Pasa, primavera

Cualquier momento es bueno para venir a Atentamente. Aconsejo hacerlo en las mañanas de primavera. Atrás quedan las lanas, la calefacción, que no se escape el calor. Atrás el frío y la niebla, lo gris, lo puff.

Declaro la primavera el día que decido quitarme las medias y no hay vuelta atrás así me congele, que me congelo, y da igual porque aprecio mi terquedad. Lo mismo hago en la tiendita: un día equis, decido dejar la puerta abierta, y que pase lo que la primavera quiera.

Y pasa que los pájaros están parlanchines y se cuentan cosas —”Te invito a mi nido, ¡tengo gusanos!”—; pasa que los jardineros comienzan a cortar el césped del jardín, a remover la tierra, a humedecerla; pasa que oyes silbar a los que andan en bici, clen, clen, clen, por la acera apavesada; pasan mil veces las niñas que miran el escaparate —”Miiira, es la tienda bonita, ¡esos sellos de ratoncitos, muerooo!”—.

Y descalza, desde el atelier… pasa la bimba, con su tutú amarillo—le encanta el tutú— y la camiseta que le pintó la tallerista de pintura textil. Allá va, con una galleta en una mano y papel y lápiz en la otra, de puntillas, hacia el jardín.

  • ¡Hola, bimba!, saluda el jardinero.
  • Ciao! agita la galleta.

Se pasa la mañana trepando, mirando nubes, cogiendo hojas del magnolio, contando flores, una, due, trè, dibujando cosas de bimba.

Y pasa la cartera. Trae una factura —¿ha vuelto el invierno?— y una postal de la corriente atenta —ay, no, que es primavera—. Tumbada en el césped, pregunta la bimba:

  • ¿Te llevas esta carta?
  • ¡Claro!

A mediodía vuelve a la tiendita, con hojas en los rizos y el tutú manchado de tierra.

  • ¿Qué has hecho, bimba?
  • Dibujar una carta.
  • Eso está muy bien. ¿Y a quién?
  • A la primavera.
  • ¿Y qué le has dicho?
  • Que se quede.

 

 

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La maravillosa historia de niña guitarra y niña caracol

Esta es la historia de dos niñas. Una de piel blanca y otra negra, una con guitarra a la espalda y otra, con caracolitos en el pelo. Dos niñas de ojos curiosos. Dos niñas que no hablan; ¡exclaman! Dos niñas que, de camino a su clase de música de los miércoles, deciden una tarde entrar en la tiendita de papel.

  • ¡Hola! ¿Te acuerdas de nosotras?
  • Pues…
  • ¡Te vimos en el mercadillo! —aquel en el que decidí ser feriante—. ¡Qué escaparate más chulo! ¿Podemos entrar?
  • Pues claro.

Empiezan a corretear: “¡Mira, los waaashis! ¡Mi prima tiene cinco! ¿Cuánto cuesta el más barato?”, pregunta como un riff de guitarra la niña guitarra. Trato de contestar, cuando suspira lentamente niña caracol: “Este cuaderno de lunares… ¡Es precioooso! Le voy a decir a mi padre que me dé la paga los miércoles y así…” Interrumpe su amiga: “¡Ven, ven! ¿Has visto los sellos? ¡Pero qué boniiiitos son!”

Les dejo que disfruten descubriendo las cosas atentas, mientras continúo con los pedidos, los correos, la merienda de la bimba… Pero es del todo imposible. Niña guitarra es una melodía de acordes mayores:

  • ¡¿Y esto qué es?!
  • Son siluetas de madera para decorar…
  • ¡Pero son maravillooosas! ¿Y esto?
  • Una plegadora. Se usa para encuadernar, también para plegar…
  • ¡Qué cosa tan bonita! ¿Y esos libros?
  • Son para colorear.
  • ¡OOOOH!

Niña caracol, mientras, sigue abrazada al cuaderno de lunares. Asiente con entusiasmo todo lo que su amiga señala, pero parece tener claro cuál es su cosa atenta más favorita.

  • Oye, ¿qué hora es?
  • Las seis menos cinco.
  • ¡Tenemos que irnos a clase!

Niña caracol dice adiós a su cuaderno, “la paga, le voy a pedir a papá la paga.” Niña guitarra se tropieza con la caja del papel italiano, “Ups, perdón, ¡pero qué papel tan increíble!” Salen de Atentamente agitando fuerte la mano, y todavía, desde el escaparate, se despiden una vez más.

Por ser ya casi de noche, destaca aún más la luz; la luz que desprenden, los miércoles de otoño, niña guitarra, y niña caracol.

