La pera limonera y el milagro

Se lo explica una clienta atenta a su marido:

– Es que aquí los talleres son muy especiales. Es la música, el rato que paramos a merendar, la elección de los talleristas, la gente con la que coincides, el ambiente ¡tan chulo! que se crea… Vamos, que son mucho mejor que ir al spa.

– Ya. ¿Qué era lo que decías que tenía que…?

– Una plegadora. Yo, por ejemplo, he hecho amigas, amigas-amigas, en el taller de carvado de sellos.

– ¿Una plega…? ¡Pero si yo marco las dobleces con el filo de la tijera!

– Has de saber —aquí, ya se dirige a mí— que, dentro de unos años, la gente dirá: “Pues nosotros nos conocimos en un taller de Atentamente. Y desde entonces, amigos.”

Esto —aunque lo del filo de la tijera también da respinguera— me sobresalta. Para mí, no es especial escoger la música, ofrecer un té, cuidar las flores, procurar que la gente esté bien… En mi casa de papel me comporto exactamente igual que en mi casa de ladrillo. Pero no había contemplado la posibilidad de que los talleres, además de todos los materiales y la merienda, también incluyeran la amistad. Y me parece la pera.

Porque amigarse por feisbuk está fenomenal, pero hacerlo por el mundo de las personas humanas es la pera limonera. Notar el chispazo que te avisa de que esa persona que existe desde hace tres horas es de las tuyas; que no importa si pasas tiempo sin verla porque el reencuentro es siempre inolvidable y azul; gente que, sin saberlo, parece estar predestinada para encontrase, para reír, para llorar, para tromparse, para hablar, para callar. Amigos. La pera limonera.

Es hora de cerrar, y ya se marchan, con la plegadora. Voy recogiendo, con la sola luz de la lámpara modernista. En el taller descuelgo el abrigo, me cruzo el bolso, me descanso en su puerta, lo escucho un rato, porque conserva bien el calor y las risas… Y si encontrar aquí amigos es la pera limonera, ¿qué será entonces encontrar amor? Pues un milagro. Aquí, y en la vida.

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Una tiendita de papel

Porque, a ver: ¿a quién no le gusta el papel? Su tacto, su olor, ese gemido tenue, al frotarse con el grafito o la tinta…

¿Y a quién no le gusta recibir cartas o postales? A tiempo -por cumpleaños o navidad- o a destiempo, inesperadas, porque estando en aquel sitio, se acordó de ti…

¿Quién no anticipa lo bonito que va a ser un regalo con solo apreciar su envoltorio?

¿Cuántas historias hemos confiado en cuadernos, diarios, moleskines? ¿Cuántos tediosos apuntes de clase, comidos por las esquinas con filigranas a boli alzado? ¿Cuántos teléfonos cazados -¡al fin!- en servilletas de barra de bar, como ésta?

En tiempos digitales wasaperos, reivindicar el papel puede resultar ingenuo. En momentos de crisis, en los que hay que replegarse y dar las gracias por tener trabajo –te guste o no, seas competente o no, te paguen dignamente o no-, decidirse a emprender es del todo inoportuno. Pero emprender en tiempos de crisis abriendo una papelería es, sencillamente, lanzarse por Despeñaperros, cogiendo carrerilla, y silbando.

El caso es que yo tenía claro que, el nuevo trabajo que viniera, tenía que maravillarme mucho, que enloquecerme mucho. Debía ser un trabajo que reivindicara las cosas pequeñas y bonitas, que optara por lo artesano, lo imperfecto, lo efímero. Debía ser, necesariamente, un trabajo que me volviera a enamorar.

Y el verano pasado, me enamoré.

Con mi cuadrilla, estuvimos recorriendo la Bretaña en bici. Redon –qué pueblo, tan chico y tan cansino-, Rennes, el icónico Mont Saint Michel, Cancale y sus ostras laxantes, Saint Malò con una preciosa librería de viejo, en madera azul; el golfo de Morbihan…Y por fin, Vannes. Ya me gustó por encontrar fácil donde dormir e hidratar. Levanté cejas y hombros al ver sus casas de madera de colores. Qué rica supo la cena en aquel fabuloso –de fábula- bistró, ¡si hasta había gente en las terrazas! Pegué la nariz al escaparate de la tienda de juguetes, con Clicks de Famobil y Tintines gigantes. Y entonces, llegamos a Papiers & Compagni, “la papelerie belle, utile et inventive”, decía su escaparate. Me quedé muy quieta. Hice fotos. Miré cada una de sus postales, colgadas con pinzas en cordeles de algodón. Mis amigos, que también lo notaron, me dejaron a mi aire. Me estaba enamorando…

Seguro que la cagaré mil veces. Que habrá miles de cosas que no sabré. Que tendré ratos de aymanolete… Y me parece fenomenal. Así que, cojo carrerilla, me laaanzo por el precipicio, y silbo: “Qué felices seremos los dos, y qué dulces los besos serán, pasaremos la noche en la luna…” Viviendo en mi tiendita de papel.