Horario europeo

  • ¿Y a qué hora cierras?
  • Hace media hora. Nada, cuando acabes, sin prisa, es mi casa de papel.
  • ¡Uys, pues ya me marcho. Es que, como tienes este horario europeo… ¡Ay, qué monada! ¿Y esto qué es?

Recuerdo a esta clienta dispersa mientras me ato los cordones de las zapas. Cuando pensé el horario de Atentamente, lo hice asegurándome de que podría salir a correr por las mañanas. Me gusta levantar la persiana y ver si el día me regala media hora de trote suave. Da igual si luego me voy maquillando en el bus o abro la tiendita con el pelo aún mojado. El papel es sagrado. Correr, también.

Para mí, un horario europeo es aquél que se adapta sensatamente a la vida personal, a las circunstancias laborales. Y, por diverso, habituarse a él puede resultar chocante. Es verdad que a veces entra gente en la tiendita diciendo que vinieron y que estaba cerrada. A mí ese comentario me pone a mil como a Vicky Larranz, porque a saber si pasaron a las 8.40 cuando dejaban a sus bambinos en la escuela, o a mediodía, o un domingo, o en Navidad. Prefiero no indagar y practico, una vez más, el silencio atento. A este ritmo, me voy a comunicar con un pizarrín.

Y es verdad que, los lunes por la mañana, la bimba duerme. Duerme para que la papelera pueda ir al banco, a por flores, quedarse quietina en su casa de ladrillo, o regresar de pasar el domingo en su tierra santa. Puede que las 10.30 suene tarde; pero hablamos de una papelería, no de una lonja. Y reconozco que a veces no abro a tiempo; aunque tampoco tengo prisa por cerrar: en los talleres, el tiempo se detiene y la corriente atenta está tan a gusto que planta en el atelier una tienda, y se queda a vivir. Y yo, feliz.

Qué trote tan bueno he hecho. En 40 minutos despierto a la bimba. Viva el horario europeo.

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Vuelta a escuela

Ha pasado mucho tiempo desde mi último power point. Aquéllos hablaban de las funciones de la documentación y de… ¿de qué más? Bueno, de documentación. Abro el power point para hacer una presentación rumbera para unas jornadas de emprendimiento, en un centro de FP. Quieren que hable de la bimba.

  • Mientras sea fuera del horario de la tiendita, encantada. Que emprender es bonito y unicelular.
  • Pues claro, ríe tibiamente M.C., la organizadora, como arrepentida de la propuesta.

Allá que voy para el insti, me pongo los vaqueros rotos para mimetizarme con el entorno, me sorprende lo nerviosa que estoy, ¡con la de horas de vuelo que tengo!, y mientras disimulo colocando mis cosas, me digo que procure no decir mamarrachadas, que me comporte como una emprendedora que lo peta, que prepare alguna frase lapidaria para cuando les pregunten en el examen: “Según la atenta, emprender es de inconscientes.”

Miro el aula… ¿Son todo varones? ¿Con el mundo cursi de papeles de colores que les traigo? Me van a patear. Se duermen con seguridad. Forza.

Y empiezo a contarles, desde que dejé la zona de confort de la universidad hasta que me subí al trapecio; se ríen cuando digo que soy papelera en prácticas; un chico asiente cuando comparo emprender con una carrera de fondo; les animo a que se formen, se asesoren, se cuiden, a que su pasión sea aquello que, además, sepan hacer muy bien… Y creo que me escuchan de la mejor manera posible, atentamente.

Me marcho muy agradecida y muy a toda pastilla, a abrir la tiendita de papel. Me entra nostalgia de clases y de alumnos, enciendo el ordenador, pongo música, viene una mamá pidiendo 12 gomas de borrar para el cumple de su bambino… Regreso a mi vida de papelera.

Al entrar en el atelier, a por más gomitas, veo el paraguas que el delegado me ha regalado: “Muchas gracias, nos has contagiado mucho entusiasmo.” Y salgo con las manos llenitas de gomas y de ilusión. Qué alegría volver de vez en cuando a escuela. A contar entusiasmada que tengo una tiendita de papel.

 

Permitido fijar carteles

Pasé mi infancia con una duda grande, ¡enorme!, inmensa como Barcelona. Paseando por las calles, en paredes impolutas, leía: Prohibido fijar carteles. “¿Y de qué carteles se van a fijar, —razonaba yo— si no hay ninguno que copiar?”

