A papel

Mi bimba huele a papel.

Todos los días despierto a la bimba con canciones. Esta mañana le canto, a mi manera, una de El Último de la Fila. Ahí está dormidita, con su tutú amarillo, revuelta en rizos. Hoy es su cumpleaños. La miro y se me cae una lagrimita porque soy papelera que llora. Y que sonríe.

  • Auguri, bimba!
  • ¿Ya es hoy mi cumple3?
  • Ya es hoy.
  • ¿Y cómo era cuando nací?

Antes de nacer ya eras muy querida. Los abuelos atentos viajaron mil veces con regalos y lentejas; tus tíos hicieron taladros, pusieron bombillas, asaltaron Ikea, brindaron por ti. Hasta plegaron una pajarita de papel para venir a conocerte.

  • ¿La que está colgada en el perchero del atelier?
  • Esa.

Yo pensaba que, descontando familia y amigos, nadie vendría a verte. Y entonces, apareció la corriente atenta, una entusiasta legión de clientas fieles y generosas, que nos cuidan con alegría: Macarena te quiere desde que eras más estanterías que cosas; Jeanne te manda postales desde lugares maravillosos; Aurora compra un boli —”y este cuaderno. Es que… lo necesito”— en el recreo del cole; Marie te hace cosquillas mientras curiosea las novedades de scrap; Emma se apunta a los talleres vestida de amarillo,

  • ¡Como mi tutú!
  • Como tu tutú.

Los talleres también fueron tremenda sorpresa. Desde hace 3 años, destilan creatividad, risas, concentración, emoción. En el atelier se hicieron amigas Sonia e Irene; Carmen encuaderna cuadernos para Diego, y Diego le hace sellos de orquídeas; muchas mañanas viene Chus por su cuenta a trabajar; Heleci se sienta, y su cabeza revolotea; Inma te mira con sus gafas rosas: «Este taller, este sitio, tiene algo especial.»

  • Es bonito por los carteles de Maeve.
  •  Que diseñó tu logo y la plumilla con bigotes. Y mira qué postal ha hecho para felicitarte.
  • ¿A veeer? ¡Es una tarta de cereza!

Se levanta de un salto, camina de puntillas, agita la postal como si fuera una varita, y toda la tiendita se cubre de una estela de confeti. Y de su olor a papel.

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La bimba cumple 2

De camino a la tiendita, siento el dolor de pies de los tacones: ayer quería estar superguapa para recibir a la corriente atenta por el cumple 2 de la bimba. Hasta las perlas me puse.

De camino a la tiendita entro en la estación de buses y compro el billete de vuelta para la tallerista. Todos los talleres atentos son molones pero, en el mes que cumple la bimba, la programación es especial y vienen celebrities de las cosas bonitas.

De camino a la tiendita me río recordando las Mannenken-Copas que usamos en el brindis. Había traído un espumante semidulce muy pretencioso, pero las copas eran de plástico del malo, y al servirlo, ¡se meaban!

De camino a la tiendita huelo alimentos que llegan de bares y hogares, siento un hambre atroz, y recuerdo que he desayunado un tomate. Mi hogar se habrá vuelto soviético, pero mi piel está plena en antioxidantes.

Y de camino a la tiendita repaso los regalos que le hicieron a la bimba por su cumple: flores y más flores, una tarta toda de chuches, postales coloreadas, palabras cariñosas… Y me emociono un poco, porque estoy con la regla —que como sabemos, nos acompaña en todas nuestras celebraciones—, y porque la corriente atenta es decididamente maravillosa.

Y pienso en otras tienditas que cierran, a las que sus responsables dedicaron tesón y cariño y desvelos y empeño. Igual que yo, desde antes que yo. Me asusta que el trabajo bien hecho a veces no sea suficiente. Y me emociono de nuevo. Aprieto el paso, quiero ver a mi tiendita.

Y trato de averiguar, ya la veo, por qué la gente aprecia tanto Atentamente. Y creo que es porque no esconde sus fragilidades, y con ellas, está contando una historia imperfecta y bonita. Y puede que las historias perfectas gusten. Pero las imperfectas… emocionan. Subo la persiana. Abro la puerta. Qué bien huele la bimba. Qué bien se está en la tiendita.

