El qué y el quién

Escribo servilletas tras un ejercicio de autoexploración, hondo y comprometido, en la búsqueda de una voz genuina, necesaria, trascendente.

  • ¡Sigue, Immanuel Kant, queremos saberlo todo!

Vale. Escribo servilletas con el atropello habitual del emprendimiento y la chaladura natural de mi persona humana. Atrás queda la prehistoria atenta en la que podía escribir en el sofá de mi hogar de ladrillo, reposando cada palabra, valorando la importancia de esta coma, cambiando el orden de las frases, releyendo sin prisa.

Hay días en los que ni siquiera sé muy bien qué contar: he hablado de MRW, de los telefónicos, de que subí al Kilimanjaro, de la bimba, de sus  abuelos, de que hago yoga y bebo birras, en perfecto equilibrio de prana y apana. No tengo claro si esto servirá para el SEO,

  • ¿Qué es el SEO?
  • Que tus redes y tu blog sean tan guays que Google te ame y te recupere en primera posición.
  • Qué hermoso.

pero me gustan estas historias pequeñas. Además, el momento en que descubro el hilo por el que viene la nueva servilleta, doy palmitas, digo bieeeen, y disfruto mucho de la escritura aturullada.

Sí tengo, en cambio, muy claro el quién: escribo servilletas pensando en la corriente atenta, que las espera cada viernes o que se pone al día leyéndolas de cuatro en cuatro; la corriente atenta que me inspira historias, que sonríe con mis ocurrencias, que se emociona también. Y que las lee around the world: una de las cosas buenas que tiene el putowordpress procesador del blog es que te dice desde dónde te leen. A mí me maravilla saber que hay gente en Bolivia, Bélgica, Irlanda, México, Grecia, ¿Filipinas? que lee las cosas que cuento. Por eso no descarto, sé que va a pasar, que algún día se abra la puerta de la tiendita y se oiga: “Soy el de Filipinas. Me encanta la servilleta.”

Pasa, primavera

Cualquier momento es bueno para venir a Atentamente. Aconsejo hacerlo en las mañanas de primavera. Atrás quedan las lanas, la calefacción, que no se escape el calor. Atrás el frío y la niebla, lo gris, lo puff.

Declaro la primavera el día que decido quitarme las medias y no hay vuelta atrás así me congele, que me congelo, y da igual porque aprecio mi terquedad. Lo mismo hago en la tiendita: un día equis, decido dejar la puerta abierta, y que pase lo que la primavera quiera.

Y pasa que los pájaros están parlanchines y se cuentan cosas —”Te invito a mi nido, ¡tengo gusanos!”—; pasa que los jardineros comienzan a cortar el césped del jardín, a remover la tierra, a humedecerla; pasa que oyes silbar a los que andan en bici, clen, clen, clen, por la acera apavesada; pasan mil veces las niñas que miran el escaparate —”Miiira, es la tienda bonita, ¡esos sellos de ratoncitos, muerooo!”—.

Y descalza, desde el atelier… pasa la bimba, con su tutú amarillo—le encanta el tutú— y la camiseta que le pintó la tallerista de pintura textil. Allá va, con una galleta en una mano y papel y lápiz en la otra, de puntillas, hacia el jardín.

  • ¡Hola, bimba!, saluda el jardinero.
  • Ciao! agita la galleta.

Se pasa la mañana trepando, mirando nubes, cogiendo hojas del magnolio, contando flores, una, due, trè, dibujando cosas de bimba.

Y pasa la cartera. Trae una factura —¿ha vuelto el invierno?— y una postal de la corriente atenta —ay, no, que es primavera—. Tumbada en el césped, pregunta la bimba:

  • ¿Te llevas esta carta?
  • ¡Claro!

A mediodía vuelve a la tiendita, con hojas en los rizos y el tutú manchado de tierra.

  • ¿Qué has hecho, bimba?
  • Dibujar una carta.
  • Eso está muy bien. ¿Y a quién?
  • A la primavera.
  • ¿Y qué le has dicho?
  • Que se quede.

