El hombre mÁs aLTo del mundo

Viene a la tiendita el hombre mÁs aLTo del mundo. El que más. Más alto que el Kilimanjaro, ¿he contado alguna vez que he subido el Kilimanjaro?

  • Tenemos digestiones lentas de tanto oírtelo.

Más alto que Tachenko y que Gulliver en Liliput, más que Alicia después de comer el agrandapastel, inmenso como la Montaña de basura de Fraguelrock. Por supuesto, mucho más grande que el representante de Artemio que, hasta ahora, era mi medida de todo lo alto que se puede llegar a ser.

Notas que estás frente al hombre mÁs aLTo del mundo cuando tiene que doblarse como un junco para pasar por debajo de la puerta; cuando, de tan alto, ya es cóncavo; cuando remata de cabeza la lámpara modernista, modo Sergio Ramos minuto 93. Yo, que soy de tamaño casi normal, le miro fascinada. También la bimba, que lo rodea como a la peana del David de Miguel Ángel.

  • ¿Tienes… unas gomas… que son azules, que valen para hacer sellos?
  • ¿Gomas de carvar? Ven que te las enseño.

Con dos zancadas le basta. Retumba un poco la tarima. Se lleva 3000 (vale, un par).

  • ¿Y papel para calcar?
  • ¿Cuántos necesitas?
  • 2000 (bueno, fueron 5).

Corremos bimba y papelera tras él, que ya está en la caja, junqueándose para pagar. Me fijo en sus manos: son las manos de un titán, de Hércules, ¡de San Cristobalón! Se lleva la compra en una bolsa más pequeña que la uña de su dedo meñique, vuelve a doblarse para salir —por eso está cóncavo, pienso, de tanto agacharse: para él, entrar significa la puerta pequeñita del Imaginarium—. Cierra la puerta, brrrrum, la lámpara se tambalea, nos quedamos mudas. Miramos el techo, crriiiiin, se abre una grieta. Y la vamos a dejar. A lo mejor, con un letrero: aquí estuvo el hombre mÁs aLTo del mundo.

Operación Luz

  • ¡Y como volvamos a pasar por aquí y sigas sin luz, te enteras!

En condiciones normales las hubiera mandado al guano con los subtítulos de por dentro de la cabeza, pero estas señoras me dicen las verdades del barquero con tanta gracia, que tomo nota de todas sus vehemencias.

  • Es que tu tienda es preciosa, ¡es como de Centroeuropa! Pero hoy nos la hemos vuelto a pasar, y sabemos que está aquí, perfectamente.

No digo yo que su parlanchineo intenso pueda distraerles hasta el punto de pasarse la tiendita, pero tienen santa razón: Atentamente no se ve —carita que llora, carita que llora, carita que llora del wasap—.

Despliego el operativo Operación Luz. La Operación Luz —en adelante, OL— acomete dos acciones: una, indoor, dirigida a iluminar mi escritorio. Busco las lámparas más bonitas, pido a S. que me sugiera un electricista, y aparece un señor con el pelo lleno de bombillas, vale, eran rizos: “Me he pasado tu tienda. Necesitas luz fuera.” Que es la acción outdoor: instalar un vinilo luminoso para que, por la noche, cuando acueste a la bimba y baje la persiana, se vea desde Cuenca dónde está Atentamente.

La OL va fenomenal: llamo al señor vinilo. Es joven, amable, escucha pacientemente las dos acciones, toma medidas, me asegura que va a quedar genial. Su cara me resulta familiar, y como me siento poderosa por la envergadura de la operación, le cuento:

  • Pues el caso es que tu cara me suena…
  • Y a mí la tuya también.
  • ¡Anda! ¿Y de qué puede ser? ¿Vas a yoga? ¿Compras en el Gadis? ¿Eres runner?
  • Soy torero 〈sic〉.

Mientras le despido con una ovación, pienso en las cosas extraordinarias que suceden en la tiendita, y espero, por la cuenta que me trae, que se haga la luz antes de que vuelvan las parlanchinas. Van a flipar cuando vean a lo lejos el vinilo ribeteado, todo de bombillitas, de grana y oro.

