Atentamente.

Desde hace unos meses, E. decora el escaparate atento. Con sus rotus magia-maravilla, dibuja historias: de zorritos en otoño, de tres reyes-lápices en navidad… E. es como sus dibus, leves y delicados. Cada vez que los borro, lo paso mal. Ella me calma: “Es arte efímero, ahí está también su belleza.” También es sabia.

Con el cambio de estación, recuerdo la historia petalosa, y pido a E. si puede incluir la bella parola en el escaparate de primavera. Pinta un balcón con volutas, esbeltas flores de colores, y sobre la más alta, que yo digo que es una camelia, anida un pájaro, que trina petaloso.

En realidad, tutto è petaloso en la tiendita de papel. Los papeles Tassotti cuajados de dalias y magnolias, las maletas de cartón brotadas de tulipanes, germinan margaritas en los cuadernos, en los troqueles, los washis, los sellos… También las plantas se desperezan del invierno: la orquídea se estiiiira despacio, y el kalanchoe, con unas flores pequeñitas y apretadas, acaba de donar su diminuto regalo rojo.

También yo estoy petalosa. He aprendido en yoga que durante la primavera abandonamos la instrospección del invierno, nuestros miedos, las cosas que no nos gustan; las observamos, y las dejamos marchar. Y quiero, esta primavera, que me broten historias maravillosas, que me crezcan hojas de suave papel, que huela a lápiz recién afilado… que sea una papelera petalosa.

 

 

Huele a Atentamente

Todos los manuales que lo cuentan, lo cuentan: el marketing olfativo es una cosa de mucho molar. Que tu negocio se reconozca por su aroma, y que ese estímulo suscite en tus clientes emociones, y que esas emociones estén conectadas con sus monederos… El marketing olfativo es tu amigo.

Antes, cuando iba a tiendas —como hacen las personas humanas que no tienen tiendas en las que se tienen que quedar para que vengan otras personas humanas, eh, que estoy muy a gusto, no es una queja, es una leve nostalgia— prestaba mucha atención a los olores. Y sin abrir un solo tocho de marketing olfativo, sabía que Atentamente iba a oler muy bien; aunque entonces no sabía a qué. Ahora sí.

Como es una bimba, la tiendita de papel huele necesariamente a colonia de bebé, una esencia amable que se mezcla con agua y se evapora en el humificador que me regaló mi querida M. Coloqué el cacharro debajo de la caja de fruta en la que descansa el equipo de música. Es por eso que, el perfume, tamizado por la madera y la música, destila ese olor tan rico.

Para ser mejor papelera, la papelera precisa flores. Mi floristera más favorita dice que tiene manazas salvo para hacer los ramos más bonitos del planeta. Depende de la estación y de lo que a ella le dé la gana, el escaparate se perfuma de lirios, astromerias, peonías, anastasias, clavelinas, falsa pimienta, hojas de roble, hortensias azules… Últimamente me las regala mi novio formal. Y llevan tanto cariño en cada pétalo, que solo pueden oler a maravilla.

Toda la tienda y todo el atelier se impregna con la corriente atenta, que deja un aroma cálido y fresquito, que se contagia y que te abraza y te hace cosquillas y te da ganas de bailar.

Y, sobre todo, día tras día, se perfuma con esencia de papel, con papel que se elige, se escribe, se dibuja, se colorea, se corta, se pliega, se troquela, se contempla, se acaricia, y se hueleatentamente.

Te lo digo con flores

– ¿Qué haces aquí tan pronto?

– Venir a verte, luego a desayunar, y así me aseguro que hoy va a ser un día buenísimo.

Me mira como si estuviera como estoy; lo aprueba y se ríe.

– ¿Qué te quieres llevar? ¿Qué tal las peonías, abrieron?

– Ay, sí. Son preciosas, y se abren… como si lo supieran. Si no hiciera tanto calor, llevaría estas fresias. Mejor claveles.

Mi floristera más favorita es una mujer maravillosa, es extraordinaria, es sabia, guapa,  ¡tan divertida! No encuentro la palabra, así que se lo diré con flores: M. es gerbera, y es mimosa, es hortensia azul, y rosa amarilla, es ramo de narcisos y una sola cala; es falsa pimientauhmmm, cómo huele, mira, frótala—, eucalipto, y paniculata. Como algunas flores, también tiene espinas —ante clientes ingratos, se inventó los subtítulos que solo ella ve por dentro del cerebro—, a veces se le caen las hojas, y precisa luzagua, mucho mejor si es de mar.

