Un año atento

Un año es subir y bajar la persiana 365 veces. Hacerme una tendinitis. Que el osteópata me diga que para curarla tengo que dejar de comer lácteos, azúcar y trigo. Y alegrarme, porque no me ha prohibido la cebada.

Un año es saber positivamente que los polis locales tienen uniformes nuevos gracias a mis ene tendiendo a infinito multas.

Es convivir con váteres con delirios de grandeza, puertas significadas y bombillas ambivalentes —”Ahora me fundo, ahora no, ahora me fundo, ahora no.”—

Un año es un master acelerado en hacer el inventario, borrarlo y volverlo a hacer, la angustia de fijar precios y el desvelo de subirlos, la búsqueda de proveedores, los apuros por pagarlos, el frío en las tardes de invierno, las dudas, los miedos.

Y, sobre todo, un año es Carmen, que me explica cómo cuidar la orquídea, y siempre se despide dándome las gracias por abrir Atentamente. Un año es Laura, que encarga montooones de cuadernos en los que luego escribe, y canta, sus nanas. Y un año es Olga, que sale desinhibida de sus guardias del hospital, y se regala washitapes a espuertas. Un año es Montse y sus mellizas, que saludan a la bimba al salir del cole; y un año es Carmen, que precisa acariciar los papeles Tassotti para darle suavidad a su rentrée. Un año es Noelia, que cuenta los cuentos que más le gustan a la bimba, y un año es Bernardo, que en su erudición, solo quiere que me vaya bien. Un año es Chus, que acude al atelier cada semana, a hacer cosas imperfectas y bonitas; y un año es Macarena y Jeanne, que no se cansan de hacer talleres, juntas o por separado. Un año es Auxi, que quiere a Atentamente como si fuera suya; y un año es Natalia y el gran Héctor, que hace flores de washi, y emboba a la bimba con su sonrisa. Un año es Nuria, que envía preciosas postales atentas, Inma, que pliega flores de origami para adornar su farmacia, la clienta callada y atenta, y Laura, que esperó pacientemente a que llegara su bloc de acuarelas, donde dibuja maravillas.

Un año. El primero. Qué rápido, profundo… y atento.

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Catástrofes significadas

Contar que es tu cumpleaños es irrelevante. La gente cumple años cada día. No es un hecho noticioso. Tachar.

Tampoco interesa que te manguen la cartera en plena calle, ni describir el careto que se te queda cuando sientes el bolso más ligero, lo miras, te mira, ya abierto y sin monedero. TacharTachar.

No atrapa la atención que somatices el tremendo mosqueo y pases la noche con las cagaleras y las vomiteras de la muerte. Tus dramas personales no importan. Ahora bien: los sucesos profesionales, los cataclismos laborales, las catástrofes propias de papelera… esas interesan todas.

Desde los inicios, a la puerta de Atentamente le ha gustado significarse: que si ahora no me cierras ni a culazos, que si ahora doy un portazo que tiembla el misterio… Como ya venía rodada con los delirios de grandeza del váter, le aclaro que quién dijo miedo habiendo cerrajeros. En buena hora.

Una tarde viene mi querida C. a preparar el taller de pintura de tiza. Pensamos colores, diseños, ornamentos… Y en ese clima inocente, vemos pasar —¡carita de Munch de wasap!— la grúa municipal.

– C.: ¡Que mehedejao el coche mal aparcado en la puerta!

– Papelera: ¡Corre, ragazza, corre!

Sale C. como un foguete. Le persigue la papelera. La puerta da su significado portazo. Y falsa alarma. Esta vez, la grúa iba a por otros. Afú.

Regreso a la tiendita… y no. Que nno. Que nnnno puedo abrir. Parece que a la puerta le moló la comparación con el váter, y va y se atasca, la muy hijaputa significada. Se baja C. del coche, tira de la puerta con toooda su fuerza maragata. Nada. Y yo empiezo a hacer pucheros, dispuesta a enumerar mi lista de dramas personales. Pero no me lo permite:

– ¿Tienes otras llaves de Atentamente en tu casa?

Sip.

– ¿Y alguien que tenga copia de las llaves de tu casa?

– Mmm… ¡Sip!

– Pues sube al coche, que esto tiene arreglo. Y me da tiempo a llegar a clase de italiano.

Ya de vuelta, me siento en el ordenador con naturalidad, pero la miro de reojo, cagaíta, y prometo al cristo de todas las puertas no subestimar, nunca jamás, a una puerta significada.