Un trabajo alineado. Y una espalda

Estoy haciendo un curso online para…

  • ZZZzzzZZZzzz

reflexionar sobre mi trabajo, sobre cómo hacerlo mejor y más robusto, las cosas que tengo que cambiar y las que potenciar. Es un curso, lo dice mucho la profe, para alinear tu trabajo a tu vida.

Me encanta lo de alinear. Porque soy de estatura casi normal, siempre he caminado muy tiesina, con los hombros muy rotados, reduciendo curva lumbar, aprovechando cada uno de mis 159 centímetros.

  • ¿159? JAJAJAjajajaJAJAJA

Sin embargo, desde que decidí emprender que es bonito, noto como si en la espalda me hubiera salido una chepa emocional donde se agarrotan los miedos, las dudas, los sustos. “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”, escribía Ángel González. ¿Y cómo no sentirlo al gastar pastones en pedidos, cómo no tiritar haciendo números, no es natural que se te apriete el culo mientras meditas si es el momento de contratar a alguien? Estas interrogantes me achuchan, y pesan tanto las hijasdeputa que en ocasiones no me dejan enderezarme, levantar la vista, y tomar decisiones con la espalda fuerte y alineada.

Entonces, el camino del emprendimiento me da la respuesta. Aparece una clienta muy atenta, muy. Viene a comprar postales para bodas, las escoge invitándome a dar mi opinión, me cuenta que viene de ver una hermosa exposición, y acabamos hablando de un concierto de música clásica al que fuimos hace años, sin conocernos entonces ni ahora. O a lo mejor sí. Convenimos que las ciudades, para crecer, precisan regarse con música, arte, cultura. “Precisan tu tienda”, y se va.

Qué sabia es la corriente atenta, qué exigente y qué generosa. Y pienso que a lo mejor me encorvo en el primer paso de cada decisión que tomo sobre Atentamente, ¡es que es la bimba!, es lo mejor y más bonito que he hecho. Pero solo en el primer paso. Los demás, los daré convencida, confiada, sonriente, alineada con mi espalda, y con mi trabajo.

 

Ese señor atento

  • Pues hoy ha venido a la Cámara una muchacha. ¡Dice que quiere montar una papelería? Pero no una normal: nos ha traído un tocho así, que si la soñó viajando, que si va a dar cursos…
  • Ah, qué guay. A mí me encanta el scrap.
  • ¿El qué?
  • El scrapbooking, papá: es hacer álbumes con papeles bonitos, sellos, washis
  • ¿Con qué? Le hemos dicho que menos viajes y más plan de empresa, y que vuelva en un mes. Anda, nena, pásame el pan.

Salí de aquella primera reunión muy chafada. Yo fui esperando comprensión, y lo que me dieron fue tremendo meneo. Se trataba de una asesoría para emprendedores gestionada por personas jubiladas, que antes de estarlo, trabajaron en el mundo empresarial, banca, despachos de abogados, y así. Gente, vaya, con muchísima experiencia, que me retaron con este epitafio: “No te hacemos críticas por que sí, sino para que tu papelería nazca lo más fuerte posible.”

Un mes después, volví con mi Atentamente. Plan de empresa. Contacté con proveedores, adjunté proformas, pronostiqué la viabilidad a 1, 3 y 5 años, calculé gastos fijos mensuales… Los señores jubilados siguieron buscando grietas, y yo seguí empeñada con que era un proyecto a largo plazo, lento, que os he hecho estas tarjetas de agradecimiento, por vuestro acompañamiento.

Entonces, L. pregunta:

  • ¿Oye, y una cosa que se llama washi?
  • Es como un celo de papel de arroz, con dibujitos.
  • Es que mi hija lo usa.
  • Pues voy a tener a trisca. Mira la proforma en el anexo II.
  • Nada: a V. tu tienda le va a encantar.

Yo pensaba que ese señor atento lo decía para animarme, pero no. Más de dos años después, su hija visita la tiendita, compra washi, acude a talleres. El último, un bono-atento regalo de su padre, que vino buscando “algo de esto para V.” Y se sonreía: como si le gustara cómo crece, lento y fuerte, la idea chorlita de aquella muchacha empeñada.

