Y escribo

  • Ah, y me gusta mucho leer La Servilleta.
Así se despide una cliente atenta. Me suena mejor que la mejor canción de Love of Lesbian. La corriente atenta también es maravillosa porque te comunica generosamente aquello que le gusta.
Se marcha, abro el putowordpress procesador de textos, me pongo a Santi en la oreja, para que me susurre, y escribo.
Es mediodía, no me gusta quedarme a comer porque acabo muy cansadita, la bimba echa la siesta, el boj se moja bajo la lluvia, que sale a bienvenir a la primavera, escribo.
Con la cabeza llena de ocupaciones, también de alguna preocupación, Santi dice que matará monstruos por mí, respiro largo, profundo, perfecciono la postura de la espalda, escribo.
Al parecer, el dolor de espalda causa un punto gatillo en el brazo, que hace que sienta hormiguitas en la mano, y llega hasta el dedo pequeño del pie, hinchado como un pimiento de Socuéllamos. ¿Y si me descalzo? Y escribo.
No sé bien qué haré en Semana Santa, si abrir el sábado como los negocios decentes, o pegar un cartel en la persiana: “La papelera se ha ido a tierra santa.” Echo tanto de menos a los rubios. Y escribo.
Valoro el portento de emprender sola, de hacer malabarismos para gestionar, para comunicar, y Santi me explica que soy una niña imantada, y lo escribo, lo escribo, y lo requeteescribo.
Imantadas están en las paredes las risas de los talleres, también sus silencios concentrados, los suspiros al descubrir las cosas bonitas en la tienda, todos los comentarios sinceros, generosos, escritos con cuidado, pronunciados con afecto. Es el premio del funambulismo. Lo escribo.
Es hora de abrir. Despierto dulcemente a la bimba. Enciendo las luces, la música, casi nunca suena Santi porque no quiero cansinear con mis idolatrías, pero hoy lo pongo, otro premio. Miro los abedules, blanquísimos por la lluvia, las flores rosas de los ciruelos japoneses, el boj… Pienso si hoy alguien entrará por primera vez a la tiendita de papel, espero que le guste. Y Santi dice que será un reencuentro inolvidable en noche azul. Y escribo.

Una decisión impopular

(Conversación telefónica con el gestorabuelo atentoporteador de táperes)

  • Es que con los libros no tengo este problema.
  • Ya, nena, porque tienen precio fijo. Pero, ese problema, en realidad, para ti es una ventaja porque tu washi es muy exclusivo, y lo exclusivo lleva otro precio.
  • Y encima, justo ahora, que la bimba cumple un año. Va a ser una decisión impopular.
  • ¡Precisamente! Con motivo del cumpleaños, se compra con más alegría. Y vas a hacer descuentos, así que, lo comido por lo servido.
  • Es que me sueño con las clientas atentas: entran felices, van como foguetes hacia la casita del washi tape, reparan en que han subido los precios, y puedo leer los subtítulos de por dentro de su cabeza: “Claro, así también me voy yo de vacaciones a Italia. Pues verás tú como le dé por ir a conocer al señor Kamoi.”
  • ¿A quién?
  • Al señor Kamoi. Es el japo fundador del washi. Se dedicaba a fabricar bobinas gigantes, y un día las cambió por los mini celos de papel de arroz, con dibujos bonitos y fácilmente removibles. Se lo saben todo, papá. ¿Pero no recuerdas la que se lió con el taller sopetón?
  • ¡Pues más a tu favor! Tus clientas ya lo conocen, lo adoran, y saben que el más bonito de toda la ciudad lo tienes solo tú.
  • Y que lo coloco precioso.
  • Y que lo colocas precioso.
  • Ya… La verdad es que este curso sube el alquiler del local, y la cuota de autónomos, he cambiado las bombillas a LED, y no veas la pasta que es lo del impuesto de basuras, y…
  • Y eres un negocio, nena. Y has construido una historia maravillosa en torno a tu tiendita de papel. Pero la historia y el negocio tienen que ir de la mano.
  • Vale.
  • En cuanto colguemos, te pones a cambiar precios.
  • Sí.
  • Que te comas las lentejas que te llevé la semana pasada.
  • Que sí.
  • ¿Vamos a por otro año?
  • ¡Vamos!
  • Y, nena. No olvides cuánto te queremos.
  • … (Y aquí, moqueando, empiezo a subir los precios del washitape)

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Delirios de abuela

“Ese negocio de la nena… Le va a ir bien.” Así de claro tenía abuela Rosario el porvenir de Atentamente.

