Que te pasen cosas volcánicas

Hace cinco veranos, subí al Kilimanjaro.

  • Esto lo has contado hasta la aburrición.

Y lo seguiré contando tantas veces como pueda: ascender hasta el cielo de África me confirmó la mujer terquísima que soy, y las cosas maravillosas que esto desencadena. Allí trinqué una piedrita, que llevo siempre en mi bolso, y me recuerda que soy capaz de hacer cosas volcánicas: subir el Kili, correr medias maratones, defender una tesis, abrir una tiendita de papel.

Viene Á. a Atentamente, y me cuenta que ella y su familia pasarán las vacaciones en Tanzania. Compra unos cuadernos para que los grandes y los bambinos escriban algo cada día, ya tienen puestas las vacunas, están muy ilusionados.

Á. me recuerda que en frente del hotel de Moshi había unos arrozales. Fuimos a visitarlos una tarde; de fondo, se escuchaban los rezos de la mezquita. Esos arrozales se cultivan gracias a las aguas subterráneas que bajan del Kilimanjaro y que emergen, de nuevo, a hidratar su crecimiento. Tomé mucha nota de la digna elegancia con que caminaban las mujeres sobre aquellos caminos de cemento.

Regreso cuando Á. me pregunta por un boli que escriba bien, y le recomiendo el de los bigotes. Le gusta. Pienso si lo llevará en su mochila para anotar palabras en suajili. Y me vuelvo: una mañana, el camarero del hotel se presenta con un folio, al que le faltaba, no sé, el tamaño que ocupa una postal. “Toma, te he escrito un diccionario suajili-inglés.” Conservo aquel tesoro, y gracias a él aprendí los números hasta el 60 (¡!), y a decir las cosas importantes: Asante/thank you, Karibu/wellcome, Mimi/I, Wewe/you.

Se marcha A. en bici. Le deseo que disfrute su viaje, que le pasen cosas volcánicas, y que las escriba, en su cuaderno… y en su corazón.

 

Paulocoelhadas las justas

Tardaremos varias generaciones en recuperarnos del destrozo. Del destrozo causado por coachers, pauloscoelhos, y misterwonderfuls. Esto de que puedes ser feliz si te empeñas en perseguir tus sueños caminando de la mano no atrás ni delante sino juntos mirando hacia el infinito que si te caes alégrate que lo importante es levantarse… Qué peña más cansina.

Pues estos mensajes de empecinada felicidad también se filtran en el universo de las manualidades —se dice crafting; lo que sea—. La tiendita de papel no está libre del taladro motivador: hay unos sellos de silicona que estampan mensajes de alta exigencia: “Cada día es una oportunidad para volver a empezar” (sic); washis que nos obligan a que tengamos un día pero que muy feliz; pegatinas — se dice stickers— que recalcan la persona tan-tan-supertán especial que somos. Leo, pasmada, la receta de la vida, impresa en un papel de scrap —nota mental: escribir otra servilleta sobre terminología tónter—: “Ama las cosas bonitas de la vida.”

Personalmente, este Hazte Tú Mismo tu propia felicidad me da un poco de cosa chunga. A veces pienso en el negocio que serían sellos que dijeran: “Puto coñazo; aburres a las ovejas; a la mieeerda!”, porque no es posible, ni sano, ni necesario estar siempre feliz. Y lo dice una papelera que se ha inventado una tienda que es una bimba y que recibe cariño a sacos de la corriente atenta. Pero, ¿qué pasa si tenemos días, semanas, años, la vida entera hecha unos zorros? ¿No se puede hacer un álbum con recuerdos tristes, no hay sellos con las frases que se nos clavan, algún washi con el que pegar nuestras cagadas?

Por fortuna, y para contener el flanco de los cacharros sobrepasados de felicidad, hay también en Atentamente papel discreto, ilustraciones complejas, libros exigentes, y austeros cuadernos en blanco, que nos dejan contarles historias tristes, el barro que somos, nuestras pequeñeces, lo que nos dicte la cabeza, las tripas, y el corazón. Y si aparece algún paulocoelho animándonos con la pandereta… también valen para dar cuadernazos, muy atentos.