 

Cumple 2 de la servilleta

Abro el putowordpress procesador de textos para escribir una nueva servilleta. Quería contar que tras la vuelta del país de la bimba, he entrado en un bucle de enfermedades que, reflexiono, es un puro equilibrio de emociones: después de 3 días admirando, tocan 3 días estornudando.

Iba yo decidida a contar mis miserias, cuando el programa me recuerda que La Servilleta cumple dos años. ¡Dos años! Y así es. Un par de meses antes de que naciera Atentamente, comencé a contar los avatares previos a la apertura: la búsqueda del local, la elección del nombre, los desvelos con los iberdrolos, el montaje de los muebles, el inventario… Los que saben, sentenciaban que un blog era supernecesario para vender el producto, hacer tutoriales, posicionarse estratégicamente en las redes sociales, y noséqué mierdas más. En cambio, yo quería que La servilleta resaltara lo cotidiano, estuviera atenta a las personas, mirara con indulgencia a la papelera en prácticas… Atesorara lo atento.

Escribiendo aquellas primeras servilletas en el sofá de mi hogar de ladrillo, no podía ni imaginar todo el universo atento que se ha construido en torno a ellas: este servilletero usa un vocabulario propio, tejido lentamente, en el que no se habla de clientes sino de corriente atenta, y la tienda no es la tienda, sino la bimba, y la papelera se va habituando a vivir haciendo malabarismos, y le va cogiendo el punto a emprender, que es bonito, y no deja de maravillarse con lo extraordinario que sucede en Atentamente.

Puedo imaginar que todos los negocios acumulan anécdotas similares que, por falta de tiempo o de inspiración, se desvanecen. Para mí, escribir servilletas es un poco un deber: me sentiría fatal si, después de presenciar las preciosuras que suceden en la tiendita, no las contara. Y también es un placer, el que siento cada semana al pensar con la bimba las historias atentas que vamos a contar.

Un año atento

Un año es subir y bajar la persiana 365 veces. Hacerme una tendinitis. Que el osteópata me diga que para curarla tengo que dejar de comer lácteos, azúcar y trigo. Y alegrarme, porque no me ha prohibido la cebada.

Un año es saber positivamente que los polis locales tienen uniformes nuevos gracias a mis ene tendiendo a infinito multas.

Es convivir con váteres con delirios de grandeza, puertas significadas y bombillas ambivalentes —”Ahora me fundo, ahora no, ahora me fundo, ahora no.”—

Un año es un master acelerado en hacer el inventario, borrarlo y volverlo a hacer, la angustia de fijar precios y el desvelo de subirlos, la búsqueda de proveedores, los apuros por pagarlos, el frío en las tardes de invierno, las dudas, los miedos.

Y, sobre todo, un año es Carmen, que me explica cómo cuidar la orquídea, y siempre se despide dándome las gracias por abrir Atentamente. Un año es Laura, que encarga montooones de cuadernos en los que luego escribe, y canta, sus nanas. Y un año es Olga, que sale desinhibida de sus guardias del hospital, y se regala washitapes a espuertas. Un año es Montse y sus mellizas, que saludan a la bimba al salir del cole; y un año es Carmen, que precisa acariciar los papeles Tassotti para darle suavidad a su rentrée. Un año es Noelia, que cuenta los cuentos que más le gustan a la bimba, y un año es Bernardo, que en su erudición, solo quiere que me vaya bien. Un año es Chus, que acude al atelier cada semana, a hacer cosas imperfectas y bonitas; y un año es Macarena y Jeanne, que no se cansan de hacer talleres, juntas o por separado. Un año es Auxi, que quiere a Atentamente como si fuera suya; y un año es Natalia y el gran Héctor, que hace flores de washi, y emboba a la bimba con su sonrisa. Un año es Nuria, que envía preciosas postales atentas, Inma, que pliega flores de origami para adornar su farmacia, la clienta callada y atenta, y Laura, que esperó pacientemente a que llegara su bloc de acuarelas, donde dibuja maravillas.

Un año. El primero. Qué rápido, profundo… y atento.

