Sorellina

  • ¿Y cómo va a ser la hermanita?

La bimba me persigue con su tutú amarillo mientras yo corro y vuelo como un sputnik. Faltan muy pocos días para que lancemos tienda online y estamos nerviosas, y expectantes, y cansadas, y felices. Será la oxitocina.

Recuerdo muy bien la primera tarde que abrí la puerta de Atentamente, cuando aún no hablaba ni de bimba, ni de corriente atenta, ni de emprender que es bonito; cuando todavía no tachaba tacos ni me cagaba enojaba con Montoro, la zona azul, los iberdrolos, MRW. Parece que ha pasado una glaciación. Y sólo han sido 3 años. Uno. Dos. Tres.

  • ¿Y de qué color va a ser el tutú de la hermanita?

De estos tres años, me quedo con el vocabulario con el que he contado todas estas historias atentas. Como el lenguaje cómplice de los enamorados, así hablo yo de la bimba que es la tiendita, de la corriente atenta, que sois los clientes, de lo imperfecto y bonitos que son los talleres, de esta servilleta que hace reír y llorar, de la papelera. La papelera terca, atolondrada y decidida que un día dijo que iba a abrir una tiendita de papel, y que ahora dice que va a polinizar lo atento around the world. Luego me aturullo porque no sé cambiar la domiciliación de los seguros sociales, pero el abuelo atento me lo aclara: “Nena, tú no estás hecha para chuminadas. Lo tuyo son las cosas sublimes.”

Y no sé si recibiremos un cerro de pedidos o si comeremos cajas de cartón muchos meses; si los mensajeros tratarán con mimo los paquetes o sufriré si me avisan de que han llegado en mal estado. Aún no tengo vocabulario para esta nueva historia. Ni siquiera sé cómo referirme a la tienda online cuando hablo de ella.

  • ¿Puedo pensar yo un nombre para la hermanita?
  • Claro que sí, bimba.
  • ¿Puede ser… sorellina?

 

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Hermana gemela

Soy la pequeña de cuatro hermanos. Todos chicos. Siempre me han cuidado muchísimo: me llevaban y traían al cole, me dejaban sus geipermanes, jugábamos en la alfombra a los bolindres

  • Se dice canicas.

me ayudaban con las mates, me traían un Toblerone cuando volvían de parranda. Condujeron el coche en el que iba blanca y radiante; me consolaron, entre cajas de mudanza, asegurando que ese nuevo hogar de ladrillo iba a estar superbién; montaron lámparas en la tiendita; me preguntan cada día cómo estoy por wasap.

Con nenes tan buenos, nunca he tenido añoranza de hermana. Pues resulta que tengo una. Gemela. Italiana.

Se pone en contacto conmigo R. Que tiene una pequeña marca de papelería en un pueblecito cercano al Lago di Como, por encima de Milán. Que ha descubierto Atentamente buceando por internet. Que le encantaría que conociera su catálogo, por si alguna cosa me interesara. Abro el pdf, los ojos y el diccionario, y le contesto en mi imperfecto italiano: “Cara R., grazie mile per la tua mail!” Hago un pedido, ojalá llegue bien desde tan lejos, no he estado en Lago di Como, me atrapa tremenda nostalgia.

A lo días, en perfecto embalaje, aparecen pliegos de papel con faros, sirenas, marineros; cuadernos para ver estrellas y constelaciones; postales que dan las gracias y felicitan en el idioma del país de la bimba.

“Cara R., sai che chiamo Bimba alla mia cartoleria?» Le confieso que he buscado dónde vive en Google Maps; ella me contesta que también. Nos seguimos por las redes, nos gustan todas y cada una de las cosas que publicamos, le cuento dónde pasaré el verano, me cuenta que ya ha estado y que me encantará; me explica cosas de La Toscana, le digo que yo la recorrí en bici… Y siento que somos gemelas: mujeres, italianas, que aman el papel. Puede que por eso tenga tanta nostalgia. Porque mi manca mi hermana italiana.

A papel

Mi bimba huele a papel.

