Hermana gemela

Soy la pequeña de cuatro hermanos. Todos chicos. Siempre me han cuidado muchísimo: me llevaban y traían al cole, me dejaban sus geipermanes, jugábamos en la alfombra a los bolindres

  • Se dice canicas.

me ayudaban con las mates, me traían un Toblerone cuando volvían de parranda. Condujeron el coche en el que iba blanca y radiante; me consolaron, entre cajas de mudanza, asegurando que ese nuevo hogar de ladrillo iba a estar superbién; montaron lámparas en la tiendita; me preguntan cada día cómo estoy por wasap.

Con nenes tan buenos, nunca he tenido añoranza de hermana. Pues resulta que tengo una. Gemela. Italiana.

Se pone en contacto conmigo R. Que tiene una pequeña marca de papelería en un pueblecito cercano al Lago di Como, por encima de Milán. Que ha descubierto Atentamente buceando por internet. Que le encantaría que conociera su catálogo, por si alguna cosa me interesara. Abro el pdf, los ojos y el diccionario, y le contesto en mi imperfecto italiano: “Cara R., grazie mile per la tua mail!” Hago un pedido, ojalá llegue bien desde tan lejos, no he estado en Lago di Como, me atrapa tremenda nostalgia.

A lo días, en perfecto embalaje, aparecen pliegos de papel con faros, sirenas, marineros; cuadernos para ver estrellas y constelaciones; postales que dan las gracias y felicitan en el idioma del país de la bimba.

“Cara R., sai che chiamo Bimba alla mia cartoleria?» Le confieso que he buscado dónde vive en Google Maps; ella me contesta que también. Nos seguimos por las redes, nos gustan todas y cada una de las cosas que publicamos, le cuento dónde pasaré el verano, me cuenta que ya ha estado y que me encantará; me explica cosas de La Toscana, le digo que yo la recorrí en bici… Y siento que somos gemelas: mujeres, italianas, que aman el papel. Puede que por eso tenga tanta nostalgia. Porque mi manca mi hermana italiana.

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El 10%

Vuelvo a mediodía a mi hogar de ladrillo. Enciendo la radio, servicios informativos: “Del total de emprendedores dados de alta en los dos últimos años en la región, el 90% ha tenido que cerrar su negocio. Las razones se encuentran en la falta de preparación y de experiencia.” Evoco las palabras de quien ya lo anunció, antes y mejor que yo: “¡¡A mediodía, alegría!!” (Leticia Sabater)

Apago la radio. Preparo manjares sanísimos. Para compensar, me abro una birrita. Falta de preparación dicen: pero, ¿en qué carrera te explican que emprender es bonito? ¿Dónde te entrenan para el lanzamiento sin paracaídas? ¿Cómo coges fondo para lidiar con burocracias, multitareas, canas, dudas, contracturas? Esta ensalada de lechuga con lechuga tendría que estar recomendada en Saber Vivir.

Y la experiencia, pero vamos a ver: ¿acaso Leticia Sabater cantó bien desde el principio? Vale, esto lo retiro.

Friego el plato.

  • ¿Friegas para un plato?

Es que vaya bobada de indicadores: ¿por qué no incluyen la implicación emocional, la creación de comunidad, la gestión del funambulismo como elementos de evaluación? O si quieren hablar de cosas tochas: ¿por qué no mencionan el colchón económico que el emprendedor debe tener para esos dos años de cero ingresos? Según la noticia, tendría que estar contenta porque estoy en la horquilla del 10% que, tras tres años, vive —¿se nota la cursiva?— del emprendimiento. Pero no me da la gana: en el camino se ha quedado mucha gente que puso idéntica ilusión, trabajo, ideas y pasta que yo.

Llego a la tiendita con tremendo chine. Entra una clienta y se lo cuento todo: lo de la noticia, lo de la ensalada y lo de que friego para un solo plato.

  • ¿Para un plato?
  • Y es que además no tienen en cuenta que, si emprender es bonito, hacerlo sola es mortal con tirabuzón.
  • Pero tú no estás sola.
  • ¿…?
  • Tú tienes a la bimba. Y vosotras nos tenéis a toda la corriente atenta.