 

 

Lo imperfecto es wabi sabi

Sigo una pequeña liturgia al inicio de cada taller atento: me gusta dar la bienvenida a las aprendices, agradecerles su presencia en el atelier, presento a la tallerista, les anuncio que beberemos , deseo que disfruten del regalo de hacer algo único. También les animo a que no se aturullen si la encuadernación no queda perfecta, el sello borroso, o los trazos de lettering agarrotados. Mis sobrinas ya lo dejaron escrito en la pared: “Lo imperfecto es bonito.”  No es un mantra para justificar las cagadas, sino para ser indulgentes si nos descuidamos con la cola, la gubia o el rotulador.

Llega un wasap de M.: meritina, estoy leyendo “Wabi Sabi para Artistas, Diseñadores, Poetas y Filósofos”. Me acordé de ti. Échale un ojossaltones ojossaltones.

Se lo pido a mi librero de confianza, y espero al domingo para leerlo como merece. Con lápiz azul, subrayo: “Wabi sabi es la belleza de las cosas imperfectas, mudables e incompletas. Es la belleza de las cosas modestas y humildes. Es la belleza de las cosas no convencionales.”

Me caigo del sofá porque no esperaba que el mantra de los talleres tuviera una dimensión tan honda, tan hermosa. El wabi sabi no está en el oro y los diamantes sino en el barro y el papel; wabi sabi no es un jardín podado por jardineros de Versalles sino la caída de las flores del jarrón; no es lo pulido sino lo rugoso, incluso lo roto; no es caja cerrada sino cuenco abierto; no busca la utilidad sino la belleza efímera, mudable, incompleta, solitaria, a veces triste. El wabi sabi va ligero de equipaje, sabe elegir y también, deja que las cosas ocurran; afloja el paso, mira con paciencia, muy atentamente.

Y pienso si no sería bonito añadir a mi liturgia algún párrafo de este libro, para que este cuaderno, este pliegue del papel, cada uno de estos trazos se hagan desde lo lento, lo atento, lo imperfecto, lo wabi sabi.

 

 

 

El diezmo de la prosperidad

  • ¡Ya he pillado entradas para el teatro, Ror! ¡Qué guay ir en horario infantil, no?
  • ¿Qué horario infantil? Si el teatro es a las 22.00h.

Saco entradas para ver una obra de mucha risa y pasar un rato con Ror, que es la gracia y el ingenio y la chistorra —porque Ror es ¿de? Exacto—. Todo es perfecto hasta que cometo el error de comprarlas mientras hago multitareas de papelera. No me doy cuenta de que hay dos sesiones, la infantil, y la de Ror. Y ahora: ¿qué hago yo con dos entradas, patio de butacas, pasillo, fila 10?

Un grupo de mujeres salerosas se reúnen en el atelier para hacer postales solidarias a porrillo. Acuden convocadas por la tallerista más fuerte y bella del planeta scrap. El plan es pasar la tarde haciendo postales para regalárselas a niños que las están pasando canutas. Da igual si se conocen o no: ellas se juntan, y ponen generosamente sobre la mesa su tiempo y su papel.

Entre ellas está I., que trae infusiones, “es que sé que te gustan”: té verde y jazmín, manzana y rosa mosqueta, y mi favorita, revoltijo de especias. Me acuerdo de las entradas:

  • ¿Alguien quiere ir al teatro?
  • ¡Yo!, es I.
  • ¡Y yo!, se suma S.

A los días, aparece S. por la tiendita, a explicarme las risas que se echaron, las birritas que después bebieron, la tarde chachi que pasaron sin conocerse. Y sin terminar de hablar, saca del bolso una muñequita sonriente, con la cabeza llena de flores de cerezo, desnuda y con alitas. Es un ángel. La muñequita también.

En yoga, esto se conoce como el diezmo de la prosperidad: si quieres que te vaya bien, dedica algo de tu dinero, de tu tiempo, de ti… a los demás. Y la vida te lo devolverá en forma de té, de teatro, de alitas, de flores, de postales, de amigas, de papel.

