Emprender sola, y a tu lado

Es cuestión de tiempo que me escriban desde cualquier escuela de negocios para que imparta un módulo de Emprender es Bonito. De manera intuitiva y autodidacta, osea, a chichonazos, me estoy convirtiendo en una Master and Commander del emprendimiento atento y sin abuela, que querrá ser escuchada en lugares con moqueta. ¿Entonces, qué hago, me voy comprando el vestido?

En lo que llega el correo, ya voy preparando el temario: pasado el capítulo introductorio donde explique a los aprendices con corbata qué es emprender que es bonito, pasaré a un asunto medular: Emprender sola: estado de la cuestión.

Cuando planificaba la apertura de la tiendita, lo tenía claro: quién mejor que una misma para dar al proyecto el alma que quieres; quién para saber contar la historia que tantas veces has soñado; eres solo tú quien vivirás y te desvivirás por que tu idea nazca fuerte y crezca despacio y alegre.

Pero, por otro lado, papelera soltera, una bimba de dos años… A veces pienso si no sería mejor recorrer este camino acompañada: encontrar un alma gemela con quien dividir tareas, reconocer debilidades, buscar soluciones, celebrar logros, un alguien que entienda tu proyecto, lo comparta, lo haga mejor.

Viendo que un estudiante llora de tanto bostezar, resolvería que tampoco es tan así: que el emprendimiento a solas es una carrera en bici: en la bici solo cabe uno, pero a tu lado se va sumando gente que anima y aplaude. Y poco a poco, platos y piñones se van engrasando, tus patas se vuelven más resistentes, ¡hasta empiezas a silbar! y a intuir que tardarás un poquito más en llegar que en un tándem, pero fijo que llegarás.

Y en este punto hermoso de la metáfora, iría recogiendo mis servilletas, subiendo los escalones del aula en anfiteatro, y dejando que sonara una canción en el ordenador. Entonces les pediría que la escucharan hasta el final, porque justo habla de hacer planes locos, como emprender sola, y a tu lado.

Cariño en la pared

Cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta. 60 postales atentas, pegadas con washi a la pared, que todos sabemos que es superbueno porque tiene la fijación justa y se despega sin…

  • ¡Sigue, por dios bendito!

Hay veces en las que los clientes me preguntan cuánto cuestan. Yo les sonrío y les digo que no están a la venta; son regalos de la corriente atenta que, estando de vacaciones, se acuerdan de la bimba y de la papelera, y les envían cariños. Me miran como si les hablara en latín, y luego, reparan en el expositor oxidado de las postales que sí se venden. Empiezan a girarlo, ñññe, ñññe.

Las primeras son de amigos —la 1, de P. desde Galicia; la 4, de C. y F., desde Berlín; también de la familia —la 15, desde Barna. La despego, ejem, muy fácilmente: “Hola, guapa, estamos en el Born, tomando unas cañitas y unas bravas, acordándonos de ti.”—. O de los abuelos atentos, de ellos hay montones —la 20, la 21, la 28, la 44, la 60—.

Después, empiezan a llegar postales de clientes atentos, desde Nueva York, Donosti, desde París, en Padova —”Dopo una buonissima pizza al Pago Pago…”—. Está la postal de unos novios durante su luna de miel en Madeira, o la de aquel guiri que descubrió la tiendita mientras estudiaba español —”To María: que tengas un buen día”—.

Las hay supercurradas, como una que es de corcho, o un puzzle, o un barquito de papel pintado por V., que la envió sin siquiera conocerme. Y están también las mías: la de enero en la playa, que la enterré un rato en la arena; y una acuarela de Vernazza, un lugar diminuto y hermoso lleno de viñas y de turistas.

Las miro muchas veces, las noto a mi espalda, irradian el cariño con que se eligieron, se pensaron las palabras, se dejaron caer en el buzón. A veces las despego —que nooo voy a detenerme en el tema del washi— y se las releo a la bimba. Y ella dice, supercontenta: “¡Gracias por escribir postales atentas!”