Ha puesto M. flores a mi vida: cuando estoy triste, cuando estaba sola, para decir hasta siempre, para desear suerte, para perfumar mis te quiero. Cuando le hablé de Atentamente, sentenció, muy solemne: “Te va a ir bien.” Y luego añadió: “Tengo que presentarte a mi sobrina, que sois igualitas. Tiene 4 años.”

Me quedaría en su floristería a vivir, acariciando los lirios y su mano, pero tengo que despertar a la bimba de papel. Me despide tirándome falsa pimienta —¡uhmmm, cómo huele!— como si fuera confeti, o arroz. Siento que las calles se vuelven playas si las andas con claveles bajo el brazo. No hay día que no eche de menos a mi floristera, porque la mayoría la llamo, envíame lo que quieras, y siempre acierta. Pero de vez en cuando necesito verla, para decirle, decirle que… que es gerbera, mimosa, rosa amarilla, hortensia azul.

Flores fantasiosas

Hay en Atentamente flores y más flores: está la tinta de los colores de las flores; la pared de papel pintado, que es de flores; los cuadernos, las lámparas ; el librino con chapa ilustrado por Enrique… Flores. Es sabido: a la tiendita de papel le gustan ¡tanto! las flores.

Pues esta semana he recibido un ramo de flores.

Estaba ahí, a mis cosas de papelera, cuando llega el repartidor:

  • ¿Eres la tiendita de papel?
  • Oui, ç’est moi (sic)
  • (Qué lástima de chiquilla) Esto es para ti.

Es un ramo precioso: astromelias rosas, margaritas malvas, paniculata, unas bayas, ¿es eucalipto lo que huele tan bien? Busco la tarjeta, a veeeer… No hay. ¿No hay tarjeta? ¿Alguien me envía flores, y vienen sin tarjeta?

En realidad, sé bien quién las envía. Y creo que lo hace así para invitarme a fantasear.

Pues fantaseemos.

Son de Andrea. Italiano. Deportista. Apolíneo. Ha ido a Bassano, a la mismísima Fábrica Tassotti, para escoger personalmente la postal, que dice: “Cara mia, sei così bella come queste fiori.”

O son de Santi. Es catalán. Está demasiado flaco. Canta. Tarareo su diminuta caligrafía, escrita en papel de Capellades: “Será un reencuentro inolvidable en noche azul, sí, ya lo verás. Cuando me gire entre la gente, serás tú, sí, ya lo verás.”*

Deshago el avión de papel prensa, para leer a Jacinto, que improvisa unas palabras con la emergencia de las redacciones de periódico: “La belleza de la selva pluvial es sutil, te va empapando; es como una mujer corriente que, cuando le da la luz de una determinada manera, aparece extraordinariamente bella.”**

Cortada de su bloc de notas, es Paul quien las envía, desde Prospect Park: “Lleva la cabeza alta. Que no te tomen el pelo. Pasea en bici por el parque. Ve mucho al cine. No te mates a trabajar. Haz un viaje conmigo a París. Acuérdate de lo mucho que te quiero.”***

Mi ramo, su olor -uhmm- es real.

Mis tarjetas, mientras las fantasee… también.

 

 

*Love of Lesbian, La noche eterna. Los días no vividos.

**Jacinto Antón, Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias, pp. 170-171.

***Paul Auster, Brooklyn Follies, pp. 299-300

Un cuento atento

Apreciados,

Esta servilleta la escribe pilar, vecina de tierra santa, compañera musical en Las Flemingas, doctora en avutardas, escritora de lunas luneras y letras cascabeleras, mujer jara, madre miel, y amiga queso.

Ha escrito un cuento atento… y me la comería a besos.

Lo leo callandico, sentada en el pupitre rural, que primorosamente restauró para la tiendita de papel.

Es un cuento de reír y de llorar. Es para soñar, bailar y volar. Para leer de felicidad.

Atentamente,

 

La tiendita de papel, por Pilar López Ávila.