Todos los días despierto a la bimba con canciones. Esta mañana le canto, a mi manera, una de El Último de la Fila. Ahí está dormidita, con su tutú amarillo, revuelta en rizos. Hoy es su cumpleaños. La miro y se me cae una lagrimita porque soy papelera que llora. Y que sonríe.

  • Auguri, bimba!
  • ¿Ya es hoy mi cumple3?
  • Ya es hoy.
  • ¿Y cómo era cuando nací?

Antes de nacer ya eras muy querida. Los abuelos atentos viajaron mil veces con regalos y lentejas; tus tíos hicieron taladros, pusieron bombillas, asaltaron Ikea, brindaron por ti. Hasta plegaron una pajarita de papel para venir a conocerte.

  • ¿La que está colgada en el perchero del atelier?
  • Esa.

Yo pensaba que, descontando familia y amigos, nadie vendría a verte. Y entonces, apareció la corriente atenta, una entusiasta legión de clientas fieles y generosas, que nos cuidan con alegría: Macarena te quiere desde que eras más estanterías que cosas; Jeanne te manda postales desde lugares maravillosos; Aurora compra un boli —”y este cuaderno. Es que… lo necesito”— en el recreo del cole; Marie te hace cosquillas mientras curiosea las novedades de scrap; Emma se apunta a los talleres vestida de amarillo,

  • ¡Como mi tutú!
  • Como tu tutú.

Los talleres también fueron tremenda sorpresa. Desde hace 3 años, destilan creatividad, risas, concentración, emoción. En el atelier se hicieron amigas Sonia e Irene; Carmen encuaderna cuadernos para Diego, y Diego le hace sellos de orquídeas; muchas mañanas viene Chus por su cuenta a trabajar; Heleci se sienta, y su cabeza revolotea; Inma te mira con sus gafas rosas: «Este taller, este sitio, tiene algo especial.»

  • Es bonito por los carteles de Maeve.
  •  Que diseñó tu logo y la plumilla con bigotes. Y mira qué postal ha hecho para felicitarte.
  • ¿A veeer? ¡Es una tarta de cereza!

Se levanta de un salto, camina de puntillas, agita la postal como si fuera una varita, y toda la tiendita se cubre de una estela de confeti. Y de su olor a papel.

El 10%

Vuelvo a mediodía a mi hogar de ladrillo. Enciendo la radio, servicios informativos: “Del total de emprendedores dados de alta en los dos últimos años en la región, el 90% ha tenido que cerrar su negocio. Las razones se encuentran en la falta de preparación y de experiencia.” Evoco las palabras de quien ya lo anunció, antes y mejor que yo: “¡¡A mediodía, alegría!!” (Leticia Sabater)

Apago la radio. Preparo manjares sanísimos. Para compensar, me abro una birrita. Falta de preparación dicen: pero, ¿en qué carrera te explican que emprender es bonito? ¿Dónde te entrenan para el lanzamiento sin paracaídas? ¿Cómo coges fondo para lidiar con burocracias, multitareas, canas, dudas, contracturas? Esta ensalada de lechuga con lechuga tendría que estar recomendada en Saber Vivir.

Y la experiencia, pero vamos a ver: ¿acaso Leticia Sabater cantó bien desde el principio? Vale, esto lo retiro.

Friego el plato.

  • ¿Friegas para un plato?

Es que vaya bobada de indicadores: ¿por qué no incluyen la implicación emocional, la creación de comunidad, la gestión del funambulismo como elementos de evaluación? O si quieren hablar de cosas tochas: ¿por qué no mencionan el colchón económico que el emprendedor debe tener para esos dos años de cero ingresos? Según la noticia, tendría que estar contenta porque estoy en la horquilla del 10% que, tras tres años, vive —¿se nota la cursiva?— del emprendimiento. Pero no me da la gana: en el camino se ha quedado mucha gente que puso idéntica ilusión, trabajo, ideas y pasta que yo.

Llego a la tiendita con tremendo chine. Entra una clienta y se lo cuento todo: lo de la noticia, lo de la ensalada y lo de que friego para un solo plato.