 

 

Los datos del verano

  • ¡Oh, cielos, si es la papelera! ¿Qué tal ha ido este mes de ganduleo?

Cómo son las conciencias. De hijasdeputa inoportunas.

He anotado en servilletas todas las cosas que me han pasado en este mes sin servilletas:

  • En Hacienda ya me saludan por mi nombre. La última notificación era para decirme que tengo a Montoro loco porque llevo 3 años tributando a través de un modelo equivocado. Entro —con la confianza que dan los ene tendiendo a infinito requerimientos— al despacho de la funcionaria-teniente O’neil. Conozco las fotos de sus hijos, el ficus, la manera de frotarse las sienes, el documento por triplicado que me dicta palabra por palabra. “¿Pero quién es tu gestor?” “Mi padre.” “Dame su número.” Y le brama que haga el favor de presentar en el tercer trimestre el Modelo 309, 309, ¡30999!
  • He dado empleo, temporal y poco cualificado, pero empleo al fin y al cabo. He dado de alta —y ya de baja, snif— a R., tallerista de la tiendita, que me completa y me mejora y es la Espasa Calpe del scrap. Aliarse con gente talentosa es obligatorio. Hacerlo con contrato es la bomba. Otro día hablo de las ayudas para la contratación de mujeres, en paro, y madres de bebés. O casi mejor, lo resolvemos ya: cero.
  • La víspera de gandulear recibo una llamada de un teléfono muy largo. Es el Ayuntamiento. Que la subvención que había pedido hacía 3 meses; la que había invocado con el mantra har har har frente a una vela en el atelier; esa que el gestor había reescrito porque hice la memoria económica con los pies; la subvención. Que me la dan. ¡Un pastizal! para que pueda innovar.
  • Llevo mucho tiempo picando inventario, pidiendo favores, valorando empresas de mensajería, soñando un embalaje que al abrirlo sea como entrar en la tiendita. Porque la bimba va a tener pronto una sorellina 2.0, y

 

  • Chssss. Calla, insensata, todo a su tiempo. Y el ganduleo qué?
  • Ay, el ganduleo muito bem.

Decido gandulear

Tomé la decisión de inventar Atentamente con sorprendente facilidad: yo quería una papelería de las que encontraba en mis viajes, de las de pegar nariz en el escaparate, una tiendita de papel que oliera, que sonara, que emocionara. Se lo conté a mi familia, se lo conté a la cámara de comercio, al ayuntamiento, al Inem

  • Se dice SEPE.
  • Lo que sea.

y me puse a emprender que es bonito con la clarividencia y la resolución

  • y la pedantería

de que eso era exactamente lo que quería hacer. La convicción, tres años después, sigue intacta.

En cambio, cuando se trata de decisiones cotidianas, me aturullo enormemente: ¿las pegatinas nuevas de zorritos, aquí o allí? ¿Pastas o cruasanes para el taller? ¿Dejo esta araña campando por la tiendita o la extermino?  Y algo que me cuesta muchísimo es dar vacaciones a la servilleta.

  • Hombre, pos claro, un blog con miles de seguidores, de lectura obligada, que mueve conciencias, mejor que Míster Wonderful y Paulo Coelho juntos, normal que te cueste.

Yo sé que no se abre un cráter en el planeta papel si en verano no escribo servilletas, y sé que la corriente atenta no sólo lo entiende, sino que se alegra por que me permita parar, descansar, gandulear. Gandulear, sí, nada del rollo de “Queridos followers: voy a dedicar las vacaciones a buscar inspiración para volver con más fuerza.” Ya pasamos todo el año aprovechando el tiempo. No pasa nada por perderlo en verano.

Así que, como los bambinos de los colegios, las aprendices en el atelier, los distribuidores de plumillas y pegatinas, la servilleta también se toma vacación.

  • Vete en paz, y que la Macarena te guíe.
  • A lo mejor escribo algunita por sorpresa.
  • ¿Pero no ibas a gandulear?
  • Vale, adiós.

