Cumple 2 de la servilleta

Abro el putowordpress procesador de textos para escribir una nueva servilleta. Quería contar que tras la vuelta del país de la bimba, he entrado en un bucle de enfermedades que, reflexiono, es un puro equilibrio de emociones: después de 3 días admirando, tocan 3 días estornudando.

Iba yo decidida a contar mis miserias, cuando el programa me recuerda que La Servilleta cumple dos años. ¡Dos años! Y así es. Un par de meses antes de que naciera Atentamente, comencé a contar los avatares previos a la apertura: la búsqueda del local, la elección del nombre, los desvelos con los iberdrolos, el montaje de los muebles, el inventario… Los que saben, sentenciaban que un blog era supernecesario para vender el producto, hacer tutoriales, posicionarse estratégicamente en las redes sociales, y noséqué mierdas más. En cambio, yo quería que La servilleta resaltara lo cotidiano, estuviera atenta a las personas, mirara con indulgencia a la papelera en prácticas… Atesorara lo atento.

Escribiendo aquellas primeras servilletas en el sofá de mi hogar de ladrillo, no podía ni imaginar todo el universo atento que se ha construido en torno a ellas: este servilletero usa un vocabulario propio, tejido lentamente, en el que no se habla de clientes sino de corriente atenta, y la tienda no es la tienda, sino la bimba, y la papelera se va habituando a vivir haciendo malabarismos, y le va cogiendo el punto a emprender, que es bonito, y no deja de maravillarse con lo extraordinario que sucede en Atentamente.

Puedo imaginar que todos los negocios acumulan anécdotas similares que, por falta de tiempo o de inspiración, se desvanecen. Para mí, escribir servilletas es un poco un deber: me sentiría fatal si, después de presenciar las preciosuras que suceden en la tiendita, no las contara. Y también es un placer, el que siento cada semana al pensar con la bimba las historias atentas que vamos a contar.

Vuelta a escuela

Ha pasado mucho tiempo desde mi último power point. Aquéllos hablaban de las funciones de la documentación y de… ¿de qué más? Bueno, de documentación. Abro el power point para hacer una presentación rumbera para unas jornadas de emprendimiento, en un centro de FP. Quieren que hable de la bimba.

  • Mientras sea fuera del horario de la tiendita, encantada. Que emprender es bonito y unicelular.
  • Pues claro, ríe tibiamente M.C., la organizadora, como arrepentida de la propuesta.

Allá que voy para el insti, me pongo los vaqueros rotos para mimetizarme con el entorno, me sorprende lo nerviosa que estoy, ¡con la de horas de vuelo que tengo!, y mientras disimulo colocando mis cosas, me digo que procure no decir mamarrachadas, que me comporte como una emprendedora que lo peta, que prepare alguna frase lapidaria para cuando les pregunten en el examen: “Según la atenta, emprender es de inconscientes.”

Miro el aula… ¿Son todo varones? ¿Con el mundo cursi de papeles de colores que les traigo? Me van a patear. Se duermen con seguridad. Forza.

Y empiezo a contarles, desde que dejé la zona de confort de la universidad hasta que me subí al trapecio; se ríen cuando digo que soy papelera en prácticas; un chico asiente cuando comparo emprender con una carrera de fondo; les animo a que se formen, se asesoren, se cuiden, a que su pasión sea aquello que, además, sepan hacer muy bien… Y creo que me escuchan de la mejor manera posible, atentamente.

Me marcho muy agradecida y muy a toda pastilla, a abrir la tiendita de papel. Me entra nostalgia de clases y de alumnos, enciendo el ordenador, pongo música, viene una mamá pidiendo 12 gomas de borrar para el cumple de su bambino… Regreso a mi vida de papelera.

Al entrar en el atelier, a por más gomitas, veo el paraguas que el delegado me ha regalado: “Muchas gracias, nos has contagiado mucho entusiasmo.” Y salgo con las manos llenitas de gomas y de ilusión. Qué alegría volver de vez en cuando a escuela. A contar entusiasmada que tengo una tiendita de papel.

 

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Cuando fui matahari

Ser copiota está fatal. Pero como yo quería que Atentamente fuera tienda y fuera atelier tuve que ser copiota. Total. Fatal ya estaba.