Hace unos días que se nos ha ido. Era una abuela ¡tan! abuela, que era la madre del abuelo atento. Y aunque ha llegado hasta el final de su camino ―que es como la vida tendría siempre que ser― nos deja mucha pena. También muchas historias contadas maravillosamente, entre risas y lágrimas, gesticuladas con su manecicas retorcidas y sus ojazos azules. Porque para abuela, tan importante era la historia como saber contarla.

El verano pasado ya nos avisó de que estaba muy cansadita. Yo estaba disfrutando del inventario ―ese que luego borré― cuando el abuelo atento, con un hilo de voz, llamó: la abuela no estaba bien. Marcharon a cuidarla y a cada kilómetro que se alejaban, con más tristeza tecleaba las referencias del washi tape ―a lo mejor por eso se borró, porque era un inventario triste―. Algunas tardes, me contaban los delirios de abuela:

  • Nena, ¿has traído dinero para pagar a estas señoras? (por las enfermeras)
  • Yo ahora ya me marcho a preparar la cena de Mariano (su marido, que llevaba 17 años muerto)
  • Es que a mí me gustan las naranjas, y las pescadillas pequeñicas (este delirio es mi favorito. Lo escribí sorbiendo mocos y aún sigue pinchado en el tablón del atelier)

Se puso milagrosamente buena, y viajé yo también a verla. La encontré muy abuelita, preciosa y aún con ganas de contar. Ya al marcharme, me pidió:

  • Nena, tienes que mandarme una foto de tu tiendecica.
  • Claro, abuela.
  • Pero que sea en color.

Abuela Rosario se nos ha ido y no he heredado sus ojazos azules. A cambio, me deja su ejemplo de mujer resuelta, independiente, sensata, dulce, de risa fácil… Ojalá mi habilidad para saber contar ―y para delirar― me venga, también, por parte de abuela.

Abuelos atentos

Dicen que el abuelo atento sólo sabe decir Sí/No, Gol, y Dónde está mamá.

No es cierto.

El abuelo atento también dice Voy ahora mismo, y coge su ordenata, lo echa al coche, y hace los 200 kilómetros que separan mi tierra santa de la tiendita de papel, para montar el plan contable, listar el inventario ―así lo nombra, listar, y yo me derrito― y poner orden en las facturas:

  • Nena, has pagado dos veces la misma factura.
  • Qué va.
  • Que sí.
  • Que no.

[Era que sí]

El día de la inauguración, la abuela atenta entra a hablar con los vecinos de Tribuna: “Oye, que sepáis que aquí al lado se ha abierto una papelería. ¡Y es colega vuestra!” Ante mi sonrojo, responde resuelta: “¡Si ni les he dicho que era tu madre!”

[Al día siguiente, llega una sutilmente extorsionada joven periodista, como que para hacer un repor]

Cuando les dije que iba a dejar mi trabajo y me iba a dedicar a leer, a correr, a viajar, a ver crecer mis plantas… los abuelos atentos me escucharon, y en lugar de arrearme un buen bolsazo “Pero qué hemos hecho con esta chiquillaaa!”, deciden: “Hala, que nos vamos ahora mismo a comer y a beber para celebrarlo.”

La abuela atenta va a todos sitios con sus pendientes de kimonos. El abuelo atento aparece con una máquina de coser para el escaparate. La abuela atenta cocina lentejas y cocidos. El abuelo atento los portea. El abuelo atento se echa la siesta en el sofá mientras la abuela atenta me acaricia el pelo: “Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos. Eres una papelera distinguida.” Y yo, con la cabeza en sus piernas almohada, le susurro que La Servilleta es más arrabalera, y que si no dice cojonescabronesiberdrolosjoputas tacos, se asfixia. Los abuelos atentos regresan a tierra santa prontito, que no haya niebla en la carretera. Si tienen temores o dudas, no los trasladan. Sólo dejan abrazos, bastones, orejas y táperes.

A veces, me dicen que Atentamente se me parece. Como yo me parezco a mis padres. Ojalá sepa enseñar a la tiendita de papel todo lo bello, lo bueno, lo verdadero, de sus abuelos atentos.