Una decisión impopular

(Conversación telefónica con el gestorabuelo atentoporteador de táperes)

  • Es que con los libros no tengo este problema.
  • Ya, nena, porque tienen precio fijo. Pero, ese problema, en realidad, para ti es una ventaja porque tu washi es muy exclusivo, y lo exclusivo lleva otro precio.
  • Y encima, justo ahora, que la bimba cumple un año. Va a ser una decisión impopular.
  • ¡Precisamente! Con motivo del cumpleaños, se compra con más alegría. Y vas a hacer descuentos, así que, lo comido por lo servido.
  • Es que me sueño con las clientas atentas: entran felices, van como foguetes hacia la casita del washi tape, reparan en que han subido los precios, y puedo leer los subtítulos de por dentro de su cabeza: “Claro, así también me voy yo de vacaciones a Italia. Pues verás tú como le dé por ir a conocer al señor Kamoi.”
  • ¿A quién?
  • Al señor Kamoi. Es el japo fundador del washi. Se dedicaba a fabricar bobinas gigantes, y un día las cambió por los mini celos de papel de arroz, con dibujos bonitos y fácilmente removibles. Se lo saben todo, papá. ¿Pero no recuerdas la que se lió con el taller sopetón?
  • ¡Pues más a tu favor! Tus clientas ya lo conocen, lo adoran, y saben que el más bonito de toda la ciudad lo tienes solo tú.
  • Y que lo coloco precioso.
  • Y que lo colocas precioso.
  • Ya… La verdad es que este curso sube el alquiler del local, y la cuota de autónomos, he cambiado las bombillas a LED, y no veas la pasta que es lo del impuesto de basuras, y…
  • Y eres un negocio, nena. Y has construido una historia maravillosa en torno a tu tiendita de papel. Pero la historia y el negocio tienen que ir de la mano.
  • Vale.
  • En cuanto colguemos, te pones a cambiar precios.
  • Sí.
  • Que te comas las lentejas que te llevé la semana pasada.
  • Que sí.
  • ¿Vamos a por otro año?
  • ¡Vamos!
  • Y, nena. No olvides cuánto te queremos.
  • … (Y aquí, moqueando, empiezo a subir los precios del washitape)

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Cosas sobrenaturales

Ocurren cosas sobrenaturales en Atentamente. Una: dos de los cuatro globos de la lámpara modernista se encienden y apagan a su capricho. Otra: tres de cuatro veces que suena el teléfono es para preguntar por MRW y sus paquetes.

– ¿Tiene mi paquete?

Ya me gustaría. No, señor, debe ser un error, esto es una papelería, blablablá.

El día en que, apretando dos de las cuatro bombillas, sonó simultáneamente el teléfono, supe que algo extraordinario iba a suceder.

Y así fue.

– ¿Atentamente, buenos días?

– ¡Hola! Mira, te llamo desde Madrid. Es que hoy es el cumpleaños de mi hermana I., que vive en Salamanca…

– ¿… Y quieres enviarle un paquete, a que sí?

– Uhmmmnooo… Quería regalarle una flor de papel y una tarjeta, de tu tienda.

(Ya me reubico: esto es una papelería y yo, una papelera)

– ¡Claro! ¿Y de qué color la hacemos?

– A ella le gusta el azul.

– Pues azul. ¿Y si usamos como tarjeta el papel plantable?

– ¿Y esto qué es?

(Me acuerdo de la italiana que suspiraba)

– Es una tarjeta de algodón, que lleva semillas; al sembrarla, el algodón se descompone, y brotan flores.

– ¡Eso, eso también! Y otra cosa… ¿Puedes apuntar el número de mi hermana y decirle que tiene una cosa esperándole en Atentamente?

(Aquí empiezo a dar palmitas y a celebrar mi suerte)

Pliego la flor azul, escribo con mi mejor letra temblorosa las palabras que T. me dicta, cuelgo el regalo en el pomo de la vitrina, y me pongo a esperar, haciendo cosas propias de papelera.

Y al fin llega I. Se disculpa porque ella cree que es tarde. Se extraña porque no imagina de quién puede ser, y cuando lo descubre, sonríe, habla un poquito, agradece mucho, y ya se marcha. Luego, a la tarde, llama de nuevo T., también para agradecer.

Y soy yo quien da las gracias a estas hermanas, que se quieren y se lo dicen, que juegan a darse sorpresas, que se emocionan con lo pequeño y lo bonito. Y lo hacen abiertamente, frente a una papelera que da palmitas… y presencia cosas sobrenaturales.