Balance atento

El feisbuk lo hace, el Informe Semanal lo hace, Mecano lo hizo; hasta este puto poco intuitivo procesador de textos me termina de enviar un correo haciéndolo: el balance de fin de año. Así que frena, papelera peonza, párate un rato, y repasa cómo ha sido este año que se acaba.

  • Enero: en la playa. Después de la movida navideña, me regalo cuatro días en el mar. En los días nublados, invoco el bocadillo de escalibada que me comí, descalza, en la playa. Funciona.
  • Febrero: con el tostón de San Valentín y a regañadientes, escribo en el espejo de la tiendita la estrofa de la canción de amor más bella del planeta. Prometo borrarla al día siguiente. Y ahí sigue.
  • Marzo: en el atelier pintamos bolsas de tela, plegamos grullas y se lía parda con el cosido copto. Paco no da más de sí con la aguja, y Auxi le replica sin tontunas que lo imperfecto es bonito.
  • Abril: abuelita Rosario nos deja, después de una vida larga y bienvivida. La recuerdo cada vez que como naranjas pequeñicas, como a ella le gustaban.
  • Mayo: florecen cientos de flores, en los cuadernos, en los papeles, en los talleres, en los jarrones y en mi corazón.
  • Junio: ay, qué risa: ¡Hacienda me devuelve pasta!
  • Julio: la bimba dice que si pueden venir Jimena y Paula a los talleres atentos y fresquitos. Le digo que vale. Hacen de todo: cajas, risas, bolsas, risas, banderolas, risas, sobres, risas…
  • Agosto: bajo la persiana y vuelvo a Italia. Subo la persiana y me reciben un montón de postales atentas: Sara y Ángel desde Lanzarote, Natalia y Nuria en Portugal, Diana desde Menorca, y Cucu, en la Costa del Sol.
  • Septiembre: ¡la bimba cumple un año!
  • Octubre: todo el mundo vuelve a la escuela. También Chus, que se regala días de descanso haciendo cosas preciosas en el atelier.
  • Noviembre: le presto el wifi a mi vecina Nines. A cambio, ella me trae membrillos. Perfuman todo el otoño.
  • Diciembre: hago balance y compruebo que no menciono ni multas, ni cansaeras, ni pataletas, ni cagadas. Se me han olvidado todas. Soy una papelera agradecida por el año vivido, curiosa por el que llega, ilusionada por descubrirlo con la bimba y la corriente atenta, y decidida a seguir viviendo de la única manera posible. Atentamente.

 

 

Quiero ser feriante

Desde la autoridad de quien ha ido a innumerables ferias —3—, puedo decirlo: quiero ser feriante. Es verdad que tienen una logística cansinísima: valorar si compensa cerrar la tiendita de papel; y si compensa, decidir qué te llevas; y cuando decides, organizar el tetris de meterlo todo en el coche más bonito y estrecho del mundo; para luego regresarlo, colocarlo, inventariarlo, y abrir al día siguiente, leve y sonriente, como si te hubieras pasado el finde en un espar —spa para los que hablen idiomas—.

Pero el durante es maravilloso. Y hace unos días, durante mi último mercadillo, decidí ser feriante.

Las organizadoras nos llevaron al patio de un museo, pusieron música bailonga, organizaron un fotomatón, un cuentacuentos, una peluquería, un concierto! Y luego, Lemarte y Lulu’s Vintage son brillantes, y generosas, y guapísimas.

Los vecinos de puesto fueron artesanos talentosos, originales y auténticos, como Marisa, o Gema, o Tatiana, o Alejandro, o Cris, o los jabones de sangusín… Y luego están Retales&Agujas, que hilan joyas, tricotan cactus, explican mil veces sus monerías, y ayudan a las feriantes novatas: te relevan para que vayas a mear evacuar mear, te sonríen para una foto del instagram, te pasan la loción lavamanos, y se comen un calipo.