Paulocoelhadas las justas

Tardaremos varias generaciones en recuperarnos del destrozo. Del destrozo causado por coachers, pauloscoelhos, y misterwonderfuls. Esto de que puedes ser feliz si te empeñas en perseguir tus sueños caminando de la mano no atrás ni delante sino juntos mirando hacia el infinito que si te caes alégrate que lo importante es levantarse… Qué peña más cansina.

Pues estos mensajes de empecinada felicidad también se filtran en el universo de las manualidades —se dice crafting; lo que sea—. La tiendita de papel no está libre del taladro motivador: hay unos sellos de silicona que estampan mensajes de alta exigencia: “Cada día es una oportunidad para volver a empezar” (sic); washis que nos obligan a que tengamos un día pero que muy feliz; pegatinas — se dice stickers— que recalcan la persona tan-tan-supertán especial que somos. Leo, pasmada, la receta de la vida, impresa en un papel de scrap —nota mental: escribir otra servilleta sobre terminología tónter—: “Ama las cosas bonitas de la vida.”

Personalmente, este Hazte Tú Mismo tu propia felicidad me da un poco de cosa chunga. A veces pienso en el negocio que serían sellos que dijeran: “Puto coñazo; aburres a las ovejas; a la mieeerda!”, porque no es posible, ni sano, ni necesario estar siempre feliz. Y lo dice una papelera que se ha inventado una tienda que es una bimba y que recibe cariño a sacos de la corriente atenta. Pero, ¿qué pasa si tenemos días, semanas, años, la vida entera hecha unos zorros? ¿No se puede hacer un álbum con recuerdos tristes, no hay sellos con las frases que se nos clavan, algún washi con el que pegar nuestras cagadas?

Por fortuna, y para contener el flanco de los cacharros sobrepasados de felicidad, hay también en Atentamente papel discreto, ilustraciones complejas, libros exigentes, y austeros cuadernos en blanco, que nos dejan contarles historias tristes, el barro que somos, nuestras pequeñeces, lo que nos dicte la cabeza, las tripas, y el corazón. Y si aparece algún paulocoelho animándonos con la pandereta… también valen para dar cuadernazos, muy atentos.

Pequeña canción de cuna

Cada día, al acabar el día, repito la misma liturgia: hago el cierre de caja, apago las luces, la música… La bimba me mira cansadita, es tan bebé. “Ya hemos acabado, ha sido un día bonito, ¿has visto cuánta gente ha venido a verte, a hacerte cariños?” Hace un intento por abrir los ojos… pero solo le alcanza para sonreír.

Me cuelgo el bolso, y pienso que tengo que escribirle una canción de cuna, una pequeña nana, para cantarle cada día que duerma feliz, que sueñe con viajar en aviones de papel, que no sienta frío porque el papel abriga, que la pienso de noche y de día, que es la bimba más bonita, la bimba de papel.

Me escucho a mí misma y ya no se puede estar más chorlita: que una cosa es que te mole tu trabajo y otra, ¡hacerle una nana! Pero… le susurraría que se manche los dedos con los colores de las tintas, que aprenda los números con los sellos de madera, que aprecie el olor de las flores de origami y se duerma cada noche mirando los dibujos de su libro favorito. Callandico, cantaría: “Eres la bimba más bonita, bimba de papel.”

Vuelvo al mundo de los seres humanos con una sed horrorosa de cerveza (s). Empujo la puerta rezando para que hoy no quiera significarse, que la tiendita hace rato que duerme. Y cuando bajo la persiana —pppprrrrmm— le doy un beso, y una caricia, y le canturreo al oído, persiana mediante, que sueñe con papeles preciosos, la bimba más bonita, mi bimba de papel.

Escribir atentamente

– Que no pasa naaada.

– Es que no sé… Hay gente que está esperando a que llegue el viernes para leerla.

– Di que sí: aguardan a Juan José Millás, a Enric González, y luego a ti y tu servilleta.

– Bueno, vale, pero es que para mí escribir es cosa de mucha responsabilidad: primero, pensar, que eso cansa; después, saber contar, y al final -y al principio, y en medio- corregir: dejar que el texto se enfríe, mirarlo de lejos, regresar a él con palabras nuevas… Leo la servilleta en alto, esta expresión aquí no, mejor allí; pongo una coma, la quito, la vuelvo a poner…

Jamía, esto más que La Servilleta parece La Odisea.

– Lo que quiero decir es que, porque la lectura es fluida y amena, parece que está chupao, pero la verdad es que la escritura es densa. Hay gente que escribe superbién y superrápido. Yo, en cambio, escribo como puedo, y muy muy lento.