Emprender sola, y a tu lado

Es cuestión de tiempo que me escriban desde cualquier escuela de negocios para que imparta un módulo de Emprender es Bonito. De manera intuitiva y autodidacta, osea, a chichonazos, me estoy convirtiendo en una Master and Commander del emprendimiento atento y sin abuela, que querrá ser escuchada en lugares con moqueta. ¿Entonces, qué hago, me voy comprando el vestido?

En lo que llega el correo, ya voy preparando el temario: pasado el capítulo introductorio donde explique a los aprendices con corbata qué es emprender que es bonito, pasaré a un asunto medular: Emprender sola: estado de la cuestión.

Cuando planificaba la apertura de la tiendita, lo tenía claro: quién mejor que una misma para dar al proyecto el alma que quieres; quién para saber contar la historia que tantas veces has soñado; eres solo tú quien vivirás y te desvivirás por que tu idea nazca fuerte y crezca despacio y alegre.

Pero, por otro lado, papelera soltera, una bimba de dos años… A veces pienso si no sería mejor recorrer este camino acompañada: encontrar un alma gemela con quien dividir tareas, reconocer debilidades, buscar soluciones, celebrar logros, un alguien que entienda tu proyecto, lo comparta, lo haga mejor.

Viendo que un estudiante llora de tanto bostezar, resolvería que tampoco es tan así: que el emprendimiento a solas es una carrera en bici: en la bici solo cabe uno, pero a tu lado se va sumando gente que anima y aplaude. Y poco a poco, platos y piñones se van engrasando, tus patas se vuelven más resistentes, ¡hasta empiezas a silbar! y a intuir que tardarás un poquito más en llegar que en un tándem, pero fijo que llegarás.

Y en este punto hermoso de la metáfora, iría recogiendo mis servilletas, subiendo los escalones del aula en anfiteatro, y dejando que sonara una canción en el ordenador. Entonces les pediría que la escucharan hasta el final, porque justo habla de hacer planes locos, como emprender sola, y a tu lado.

La bimba cumple 2

De camino a la tiendita, siento el dolor de pies de los tacones: ayer quería estar superguapa para recibir a la corriente atenta por el cumple 2 de la bimba. Hasta las perlas me puse.

De camino a la tiendita entro en la estación de buses y compro el billete de vuelta para la tallerista. Todos los talleres atentos son molones pero, en el mes que cumple la bimba, la programación es especial y vienen celebrities de las cosas bonitas.

De camino a la tiendita me río recordando las Mannenken-Copas que usamos en el brindis. Había traído un espumante semidulce muy pretencioso, pero las copas eran de plástico del malo, y al servirlo, ¡se meaban!

De camino a la tiendita huelo alimentos que llegan de bares y hogares, siento un hambre atroz, y recuerdo que he desayunado un tomate. Mi hogar se habrá vuelto soviético, pero mi piel está plena en antioxidantes.

Y de camino a la tiendita repaso los regalos que le hicieron a la bimba por su cumple: flores y más flores, una tarta toda de chuches, postales coloreadas, palabras cariñosas… Y me emociono un poco, porque estoy con la regla —que como sabemos, nos acompaña en todas nuestras celebraciones—, y porque la corriente atenta es decididamente maravillosa.

Y pienso en otras tienditas que cierran, a las que sus responsables dedicaron tesón y cariño y desvelos y empeño. Igual que yo, desde antes que yo. Me asusta que el trabajo bien hecho a veces no sea suficiente. Y me emociono de nuevo. Aprieto el paso, quiero ver a mi tiendita.

Y trato de averiguar, ya la veo, por qué la gente aprecia tanto Atentamente. Y creo que es porque no esconde sus fragilidades, y con ellas, está contando una historia imperfecta y bonita. Y puede que las historias perfectas gusten. Pero las imperfectas… emocionan. Subo la persiana. Abro la puerta. Qué bien huele la bimba. Qué bien se está en la tiendita.

 

El halago

En una peli de Jonás Trueba lo decían: “Quien no acepta un halago, es que está esperando otro.”