Y los visitantes… Acostumbrada a la quietud de Atentamente, las ferias son Bershka: acude la corriente atenta, que quiere hacer gasto comprando lo que ya han visto quinientas veces; atentos 2.0 que lo saben todo de la bimba; personas que descubren que hay una tiendita de papel en su ciudad; guiris que se quedan dudosos sobre si comprar un cuaderno italiano, lo consultan con la almohada y aparecen al día siguiente. Incluso lloviendo, los visitantes miran a través de los plásticos que protegen el frágil material.

Porque llovió. En parte, pena. Y en parte, bien: la lluvia bendice, perfuma, matiza la luz, para que Raquel pueda hacer sus fotos maravillosas. Y mientras recogía a toda castaña, pensaba que la lluvia, en realidad, no desluce; que cuando algo es bonito, es atento, la lluvia tiene que estar. A lo mejor es que también quiere ser feriante.

Un año atento

Un año es subir y bajar la persiana 365 veces. Hacerme una tendinitis. Que el osteópata me diga que para curarla tengo que dejar de comer lácteos, azúcar y trigo. Y alegrarme, porque no me ha prohibido la cebada.

Un año es saber positivamente que los polis locales tienen uniformes nuevos gracias a mis ene tendiendo a infinito multas.

Es convivir con váteres con delirios de grandeza, puertas significadas y bombillas ambivalentes —”Ahora me fundo, ahora no, ahora me fundo, ahora no.”—

Un año es un master acelerado en hacer el inventario, borrarlo y volverlo a hacer, la angustia de fijar precios y el desvelo de subirlos, la búsqueda de proveedores, los apuros por pagarlos, el frío en las tardes de invierno, las dudas, los miedos.

Y, sobre todo, un año es Carmen, que me explica cómo cuidar la orquídea, y siempre se despide dándome las gracias por abrir Atentamente. Un año es Laura, que encarga montooones de cuadernos en los que luego escribe, y canta, sus nanas. Y un año es Olga, que sale desinhibida de sus guardias del hospital, y se regala washitapes a espuertas. Un año es Montse y sus mellizas, que saludan a la bimba al salir del cole; y un año es Carmen, que precisa acariciar los papeles Tassotti para darle suavidad a su rentrée. Un año es Noelia, que cuenta los cuentos que más le gustan a la bimba, y un año es Bernardo, que en su erudición, solo quiere que me vaya bien. Un año es Chus, que acude al atelier cada semana, a hacer cosas imperfectas y bonitas; y un año es Macarena y Jeanne, que no se cansan de hacer talleres, juntas o por separado. Un año es Auxi, que quiere a Atentamente como si fuera suya; y un año es Natalia y el gran Héctor, que hace flores de washi, y emboba a la bimba con su sonrisa. Un año es Nuria, que envía preciosas postales atentas, Inma, que pliega flores de origami para adornar su farmacia, la clienta callada y atenta, y Laura, que esperó pacientemente a que llegara su bloc de acuarelas, donde dibuja maravillas.

Un año. El primero. Qué rápido, profundo… y atento.

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Clienta callada y atenta

Reconocerás fácilmente a un cliente atento porque sonríe, pasea tranquilo, musita “ay, qué bonito”, silba, acaricia el pupitre, aprecia el olor de las flores…

A partir de estos rasgos comunes, el cliente atento se diversifica:

– Está el atento y enfático, que se despide agitando frenéticamente la mano y lanzándote besos.

– El atento y viajero, que se acuerda de la bimba en sus viajes, y envía postales atentas —la última, de N., desde el Algarve. Muito obrigada!—.

– El cliente atento y fotitos: “¡Mira lo que hice con tu papel!” Y te empieza a enseñar fotos y fotos y más fotos, —”Esta es la tortilla que hice anoche, ésta no, ¡ésta ésta!”—.