  • ¿Para un plato?
  • Y es que además no tienen en cuenta que, si emprender es bonito, hacerlo sola es mortal con tirabuzón.
  • Pero tú no estás sola.
  • ¿…?
  • Tú tienes a la bimba. Y vosotras nos tenéis a toda la corriente atenta.

 

 

Los datos del verano

  • ¡Oh, cielos, si es la papelera! ¿Qué tal ha ido este mes de ganduleo?

Cómo son las conciencias. De hijasdeputa inoportunas.

He anotado en servilletas todas las cosas que me han pasado en este mes sin servilletas:

  • En Hacienda ya me saludan por mi nombre. La última notificación era para decirme que tengo a Montoro loco porque llevo 3 años tributando a través de un modelo equivocado. Entro —con la confianza que dan los ene tendiendo a infinito requerimientos— al despacho de la funcionaria-teniente O’neil. Conozco las fotos de sus hijos, el ficus, la manera de frotarse las sienes, el documento por triplicado que me dicta palabra por palabra. “¿Pero quién es tu gestor?” “Mi padre.” “Dame su número.” Y le brama que haga el favor de presentar en el tercer trimestre el Modelo 309, 309, ¡30999!
  • He dado empleo, temporal y poco cualificado, pero empleo al fin y al cabo. He dado de alta —y ya de baja, snif— a R., tallerista de la tiendita, que me completa y me mejora y es la Espasa Calpe del scrap. Aliarse con gente talentosa es obligatorio. Hacerlo con contrato es la bomba. Otro día hablo de las ayudas para la contratación de mujeres, en paro, y madres de bebés. O casi mejor, lo resolvemos ya: cero.
  • La víspera de gandulear recibo una llamada de un teléfono muy largo. Es el Ayuntamiento. Que la subvención que había pedido hacía 3 meses; la que había invocado con el mantra har har har frente a una vela en el atelier; esa que el gestor había reescrito porque hice la memoria económica con los pies; la subvención. Que me la dan. ¡Un pastizal! para que pueda innovar.
  • Llevo mucho tiempo picando inventario, pidiendo favores, valorando empresas de mensajería, soñando un embalaje que al abrirlo sea como entrar en la tiendita. Porque la bimba va a tener pronto una sorellina 2.0, y

 

  • Chssss. Calla, insensata, todo a su tiempo. Y el ganduleo qué?
  • Ay, el ganduleo muito bem.

Pasa, primavera

Cualquier momento es bueno para venir a Atentamente. Aconsejo hacerlo en las mañanas de primavera. Atrás quedan las lanas, la calefacción, que no se escape el calor. Atrás el frío y la niebla, lo gris, lo puff.

Declaro la primavera el día que decido quitarme las medias y no hay vuelta atrás así me congele, que me congelo, y da igual porque aprecio mi terquedad. Lo mismo hago en la tiendita: un día equis, decido dejar la puerta abierta, y que pase lo que la primavera quiera.

Y pasa que los pájaros están parlanchines y se cuentan cosas —”Te invito a mi nido, ¡tengo gusanos!”—; pasa que los jardineros comienzan a cortar el césped del jardín, a remover la tierra, a humedecerla; pasa que oyes silbar a los que andan en bici, clen, clen, clen, por la acera apavesada; pasan mil veces las niñas que miran el escaparate —”Miiira, es la tienda bonita, ¡esos sellos de ratoncitos, muerooo!”—.

Y descalza, desde el atelier… pasa la bimba, con su tutú amarillo—le encanta el tutú— y la camiseta que le pintó la tallerista de pintura textil. Allá va, con una galleta en una mano y papel y lápiz en la otra, de puntillas, hacia el jardín.

  • ¡Hola, bimba!, saluda el jardinero.
  • Ciao! agita la galleta.

Se pasa la mañana trepando, mirando nubes, cogiendo hojas del magnolio, contando flores, una, due, trè, dibujando cosas de bimba.

Y pasa la cartera. Trae una factura —¿ha vuelto el invierno?— y una postal de la corriente atenta —ay, no, que es primavera—. Tumbada en el césped, pregunta la bimba:

  • ¿Te llevas esta carta?
  • ¡Claro!