 

 

 

 

Haciéndote la papelería más fácil

“Voy a hacer un recado rápido. Vuelvo ídem. Atentamente : )”

Dejo pegado el letrero con washi en la puerta de la tiendita, y salgo pitando hacia una empresa de mensajería de nombre ficticio digamos Seúl. Me avisan de que han intentado entregarme un pedido a las 15.45, y que estaba ausente. ¡Hay que ser descarada: a quién se le ocurre cerrar para comer?

En condiciones normales, hubiera esperado a que me lo entregaran al día siguiente. Pero en condiciones paranormales, preciso el pedido para ya: contiene 150 bolsas que S. me pidió con la carita de agobio con gotita del wasap: “Son para meter los regalos de los invitados para una boda… que es este finde.” Sonrío, la tranquilizo, le aseguro que sus bolsas estarán a tiempo, y se marcha superfeliz. “Hemos venido a hacer la papelería más fácil”, me digo agarrada al volante de la macchina, y si hay que ir a Seúl, se va.

En Seúl me comentan que el bulto está aún en la furgoneta, que hasta última hora de la tarde no regresará el repartidor, que sólo hace un intento de entrega, que vuelva más tarde. Le digo gracias muy amable mientras por los subtítulos de por dentro de la cabeza mecagoensuputamadre me enojo.

Regreso a toda castaña a la tiendita pensando si tendré en casa 150 bolsas de Zara que puedan valer a la atenta. Ya descuelgo el teléfono para darle la malísima noticia cuando se abre la puerta:

  • Hola, papelera.
  • ¡Seúúúl!
  • Vine antes pero no estabas.
  • ¡Pero si ya sabes que tengo la manía de cerrar para comer!
  • Que sí, mujer. ¿Dónde te dejo esta caja?
  • En mis brazos.

Y me quedo pensando en todo lo que he penado para conseguir estas bolsas. Y todo se me olvida cuando se las lleva S. Y todo tiene sentido porque ¿a qué hemos venido? A hacernos la papelería, la mensajería, la vida, más fácil.

Las alegrías, a voces

 Atentamente está cerquita de muchos coles: por las mañanas y a mediodía, una legión apresurada de padres dejan y recogen a sus bambinos. Habitualmente van con demasiada prisa como para entrar en la tiendita —con gran acierto, en mi plan de empresa, destaqué su ubicación como ventaja estratégica, pero no pensé en “¡Que te montes en el coche pero yaaa!”—

En estos mediodías exigentes de calor, grandes y pequeños parecen cansados de correr todo el año, y se conceden una tregua: charlan los mayores de sus planes de verano; los pequeños pululan por el jardín, corretean, saltan, se emplean en ser niños. Uno se arrima al escaparate, mete la cabeza, “¡Javieeer, que nos vamos!”, y se va.

A los días, entran niño y mamá. “¡Mira, mami! ¡Una goma que es un gorila! ¿Me la regalas para mi cumple? Yo me sorprendo, ¡te lo prometo! Suena el móvil de la madre:

  • Hola, cariño, sí, en la papelería. Cogemos el pan y vamos a casa.

Hoy es el padre quien viene a recogerlo. Como tantos, se afana por encontrar un sitio donde malaparcar. Yo me solidarizo con todo el que aparca en zonas dudosas y alegales. A punto de alunizar, frena justo delante del escaparate:

  • ¿Te importa? Es un momento.
  • Pues claro.

Vuelven al rato. El padre se mete en el coche y el niño, en la tiendita:

  • ¡Hola!
  • ¿Has estrenado tu goma?
  • ¡Sííí! Y me gusta también este boli de erizos, porque me gustan los erizos.
  • Porque son muy chulos.
  • ¿A qué hora te vas?
  • A las dos.
  • ¿Y cuánto falta?
  • ¡Javieeer!

Pasan los días, pasan los mediodías, se abre la puerta:

  • ¿Sabes?
  • Dime, Javier.
  • ¡¡Que me queda una semana para las vacaciones!!

Y lo dice con los ojos, con los brazos, a voces, superfeliz. Me contagio de su alegría, le doy un aplauso, se lo cuento a la bimba, aplaude también ella, y sigue pintando, un ventilador.