Servicio secreto y atento

“¿Tienes tienda online, la tienes, la tieneslatieneslatienes?” “¡Nnnoooo!”, me despierto aterrada como el Munch del wasap. Ya sé que en el plan de empresa dije, ¿lo dije?, lo dije, que “en el trascurso del segundo año, el negocio crecerá incorporando la venta online.” Tienda online, tienda online, qué ordinariez. Aquí, lo que se estila es el servicio secreto y atento.

El servicio secreto y atento se activa con una llamada de teléfono, o un correo electrónico. Consiste en que X —que no vive en la ciudad—, quiere dar una sorpresa a Y —que sí, o no, depende del caso, jesúsquécristo—, y Atentamente hace de intermediario. La logística del servicio no es nada aburrida. Pueden llegar avisos inapelables: “Quiero el marcapáginas de la escrapera de pelo rubio”, o encargos difusos: “Quiero un cuaderno.” Hago fotos, las adjunto al mail/wasap, elige, lo envuelvo, me llega transferencia, lo llevo a correos/lo recogen en la tienda.

Es un servicio supersecreto, tanto, que a veces el destinatario no tiene ni idea de quién le hace el regalo. Hace unas semanas, una muchacha me explica vía mail que su amiga se marcha a Inglaterra, y quiere desearle buen viaje con unos sellos de evocación viajera. A los días, me escribe, simpática y agradecida: “Llegaron, llegaron. Y como no había remitente, ¡nos ha vuelto a todos locos por el grupo del wasap!”

Aún hay confeti en el suelo del último servicio atento. Llega un correo de alguien que está lejos y querría estar cerca. En esta ocasión, la afortunada tiene que recoger la sorpresa en la tienda. Llega intrigada, desenvuelve con mimo, saltan los confetis, se queda, sonriente y callada, ante su cuaderno de flores. “Creo que sé de quién puede ser…”, murmulla, y vuelve a sonreír. Guardo el secreto, sonrío yo también.

Seguramente, con el tiempo haga caso al plan de empresa y abra la tienda online. Será más eficaz. Y la logística mucho menos complicada. Ojalá también sorprenda, y emocione, y recuerde levemente al servicio secreto, y atento.

Profesora-papelera

Por las mañanas, Atentamente está preciosa. Me parece, por eso, muy normal encontrar una pareja sentada frente a la persiana, en el bordillo del jardín, entre magnolios, arces, abedules. Yo a veces también lo hago. Qué bonita está la bimba, aún dormida.

La despierto con cuidado, y entra la pareja. Me cuentan que están buscando un cuaderno porque su profesor se jubila, y quieren darle las gracias por ser tan excelente. “Es un hombre que sabe tanto, y que lo cuenta tan bien… Ayer mismo, en clase de Historia del Arte, ¡nos estuvo hablando de pájaros!”

Eligen un cuaderno fabuloso, con una cubierta que cruza el Estrecho de Bering, el Mar del Norte y el Pacífico. También Australia, donde un koala, superagusto, abraza ¿una acacia?

Me quedo pensando qué suerte mutua, la de los estudiantes, y la del profesor. Los entiendo bien porque tuve Maestros que me enseñaron, sobre todo, actitud. Así también yo lo intenté porque, antes que papelera, fui profesora. Como investigadora, escribía rollos mu cojonuos  artículos de investigación sobrios, rigurosos, pura ciencia. Un coñazo. Pero me las arreglaba para, en medio de aquel paramal, colocar alguna alegría que aliviara al sufrido investigador. Una vez me escribieron de una revista científica aconsejándome que, para su definitiva publicación, modificara ciertos aspectos de mi artículo. Y que se habían reído mucho con mis metáforas.

También en las clases me las apañaba para combinar el jeroglífico de los tesauros con palabras de Paul Auster; la historia de la documentación con música de Damien Rice; la estrategia de la información con la expedición de Amundsen; los criterios de selección documental, con los pasos funambulistas de Philippe Petit. Creía entonces que todo sumaba.

Los veo marcharse con su cuaderno viajero, me alegra seguir encontrando alumnos curiosos y agradecidos, me entra un poco de nostalgia… se me pasa pronto. Porque, aunque es probable que no haya demasiadas papeleras acreditadas por la ANECA, sé que la profesora está orgullosa de la estudiante de Primero de Papelerías. Y que todo suma.