Mírame, soy pequeña (y atenta)

Clink. Mensaje por el feisbuk:

  • Hola, papelera: ¿tienes este papel marmolado adamascado que te adjunto? Lo he visto en Amazon a dos pesetas el pliego. Pero si lo tienes, prefiero comprártelo a ti.
  • Hola, apreciada: comprátelo en Amazon sin dudarlo. Te lo podría pedir, llegaría en 15 días y costaría el doble. Imposible competir con los plazos y los precios de esas mega empresas que cotizan en bolsa, vamos, igualico que yo tiendas. Ahora, ¿a que ellos no pueden competir con mi encanto? : )

Esa papelera sin abuela, pensé cuando le di a enviar. Pero no iba tan desencaminada.

Hace unos días salgo a pasear, bueno a beber, con mi amiga M., que es sabia y visionaria, y trabaja con empresas Goliat. Abrazada a mi birra, le explico mi sensación de pequeña David. Me tranquiliza: “Mira, los Goliat tendrán pasta para montar emporios. Pero no tienen lo que tú eres. ¿Y sabes? El pastizal se lo están gastando en aprender a ser tú, auténticos, cercanos, generadores de emociones… Vamos, lo que haces de forma natural, y con cero presupuesto. ¿Ellos? Nánáná. Tú sí que eres un caso de estudio. ¿Otra birrita?”

Y es verdad: a veces, tenemos cierto complejo por no ser grande, por no tener de todo, no abrir los festivos, que nuestros precios no estén tiraos, o no recibir cajas de novedades a diario. Error. Nos estamos comparando mal porque ellos no somos nosotros: ¿cómo pretender asemejarse a gigantes, si no tenemos, ¡ni queremos!, patas largas ni vozarrón?

Pero es que, además, me fascina pensar que los grandes nos miran de reojo, se enfurruñan por la frescura de los pequeños, nuestra naturalidad, la manera con que cuidamos nuestro negocio, como si fuera una bimba, un bebé. Y me encanta imaginar a la sabia M. dándoles caña mientras coloca una cuña de publicidad subliminal: “Vosotros, mirad abajo, aprended de los pequeños, sed atentos.”

 

 

El lenguaje que complace

Tengo la intuición —que los yoguis definen como la inteligencia sutil, que solo con decirlo alineo la espalda y sonrío con los hombros— de que expresarse atentamente se contagia. Es verdad que a veces espeto tacos porque, joder, es eso o la úlcera, pero en condiciones normales, soy de cortesía victoriana.

Cuando vienen, por ejemplo, clientes a la tiendita, me escucho usando expresiones formalesCon mucho gusto— que suenan a abuela —Hasta la vista—, y es por eso que me encantan. Intuyo que a la corriente atenta también le complacen porque, en tiempos de En plan, lo más grande, xoxo—esto último sigo sin querer saber qué mierda es— los atentos ponen no sólo cariño, sino cuidado: Eres muy amable, Te alabo el gusto, Que tengas un buen día. Parece que Atentamente fuera una imprenta del siglo XIX, y es por eso que me chifla.

También lo aprecio cada mes, cuando envío la programación de los talleres atentos. Empleo encabezados, conectores, despedidas —Apreciada corriente atenta, Por otro ladoTe saluda atentamente— más propios de participación nupcial que de correo electrónico. Pero es que a mí me gustan esas fórmulas, elegantes y respetuosas. Y compruebo que muchos sintonizan con este código, respondiendo de la misma manera esmerada.

Ni que decirlo: cada vez que hago pedido de papeles italianos, doy saltitos de felicidad por poder iniciar el texto con un Gentile signore, y acabarlo con Distinti saluti.

Por eso pienso —sutilmente— si lo atento se contagiará, también, por el lenguaje: la corriente atenta, la bimba, los aprendices, la papelera, el atelier, lo imperfecto es bonito… son nuestras fórmulas, es nuestro vocabulario. Nos reconocemos en él y en usarlo de la manera más cortés posible. A ver, si hay que cagarse en alguien mostrar disconformidad, también lo hacemos a lo valiente. Luego, nos atusamos el bigote, el bucle levemente despeinado, y retomamos, lo atento siempre gana, el lenguaje que nos complace.

Sé atenta

  • He empezado a hacer yoga.
  • ¡No nos interesan tus mierdaaas!
  • Es verdad. Empiezo otra vez. En menos de un mes han cerrado dos de mis distribuidores, Hacienda me aporrea como si esto fuera un negocio próspero, ha subido la cuota de…
  • ¡Cuéntanos lo del yogaaaa!

M. es clienta atenta, a veces viene en bici, a veces trae a su pequeña V., a veces se me cae la baba con sus rizos… En navidad compra una guillotina, unas etiquetas de colores, “Son para un regalito que vamos a hacer las profes de yoga”, y cobrándole, le digo que sus clases de yoga van a ser mi regalo de Reyes. “Pues qué bien. Ven un día, y pruebas.”

Llego un día y pruebo. Estiro guay las patas porque soy bastante atleta, corro mediamaratones, y no sé si he dicho alguna vez que yo subí el Kiliman

  • ¡Aburres a las ovejaaaas!

Vale. Que lo físico está más o menos en orden, pero la mente, las emociones, la energía, los chakras están muy tarumbas, y la meditación, la relajación —observa, no juzgues, solo observa— me toca donde más lo preciso.

Cuando creo que ya hemos terminado, M. sirve una infusión y nos ofrece el regalito. Es un marcapáginas hecho a mano, cada uno diferente, con una frase y un mantra, palabras hermosas para paladear todo el año. Elijo uno cualquiera, reconozco las etiquetas de colores y me encanta la vida que han cobrado. Mi mantra es Ardas Bhai, y M. explica que es algo así como oración y amor y buen rollo, para ti y para el universo. A ella le gusta mucho. Pues a mí también.

  • ¿Y la frase?
  • La frase la he colocado en el mueble del ordenador, para leerla cada día y que…
  • ¿Y qué pone, pordiosbendito?
  • Este coro está muy tenso. Tendría que ir a yoga. La frase dice: “Sé amable, consciente y compasivo. El mundo entero será tu amigo.”

En otras palabras: sé atenta.