Recuerdo esta ingenuidad los días que me toca fijar carteles, los carteles que anuncian los talleres atentos. Podría colocarlos siguiendo los criterios publicitarios del itinerario del buen emprendedor. Abrazando la más pura vagancia, los pego de camino a la tiendita de papel. Con washi tape, eso sí. Vaga pero elegante.

Escuela Oficial de Idiomas. Estuve yendo hasta cuarto de Italiano. Quinto lo aprobé sin casi pisar aula, y este año soy la mecenas del último curso. Voy a proponer en secretaría que inviertan mi matrícula en birra Moretti. Peccato.

La Escuela de Artes y Oficios. Pam, pam, pam. A lo mejor son aporreos de los aprendices de encuadernación. Muchos vienen a comprar papel, y me gusta que Atentamente participe en su formación artesana, imperfecta y bonita.

Conservatorio de Música. Se escapan arpegios, escalas, acordes de las aulas. Quiero aprender música, silbo mientras busco un hueco para el cartel. Cuando la bimba sea un poquito más grande, decido.

Microteatro La Malhablada. “Malhabladas queridas, qué frío hace. ¿Me podéis pegar el cartel, plis?”, y lo cuelo por el buzón.

Cafetería 1. Me chifla porque aquí hago el segundo desayuno y porque el tendero está de toma pan. El bizcocho de yogur también le sale rico.

Cafetería 2. No es fácil encontrar sitio en la entrada, tapizada siempre de mil historias. Que figuren por unos días las historias atentas me parece un honor. Lo miro antes de irme… Un honor.

Biblioteca Municipal. A lo mejor, alguien que venga buscando libros de poesía japonesa, ve el taller de haikus, y decide apuntarse.

Cafetería 3. Este lo pego a toda castaña. Me he recreado demasiado en la 2.

Fotocopiadora. “Vecinos, aquí os pego el cartel que primorosamente me imprimís.” “Deja de hacernos la pelota y trae los cartones, que te los cortemos para el taller de encuadernación.”

Y así cada mes. Es verdad que son efímeros, que el agua los estropea y que el washi no acaba de pegar en la piedra de Villamayor. Pero disfruto mucho fijándolos en lugares tan hermosos; y pienso que tendría que estar permitido fijar carteles. Sobre todo si son atentos.

 

 

 

 

Balance atento

El feisbuk lo hace, el Informe Semanal lo hace, Mecano lo hizo; hasta este puto poco intuitivo procesador de textos me termina de enviar un correo haciéndolo: el balance de fin de año. Así que frena, papelera peonza, párate un rato, y repasa cómo ha sido este año que se acaba.

  • Enero: en la playa. Después de la movida navideña, me regalo cuatro días en el mar. En los días nublados, invoco el bocadillo de escalibada que me comí, descalza, en la playa. Funciona.
  • Febrero: con el tostón de San Valentín y a regañadientes, escribo en el espejo de la tiendita la estrofa de la canción de amor más bella del planeta. Prometo borrarla al día siguiente. Y ahí sigue.
  • Marzo: en el atelier pintamos bolsas de tela, plegamos grullas y se lía parda con el cosido copto. Paco no da más de sí con la aguja, y Auxi le replica sin tontunas que lo imperfecto es bonito.
  • Abril: abuelita Rosario nos deja, después de una vida larga y bienvivida. La recuerdo cada vez que como naranjas pequeñicas, como a ella le gustaban.
  • Mayo: florecen cientos de flores, en los cuadernos, en los papeles, en los talleres, en los jarrones y en mi corazón.
  • Junio: ay, qué risa: ¡Hacienda me devuelve pasta!
  • Julio: la bimba dice que si pueden venir Jimena y Paula a los talleres atentos y fresquitos. Le digo que vale. Hacen de todo: cajas, risas, bolsas, risas, banderolas, risas, sobres, risas…
  • Agosto: bajo la persiana y vuelvo a Italia. Subo la persiana y me reciben un montón de postales atentas: Sara y Ángel desde Lanzarote, Natalia y Nuria en Portugal, Diana desde Menorca, y Cucu, en la Costa del Sol.
  • Septiembre: ¡la bimba cumple un año!
  • Octubre: todo el mundo vuelve a la escuela. También Chus, que se regala días de descanso haciendo cosas preciosas en el atelier.
  • Noviembre: le presto el wifi a mi vecina Nines. A cambio, ella me trae membrillos. Perfuman todo el otoño.
  • Diciembre: hago balance y compruebo que no menciono ni multas, ni cansaeras, ni pataletas, ni cagadas. Se me han olvidado todas. Soy una papelera agradecida por el año vivido, curiosa por el que llega, ilusionada por descubrirlo con la bimba y la corriente atenta, y decidida a seguir viviendo de la única manera posible. Atentamente.