Útil, bonito, sanador

Hay gente que cocina. Hay gente que escribe un blog. Está el que cuida abejas. Yo empecé a correr. Encaramos las penas como podemos: cocinando, escribiendo, recolectando miel, corriendo… O haciendo manualidades.

En la pared donde están los cacharritos de scrapbooking se lee una frase tremenda:

  • ¿Para qué sirve esto?
  • Sirve para lo bello.

Porque hay gente de inteligencia sutil, que no mide la importancia de las cosas por su utilidad, sino por su belleza. Claro, la troqueladora tiene que cortar; los washis han de pegar; los rotus, mejor si no se secan mañana. Pero a muchas personas se les ilumina la cara cuando encuentran su cuaderno bonito. Lo abrazan, y eso es todo.

O no. Hay otra gente, con heridas aún en las rodillas, que para curarse decide bailar, cantar o tocar la guitarra. Decide, con su dolor, hacer cosas bonitas.

En cuclillas, y mientras elegimos papeles para hacer un álbum de scrap, C. me susurra que está a la espera de resultados de pruebas diagnósticas muy chungas, y espanta los fantasmas cortando cortando y cortando papel. I. viene a montones de talleres, está es radiante, y mientras paga el próximo, comenta con naturalidad que hace años estuvo mal-mal, y que los talleres se los receta como medicina. P. me enseña fotos de la casita de muñecas que ha hecho este verano. Las pasa con mirada triste, pero asegura que hacerla le ha ayudado mucho. M. descubrió Atentamente al mismo tiempo que le diagnosticaban una enfermedad compleja, me confía muchas tardes después.

Yo guardo sus confesiones con respeto, y las entiendo bien. A mí me sanó correr, y mientras algunos lo veían una excentricidad, yo me calzaba las zapas, me tragaba las lágrimas, y a correr como Forrest Gump. Y esto pienso cada vez que entra alguien en la tiendita: deja lo que estés haciendo y sé atenta, puede que precise papel porque sea útil, porque sea bonito, o porque sana.

 

La actitud atenta

Entra una señora mayor. Buenos días, buenos días. Al poco, un señor mayor. Buenos días, buenos días, qué fría está la mañana, sí, mejor dentro, claro que sí. Me recuerdan a los abuelos atentos: ella, entra exploradora; él, renqueando; los dos, elegantes, cariñosos, disfrutones —”Iba a invitar a mi marido a un café, pero he visto la máquina de escribir del escaparate, y le he dicho, espera, vamos a ver despacio qué es esto”—.

Me encanta la imagen: deben llevar juntos la vida entera, se saben todos sus chistes, recitan por lo bajini las anécdotas que el otro cuenta, pasan más ratos en silencio que hablando… Pero se ponen guapos, y salen a tomar café.

Él resulta ser amante del papel de origami, me cuenta que hizo talleres de plegado, también de caligrafía japonesa, que ya no los hace porque tuvo la mejor de las profesoras, y la marcharon, por ser demasiado buena. Ella ve unas pegatinas de gatitos que está segura chiflarían a sus hijas. Pero cuánto se parecen a los abuelos atentos, pensando todo el día, día tras día, en sus hijos.

  • ¿No me ibas a invitar a un café?
  • ¡Ay, sí! Pues otro día me llevo las pegatinas, que hoy voy con el dinero justo.

Aún en la puerta, hablamos un poquito más. Ella ya necesita su café y le entra la prisa; él, ahora, se encuentra a gusto, me desea que la bimba crezca fuerte, me invita a contactar con su antigua profesora, que de ser así, volvería a plegar y a escribir kanjis… Y al marcharse, lo dice: “Mira que tienes cosas bonitas, pero de todo lo que he visto, lo que más me gusta es el nombre.” Me pongo roja. “Es que Atentamente es una actitud tan de nuestra época que encontrarla de nuevo, en tu época, es hermoso.”