Ha llovido toda la noche.

La bicicleta de María evita los charcos para no mojarse las ruedas.

Está a punto de llegar a su tiendita de papel, hay que abrir aunque al papel no le guste el agua, y menos la que viene del cielo, pero a María sí, a ella le gustan la lluvia y las calles mojadas y rodear los charcos con su bicicleta.

El magnolio del jardín inclina sus ramas cuando la ve llegar, a modo de saludo, y se sacude las gotas dejándolas caer sobre las briznas de hierba que han brotado a su pie.

¡Es hora de abrir!

Al entrar, los muebles se colocan en su sitio en menos de lo que dura un suspiro. La vitrina tropieza y está a punto de ocurrir una catástrofe.

María la mira de reojo y finge no darse cuenta.

Como la puerta se ha quedado abierta, el aire fresco aprovecha para entrar.

– ¡Achís!, estornuda la mesa.

Al caracol Jacinto también le gustan los días de lluvia porque avanza más deprisa cuando el suelo está mojado.

Le ha encontrado a su caracola Jacinta un trébol de cuatro hojas y quiere envolverlo con un papel verde yerba y un cordel gris nube, para regalárselo durante la cena a la luz de la luna.

Si sale ahora llegará a tiempo a la tiendita de papel.

¡Tiene que darse prisa!

Se asoma con cuidado, el mirlo estuvo ayer merodeando por el jardín.

Desde su escondite en el tronco del magnolio, decide salir y emprender la marcha.

“Lo malo de ser un caracol -piensa- es que cuando te vas de casa, la casa también se va contigo”.

Mientras tanto, en la tiendita de papel suena Vivaldi.

Las cuatro estaciones: Otoño.

Las hojas de los árboles van cayendo al son de los violines y el arpa anuncia la luz de la mañana.

-¡Tan, tan!

-¿Quién es?

-El cartero…

-¿Hay cartas?

-Cartas no, pero sí un paquete que viene envuelto en papel marrón de estraza.

-¡Por fin llegaron!-exclama María.

De mil formas y colores, los pliegos para hacer flores de papel.

Como es otoño, ya no hay flores en el campo.

La ratita presumida está muy preocupada.

-No tengo ramo ¡y me caso mañana!

-¿Con quién?- pregunta María curiosa.

-¡Con quién va a ser! Con un señor gato muy apuesto y educado.

-Ay ratita, piénsalo bien…

-Es que tiene un maullido que embelesa…

María hace un ramo de flores blancas de papel y lo sujeta con una cinta roja, como el color del lazo que la ratita lleva en la cola.

-¡Qué roedora más presumida!

La ratita se marcha entusiasmada.

No deja de pensar en su noche de bodas.

– ¡Buenos días!

-Pasen hermosas grullas.

-Venimos por lo del taller…

-¡Qué puntualidad! Estamos a punto de empezar.

Qué bellas las grullas, con su gorrito rojo sobre la cabeza y su plumero en la cola.

No paran de hablar mientras confeccionan el álbum de recuerdos del verano.

Un recorte por aquí, una foto por allá, una pluma en esta hoja, un pedazo de aurora boreal para iluminar las páginas…

-¿Y cómo dices que llaman a esto, querida?

Scrapbooking

Las grullas no paran de hablar mientras María les prepara la merienda: galletitas saladas de lombriz de tierra y pastel de bellotas de encinas de las dehesas extremeñas.

– Este verano hicimos una excursión al fiordo de los sueños, allá por las regiones de Escandinavia… en este hueco voy a pegar la foto…

-Pues mis polluelos y yo visitamos un bosque de abedules y comimos estupendamente en las praderas… me traje estas semillas…

Y mientras las grullas desgranan sus recuerdos, a María se le ríe el corazón por dentro.

Las grullas se van como llegaron, felices y alborotando.

En la tiendita de papel entra una niña, es pecosa y pelirroja y lleva el pelo recogido en dos trenzas muy tiesas a ambos lados de la cabeza.

Se dirige a María muy resuelta.

-Tengo los bolsillos llenos de monedas de oro, así que compraré un poco de todo porque voy a hacer una fiesta en Villa Mangaporhombro.

-¿Y cómo te llamas, bonita?- le pregunta María.