– El atento y generoso, que viene a comprar, y de paso, trae bombones, ilustracionesmagdalenas, tinteros para el pupitre, un cactus de crochet—”Ponlo junto al ordenador y el wifi, para amortiguar las ondas chungas”—.

… Y luego, está la clienta callada y atenta.

Fue de las primeras clientas verdaderas, porque al principio solo pululaban por la tienda clientes falsos: familia, amigos, que venían a dar sensación de que éste era un negocio que lo estaba petando. La clienta callada siempre llega sola, seria, susurrando un saludo huidizo. Al principio, compra lápices, lápices, montones de lápices. Cuando llegan las gomas de borrar de animalitos, también las lleva a pares: koalas y osos panda, ballenas y gatitos… Después, incorpora papel de origami; últimamente se decanta por los pliegos de Tassotti. No suspira, ni explica para qué quiere tanto lápiz ni tanta goma, no enseña fotos de las cosas que hace, y se marcha siempre apresuradamente, sin lanzar besos, ni dar saltitos.

Y sin embargo, sin embargo aprecio mucho a la clienta callada y atenta. Porque matiza al resto de clientes, porque viene desde el principio, porque su punto serio recoloca el mío chorlito. Hasta me gusta no poder nombrarla por su inicial, porque ni siquiera sé tu nombre, clienta callada y atenta. Por eso me gustas mucho… C. C. y A.

La suerte del guiri

Pone en el feisbuk de la tienda —¿o es en el tuiter, ¿o en los flyers?, luego lo miro—: “Atentamente es una tienda de papel soñada en viajes.” Y sí. La bimba se sueña mucho en papelerías francesas, en cartolerías italianas, por callejuelas vienesas, en viajes lentos, ligeros, la mayoría en solitario. Qué bien se está de guiri, turuteando por las calles, pasando de los mapas —que están mal hechos, como sabemos todo el mundo… todo el mundo que no los entendemos—, dejando que el azar te guíe, descubriendo lugares maravillosos, que parece que estaban siempre ahí, no haciendo otra cosa que esperarte.

“Qué suerte ser guiri”, pienso, cuando los veo llegar a la tiendita de papel. A todos los trae la serendipia, el hallazgo estrictamente azaroso, porque Atentamente no figura en guías ni mapas, e incluso algunos autóctonos se aturullan para localizarla.

En cambio, desde la Patagonia sabe llegar un viajero argentino, que está unos días por acá, la tienda se cruza a su paso, y desea llevar algunos regalos a su chica. O una señora, grandíííísima como toda Minnesota, que se pega al escaparate y decide entrar: “Busco cosas para mis nietos. Son 4 y 7 años. Y estudian español.” O una joven japonesa, que suspira por todos los rincones de la tienda. K. y J. descubren Atentamente durante los meses que aprenden español, y la víspera de regresar a América, vienen, tristes, a despedirse: “No hay una tienda como esta en nuestro país.”

También son americanas las dos chicas que entran, despistadas, curiosas, felices de ser guiris:

– Si necesitáis ayuda…

– ¿Sorry?

– ¿Can I help you?

– Oh, grasias. Es que hablamos pequeño español.

Qué suerte ser guiri, hacer tu propio mapa, ser tu propio guía, viajar despacio, viajar atento, perderse y dejarse encontrar por lugares tesoro, lugares atentos… lugares de papel.

Te lo digo con flores

– ¿Qué haces aquí tan pronto?

– Venir a verte, luego a desayunar, y así me aseguro que hoy va a ser un día buenísimo.

Me mira como si estuviera como estoy; lo aprueba y se ríe.

– ¿Qué te quieres llevar? ¿Qué tal las peonías, abrieron?

– Ay, sí. Son preciosas, y se abren… como si lo supieran. Si no hiciera tanto calor, llevaría estas fresias. Mejor claveles.