La importancia de no llamarse mirto

Entra E. en la tiendita, con bufanda amarilla, katiuskas amarillas, le encanta el amarillo, el papel, la música, la botánica.

  • ¿Sabes que tenemos encendido debate a cuenta de la planta que tienes en la escalera?
  • ¿Del mirto?
  • Creemos que no es mirto.
  • ¿Comor?
  • ¿Le puedo hacer una foto? Y voy a cortar una hoja. Es que no sabemos qué es. Pero mirto, fijo que no.
  • ¿Pero quiééénes?

〈Música dramática. Tipo Chachachachán〉

Me explica E. que invitó a un montón de amigos amarillos a que siguieran Atentamente por las redes sociales, y que cuando publiqué la foto para bienvenir la primavera, el mirto posando en la escalera, saltó la polémica. Mi floristera más favorita me lo vendió en navidad, cuando tenía bolitas rojas, y ya me anticipó que iba a ser difícil que superara el invierno, que es planta de clima cálido, que no olvidara mi mano con la zamioculca, que asesiné hace unos años. “La zamioculca se lo tenía muy creído. Ya verás cómo el mirto arraiga.”

El mirto —que no es miiirto—se ha empapado, se ha helado, lo he recogido del suelo varias veces sacudido por los vientos; esta semana, le ha nevado. Y con estas circunstancias adversas, que cualquiera hubiéramos dicho: “¡Si no sabes ni cómo me llamo! Va a florecer tuputamadre Rita,” llega la primavera, y brota unas hojitas tiernas, unas flores diminutas. Me vuelvo loca de amor por esta planta terca.

〈Clink. Mensaje del feisbuk〉

  • ¡Lo encontré! Tu planta se llama Ugni Molinae. Popularmente murta, murtilla, o uñi. No es autóctona, y la floristera tenía razón: es una mirtácea.

Me envía, además, la foto de una enciclopedia, en la que aprendo que es de hoja perenne, y sus flores, ligeramente péndulas, y anoto mentalmente usar cuanto antes este adjetivo genial.

Salgo a la calle a ver mi mirt ugni molinae, beso sus flores péndulas, le doy las gracias por venir esta primavera, y por querer, terca y decididamente, florecer.

La puerta abierta

La primera tarde que puedo dejar la puerta de Atentamente abierta es algo parecido a algo muy bonito. Se pasa todo el invierno cerrada, velando por la bimba, siempre gateando en calcetines de rayas amarillas, que no pase frío; conservando los aromas a jengibre, a canela; la música, que siempre sea cálida; el papel, de buen gramaje, para que cuando la corriente atenta abra la puerta, olvide los fríos fuera, y encuentre calor.

Así que pasamos el invierno metidas en nuestra cuevita de papel. Hasta que llega la primera tarde. Y por más que pretenda hacer cosas propias de papelera, no paro de girarme, de mirar, ¡es que ahí fuera pasan montones de cosas! Pasa que están comenzando a brotar hojas diminutas en los abedules, esas que, por tener la puerta abierta, se colarán en otoño por toda la tiendita y me parecerá genial. Pasa que el cerezo japonés ya está en sakura, y es imposible no mirar su copa de flores rosas, cómo el viento la despeina, y van cayendo levemente, en suave danza oriental. Yo quiero pero no puedo dejar de escuchar la conversación de dos chavalas que lo flipan, en plan, aún no me ha contestado, y lo ha visto, tía, porque tiene doblecheck en el wasap. Lo intento, de verdad que sí, pero me distraen los pájaros, los de mi cabeza chorlita y los que se cortejan, de magnolio a magnolio. Un chico silbando deja una estela a jabón, los radios de una bici rebotando en el pavés, Blas, que hasta que no salgo a hacerle cariños no para de ladrar, el olor a hierba, las ganas de pisarla, la luz que crece 6 minutos cada tarde y que pinta el cielo primero dorado, y luego, se sonroja. Como yo, al darme cuenta de que me he pasado la tarde mirando algo parecido a algo muy bonito.

Operación Luz

  • ¡Y como volvamos a pasar por aquí y sigas sin luz, te enteras!