A mediodía vuelve a la tiendita, con hojas en los rizos y el tutú manchado de tierra.

  • ¿Qué has hecho, bimba?
  • Dibujar una carta.
  • Eso está muy bien. ¿Y a quién?
  • A la primavera.
  • ¿Y qué le has dicho?
  • Que se quede.

 

 

Un trabajo alineado. Y una espalda

Estoy haciendo un curso online para…

  • ZZZzzzZZZzzz

reflexionar sobre mi trabajo, sobre cómo hacerlo mejor y más robusto, las cosas que tengo que cambiar y las que potenciar. Es un curso, lo dice mucho la profe, para alinear tu trabajo a tu vida.

Me encanta lo de alinear. Porque soy de estatura casi normal, siempre he caminado muy tiesina, con los hombros muy rotados, reduciendo curva lumbar, aprovechando cada uno de mis 159 centímetros.

  • ¿159? JAJAJAjajajaJAJAJA

Sin embargo, desde que decidí emprender que es bonito, noto como si en la espalda me hubiera salido una chepa emocional donde se agarrotan los miedos, las dudas, los sustos. “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”, escribía Ángel González. ¿Y cómo no sentirlo al gastar pastones en pedidos, cómo no tiritar haciendo números, no es natural que se te apriete el culo mientras meditas si es el momento de contratar a alguien? Estas interrogantes me achuchan, y pesan tanto las hijasdeputa que en ocasiones no me dejan enderezarme, levantar la vista, y tomar decisiones con la espalda fuerte y alineada.

Entonces, el camino del emprendimiento me da la respuesta. Aparece una clienta muy atenta, muy. Viene a comprar postales para bodas, las escoge invitándome a dar mi opinión, me cuenta que viene de ver una hermosa exposición, y acabamos hablando de un concierto de música clásica al que fuimos hace años, sin conocernos entonces ni ahora. O a lo mejor sí. Convenimos que las ciudades, para crecer, precisan regarse con música, arte, cultura. “Precisan tu tienda”, y se va.

Qué sabia es la corriente atenta, qué exigente y qué generosa. Y pienso que a lo mejor me encorvo en el primer paso de cada decisión que tomo sobre Atentamente, ¡es que es la bimba!, es lo mejor y más bonito que he hecho. Pero solo en el primer paso. Los demás, los daré convencida, confiada, sonriente, alineada con mi espalda, y con mi trabajo.

 

El hombre mÁs aLTo del mundo

Viene a la tiendita el hombre mÁs aLTo del mundo. El que más. Más alto que el Kilimanjaro, ¿he contado alguna vez que he subido el Kilimanjaro?

  • Tenemos digestiones lentas de tanto oírtelo.

Más alto que Tachenko y que Gulliver en Liliput, más que Alicia después de comer el agrandapastel, inmenso como la Montaña de basura de Fraguelrock. Por supuesto, mucho más grande que el representante de Artemio que, hasta ahora, era mi medida de todo lo alto que se puede llegar a ser.

Notas que estás frente al hombre mÁs aLTo del mundo cuando tiene que doblarse como un junco para pasar por debajo de la puerta; cuando, de tan alto, ya es cóncavo; cuando remata de cabeza la lámpara modernista, modo Sergio Ramos minuto 93. Yo, que soy de tamaño casi normal, le miro fascinada. También la bimba, que lo rodea como a la peana del David de Miguel Ángel.

  • ¿Tienes… unas gomas… que son azules, que valen para hacer sellos?
  • ¿Gomas de carvar? Ven que te las enseño.

Con dos zancadas le basta. Retumba un poco la tarima. Se lleva 3000 (vale, un par).

  • ¿Y papel para calcar?
  • ¿Cuántos necesitas?
  • 2000 (bueno, fueron 5).

Corremos bimba y papelera tras él, que ya está en la caja, junqueándose para pagar. Me fijo en sus manos: son las manos de un titán, de Hércules, ¡de San Cristobalón! Se lleva la compra en una bolsa más pequeña que la uña de su dedo meñique, vuelve a doblarse para salir —por eso está cóncavo, pienso, de tanto agacharse: para él, entrar significa la puerta pequeñita del Imaginarium—. Cierra la puerta, brrrrum, la lámpara se tambalea, nos quedamos mudas. Miramos el techo, crriiiiin, se abre una grieta. Y la vamos a dejar. A lo mejor, con un letrero: aquí estuvo el hombre mÁs aLTo del mundo.