Y pienso: si los abuelos atentos hubieran presenciado esto, habrían ido con ellos a tomar café, la atenta un poco más tarde: se quedaría comprando pegatinas, para su nueva amiga.

 

Horario europeo

  • ¿Y a qué hora cierras?
  • Hace media hora. Nada, cuando acabes, sin prisa, es mi casa de papel.
  • ¡Uys, pues ya me marcho. Es que, como tienes este horario europeo… ¡Ay, qué monada! ¿Y esto qué es?

Recuerdo a esta clienta dispersa mientras me ato los cordones de las zapas. Cuando pensé el horario de Atentamente, lo hice asegurándome de que podría salir a correr por las mañanas. Me gusta levantar la persiana y ver si el día me regala media hora de trote suave. Da igual si luego me voy maquillando en el bus o abro la tiendita con el pelo aún mojado. El papel es sagrado. Correr, también.

Para mí, un horario europeo es aquél que se adapta sensatamente a la vida personal, a las circunstancias laborales. Y, por diverso, habituarse a él puede resultar chocante. Es verdad que a veces entra gente en la tiendita diciendo que vinieron y que estaba cerrada. A mí ese comentario me pone a mil como a Vicky Larranz, porque a saber si pasaron a las 8.40 cuando dejaban a sus bambinos en la escuela, o a mediodía, o un domingo, o en Navidad. Prefiero no indagar y practico, una vez más, el silencio atento. A este ritmo, me voy a comunicar con un pizarrín.

Y es verdad que, los lunes por la mañana, la bimba duerme. Duerme para que la papelera pueda ir al banco, a por flores, quedarse quietina en su casa de ladrillo, o regresar de pasar el domingo en su tierra santa. Puede que las 10.30 suene tarde; pero hablamos de una papelería, no de una lonja. Y reconozco que a veces no abro a tiempo; aunque tampoco tengo prisa por cerrar: en los talleres, el tiempo se detiene y la corriente atenta está tan a gusto que planta en el atelier una tienda, y se queda a vivir. Y yo, feliz.

Qué trote tan bueno he hecho. En 40 minutos despierto a la bimba. Viva el horario europeo.

Principessa

Entra una princesa. No es una exageración de papelera: es una mujer, y va tocada con una corona, así que: entra una princesa.

  • ¿Puedo mirar?
  • Pues claro —alteza, leo por los subtítulos de por dentro de la cabeza—.

Comienza a pasear la princesa, con su coronita en la cabeza, su cámara entre las manos, los ojos muy abiertos, una sonrisa espléndida. Me gusta que mire Atentamente, precisamente así, y sigo a mis cosas de papelera.

Entra ahora un chico, se dirige a la princesa, se besan levemente, se engarzan por el índice. Ah, no lo había reconocido: es el príncipe. Como no lleva corona…

Parece que a la princesa le gustan los sellos de madera, también las tintas, le explico cómo se usan, cómo limpiarlos. Se decide por la tinta textil roja y el abecedario de las minúsculas. El príncipe anuncia que se lo compra, y cuando va a pagar, dice la princesa mirando el ordenador:

  • Sono dodici…
  • … e quaranta, me oigo completar de forma espontánea.

¡Es una principessa! Agradece que hable su lengua, y me cuenta que están de vacaciones, que hoy es su cumpleaños —por eso la corona— y que, al ver el escaparate petaloso, han decidido entrar.

A punto de marcharse, descubre las postales atentas:

  • Sono bellissime!
  • Certo.
  • Posso darti una cartolina?

Y la princesa saca de su bolso un montón de postales, impresas con las fotos —por eso la cámara—  que ella hace. Escojo una en blanco y negro: un salón vacío, con columnas, inundado de agua, parece un aljibe, o unos baños turcos, es inquietante, evocadora, es superbonita. “Son los baños de la princesa, en Sri Lanka”, me explica. “Cómo no”, pienso yo.