 

 

Huele a Atentamente

Todos los manuales que lo cuentan, lo cuentan: el marketing olfativo es una cosa de mucho molar. Que tu negocio se reconozca por su aroma, y que ese estímulo suscite en tus clientes emociones, y que esas emociones estén conectadas con sus monederos… El marketing olfativo es tu amigo.

Antes, cuando iba a tiendas —como hacen las personas humanas que no tienen tiendas en las que se tienen que quedar para que vengan otras personas humanas, eh, que estoy muy a gusto, no es una queja, es una leve nostalgia— prestaba mucha atención a los olores. Y sin abrir un solo tocho de marketing olfativo, sabía que Atentamente iba a oler muy bien; aunque entonces no sabía a qué. Ahora sí.

Como es una bimba, la tiendita de papel huele necesariamente a colonia de bebé, una esencia amable que se mezcla con agua y se evapora en el humificador que me regaló mi querida M. Coloqué el cacharro debajo de la caja de fruta en la que descansa el equipo de música. Es por eso que, el perfume, tamizado por la madera y la música, destila ese olor tan rico.

Para ser mejor papelera, la papelera precisa flores. Mi floristera más favorita dice que tiene manazas salvo para hacer los ramos más bonitos del planeta. Depende de la estación y de lo que a ella le dé la gana, el escaparate se perfuma de lirios, astromerias, peonías, anastasias, clavelinas, falsa pimienta, hojas de roble, hortensias azules… Últimamente me las regala mi novio formal. Y llevan tanto cariño en cada pétalo, que solo pueden oler a maravilla.

Toda la tienda y todo el atelier se impregna con la corriente atenta, que deja un aroma cálido y fresquito, que se contagia y que te abraza y te hace cosquillas y te da ganas de bailar.

Y, sobre todo, día tras día, se perfuma con esencia de papel, con papel que se elige, se escribe, se dibuja, se colorea, se corta, se pliega, se troquela, se contempla, se acaricia, y se hueleatentamente.

¡Yo no fui!

A lo mejor solo la he cantado yo, y este paralelismo no lo entiende ni Cristofer. Pero el mantenimiento tecnológico de Atentamente me recuerda a una canción que cantábamos de bambinos, subidos en un autobús que nos llevaba a un sitio. Cantábamos erre que erre, y cuanto más coñazo dábamos al autobusero, mejor. Era tipo:

  • Bego robó pan en la casa de San Juan.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡Santi!
  • Santi robó pan…

Pues yo me siento superautobusera ante los aparatos de la tiendita de papel, que se van estropeando uno tras otro, uno tras otro, hasta el infinito y más pacá. Trato de solucionarlo pero no hay manera: cuando arreglo uno, da el coñazo otro. Más o menos así:

  • La bombilla se fundió en el atelier una vez más.
  •  ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡El enchufe!

Se me saltan los ojos como a la carita del wasap. ¿Cómo pueden funcionar las luces y no los enchufes de una misma estancia? Qué intriga voltaica.

  • El enchufe se rompió en el atelier una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡El ordenata!

Las manos que rezan del wasap al recordar lo del inventario.

  • El ordenata se petó en la tienda una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • Fue… ¡La pistola de código de barras!

Justo el día que llegan 3 pedidos se incapacita la pistolita. Al menos vuelvo a tener ordenador. A ver si con algún tutorial del YouTube.

  • La pistola se escachó en la tienda una vez más.
  • ¿Quién yo?
  • ¡Sí, tú!
  • ¡Yo no fui!
  • ¿Entonces quién?
  • ¡La alarma!

¡Montones de caritas sucesivas del Munch del wasap! Si solo tengo la instalación, pero no está dada de alta… ¡¿Cómo es posible que suene laputaalarma?!