 

El qué y el quién

Escribo servilletas tras un ejercicio de autoexploración, hondo y comprometido, en la búsqueda de una voz genuina, necesaria, trascendente.

  • ¡Sigue, Immanuel Kant, queremos saberlo todo!

Vale. Escribo servilletas con el atropello habitual del emprendimiento y la chaladura natural de mi persona humana. Atrás queda la prehistoria atenta en la que podía escribir en el sofá de mi hogar de ladrillo, reposando cada palabra, valorando la importancia de esta coma, cambiando el orden de las frases, releyendo sin prisa.

Hay días en los que ni siquiera sé muy bien qué contar: he hablado de MRW, de los telefónicos, de que subí al Kilimanjaro, de la bimba, de sus  abuelos, de que hago yoga y bebo birras, en perfecto equilibrio de prana y apana. No tengo claro si esto servirá para el SEO,

  • ¿Qué es el SEO?
  • Que tus redes y tu blog sean tan guays que Google te ame y te recupere en primera posición.
  • Qué hermoso.

pero me gustan estas historias pequeñas. Además, el momento en que descubro el hilo por el que viene la nueva servilleta, doy palmitas, digo bieeeen, y disfruto mucho de la escritura aturullada.

Sí tengo, en cambio, muy claro el quién: escribo servilletas pensando en la corriente atenta, que las espera cada viernes o que se pone al día leyéndolas de cuatro en cuatro; la corriente atenta que me inspira historias, que sonríe con mis ocurrencias, que se emociona también. Y que las lee around the world: una de las cosas buenas que tiene el putowordpress procesador del blog es que te dice desde dónde te leen. A mí me maravilla saber que hay gente en Bolivia, Bélgica, Irlanda, México, Grecia, ¿Filipinas? que lee las cosas que cuento. Por eso no descarto, sé que va a pasar, que algún día se abra la puerta de la tiendita y se oiga: “Soy el de Filipinas. Me encanta la servilleta.”

Palabras dedicadas

De mi comunión, recuerdo el juego Enredos, la paella, mi careto de chinada en las fotos del recordatorio porque mi madre se empeñó en peinarme —”yo te peino, nena, dame una horquilla, cógela, dámela otra vez, ¿hay laca? Voy a por laca al súper”— y el libro de firmas. Aún lo conservo: era de tapas duras y nacaradas, con una niña rezando en la portada. Claramente no era yo. Iba superbién peinada.

Estos días vienen mayores buscando regalos para la comunión de sus pequeños. Una mamá y su hermana rodean la tiendita al tiempo que van encargando a lo loco: “De estas cajas, 9; de esos sellos, pon 3 de corazón, 3 de gatito y 3 que a ti te gusten, sí, claro, con sus respectivas tintas; de los carteles de madera, me llevo cuatro, ya pensaré para qué, y bolsas para chuches, 50.”

Me cuenta una chica que se ha escapado a la hora del café para comprar un detalle a la niña de una compañera de trabajo. Me cae bien esa niña porque ha pedido un cuaderno. Envuelvo para regalo uno de perritos que pasean sin prisa. Ella se marcha volando.

Frena un coche a la puerta. Entra una mujer azorada:

  • Necesito sobres color crema para estos recordatorios.
  • Claro. ¿Cuántos necesitas?
  • 100.
  • Lo siento, pero sólo tengo 44.
  • Vale, me los llevo, y me pides el resto. ¿Para cuándo estarán?

Llega el tíobueno. El tíobueno, su nombre lo anuncia, es un cliente de toma pan, que yo sé que viene a pedirme un morreo, y él disimula con no sé qué de un álbum para su sobrino. Se lleva uno en color kraft, y le estampo un beso, vale, un sello, en la bolsa de la tiendita.

Mi álbum nácar atesoraba hermosas firmas de las poquitas personas que vinieron a comer paella. Y aunque los mayores siguen ajetreados, en busca de la laca, me gusta comprobar cuánto les sigue importando dar con el papel que les dé sosiego, para dedicar palabras a sus pequeños.

 

 

Regalobajona y su antídoto

Envuelvo el regalo en papel de seda,

  •  ¿No sería mejor en tres paquetitos distintos?
  • Cómo no.