Viajar. Cumplir años. Pasear las calles con corona de plástico. Buscar un dedo índice. Encontrarlo. Visitar papelerías. Hacer fotos. Regalar postales… Soy muy feliz siendo papelera, pero a veces, solo a veces… quién fuera principessa.

Silencio atento

Llamarse Atentamente puede ser una putada cortapisa. ¿Por qué no pensaría otro nombre menos exigente, no sé, Atentamente… a veces? Mira que la corriente atenta es generosa, y trabajar aquí —levanto la mirada, sonrío, es que es preciosa, la bimba— un privilegio. En estas condiciones tan amables, ser atenta sale natural.

Pero hasta la papelera más atenta echa un borrón. Hay días en los que lo atento se me disipa a base de multas, prisas, facturas, apreturas… Y justo esos días, llegan clientes con la dichosa interacción, la frasecita de no fui a clase de empatía:

  • Pues no veas lo que me ha costado encontrarte.
  • Uy, maja, este sitio… está muy retirado, ¿no?
  • Lejísimos, vengo de leJÍsimos.

Aquí me acuerdo de M., mi floristera más favorita, cuando un día, en la rebotica donde elabora sus ramos-maravilla, me interroga, sin dejar de cortar el eucalipto: “Pero, a ver: ¿tú aún no tienes clientes gilipollas?”

A mí me sienta bien M. porque macarrea mi vida. Y tiene razón: en ocasiones los clientes no cooperan, o lo hacen con las habilidades sociales muy justitas, y si me pillan en fase disipada, pues me dan ganas de delinquir. Yo suelo contestar:

  • Bueeeno, la primera vez a lo mejor cuesta un poquito encontrarla.
  • Hoombre, estoy a cinco minutos de la plaza.
    • ¿Dónde vives, en Zamora…?
    • ¡En Garrido!

En estos casos, la comunicación es imposible, y también inútil: la tiendita no tiene ruedines, no la puedo arrastrar hasta la plaza, de Garrido, of course. Y además —lo he aprendido en yoga— vibrar cosas chungas no mola.

Así que he desarrollado el silencio atento. Consiste en que cada vez que alguien me atiza con el rollo de cerca-lejos, me quedo callada. Absolutamente. Al principio es incómodo: esa persona te está hablando y tú ni puto caso. Pero es un silencio necesario. Muchas veces, se contestan solos: “Bueno, en realidad tampoco estás tan lejos… Estaba dando un paseo, y aproveché…” Entonces, recupero el habla: “¡Ah, qué bien! Hace una tarde estupenda.” Y compruebo el valor de la palabra justa. Y del silencio atento.

Guau

Desde que he implantado el pago por anticipado de los talleres, respiro aaamplio. Se me ha quitado esa contracción de ombligoanogenitales tan de yoga, que hacía de manera natural cada vez que abría el correo, esperando encontrarme una baja de última hora. Lo cierto es que no han sido frecuentes estas ausencias, pero cuando ocurrían, me arrabiaba porque se trataba de una plaza no cubierta, un material desaprovechado, un dinero no ingresado. Que emprender en febrero es muy porculero bonito. Por eso, ahora que los aprendices atentos aseguran su plaza pagándola, yo abro el correo con la musculatura pélvica superrelajada.

Y así encuentro el correo de M.J., una clienta atenta que había confirmado y pagado su taller de encuadernación japonesa. Me explica que tiene que renunciar porque su perra K. está muy enfermita, recién operada y con resultados poco esperanzadores. Me relata que ese cuaderno que pensaba encuadernar podría llenarlo de recuerdos, fotos, tiempo compartido con su perrita en tiendas de campaña, en playas, por el monte, paseando por la ciudad… Se me empiezan a caer las lágrimas cuando me propone ofrecer el taller a alguien que se haya quedado fuera, por falta de plazas o de dinero. Sorbo los mocos cuando, al sugerirle que puede venir a cualquier otro taller, me insiste en que quiere regalarlo, “un regalo pequeño de una enorme de cuatro patas.” Saco un klínex del cajón de arriba cuando se despide con un beso y un guau atento, y me pide no hacer más pucheros, “que las lágrimas estropean el papel.”