En condiciones normales las hubiera mandado al guano con los subtítulos de por dentro de la cabeza, pero estas señoras me dicen las verdades del barquero con tanta gracia, que tomo nota de todas sus vehemencias.

  • Es que tu tienda es preciosa, ¡es como de Centroeuropa! Pero hoy nos la hemos vuelto a pasar, y sabemos que está aquí, perfectamente.

No digo yo que su parlanchineo intenso pueda distraerles hasta el punto de pasarse la tiendita, pero tienen santa razón: Atentamente no se ve —carita que llora, carita que llora, carita que llora del wasap—.

Despliego el operativo Operación Luz. La Operación Luz —en adelante, OL— acomete dos acciones: una, indoor, dirigida a iluminar mi escritorio. Busco las lámparas más bonitas, pido a S. que me sugiera un electricista, y aparece un señor con el pelo lleno de bombillas, vale, eran rizos: “Me he pasado tu tienda. Necesitas luz fuera.” Que es la acción outdoor: instalar un vinilo luminoso para que, por la noche, cuando acueste a la bimba y baje la persiana, se vea desde Cuenca dónde está Atentamente.

La OL va fenomenal: llamo al señor vinilo. Es joven, amable, escucha pacientemente las dos acciones, toma medidas, me asegura que va a quedar genial. Su cara me resulta familiar, y como me siento poderosa por la envergadura de la operación, le cuento:

  • Pues el caso es que tu cara me suena…
  • Y a mí la tuya también.
  • ¡Anda! ¿Y de qué puede ser? ¿Vas a yoga? ¿Compras en el Gadis? ¿Eres runner?
  • Soy torero 〈sic〉.

Mientras le despido con una ovación, pienso en las cosas extraordinarias que suceden en la tiendita, y espero, por la cuenta que me trae, que se haga la luz antes de que vuelvan las parlanchinas. Van a flipar cuando vean a lo lejos el vinilo ribeteado, todo de bombillitas, de grana y oro.

Herencias

Yo nunca había tenido un negocio. Ni conocí a mi abuelo Sergio. Pero de él debo de haber heredado una habilidad natural para lo precioso. Mi abuelo tenía una tienda de tejidos, en un lugar de la Mancha. Él solito se ocupaba de buscar proveedores, colocar las piezas, manejarse con los paños de doble ancho, medir metros de tiras bordadas, llevar las cuentas, y atender exquisitamente a cada persona que entraba en su tiendecica. Una vez, sería verano, hizo para sus clientas unos paipáis de papel, como cortesía. Lo imagino acodado en el mostrador, apremiado por facturas, las penurias, el calor, pero sonriendo generosamente cada vez que se abría la puerta:

  • Buenas tardes, Nati.
  • Nos dé Dios, Sergio. Busco tela para coserme un vestido. Algo sencillico.
  • Claro. Pues precisamente acaba de llegarme de Barcelona una franela muy buena. Se la enseño.

Invoco a mi abuelo mientras hablo con la corriente atenta: vienen a la tiendita hipnotizadas por las cosas bonitas que comparto en las redes sociales, con ganas de comprar, y también de conversar. Y yo, que también tengo pedidos que hacer, correos que responder, llamadas por contestar —”¿Es MRW“?, lo dejo todo para disfrutar de Atentamente como si yo misma fuera clienta:

  • ¿Dónde tienes las cosas nuevas de Italia?
  • Mira, ¡mira! Son pliegos ilustrados, son postales con faros, cuadernos para mirar las estrellas.
  • ¡¿Pero y cómo aguantas tanta maravilla?!
  • Ya. Llevo toda la semana con dolor de barriga, como cuando te enamoras. Mira este papel. Se llama Pietro vuole volare.
  • ¡Ohhhh!

Se marchan los atentos, dichosos con sus joyas de papel. Que me recuerdan al paipai:

  • Tenga, Nati, una cortesía.
  • ¿Un abanico de papel?
  • Y da muy buen aire.

Abuela Nati lo guardó entre sus joyas. También mi madre. Y yo fui suertuda heredando de abuelo su gusto por lo precioso. Ojalá herede también su paipai de papel.