Mi floristera más favorita es una mujer maravillosa, es extraordinaria, es sabia, guapa,  ¡tan divertida! No encuentro la palabra, así que se lo diré con flores: M. es gerbera, y es mimosa, es hortensia azul, y rosa amarilla, es ramo de narcisos y una sola cala; es falsa pimientauhmmm, cómo huele, mira, frótala—, eucalipto, y paniculata. Como algunas flores, también tiene espinas —ante clientes ingratos, se inventó los subtítulos que solo ella ve por dentro del cerebro—, a veces se le caen las hojas, y precisa luzagua, mucho mejor si es de mar.

Ha puesto M. flores a mi vida: cuando estoy triste, cuando estaba sola, para decir hasta siempre, para desear suerte, para perfumar mis te quiero. Cuando le hablé de Atentamente, sentenció, muy solemne: “Te va a ir bien.” Y luego añadió: “Tengo que presentarte a mi sobrina, que sois igualitas. Tiene 4 años.”

Me quedaría en su floristería a vivir, acariciando los lirios y su mano, pero tengo que despertar a la bimba de papel. Me despide tirándome falsa pimienta —¡uhmmm, cómo huele!— como si fuera confeti, o arroz. Siento que las calles se vuelven playas si las andas con claveles bajo el brazo. No hay día que no eche de menos a mi floristera, porque la mayoría la llamo, envíame lo que quieras, y siempre acierta. Pero de vez en cuando necesito verla, para decirle, decirle que… que es gerbera, mimosa, rosa amarilla, hortensia azul.

Catástrofes significadas

Contar que es tu cumpleaños es irrelevante. La gente cumple años cada día. No es un hecho noticioso. Tachar.

Tampoco interesa que te manguen la cartera en plena calle, ni describir el careto que se te queda cuando sientes el bolso más ligero, lo miras, te mira, ya abierto y sin monedero. TacharTachar.

No atrapa la atención que somatices el tremendo mosqueo y pases la noche con las cagaleras y las vomiteras de la muerte. Tus dramas personales no importan. Ahora bien: los sucesos profesionales, los cataclismos laborales, las catástrofes propias de papelera… esas interesan todas.

Desde los inicios, a la puerta de Atentamente le ha gustado significarse: que si ahora no me cierras ni a culazos, que si ahora doy un portazo que tiembla el misterio… Como ya venía rodada con los delirios de grandeza del váter, le aclaro que quién dijo miedo habiendo cerrajeros. En buena hora.

Una tarde viene mi querida C. a preparar el taller de pintura de tiza. Pensamos colores, diseños, ornamentos… Y en ese clima inocente, vemos pasar —¡carita de Munch de wasap!— la grúa municipal.

– C.: ¡Que mehedejao el coche mal aparcado en la puerta!

– Papelera: ¡Corre, ragazza, corre!

Sale C. como un foguete. Le persigue la papelera. La puerta da su significado portazo. Y falsa alarma. Esta vez, la grúa iba a por otros. Afú.

Regreso a la tiendita… y no. Que nno. Que nnnno puedo abrir. Parece que a la puerta le moló la comparación con el váter, y va y se atasca, la muy hijaputa significada. Se baja C. del coche, tira de la puerta con toooda su fuerza maragata. Nada. Y yo empiezo a hacer pucheros, dispuesta a enumerar mi lista de dramas personales. Pero no me lo permite:

– ¿Tienes otras llaves de Atentamente en tu casa?

Sip.

– ¿Y alguien que tenga copia de las llaves de tu casa?

– Mmm… ¡Sip!

– Pues sube al coche, que esto tiene arreglo. Y me da tiempo a llegar a clase de italiano.

Ya de vuelta, me siento en el ordenador con naturalidad, pero la miro de reojo, cagaíta, y prometo al cristo de todas las puertas no subestimar, nunca jamás, a una puerta significada.