Papel para mamá

Es primavera y es por la tarde. Entra una mamá con su hija. Recorren muy despacio la tiendita, curiosean, se llaman la una a la otra, disfrutan de su tiempo juntas. Se marchan sin comprar nada, superfelices, y me parece genial.

Vuelve la niña al día siguiente: “Es que ayer no pude comprar nada porque como estaba mi madre… Quería esta cartulina, ¿la cojo yo? Es para escribirle una carta. Y este sello de flores.”

Viene A., con sus rizos, su delicadeza, su chupa azul: “Pues como no me da tiempo a hacerle nada a mi madre, le llevo esta ilustración. Y este libro de costura. Le encanta coser.”

También tienen rizos las gemelas que cuchichean, granitos en la cara, mochilas en la espalda. Eligen un cuaderno llenito de flores. Hacen colecta en sus monederos. Pagan con calderilla. Les digo que me viene genial y asienten. Les pregunto si es para regalo y asienten. Les pongo dos maripositas de papel en la bolsa —”Como sois dos…”— y asienten.

Mensaje por Instagram: “Papelera atenta: ¿me puedes guardar una de esas postales que acabas de colgar? Me paso mañana.”

Llega una madre con un hermoso punto de vista: “Quiero una tarjeta para felicitar a mi hija. Me pone muy fácil ser madre.” Saca un boli y escribe, apoyada en el escritorio. Y siento como si también a mí me estuviera regalando.

Son montones los hijos atentos que vienen estos días buscando algo bonito para sus mamás. Algunos se llevan material para hacerlo en secreto; otros, lo compran ya hecho, y están los que se ciñen al encargo —”Me han dicho que te pida… ¿una pistola de silicona?”—.

Envuelvo libros para colorear, sellos de unicornio, estuches de pez. Y envuelvo también, postales, tarjetas, etiquetas para mensajitos… Papel, el recipiente perfecto para guardar las cosas importantes: te quiero, besos, guapa, gracias, mamá.

 

 

 

 

 

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Emprender sola, y a tu lado

Es cuestión de tiempo que me escriban desde cualquier escuela de negocios para que imparta un módulo de Emprender es Bonito. De manera intuitiva y autodidacta, osea, a chichonazos, me estoy convirtiendo en una Master and Commander del emprendimiento atento y sin abuela, que querrá ser escuchada en lugares con moqueta. ¿Entonces, qué hago, me voy comprando el vestido?

En lo que llega el correo, ya voy preparando el temario: pasado el capítulo introductorio donde explique a los aprendices con corbata qué es emprender que es bonito, pasaré a un asunto medular: Emprender sola: estado de la cuestión.

Cuando planificaba la apertura de la tiendita, lo tenía claro: quién mejor que una misma para dar al proyecto el alma que quieres; quién para saber contar la historia que tantas veces has soñado; eres solo tú quien vivirás y te desvivirás por que tu idea nazca fuerte y crezca despacio y alegre.

Pero, por otro lado, papelera soltera, una bimba de dos años… A veces pienso si no sería mejor recorrer este camino acompañada: encontrar un alma gemela con quien dividir tareas, reconocer debilidades, buscar soluciones, celebrar logros, un alguien que entienda tu proyecto, lo comparta, lo haga mejor.

Viendo que un estudiante llora de tanto bostezar, resolvería que tampoco es tan así: que el emprendimiento a solas es una carrera en bici: en la bici solo cabe uno, pero a tu lado se va sumando gente que anima y aplaude. Y poco a poco, platos y piñones se van engrasando, tus patas se vuelven más resistentes, ¡hasta empiezas a silbar! y a intuir que tardarás un poquito más en llegar que en un tándem, pero fijo que llegarás.

Y en este punto hermoso de la metáfora, iría recogiendo mis servilletas, subiendo los escalones del aula en anfiteatro, y dejando que sonara una canción en el ordenador. Entonces les pediría que la escucharan hasta el final, porque justo habla de hacer planes locos, como emprender sola, y a tu lado.

La pera limonera y el milagro

Se lo explica una clienta atenta a su marido:

– Es que aquí los talleres son muy especiales. Es la música, el rato que paramos a merendar, la elección de los talleristas, la gente con la que coincides, el ambiente ¡tan chulo! que se crea… Vamos, que son mucho mejor que ir al spa.

– Ya. ¿Qué era lo que decías que tenía que…?

– Una plegadora. Yo, por ejemplo, he hecho amigas, amigas-amigas, en el taller de carvado de sellos.

– ¿Una plega…? ¡Pero si yo marco las dobleces con el filo de la tijera!

– Has de saber —aquí, ya se dirige a mí— que, dentro de unos años, la gente dirá: “Pues nosotros nos conocimos en un taller de Atentamente. Y desde entonces, amigos.”

Esto —aunque lo del filo de la tijera también da respinguera— me sobresalta. Para mí, no es especial escoger la música, ofrecer un té, cuidar las flores, procurar que la gente esté bien… En mi casa de papel me comporto exactamente igual que en mi casa de ladrillo. Pero no había contemplado la posibilidad de que los talleres, además de todos los materiales y la merienda, también incluyeran la amistad. Y me parece la pera.

Porque amigarse por feisbuk está fenomenal, pero hacerlo por el mundo de las personas humanas es la pera limonera. Notar el chispazo que te avisa de que esa persona que existe desde hace tres horas es de las tuyas; que no importa si pasas tiempo sin verla porque el reencuentro es siempre inolvidable y azul; gente que, sin saberlo, parece estar predestinada para encontrase, para reír, para llorar, para tromparse, para hablar, para callar. Amigos. La pera limonera.

Es hora de cerrar, y ya se marchan, con la plegadora. Voy recogiendo, con la sola luz de la lámpara modernista. En el taller descuelgo el abrigo, me cruzo el bolso, me descanso en su puerta, lo escucho un rato, porque conserva bien el calor y las risas… Y si encontrar aquí amigos es la pera limonera, ¿qué será entonces encontrar amor? Pues un milagro. Aquí, y en la vida.