-Pippi.

Pippi va metiendo un poco de todo en una bolsa decorada con ratones que comen pasteles: varios pliegos de papel de regalo de copos azules, perforadores pequeños con siluetas de libélulas, tarjetas para poner el nombre de sus amigos, cucharas y tenedores de madera, lápices de color turquesa, clips de madera, cintas de estrellas color malva, washi tape de pájaros, un sello de diente de león, tinta verde limón, papel germinado de brotes de amapola para el caballo, chucherías de arte para el señor Nilson y muchos, muchos confetis.

Al ir a pagar, Pippi saca de los bolsillos unas cuantas monedas de oro que relucen como el sol bajo la lámpara art decó que cuelga del techo.

-Con una bastará- le dice María deslumbrada.

Y la pecosa se despide asegurando que todos sus amigos tendrán un regalo, hasta los piratas de los mares del sur, que también han sido invitados.

La tarde va pasando deliciosamente, los espacios se han llenado con las notas de un acordeón en el que suena un tango otoñal.

Un joven enamorado se para frente al escaparate. No deja de suspirar y se ha quedado mirando fijamente la vieja máquina de escribir alemana Bing Werke.

Con paso indeciso entra en la tiendita de papel.

-¿Qué desea, joven?- le pregunta María atentamente.

-Hacer un regalo de amor.

María le indica que para regalar amor se puede dibujar un corazón en una postal en la que esté escrito, por ejemplo, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero

Aunque el joven no parece hacer caso y solamente suspira y no para de suspirar.

-También tenemos cajitas de cartón para guardar suspiros.

Pero el enamorado descubre en una vitrina las joyas de papel y se imagina a su enamorada con unos pendientes de mariposa.

-Si me hace el favor…- le indica a María con los ojos iluminados.

-Ahora mismo se los envuelvo en suspiros de amor.

Ha entrado como una exhalación.

-¡Cien gramos de pastas de té, por favor!

Eso es casi una exigencia.

-Pero es que aquí no vendemos pastas de té, señor conejo.

-Llego tarde, tarde llego- y mira su reloj.

-Por encima hay una pastelería, al final de la cuesta…

-Gracias. Disculpe. No sé si le he dicho que llego tarde…

Y sale de la tiendita llevándose todo el aire tras de sí.

 

El día ha sido intenso.

Pero es hora de cerrar.

María está feliz, aunque un poco cansada.

En esto que llega, resoplando, el caracol Jacinto.

Caminando lentamente, pero llegué felizmente.

María atiende atentamente al caracol.

Introduce el trébol en un sobre verde como la verde yerba y lo cierra con un cordón gris como las grises nubes de tormenta.

El caracol se marcha tan deprisa como puede.

-He de llegar para la cena.

Ahora sí, la tiendita de papel acaba de cerrar.

Pero a María le queda todavía algo pendiente.

Tiene que invitar a sus amigos a la fiesta de inauguración de la tiendita de papel.

Suena la música de The Carpenters. “Please Mr. Postman, look and see, if there´s a letter in you bag for me”…

María se sienta en el pupitre de madera y escribe:

“Apreciados,

Os participo de la fiesta de inauguración de la tiendita de papel, en la que

disfrutaremos una deliciosa merienda, conversaremos de forma

encantadora, y acabaremos piratas como siempre.

No se precisa etiqueta.

Pero sí pajarita.

Os espero.

Atentamente,

María.”

Ya tiene el cartero tarea para mañana.

La bicicleta sube la empinada cuesta y se pierde entre las calles aún mojadas.

Duerme el magnolio.

La noche es fresca.

María pedalea.

En la mirada lleva una flor.

Y un washi tape en el corazón.

Cosas sobrenaturales

Ocurren cosas sobrenaturales en Atentamente. Una: dos de los cuatro globos de la lámpara modernista se encienden y apagan a su capricho. Otra: tres de cuatro veces que suena el teléfono es para preguntar por MRW y sus paquetes.

– ¿Tiene mi paquete?

Ya me gustaría. No, señor, debe ser un error, esto es una papelería, blablablá.

El día en que, apretando dos de las cuatro bombillas, sonó simultáneamente el teléfono, supe que algo extraordinario iba a suceder.