Confieso que hice un poco de espionaje industrial en algunas tiendas de la capi, para ver cómo organizaban los talleres. Con gran disimulo, me matriculé en un taller de carvado de sellos y en otro de washi tape. Al primero fui en coche y me pusieron una multa en la dictatorial zona azul madrileña; fui al segundo en bus, y con las afonías de la muerte, penosidad que, sin embargo, me benefició para evitar confesar que era una espía industrial afónica.

Allí estaba matahari, haciendo como que carvaba mientras cotilleaba con el rabillo del ojo: el local, los muebles, los materiales, la música, si daban merienda, si olía bien… Pero es que el espionaje industrial es muy canso, y el carvado de sellos muy entretenido, así que poco a poco se me fue olvidando lo del matajarismo, y me concentré en hacer un sello que es una flor. Lo mismo en el taller de washi: como no podía hablar por la penosidad, enfoqué sobre la tarea: decoré mi cuaderno con tiras de washi, una blonda, un lazo rosa -la afonía te vuelve cursi- y hasta puse en peligro mi espionaje estampando en la portada A T E N T A M E N T E. Regresé a casa con muy poca información sensible, y contentísima por las monerías que había hecho.

Ajenos a toda estrategia, los talleres atentos se fían del sentido común y del cariño, y triunfan como la cocacola: los imparten talleristas excelentes, los proyectos son bonitos, y el atelier tiene un cedazo que solo deja pasar a gente preciosa. Me gusta que al entrar lo encuentren todo colocado, y que al salir parezca el apocalipsis. Me enseñan felices sus álbumes, las grullas, sus cajas y cuadernos… A veces, reconozco mi sello imperfecto y bonito estampado en sus cosas… Y me alegro, un montón, de cuando una vez fui matahari.

 

 

 

Prevalece La Alegría (PLA)

Atentamente es una bimba preciosa, gordita, se ríe con cualquier cosa, huele tan bien… Ante las rarezas de los tristes del mundo, esos que van con peana incorporada, ¿los ocupadísimos?, esos; la niña de papel abre los ojos como platos, aprieta los labios, se bambolea, parece que va a hacer un puchero… y vuelve a sonreír.

Hasta se ha inventado un mantra para repeler los envites de los cansinismos: Prevalece La Alegría (PLA).

Ejemplos:

Cámara de Comercio: “A ver: tu plan de viabilidad no puede tener notas al pie. El plan de financiación no se redacta; se monetariza. ¿Has calculado cuánto tiempo podrás soportar las pérdidas? ¿Estás segura de que este negocio es realmente viable?”

Ayuntamiento: “Estos planos son de 2008 y necesitamos planos actuales firmados por técnico competente. Tiene 10 días para entregarlos y, si no, se archiva su expediente.”

PLAAA…

El conductor de la grúa: “Oyes, te va a llegar una multa porque aquí no se pué aparcar.”

Ese peazo gañán de Iberdrola: “Uf, no sé yo, ¿dar la luz de alta?, ¿y para cuándo dices que quieres abrir?”

El candado tirado al pie de una farola: “Pringá, te acaban de robar la bici en tu jeta.”

Un váter con delirios de grandeza, el mismo día de la apertura: “Que me sofocooo, que me anegooo, que me desbordooo”―Reacción de madre: “Sin problema, nena. Atentamente es muy tradicional. Voy a comprar orinales.”―

PLAAA…

Gente en general –oro korrean, que decimos los vascos―:

  • Espabila que no llegas.
  • Esta puerta da mucho portazo, este mueble cojea, aquí hace falta luz.
  • Pues en las fotos del Facebook parece más.
  • JorJorJor las risas de media Suecia a mi espalda, descojonándose disfrutando de mi pericia con el montaje de Bestas y Hemnes.

PLAAA…

Este runrún –por fortuna, los pelmas plañideros son los menos― le persigue a diario. Sabe que se ha metido en tremendo proyecto. A veces, se cansa. Pero, como Alicia, se ha lanzado ella solita, sin pensar cómo saldrá luego de la madriguera. El cansancio se tolera. La queja, no. Y si no hay margen para la queja propia, mucho menos para la de los cansinos con peana.

Así que, tristes del mundo: dejad ya de darnos el coñazo.

