Ese señor atento

  • Pues hoy ha venido a la Cámara una muchacha. ¡Dice que quiere montar una papelería? Pero no una normal: nos ha traído un tocho así, que si la soñó viajando, que si va a dar cursos…
  • Ah, qué guay. A mí me encanta el scrap.
  • ¿El qué?
  • El scrapbooking, papá: es hacer álbumes con papeles bonitos, sellos, washis
  • ¿Con qué? Le hemos dicho que menos viajes y más plan de empresa, y que vuelva en un mes. Anda, nena, pásame el pan.

Salí de aquella primera reunión muy chafada. Yo fui esperando comprensión, y lo que me dieron fue tremendo meneo. Se trataba de una asesoría para emprendedores gestionada por personas jubiladas, que antes de estarlo, trabajaron en el mundo empresarial, banca, despachos de abogados, y así. Gente, vaya, con muchísima experiencia, que me retaron con este epitafio: “No te hacemos críticas por que sí, sino para que tu papelería nazca lo más fuerte posible.”

Un mes después, volví con mi Atentamente. Plan de empresa. Contacté con proveedores, adjunté proformas, pronostiqué la viabilidad a 1, 3 y 5 años, calculé gastos fijos mensuales… Los señores jubilados siguieron buscando grietas, y yo seguí empeñada con que era un proyecto a largo plazo, lento, que os he hecho estas tarjetas de agradecimiento, por vuestro acompañamiento.

Entonces, L. pregunta:

  • ¿Oye, y una cosa que se llama washi?
  • Es como un celo de papel de arroz, con dibujitos.
  • Es que mi hija lo usa.
  • Pues voy a tener a trisca. Mira la proforma en el anexo II.
  • Nada: a V. tu tienda le va a encantar.

Yo pensaba que ese señor atento lo decía para animarme, pero no. Más de dos años después, su hija visita la tiendita, compra washi, acude a talleres. El último, un bono-atento regalo de su padre, que vino buscando “algo de esto para V.” Y se sonreía: como si le gustara cómo crece, lento y fuerte, la idea chorlita de aquella muchacha empeñada.

Con ayuda del vecino…

… mató mi abuela un gorrino. Esta sentencia la he escuchado miles de veces en casa, y con ella, nuestros padres nos enseñaban la importancia de saber pedir ayuda, y apreciar el valor que adquieren las cosas hechas entre todos. Que no fuéramos de titanes por la vida, que con un Hércules ya llegaba.

Mientras escribo, seguramente M. esté acabando de pintar con rotus de vidrio el escaparate de Atentamente, dibujando margaritas, mariposas, alguna abeja… Antes, habrá colocado las tarjetas con mensajes que ha pintado y escrito una por una –“Mir, ¿me harías alguna con estrofas de Love of Lesbian?” Claro, nena.” Y regresará a Madrid para seguir con su vida y con su afán.

Mientras escribo es probable que M. y D. estén dándole los últimos retoques a la lámpara de la entrada -desmontada, limpiada, cambiada la instalación y vuelta a montar- para que luzca espléndida. Porque las lámparas modernistas no se restauran solas. Pero con la ayuda del vecino…

Cuando me planté frente a la primera estantería Besta, arremangada y sin un solo destornillador, tuve que llamar a P. –“Si esto es como un Lego, meri”- y más tarde a F. –“Pero, a ver… ¿Dónde está la encimera?” Porque compré un fregadero, pero se me olvidó la encimera. Y entonces, apareció J., el Paul Newman de las soluciones integrales, y me puso el fregadero, me arregló la cisterna, me trajo un ebanista y un pintor. Y aunque él aún no lo sabe, también me va a instalar la lámpara modernista.

Y con la ayuda del vecino, S. me recomendó a un graffitero para pintar la persiana de la tienda. Vino en junio, con sus cascos, su gorra, su perilla, sus pantacas caídos. Miró la persiana, miró el logo.

  • ¿Cuántos días te llevará esto?, le pregunté.
  • Como mucho… 1 hora.
  • Vale. Pues nos vemos en agosto.

Y C. se ha recortado todas las letras de cartón del atelier; ha buscado páginas de inspiración, ha espiado tiendas para descubrirme cosas, ha plegado gueishas de origami y colocado un zócalo de washitape. Ha pensado en talleres, estampado sellos en las guirnaldas y ordenado geométricamente troqueles y guillotinas. Hasta se ha montado una librería Hemnes.

Y montones de llamadas, de mensajes, de visitas, que disuelven cansancios y dejan alegría.

[Mi familia merece una servilleta aparte…]

 

No nace sola mi tiendita de papel. Nace con la ayuda del vecino.