Y así fue.

– ¿Atentamente, buenos días?

– ¡Hola! Mira, te llamo desde Madrid. Es que hoy es el cumpleaños de mi hermana I., que vive en Salamanca…

– ¿… Y quieres enviarle un paquete, a que sí?

– Uhmmmnooo… Quería regalarle una flor de papel y una tarjeta, de tu tienda.

(Ya me reubico: esto es una papelería y yo, una papelera)

– ¡Claro! ¿Y de qué color la hacemos?

– A ella le gusta el azul.

– Pues azul. ¿Y si usamos como tarjeta el papel plantable?

– ¿Y esto qué es?

(Me acuerdo de la italiana que suspiraba)

– Es una tarjeta de algodón, que lleva semillas; al sembrarla, el algodón se descompone, y brotan flores.

– ¡Eso, eso también! Y otra cosa… ¿Puedes apuntar el número de mi hermana y decirle que tiene una cosa esperándole en Atentamente?

(Aquí empiezo a dar palmitas y a celebrar mi suerte)

Pliego la flor azul, escribo con mi mejor letra temblorosa las palabras que T. me dicta, cuelgo el regalo en el pomo de la vitrina, y me pongo a esperar, haciendo cosas propias de papelera.

Y al fin llega I. Se disculpa porque ella cree que es tarde. Se extraña porque no imagina de quién puede ser, y cuando lo descubre, sonríe, habla un poquito, agradece mucho, y ya se marcha. Luego, a la tarde, llama de nuevo T., también para agradecer.

Y soy yo quien da las gracias a estas hermanas, que se quieren y se lo dicen, que juegan a darse sorpresas, que se emocionan con lo pequeño y lo bonito. Y lo hacen abiertamente, frente a una papelera que da palmitas… y presencia cosas sobrenaturales.

 

 

Sí quiero

Me aleccionan con que, al comienzo de los negocios, hay que decir a todo que . Esto me recuerda el “por qué decir que no cuando puede ser que sí”, que a menudo decía las manos suaves que amé.

T., morena de Julio Romero de Torres, llega a Atentamente. Pasea por la tienda de papel. Sonríe. Me cuenta:

– Pues te vengo a hacer una propuesta.

– ¿Sí?

– Me caso dentro de una semana.

– ¡Sí!

– Y quiero que me hagas el ramo, con flores de papel.

– Sííí…

El ser humano es prodigioso. ¿Por qué de mi boca sale un despreocupado y sonriente sí, cuando pienso un mayúsculo no? ¿Por qué no le he dicho que vaya a M., mi florista más favorita, a que le haga el bouquet más bonito del planeta? Será que entiendo bien su chifladura, que agradezco la confianza puesta en esta papelera en prácticas. Y que es tan hermoso que quiera vivir su día llevando entre las manos aquello que tanto ama…

“Por qué decir que no, por qué decir que no”, voy rezando mientras busco una flor sencilla, papeles de origami, el mejor pegamento en barra, la plegadora… y me pongo a hacer flores under pressure. Me despierto a medianoche, soñando que, en pleno rito matrimonial ―”Yo, T., te tomo a ti, L., por esposo”―, los pétalos empiezan a desprenderse, ¡¡pop, pop, popopopop!! Con el pulso acelerado, voy a ver cómo están las flores. Duermen plácidamente.

Ya terminadas, las llevo de puntillas a M., entendiendo a los técnicos de embalaje del Prado como a mi prójimo. “Qué bonitas son…”, y empieza a menearlas, a apretujarlas, a sacudirlas. Pongo cara del grito de Munch del wasap. Se troncha. Las ata sin miramientos. Se desprende una flor. Empiezo a llorar. “A mí también se me rompen. Venga, pégala. No llores. O sí, no pasa nada. Y disfruta del paseo hasta Atentamente con tu ramo.”

He dejado este último párrafo para intentar contar la cara de T. Morena, luminosa, viva la novia guapa. Coloca el ramo entre sus manos. Dice, muy callandico: “Es mi sueño… Tienes que poner un cartel que diga: hacemos tus sueños en papel.”

Y yo me quedo llorando solo un poco, porque aunque a veces la vida te asuste, es mejor decirle que sí, que sí quiero.