La puerta abierta

La primera tarde que puedo dejar la puerta de Atentamente abierta es algo parecido a algo muy bonito. Se pasa todo el invierno cerrada, velando por la bimba, siempre gateando en calcetines de rayas amarillas, que no pase frío; conservando los aromas a jengibre, a canela; la música, que siempre sea cálida; el papel, de buen gramaje, para que cuando la corriente atenta abra la puerta, olvide los fríos fuera, y encuentre calor.

Así que pasamos el invierno metidas en nuestra cuevita de papel. Hasta que llega la primera tarde. Y por más que pretenda hacer cosas propias de papelera, no paro de girarme, de mirar, ¡es que ahí fuera pasan montones de cosas! Pasa que están comenzando a brotar hojas diminutas en los abedules, esas que, por tener la puerta abierta, se colarán en otoño por toda la tiendita y me parecerá genial. Pasa que el cerezo japonés ya está en sakura, y es imposible no mirar su copa de flores rosas, cómo el viento la despeina, y van cayendo levemente, en suave danza oriental. Yo quiero pero no puedo dejar de escuchar la conversación de dos chavalas que lo flipan, en plan, aún no me ha contestado, y lo ha visto, tía, porque tiene doblecheck en el wasap. Lo intento, de verdad que sí, pero me distraen los pájaros, los de mi cabeza chorlita y los que se cortejan, de magnolio a magnolio. Un chico silbando deja una estela a jabón, los radios de una bici rebotando en el pavés, Blas, que hasta que no salgo a hacerle cariños no para de ladrar, el olor a hierba, las ganas de pisarla, la luz que crece 6 minutos cada tarde y que pinta el cielo primero dorado, y luego, se sonroja. Como yo, al darme cuenta de que me he pasado la tarde mirando algo parecido a algo muy bonito.

El cuerpo diplomático

Si la bimba nació el 1 de septiembre de 2014 a las 17.00 h., a las 17.15 h. se presentó A. a estrenar la casita del washi tape. Desde entonces es embajadora, y vierte toda su diplomacia en polinizar las maravillas de esta cinta que la estiras y aparecen erizos, jardines botánicos o las fases de la luna. “Aunque mi favorito es el primero que me compré, éste, el de florecitas. Dame otro que siempre lo regalo.”

Antes de comenzar la clase de yoga, coloco discretamente el cartel con la programación de los talleres atentos:

  • ¿Estos son los talleres de marzo?, pregona J., es profe.
  • ¿Qué talleres?, dice P., es compañera de esterilla.
  • ¿Pero no conoces? Explícale, papelera.
  • Es que tengo una papelería y hacemos…
  • ¡Es un templo, tienes que ir a verlo!, responde, el embajador con turbante.

Barro, escribo correos, atiendo las cosas propias de papelera. Una señora contempla el escaparate. Me parece bien; yo también lo hago. Por detrás aparece P., es profe en un cole cercano, muchos recreos los pasa en la tiendita. Regatea a la señora y le abre la puerta:

  • En caso de duda, siempre entrar.

Pone la señora cara de vaya par de chaladas, recorre la tienda con el bolso agarrado y se pira, mientras me orino con la embajadora, que viene a por unos sellos para su siguiente clase: “Ah, y dame unos flyers para el camino.”

Y así, veces y veces. Adonde yo no llego, ahí están los embajadores atentos, un cuerpo diplomático loco y exagerado que habla, comparte, y representa a lo atento con devoción.

A punto de bajar la persiana, la bimba ya en pijama, entra corriendo una clienta. Pide disculpas por las horas, va derecha a por el papel de mimosas, lleva los 2,50 en la mano y se despide: “Gracias por abrirnos Atentamente.” La próxima vez que venga, que no se me olvide entregarle sus credenciales.