  • La alarma robó pan…

Y así se la pegan todo el día los cacharritos, —¿quién yo?—, arreglándose y desarreglándose, —¡yonofui!—, confabulados contra mi persona humana, y logrando —¿entonces quién?— que esta papelera en prácticas sea cada vez menos atenta, y más chorlita.

Necesita Mejorar

Era la manera que tenían en la escuela de no especificarnos lo zotes que éramos, y, a cambio, animarnos positivamente a la mejora. Tampoco hubiera pasado nada si nos hubieran dicho que éramos unos zotes, que nos ponemos gilipollas con el lenguaje políticamente correcto. Te estás yendo por la ramas. Ya vuelvo. 

Necesita Mejorar. Pues así me siento yo —zote quiero decir— cuando al llegar a la tiendita de papel veo a C. varada en la puerta. Con lluvia. Con frío. Con actitud de no haber leído el correo en el que le cuento que el taller de elaboración artesana de papel se ha suspendido.

  • Te puedo ofrecer un té… si quieres.
  • Una guantá te daba yo No, gracias.

Se marcha C. bajo la lluvia, y abro Atentamente desolada. Es la segunda vez que se queda sin poder hacer este taller: la primera hubo que suspenderlo porque al tallerista —Juan Barbé, fundador de Eskulan, maravilla dedicada a la elaboración artesanal de papel y a su divulgación— se le inundó su taller, que no puede haber mayor desgracia para un artesano papelero. “Cómo lamento no poder ir. Intentamos más adelante”, me anima el animoso.

Decido que la segunda vez será la buena, y programo su curso para inaugurar la nueva temporada de talleres atentos. Solo se apuntan dos personas, no es posible cubrir los costes, y con pena, desconvoco. Pero no le llega la información a C., y me hago responsable porque he sido rápida y he sido atenta, pero no he sido eficaz. He sido zote, o necesito mejorar. Como se diga.

A ver, que no es cosa de sacar la fusta. Basta con usar el teléfono para la próxima. Pero me he criado con la abuela atenta que, de pequeña, lloraba por el burrito que se mojaba camino del Sisonar… Y no puedo evitar apenarme yo también al ver cómo C. se marcha, con lluvia, y sin taller.

Un año atento

Un año es subir y bajar la persiana 365 veces. Hacerme una tendinitis. Que el osteópata me diga que para curarla tengo que dejar de comer lácteos, azúcar y trigo. Y alegrarme, porque no me ha prohibido la cebada.

Un año es saber positivamente que los polis locales tienen uniformes nuevos gracias a mis ene tendiendo a infinito multas.

Es convivir con váteres con delirios de grandeza, puertas significadas y bombillas ambivalentes —”Ahora me fundo, ahora no, ahora me fundo, ahora no.”—

Un año es un master acelerado en hacer el inventario, borrarlo y volverlo a hacer, la angustia de fijar precios y el desvelo de subirlos, la búsqueda de proveedores, los apuros por pagarlos, el frío en las tardes de invierno, las dudas, los miedos.

Y, sobre todo, un año es Carmen, que me explica cómo cuidar la orquídea, y siempre se despide dándome las gracias por abrir Atentamente. Un año es Laura, que encarga montooones de cuadernos en los que luego escribe, y canta, sus nanas. Y un año es Olga, que sale desinhibida de sus guardias del hospital, y se regala washitapes a espuertas. Un año es Montse y sus mellizas, que saludan a la bimba al salir del cole; y un año es Carmen, que precisa acariciar los papeles Tassotti para darle suavidad a su rentrée. Un año es Noelia, que cuenta los cuentos que más le gustan a la bimba, y un año es Bernardo, que en su erudición, solo quiere que me vaya bien. Un año es Chus, que acude al atelier cada semana, a hacer cosas imperfectas y bonitas; y un año es Macarena y Jeanne, que no se cansan de hacer talleres, juntas o por separado. Un año es Auxi, que quiere a Atentamente como si fuera suya; y un año es Natalia y el gran Héctor, que hace flores de washi, y emboba a la bimba con su sonrisa. Un año es Nuria, que envía preciosas postales atentas, Inma, que pliega flores de origami para adornar su farmacia, la clienta callada y atenta, y Laura, que esperó pacientemente a que llegara su bloc de acuarelas, donde dibuja maravillas.

Un año. El primero. Qué rápido, profundo… y atento.

Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.