Esta semana he salido en la tele, y al contarlo por las redes, la corriente atenta se ha puesto loca dando al me gusta, compartiendo el vídeo, regalando cariños a la papelera, y haciendo palmitas a la bimba, que está empezando a gatear solita.

El halago me pilla emprendiendo —que es algo que ahora hago— y relativizando —que es algo que he hecho siempre—.

Me noto algo incómoda con el minuto de gloria, porque no hago más que otros valientes que, además, me sacan kilómetros de experiencia y riesgo en esta carrera de fondo.

Me pica un poco el halago porque miro el vídeo y encuentro ausencias: ¿cuántos podrían salir en mi lugar? R. con su barco-librería, M. y sus galletas artesanas, G. con los complementos que hace su madre, C. con las chuches suecas, C., R. y M. y sus tiendas de ropa vintage… Ellos también funambulean. ¿Por qué salgo yo?

Soy prudente, también, porque el halago 2.0 tiene memoria de pez; ahora estamos eufóricos y ahora +1 se nos ha pasado el subidón.

Luego pienso: mira, sales tú porque tu trabajo es distinto, porque has conseguido que la gente oiga la palabra Atentamente y la asocie al momento con la tiendita de papel, porque estás haciendo una cosa milagrosa y hermosa, que es vivir del papel, y en el vídeo sale una mujer entusiasmada a la que le brillan los ojos hablando de su trabajo.

Y pienso: y a todos esos valientes ausentes, de algún modo, los representas, y se alegran contigo, porque tú eres ellos, eres de los suyos.

Y ya me convenzo: vivimos tiempos de refunfuño, así que si la tiendita hace vibrar cosas positivas, comparte y agradece. Y luego, a emprender. Que es bonito.

 

 

Y escribo

  • Ah, y me gusta mucho leer La Servilleta.
Así se despide una cliente atenta. Me suena mejor que la mejor canción de Love of Lesbian. La corriente atenta también es maravillosa porque te comunica generosamente aquello que le gusta.
Se marcha, abro el putowordpress procesador de textos, me pongo a Santi en la oreja, para que me susurre, y escribo.
Es mediodía, no me gusta quedarme a comer porque acabo muy cansadita, la bimba echa la siesta, el boj se moja bajo la lluvia, que sale a bienvenir a la primavera, escribo.
Con la cabeza llena de ocupaciones, también de alguna preocupación, Santi dice que matará monstruos por mí, respiro largo, profundo, perfecciono la postura de la espalda, escribo.
Al parecer, el dolor de espalda causa un punto gatillo en el brazo, que hace que sienta hormiguitas en la mano, y llega hasta el dedo pequeño del pie, hinchado como un pimiento de Socuéllamos. ¿Y si me descalzo? Y escribo.
No sé bien qué haré en Semana Santa, si abrir el sábado como los negocios decentes, o pegar un cartel en la persiana: “La papelera se ha ido a tierra santa.” Echo tanto de menos a los rubios. Y escribo.
Valoro el portento de emprender sola, de hacer malabarismos para gestionar, para comunicar, y Santi me explica que soy una niña imantada, y lo escribo, lo escribo, y lo requeteescribo.
Imantadas están en las paredes las risas de los talleres, también sus silencios concentrados, los suspiros al descubrir las cosas bonitas en la tienda, todos los comentarios sinceros, generosos, escritos con cuidado, pronunciados con afecto. Es el premio del funambulismo. Lo escribo.
Es hora de abrir. Despierto dulcemente a la bimba. Enciendo las luces, la música, casi nunca suena Santi porque no quiero cansinear con mis idolatrías, pero hoy lo pongo, otro premio. Miro los abedules, blanquísimos por la lluvia, las flores rosas de los ciruelos japoneses, el boj… Pienso si hoy alguien entrará por primera vez a la tiendita de papel, espero que le guste. Y Santi dice que será un reencuentro inolvidable en noche azul. Y escribo.

Vuelta a escuela

Ha pasado mucho tiempo desde mi último power point. Aquéllos hablaban de las funciones de la documentación y de… ¿de qué más? Bueno, de documentación. Abro el power point para hacer una presentación rumbera para unas jornadas de emprendimiento, en un centro de FP. Quieren que hable de la bimba.