Italiano para papeleras

Yo entonces no dimensionaba. Entré en la Escuela de Idiomas despreocupada sin saber de lo solemne del asunto. La secretaria me ofreció dos sobres de matrícula para elegir: “¿Alemán o Italiano?” El idioma entonces era lo de menos; yo solo quería hacer algo que no fuera útil, que me distrajera, ¡ey!, a lo mejor hasta ligaba y limpiaba la mancha de mora. Allí pasé seis años indimenticabili.

Conforme iba aprendiendo la lengua, viajaba a Italia para chequear los progresos dal vivo: fui a Siena a dar unas clases ¡con el presente de indicativo!; me perdí pedaleando la Toscana por no tener claro destra-sinistra-dietro-davanti; hice mi ascolto más emocionante en misa de Reyes, en San Marcos, en Venecia; y ya, con subjuntivos, alquilé mi propia macchina para viajar por Cinque Terre y hasta cabrearme por las multas —cazzo— de aparcamiento.

Siendo papelera, las clases se complicaron, los viajes. A cambio, llegó una tiendita pequeña y bonita, y la llamé bimba, porque es eso, una niña de papel a la que le gustan los cuadernos, las ilustraciones, los rotus, el papel, sobre todo si es italiano.

Correos electrónicos, hace unos días:

  • In English:Hola! Soy la propietaria de un pequeño estudio de diseño, hacemos cuadernos, postales y papel ilustrado, vivimos en el norte de Italia y he encontrado Atentamente navegando por la red. Me gustaría mostrarte nuestro catálogo, por si te interesa.
  • In italiano: Hola! Muchas gracias por pensar en Atentamente. Vuestros productos son verdaderamente maravillosos. ¿Me puedes enviar el catálogo y condiciones de venta?
  • Ma chè bello che parli l’italiano così bene!

No tenía remota idea cuando elegía idioma en la escuela; no lo sabía cada vez que usaba el presente de indicativo en Siena; ni intuía nada de nada escuchando el órgano de San Marcos con los ojos cerrados… Pero ahora lo veo todo claro y precioso: lo que hacía aquel día era matricularme en italiano. Para papeleras.

 

 

Poesía y prosa del edén

“Si es que además está todo tan cuidado, tan ordenado, lo bien que huele…”

La papelera sonríe, cruza las piernas con gracia, descansa la cabeza sobre la palma de su mano y asiente, como si la tiendita fuera, efectivamente, un edén de papel.

<Dos horas antes>

  • Estooo, papelera, nada, que el fregaderero está atascadísimo. Debe ser que de tanto lavar los peces, pues que se ha petao.

Cuando me proponen el taller de Gyotaku sólo me quedo con lo poético que sería aprender esta técnica de estampación ancestral, usada por los pescadores japoneses para preservar el alma de los peces. “Qué cosa más bonita y cómo lo vamos a petar.” Y vaya si lo petamos; empezando por el fregadero. Porque el fregadero no es poético, es prosaico, su único cometido es tragar, y yo entiendo que estar toda la vida tragando, incluso para un fregadero, es muy chungo. Así que justo ese día, el fregadero, ¡hagamos locuras! decide no tragar ni una agüita más. Y ahí está la pescadera papelera trasvasando agua: del fregadero al barreño, del barreño al cubo, del cubo a la calle. También es prosaico el olor, esa frangancia intensa, ese inconfundible aroma, a sardina. Los clientes, al entrar en la tiendita, lo omiten porque son atentos, pero yo les veo dar un leve respingo porque no aprecian la canela ni el jengibre habitual, y sí en cambio, el pulpito y la trucha. Y anda que no es prosaico entrar al taller y encontrarse 3 kilos de peces churreteados en tinta china. Es prosaico y es una guarrada: al contenedor.

Pero, ¿para qué se inventaron los Mister Proper olor a limón, las barritas de incienso y las bolsas de basura? Pues para hacerme la vida más fácil, ofrecer talleres poéticos, y descansar, dos horas de repulimiento después, en el edén.