Yo nunca he tenido mascotas, solo tuvimos un canario que se llamaba Cuchimbri, y lo pasamos fatal el día que amaneció tieso en la jaula, con la hojita de lechuga a mediocomer. Y aunque me siento blandiblú con esta historia de amor perruno, quisiera ladrar de felicidad —guaguaguau—, por esta clienta generosa, compasiva, tan atenta… y su familia de cuatro patas.

Lo atento que yo más quería

Yo creo que sonreirá. Sonreirá con solo ver la bolsa de Atentamente en sus zapatos, porque adivinará que es el libro de colorear que había pedido, un librote balsámico, para pasar las tardes de invierno sacando punta a sus lápices acuarelables, coloreando bosques encantados.

  • ¿Y si no le gusta, lo puede cambiar?
  • Claro… Pero le va a chiflar.

Cómo me gustaría ver la cara que pondrá cuando deshaga el lazo, abra la cajita de cartón, retire el confeti y, por fin, descubra los pendientes de pajarita de sugus. Azules, los que más quería. Cómo me gustaría verla, poniéndoselos delicadamente, tan leves, cosquilleándole la oreja.

  • ¿Y si los prefiere en otro color?
  • Los puede cambiar sin problema. Pero vas a triunfar.

Qué felicidad cuando abra la bolsa, retire el papel de seda, y aparezcan ¡un montón! de papeles de scrap, varios washitapes, un par de cordeles, pegatinas, sellos de silicona, tintas… Seguro que le mira fascinada, y luego, se lo come a besos.

  • Es que mi chica tiene mogollón de todo esto. Si repito algo, ¿lo puede cambiar?
  • Claro que sí.
  • Si sé que tenéis lo del Bono Atento, pero prefería elegirlo yo.
  • Y seguro que aciertas. —Se lo come a besos fijo—

Envolver para regalo. Parece un gesto mecánico: quitar precio, cubrir de papel de seda, elegir la bolsa, cerrar con washi… Total, dirán algunos tristes, si lo van a romper. Y qué va. En cada regalo sonrío mucho a quien compra, fantaseo con quien lo recibe, deseo que esos lazos y ese papel envuelvan algo muy soñado.

Tras las fiestas,  vuelve la tiendita a la normalidad. Viene una clienta. Se lleva una ilustración. Pregunta:

  • Hoy estarás con devoluciones, ¿no?
  • Pues no.
  • ¿Y eso?
  • Pues no sé… Será que todo el mundo ha recibido lo atento que más quería.

 

 

 

Bimba de paz

V., la vecina de la fotocopiadora, lo dice ya desde la puerta: “Es que me gusta venir a traerte los flyers porque, es entrar en Atentamente, y se respira como paz.”

La corriente atenta también solemniza exageradamente en la misma dirección: “Me quedaría a vivir aquí.” “Los talleres son mejor que un spa.” “Puedo mirar solamente el papel? Me relaja.”

A. viene a conocer a la bimba, y también a la papelera atenta. Nos hemos escrito correos y wasap, tenemos amores comunes que nos hablaban de cuantísimo íbamos a conectar, dábamos mutuamente a los megusta de nuestras redes sociales, pero nunca nos habíamos visto. Hasta que llegó la Navidad. La bimba de A. se llama Cocowawa, y es preciosa, y es valiente, y delicada como la organza. Al marcharse, nos damos otro abrazo más. Sin soltarme, dice: “Traía muchas cosas en la cabeza, pero se han disuelto todas. La bimba da mucha paz.”

A mí también me ocurre: me precipito en la tiendita como una peonza, mareada por todo lo que ya he hecho y lo que me espera por hacer. Entonces, abro la puerta, huele a Atentamente, y comienzo a estar inmediatamente bien.

Y pienso, que estos días, podíamos compartir de alguna manera la paz que la bimba nos da a todos día tras día.

Probemos hoy.

Feliz Noche de Paz.