Atentamente,

PLA PLA PLA : )

Con ayuda del vecino…

… mató mi abuela un gorrino. Esta sentencia la he escuchado miles de veces en casa, y con ella, nuestros padres nos enseñaban la importancia de saber pedir ayuda, y apreciar el valor que adquieren las cosas hechas entre todos. Que no fuéramos de titanes por la vida, que con un Hércules ya llegaba.

Mientras escribo, seguramente M. esté acabando de pintar con rotus de vidrio el escaparate de Atentamente, dibujando margaritas, mariposas, alguna abeja… Antes, habrá colocado las tarjetas con mensajes que ha pintado y escrito una por una –“Mir, ¿me harías alguna con estrofas de Love of Lesbian?” Claro, nena.” Y regresará a Madrid para seguir con su vida y con su afán.

Mientras escribo es probable que M. y D. estén dándole los últimos retoques a la lámpara de la entrada -desmontada, limpiada, cambiada la instalación y vuelta a montar- para que luzca espléndida. Porque las lámparas modernistas no se restauran solas. Pero con la ayuda del vecino…

Cuando me planté frente a la primera estantería Besta, arremangada y sin un solo destornillador, tuve que llamar a P. –“Si esto es como un Lego, meri”- y más tarde a F. –“Pero, a ver… ¿Dónde está la encimera?” Porque compré un fregadero, pero se me olvidó la encimera. Y entonces, apareció J., el Paul Newman de las soluciones integrales, y me puso el fregadero, me arregló la cisterna, me trajo un ebanista y un pintor. Y aunque él aún no lo sabe, también me va a instalar la lámpara modernista.

Y con la ayuda del vecino, S. me recomendó a un graffitero para pintar la persiana de la tienda. Vino en junio, con sus cascos, su gorra, su perilla, sus pantacas caídos. Miró la persiana, miró el logo.

  • ¿Cuántos días te llevará esto?, le pregunté.
  • Como mucho… 1 hora.
  • Vale. Pues nos vemos en agosto.

Y C. se ha recortado todas las letras de cartón del atelier; ha buscado páginas de inspiración, ha espiado tiendas para descubrirme cosas, ha plegado gueishas de origami y colocado un zócalo de washitape. Ha pensado en talleres, estampado sellos en las guirnaldas y ordenado geométricamente troqueles y guillotinas. Hasta se ha montado una librería Hemnes.

Y montones de llamadas, de mensajes, de visitas, que disuelven cansancios y dejan alegría.

[Mi familia merece una servilleta aparte…]

 

No nace sola mi tiendita de papel. Nace con la ayuda del vecino.

En busca del nombre perfecto

(Chat con mi querida S.)

–       Ay, Marieta, no sé qué le pasa al Facebook contigo, que me pide todo el rato que visite La niña rubio.

–       La niña rubio… Pues sería un nombre precioso para mi tiendita de papel.

La sugerencia de S. no cumplía ni un solo requisito para ser un buen nombre –un buen naming, que se me noten los libros de marketing-: no era corto, no se asociaba naturalmente al negocio, no era fácil de recordar. ¡Era perfecto!

Escribí entonces a M. para pedirle que diseñara la identidad visual. Desde que se presentó al examen de Documentación con una camiseta de Google en la que se leía Voy a tener suerte, me ganó para siempre. Estaba segura de que era la mejor para imaginar mis sueños.

A los días, me llamó y me enumeró los requisitos de los libros de marketing. “No es que La niña rubio sea mal nombre, pero dale una vuelta, meritina, piénsalo más, inspírate, juega con palabras que tengan que ver con el papel, con papelerías… Y si no encuentras nada que te convenza más, a tope con La niña rubio.”

Dije que sí con la boca chica, porque yo ya sabía que mi nombre era perfecto. Aun así, pensé, busqué, jugué con palabras, hice una lista en el cuaderno… Y entonces -era por la tarde- llegó. Atentamente, escribí con mi mano zurda. A-ten-ta-men-te, pronuncié bajito. Atentamente… acaricié. Este sí que era perfecto.

Decidí probar su efecto diciéndoselo a mis queridos más queridos. Se lo escribí a R. en una servilleta mientras tomábamos unos vinos. Asintió. A mis padres, en una blonda que ya está guardada entre sus tesoros. M. M. –quien, en una servilleta, me regaló el nombre de este blog, grazie, ganzo!- apreció que era muy buen nombre porque siempre estaría el primero en las papelerías de las Páginas Amarillas.