Los coloco en la bolsa,

  • ¿No la tienes más grande?
  • Pues no. Pero aquí va fenomenal, ya verás.

Cuelgo una etiqueta para que escriba el nombre de la niña. Cierro con washi.

  • Uy, yo creo que se va a despegar.
  • Qué va. Este celo es muy adherente, y mira qué bonito queda.
  • No sé yo… ¿Y si no le gusta? Tendrías que hacerme un ticket regalo.
  • Te lo preparo ahora mismo.

Pobre niña. Ella que reconoce la bolsa de Atentamente, que sin abrirla ya sabe que le va a gustar, que encima es grandota así que fantasea con que viene cargada de cosas bonitas. No va a poder disfrutar nada de nada porque le acaban de hacer: un regalobajona.

El regalobajona se reconoce porque: “Pónmelo pero no me convence; quiero que sea un regalazo; es que no va a saber utilizarlo; ¿esto es una mancha?; con todo lo que me llevo, ¡ya me harás descuento!”

Si arrimas el oído al regalobajona, aún rezuma: “Tengo una prisa horrorosa, ya lo envuelvo yo en casa; venga, hazlo tú si total me lo vas a cobrar igual; y ahora, ¿dónde meto yo esto?”

Por fin se marcha. Preferiría que no hubiera comprado nada, pero esto es un negocio, y tengo birras que beber y multas que pagar. Que se gaste la pasta. Menos mal que, entre queja y queja, he colado el antídoto. Me siento como las bailarinas del wasap imaginándolo:

  • ¡Andaaa!
  • No sé si te va a gustar.
  • ¡Seguro que sí!
  • Puedes ir por si ves alguna otra cosa.
  • Me encanta todo. ¡Muchísimas gracias! ¿Y esta tarjetita?
  • Es el ticket regalo, por si acaso.

Lo abre, y lee el antídoto: “Sí. Es un regalobajona, pero no se lo tengas en cuenta. Sacúdelo un poco al sol, y disfrútalo con alegría. Atentamente.”

Un trabajo alineado. Y una espalda

Estoy haciendo un curso online para…

  • ZZZzzzZZZzzz

reflexionar sobre mi trabajo, sobre cómo hacerlo mejor y más robusto, las cosas que tengo que cambiar y las que potenciar. Es un curso, lo dice mucho la profe, para alinear tu trabajo a tu vida.

Me encanta lo de alinear. Porque soy de estatura casi normal, siempre he caminado muy tiesina, con los hombros muy rotados, reduciendo curva lumbar, aprovechando cada uno de mis 159 centímetros.

  • ¿159? JAJAJAjajajaJAJAJA

Sin embargo, desde que decidí emprender que es bonito, noto como si en la espalda me hubiera salido una chepa emocional donde se agarrotan los miedos, las dudas, los sustos. “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”, escribía Ángel González. ¿Y cómo no sentirlo al gastar pastones en pedidos, cómo no tiritar haciendo números, no es natural que se te apriete el culo mientras meditas si es el momento de contratar a alguien? Estas interrogantes me achuchan, y pesan tanto las hijasdeputa que en ocasiones no me dejan enderezarme, levantar la vista, y tomar decisiones con la espalda fuerte y alineada.

Entonces, el camino del emprendimiento me da la respuesta. Aparece una clienta muy atenta, muy. Viene a comprar postales para bodas, las escoge invitándome a dar mi opinión, me cuenta que viene de ver una hermosa exposición, y acabamos hablando de un concierto de música clásica al que fuimos hace años, sin conocernos entonces ni ahora. O a lo mejor sí. Convenimos que las ciudades, para crecer, precisan regarse con música, arte, cultura. “Precisan tu tienda”, y se va.

Qué sabia es la corriente atenta, qué exigente y qué generosa. Y pienso que a lo mejor me encorvo en el primer paso de cada decisión que tomo sobre Atentamente, ¡es que es la bimba!, es lo mejor y más bonito que he hecho. Pero solo en el primer paso. Los demás, los daré convencida, confiada, sonriente, alineada con mi espalda, y con mi trabajo.