Los cambios

Los cambios son bonitos, son necesarios, útiles, buenos. Tú te crees que es mejor estar sin cambios, —virgencita, virgencita, que me quede como estoy—, que si la cosa no cambia, es que todo está en orden, que todo está bien. O puedes intuir que, seguramente, estarías muchísimo mejor con un buen cambio pero, ¿cuándo es buen momento para cambiarlo todo? Da mucha pereza. Y da mucho miedo. A veces, preferimos estar mal y aparentemente estables, que bien y con cambios. A veces, hasta lo elegimos. Puede ocurrir que cambies y estés mal, porque el beneficio del cambio lo notas luego, cuando lo has colocado, cuando ha encontrado su sitio. Entonces, un día, cuando ya estás bien, miras para atrás y piensas: “Aaah, osea, que el cambio era para todo esto. Si lo llego a saber, hubiera penado menos.” Pero eso se sabe luego. Después del cambio.

Puestos a hacer cambios, que sean en otoño: se cambian los armarios, se cambian los horarios, los peinados, las rutinas, se cambia hasta el vocabulario: dejaremos de usar la palabra chancla. Cloro. Sandía. Sudor. Y nos entra una nostalgia rara hasta que nos adaptamos al cambio, y volvemos a sentirnos cómodos al pronunciar membrillo. Hojarasca. Mantita. Calor.

Se me dan bien los cambios: he cambiado de corte de pelo, de casas, de trabajo, de ciudad, de amigos, de amor. Se me dan bien los cambios salvo uno. Hay uno que me mata, y me supera, y hasta he pedido ayuda para que me expliquen cómo afrontarlo bien. Pero nada, tres años después, sigo sin hacerme con él.

  • Son 6,90.
  • Pues te tengo que pagar con un billete de 50.
  • Sin problema.

(Quiticlink. Se abre la caja de monedas)

  • Oh, cielos. ¿Pero cómo es posible? ¿Qué esté? ¿Otra vez? ¡Sin cambiooos!
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El chungo, el guay, y el de verdad

El cuento chungo: vuelvo después del finde a la tiendita. Muchísimo sueño. Bostezo hacia el atelier a dejar el bols… ¿Qué es ese hueco del techo? Clonc. Parece… Clonc. ¿una gotera? Clonc. ¡Una goteraaaaaa! Una gotera en una papelería es el apocalipsis, el descrédito, ES el fin. Ya oigo los comentarios: “El caso es que era muy bonita, pero tuvo que cerrarla porque se mojó toda.” Pues a ver qué hago yo con tanto stock. Puedo poner unas banderolas de scrap en el escaparate: “Liquidamos que nos ahogamos.” Pero no, la corriente atenta no es tonta, y no vendrá porque a ver quién quiere comprar papel reblandecido, cuadernos anegados, láminas salpicadas, clonc, por el chorrazo. Esto es el fin. ¿Los autónomos tenemos paro?

El cuento guay: vuelvo después del finde a la tiendita. Está preciosa. Huele a lavanda. Anda, mira, ha salido una gotera. Qué bien que no sea un chorrazo, sino un leve clonc. Voy a poner una palangana y a llamar al fontanero, que fue muy diligente cuando arregló el vater con delirios de grandeza. Y si para solucionarlo hay que cerrar la tiendita, pues pido al seguro que me indemnice, y con el pastizal, me voy a un país multicolor. ¡Bendita gotera! ¡Gracias por venir a hacerme la vida más fácil!

Y el de verdad: tras el finde, abro la tiendita. Lo primero que veo es una gotera. Entro en pánico. Por suerte, no ha estropeado nada. Pongo una palangana, llamo al seguro, viene el fontanero, aporrea el techo, descubre la fuga, tapa el boquete con un folio y cuatro washis en cada esquina: “Nada, esto en dos horas te lo arreglamos.” Han pasado 15 días de pasapalabra entre el seguro, la comunidad y suputamadre. Y mientras me disculpo con la corriente atenta, “¿tú te crees, la palangana aquí en medio?”, ellos me alivian: “Ni me había fijado. ¿Y el washi también se pega en el techo?  Si es que es genial.”