  • Mientras sea fuera del horario de la tiendita, encantada. Que emprender es bonito y unicelular.
  • Pues claro, ríe tibiamente M.C., la organizadora, como arrepentida de la propuesta.

Allá que voy para el insti, me pongo los vaqueros rotos para mimetizarme con el entorno, me sorprende lo nerviosa que estoy, ¡con la de horas de vuelo que tengo!, y mientras disimulo colocando mis cosas, me digo que procure no decir mamarrachadas, que me comporte como una emprendedora que lo peta, que prepare alguna frase lapidaria para cuando les pregunten en el examen: “Según la atenta, emprender es de inconscientes.”

Miro el aula… ¿Son todo varones? ¿Con el mundo cursi de papeles de colores que les traigo? Me van a patear. Se duermen con seguridad. Forza.

Y empiezo a contarles, desde que dejé la zona de confort de la universidad hasta que me subí al trapecio; se ríen cuando digo que soy papelera en prácticas; un chico asiente cuando comparo emprender con una carrera de fondo; les animo a que se formen, se asesoren, se cuiden, a que su pasión sea aquello que, además, sepan hacer muy bien… Y creo que me escuchan de la mejor manera posible, atentamente.

Me marcho muy agradecida y muy a toda pastilla, a abrir la tiendita de papel. Me entra nostalgia de clases y de alumnos, enciendo el ordenador, pongo música, viene una mamá pidiendo 12 gomas de borrar para el cumple de su bambino… Regreso a mi vida de papelera.

Al entrar en el atelier, a por más gomitas, veo el paraguas que el delegado me ha regalado: “Muchas gracias, nos has contagiado mucho entusiasmo.” Y salgo con las manos llenitas de gomas y de ilusión. Qué alegría volver de vez en cuando a escuela. A contar entusiasmada que tengo una tiendita de papel.

 

Pole pole y sin atajos

Mi casa de ladrillo está al final de una cuesta. De una cuesta arriba. A veces la subo andando, a veces corriendo, pero la cuesta no da tregua: la meta siempre está en alto. Cuando hicimos el Kilimanjaro, los porteadores nos dijeron que íbamos a alcanzar la cima pole pole, es decir, pasito a paso y sin atajos, porque para pisar el cielo de África no había que escamotear ni un solo paso, sino darlos despacio.

Invoco la hazaña del Kili y la más doméstica de mi hogar cuando estoy a punto de coronar la cuesta de enero, que cuando llegas, te dicen: “Buah, esto no es ná; ahora te queda febrero.” A mí me empieza a oler que el emprendimiento es bonito y es una carrera de subidas y bajadas; y que si lo quiero hacer como quiero = atentamente, solo hay un camino posible, no hay atajos.

La sirena suena cada vez que siento tentaciones de atajar:

  • ¿Y si en vez de volver a pedir las cajitas de cartón donde envuelvo las joyas de papel, me apaño con las bolsas y eso que me ahorro?
  • Gnnngggg. Error.
  • Pues qué más da si esta semana no hay flores en el escaparate.
  • Gnnnggg. Camino cortado.
  • ¿En los chinos venderán papel italiano?
  • Gnnnggg. Queno.
  • ¿Y si hoy no escribo La servilleta?
  • ¡ErrorErrorError!

Vale, no hay atajos. Y tampoco hay prisas: no emprendo pensando en seguridades, porque emprender es, me lo está pareciendo a mí, de natural inestable. Es como si que estuviera ascendiendo un 8.000, o comenzando una maratón, y ya veré si llego o no llego, o si llego a un sitio imprevisto y bonito y decido ver qué es. Me ocupo mejor del proceso, de aclimatar, confiar, saber sufrir, y dar pasos lentos.

No. No hay atajos. La tiendita de papel me lleva por un solo camino, con idas y venidas y alegrías y desvelos. Pero un solo camino. Esmerado, pole, detallista, polelento, poleatento, pole.

 

Apéndice necesario para las guías de emprendimiento

– ¿Estás a dieta?

– No, soy emprendedora.