Más que un nombre coherente, preñado de recuerdos, Atentamente es una solemne declaración de intenciones: un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas; el cuidado en la música y las flores, el fundamento que sostiene los talleres, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.

Cuenta como quiero vivir. Es el nombre perfecto.

 

 

No saben que subí el Kilimanjaro

Yo intuía que ciertas intendencias previas a la apertura de Atentamente iban a ser prosaicas y tediosas. Por eso, llevaba en el bolso una piedrita del Kilimanjaro, para sentir su energía, y recordar que las cumbres se alcanzan si se suben pole pole.

Lo que no sabía es que hay intendencias mucho peores que el mal de altura, diseñadas para desfondar al personal, hacerlo enloquecer como Asterix en Las 12 pruebas, y generar mucha mala ostia animadversión hacia los oficinistas en general, y los iberdrolos en particular.

Iberdrola (día 1). 6 personas. 2 iberdrolos. 40 minutos de espera.

–       Buenos días, vengo a dar el alta de un local comercial.

–       Uf. ¿Eres la propietaria?

–       No.

–       Uf. ¿Has traído el IBI?

–       Pues no. Pero sí el contrato de alquiler.

–       No creo que me sirva. A lo mejor sí. Pero probablemente no. Empiezo a tramitarlo, pero me traes el IBI.

Nota mental: este infeliz no sabe que yo subí el Kilimanjaro.

Iberdrola (día 2). 5 personas. 2 iberdrolos. 35 minutos de espera.

–       Hola, traigo el IBI.

–       Ya no es necesario. Hay que abrir un expediente.

–       ¿Un expediente, por qué?

–       A ver, clase rápida de electricidad: al llevar tanto tiempo el local cerrado, se pierden los derechos, y para recuperarlos, hay que abrir un expediente.

–       Ya. ¿Y eso qué implica?

–       Más tiempo y más dinero. Yo ya sabía que iba a ser así, pero por cortesía inicié tu trámite, por si acaso.

Nota mental: aquí el cortés no sabe que…

Iberdrola (día 3). ¡0 personas! 2 iberdrolos. Sin esperas.

–       Uy, te llamé pero no lo cogiste.

–       No tengo ninguna llamada perdida.

–       Lo que sea: necesito el boletín del electricista, porque este del ordenador es ficticio (sic).

Nota mental: ¿y si le tiro la piedra a este gañán?

Iberdrola (día 4). 3 personas, dos niños en manada, 2 iberdrolos, 30 minutos.

–       El puto anhelado boletín.

–       Uf. Es fotocopia. No sé si te lo aceptarán. Si mañana te llamamos, es que sí lo han aceptado. Entonces vienes y –pausa dramática- sin esperas, firmas.

Iberdrola (día 5).

–       Como no me han llamado…

–       No, si el boletín lo han aceptado, pero es que el sistema no deja enviarlo. Espera que llamo, que pruebo, que le pregunto a iberdrolito… Anda… ¡Si lo estaba haciendo mal! Pues en 7-10 días tienes luz. ¡Next! (sic)

Y todavía no he empezado con Telefónica.

Pero no podrán conmigo.

No saben que subí el Kilimanjaro.

Al principio fue la música

Cuando te da un siroco y dices que vas a abrir una papelería-atelier, una de las primeras cosas que has de encontrar es un local –o una bajera, que dirían mis navarricos-.

Dice Jorge Carrión que las librerías han de rodearse de vecinos que les hagan espejo, lugares amigos que narren historias parecidas, tiendas cómplices con las que tender puentes.

Yo fantaseaba con encontrar un local cerca de Hydria. Nacer a la sombra de una librería tan enraizada, con ramas tan amplias, hermosas y diversas, me daba alegría. Y confianza. Sabía que junto a los libreros atentos las cosas iban a estar bien.

Pero los precios de los locales –o bajeras- me hicieron renunciar a las palabras poéticas de Carrión, y optar por la pálida prosa de los gastos fijos mensuales.

Y entonces fue la música. Porque, puede que haya gente que no sepa dónde está en Salamanca la calle Sierpes, pero todo el mundo sabe llegarse hasta la estatua de Rafael Farina, cantaor charro universal que vivió -y seguramente canturreó- en esta misma calle.