No lo pone en las guías de autoempleo, pero debería añadirse, a modo de apéndice: emprender te pone tipín. Entre los cabreos, las cagadas, las alegrías, las emociones… he hecho la operación bikini sin privaciones, al contrario, apretándome todo lo que me cabía y bebiendo como el padrino de las bodas de Caná.

Tampoco lo dice en las guías para un emprendimiento feliz, y la advertencia es necesaria: emprender te cansa una jartá. Me agoté menos subiendo el Kilimanjaro —por si algún incauto recién caído de Saturno no se ha enterado aún ¡de que yo! subí el Kilimanjaro—. Me levanto calculando las horas que faltan para acostarme. Es verdad que al llegar a Atentamente se me olvida: veo a la bimba y me pongo superfeliz. Incluso así, como dice mi querida P.: “Es que estar contenta todo el tiempo es mu cansao.”

Ergo… Emprender te vuelve un asocial: de casa a la tienda, de la tienda casa, ni ganas para socializar por la 2.0. te deja, con lo que yo me curraba mis estados del feisbuk, qué lástima de chiquilla… El día que decido hacer locuras y salir a cenar, o al cine —en horario infantil, claro, porque pagar para dormirse en el cine es de emprendedores gilipollas—… lo vivo con pasmo fascinado.

Una consideración que algunas emprendedoras hubiéramos agradecido escuchar: emprende cerca de tu peluquería de confianza. Porque vas a flipar con las canas que te van a salir en menos de un año. La última vez que me fui a teñir tuvieron que hacer doble ración del potingue maravilla, tal era el destrozo canoso.

También es cierto que si hubiera leído este apéndice, si en su momento hubiera tenido toda esta información, probablemente no hubiera dado el paso en el trapecio. ¿Y no existiría entonces Atentamente, no habría servilleta…? Pues bendita sea la locura, la inconsciencia, de la papelera emprendedora y atenta.

Mi medida de todas las cosas

Emprender es bonito”, me digo mientras recojo el portafolios que se tira y se desparrama bajo el agua, que llueve que moja. Me recompongo y vuelvo a taconear bajo la lluvia, para visitar, por tercera vez en 10 días, Hacienda.

Hacienda es bonita, Hacienda es bonita”, voy bisbiseando al pasar por el arco de seguridad. Recojo el número, N8. Espero. Espero más. Meeeck. N8, ventanilla 22. “Esto es registro. Las altas, en la ventanilla 11. Te derivo.”

“Emprender es bonito”, estoy convencida, y regreso a toda castaña para abrir la tiendita de papel. “Hacienda es bonita”, dejo el paraguas en el atelier, aunque hasta dentro de una semana no sabré si estoy dada de alta en el Registro de Operadores Intracomunitarios, alias ROI. Roi, vaya mierda de nombre. Si al menos fuera Roy

Enciendo la música, el ordenador, paso la fregona. Suena el teléfono. Salgo corriendo, pisando todo lo mojado:

Atentamente, ¿buenos días?

– ¿Es MRW?

Telefónica concediendo números usados es bonita, emprender es bonito. Al primer cliente que entre preguntando que qué cojones es esto le arreo un bolsazo, y así las denuncias serán bonitas.

Entonces, es entonces, cuando oigo alguien frotando el cristal de la puerta. Frr, Frr. Agarro el bolso. La puerta no se mueve pero sigo oyendo, Frr Frr. Miro y le veo. Me mira y sonríe. Sonrío yo también. No entra; se queda parado, fuera, mirándome. Suelto el bolso. Voy hacia la puerta:

– Hola.

[Sonríe]

– Qué haces.

[Sonríe]

– ¿Quieres pasar?

[Sonríe. Sonrío]

Su mamá, entonces, le agarra la manita, y los veo marcharse. Aún él se gira, como una peonza a-pun-to-de-ca-er… y sonríe.

Y yo me aflojo, porque un nene de dos años sonríe para decirme que emprender es intenso, desbordante, te salen canas, arrugas el hocico, dices tacos sin querer… Y el nene me sonríe para que recuerde, Frr, Frr, lo pequeño, lo bonito, mi medida de todas las cosas.