Así que fui a ver un local pegadito a la capa charra de Farina, y desde que lo pisé sentí que sí. Paseé por la sala, el taller, bajé al almacén… Desde el escaparate miré el magnolio del jardín. Lo imaginé provocándome cada primavera con sus flores rotundas; cada invierno, cobijándome en sus hojas barnizadas, y sentí que sí. Los vecinos –una imprenta, una fotocopiadora, un periódico, una escuela de música- me recordaron aquella poesía de los puentes. Por fin, le pregunté al propietario:

–       ¿Y esto qué fue antes?

–       Fue el taller de un luthier.

(Yo creo que entonces se oyó un SÍ mayor)

Volví a casa con el eco de virutas, gubias, cajas armónicas, cuerdas, clavijeros… Quizás estaba un poco sugestionada por mi reciente viaje a Italia, a Cremona, la ciudad natal de Antonio Stradivari, el luthier en cuyas manos nacieron joyas de madera eterna.

Necesitaba una opinión menos arrebatada y se la pedí a R. “Yo voy a verlo; si me gusta te lo digo, y si no, también.” Paseó por la sala, el taller, bajó al almacén –“Mola la cripta”-. Tenía prisa porque se había escapado del curro. Pero antes de irse, en mitad del local, asintió muy a cámara lenta, y solemnemente, sacó del bolsillo el disco que yo más quería, mientras musitaba: “Es aquí, maría, es aquí.”

Luego llegaría el origami y el washi tape. Pero al principio fue la música.

Una tiendita de papel

Porque, a ver: ¿a quién no le gusta el papel? Su tacto, su olor, ese gemido tenue, al frotarse con el grafito o la tinta…

¿Y a quién no le gusta recibir cartas o postales? A tiempo -por cumpleaños o navidad- o a destiempo, inesperadas, porque estando en aquel sitio, se acordó de ti…

¿Quién no anticipa lo bonito que va a ser un regalo con solo apreciar su envoltorio?

¿Cuántas historias hemos confiado en cuadernos, diarios, moleskines? ¿Cuántos tediosos apuntes de clase, comidos por las esquinas con filigranas a boli alzado? ¿Cuántos teléfonos cazados -¡al fin!- en servilletas de barra de bar, como ésta?

En tiempos digitales wasaperos, reivindicar el papel puede resultar ingenuo. En momentos de crisis, en los que hay que replegarse y dar las gracias por tener trabajo –te guste o no, seas competente o no, te paguen dignamente o no-, decidirse a emprender es del todo inoportuno. Pero emprender en tiempos de crisis abriendo una papelería es, sencillamente, lanzarse por Despeñaperros, cogiendo carrerilla, y silbando.

El caso es que yo tenía claro que, el nuevo trabajo que viniera, tenía que maravillarme mucho, que enloquecerme mucho. Debía ser un trabajo que reivindicara las cosas pequeñas y bonitas, que optara por lo artesano, lo imperfecto, lo efímero. Debía ser, necesariamente, un trabajo que me volviera a enamorar.

Y el verano pasado, me enamoré.

Con mi cuadrilla, estuvimos recorriendo la Bretaña en bici. Redon –qué pueblo, tan chico y tan cansino-, Rennes, el icónico Mont Saint Michel, Cancale y sus ostras laxantes, Saint Malò con una preciosa librería de viejo, en madera azul; el golfo de Morbihan…Y por fin, Vannes. Ya me gustó por encontrar fácil donde dormir e hidratar. Levanté cejas y hombros al ver sus casas de madera de colores. Qué rica supo la cena en aquel fabuloso –de fábula- bistró, ¡si hasta había gente en las terrazas! Pegué la nariz al escaparate de la tienda de juguetes, con Clicks de Famobil y Tintines gigantes. Y entonces, llegamos a Papiers & Compagni, “la papelerie belle, utile et inventive”, decía su escaparate. Me quedé muy quieta. Hice fotos. Miré cada una de sus postales, colgadas con pinzas en cordeles de algodón. Mis amigos, que también lo notaron, me dejaron a mi aire. Me estaba enamorando…

Seguro que la cagaré mil veces. Que habrá miles de cosas que no sabré. Que tendré ratos de aymanolete… Y me parece fenomenal. Así que, cojo carrerilla, me laaanzo por el precipicio, y silbo: “Qué felices seremos los dos, y qué dulces los besos serán, pasaremos la noche en la luna…” Viviendo en mi tiendita de papel.