– Ahí le has dao, escritora atormentada. ¿Lo has comentado con Vargas Llosa, a ver qué opina?

– Y luego, que hay semanas en las que tengo la atención en otras cosas, y voy corriendo detrás de los días, y no quiero contar siempre las mismas historias, y todo lo que se me ocurren son memeces, y busco la manera de meterme en las matrioskas del escritorio.

– Dostoievski a tu lado era un feliciano, nena. A ver: ¿esto lo haces por gusto?

– Sí.

– ¿Y te pagan por ello?

– Pues claro. Que no.

– Entonces, si lo haces per piacere, cuando no se te ocurra nada, pues no escribas nada.

– ¿Ein?

– Prueba.

– ¿A quedarme callada?

– Sí. Deja de escribir.

 

 

 

 

– ¿Qué tal?

– Pues que sí, que no ocurre absolutamente nada si una semana no escribo. Que la servilleta es una cortesía que me gusta regalar, y que las personas que la leen merecen pequeñas historias nacidas de la risa, la rabia, la perplejidad. Merecen una servilleta que esté escrita…

– ¿Atentamente?

– ¡Eso!

Man atento

A ver. Que yo aprecio muchísimo a las clientas atentas. Me río con ellas, me inspiran, proponen cosas con criterio y chaladuras, dejan sacos de alegría en la tiendita de papel.

Me encantan las mujeres que llegan solas o en aluvión; las que vienen “porque una amiga me ha dicho que tenía que ver tu tienda”; las mamás con carrito, las mamás con niña y Aspitos, las abuelas, las señoras con abrigo, las chavalas maqueadas, las de uñas mediopintadas; las que escapan un momento de su guardia porque están a punto de recetar washitape a sus pacientes; las que aprovechan el recreo para comprar cinta de doble cara; las parejas que se regalan lápices y caricias… Me encantan las mujeres atentas.

Pero a ver. Un hombre, un varón, que aparezca algún man atento, pordiosbendito. Porque, si tacho al propietario, a los repartidores, al abuelo atento, a mis hermanos y primos, a los amigos con alianza o hipoteca o bambinos… Esto es una aburrición. ¡Si hasta el cartero ES cartera!

Y, claro, varón que entra, confeti que le arrojo: hace unos meses vino un amigo-alianza acompañado por otro amigo. Un tiazo. Aparece al día siguiente el tiazo, y le preparo hasta un volluto. No ha vuelto. Tampoco ha vuelto B. el erudito, quizás porque si le escribo servilletas, no hace falta mucha hermenéutica para concluir que estoy pa que me encierren. El último ha sido un mozo que quería hacer ¡el taller de carvado de sellos! Ya me estaba arrodillando para besarle los pies, cuando: “¿El día 28? Ay, ese día no puedo, es nuestro aniversario y preparo la cena a mi chica. Rissotto al funghi.” Le dije que lloraba porque mi abuela era parmesana y nos hacía rissotto todos los domingos…

Porque, a ver, yo me pregunto: ¿acaso capitalizo el paro, sudo la gota gorda con las estanterías de Ikea, hago, borro y vuelvo a hacer inventario, me invento Atentamente sin tener idea de si el papel da para pagar el alquiler, las birras, las multas… Monto, en fin, todo este cristo para ligar??? Por supuesto que no, yo me contesto… mientras recorto y pego un nuevo cartel:

“Papelera chiflada

 man atento

busca”.

 

Pequeño cuento de navidad

Llega una chica a Atentamente. Pasea tranquila entre troqueles y washis, mientras juguetea con medio folio, arrugado, entre las manos. Al marchar, comenta: “Te sigo por instagram desde Barcelona, he venido a pasar las fiestas con mi familia, y solo quería que supieras que tienes una tienda preciosa.”

Un chico mira desde fuera y comprueba algo en una hoja. Mira el escaparate. Mira la hoja. Entra. “Vivo aquí al lado, y la verdad es que no te había visto hasta ahora. Vengo porque mi chica dice que es la tienda más bonita de la ciudad.”

“Pues es que me habían dicho que viniera, que viniera y que viniera”, insiste una chavala lindísima. Guarda un flyer en el bolso, y da unas vueltas suspiradas por la tienda.

Entran discutiendo:

  • Si ya sabía yo que era aquí.
  • Claro, después de leer el papel 20 veces.
  • Lo leo porque no soy cegata como…
  • Como nadie. Calla y tira padentro.

Parece que se les pasa la bronca mirando las postales antiguas. Se buscan la mano frente al pupitre rural, y al reflejarse en el espejo de la abuela, se miran… y se acarician.

Se marchan agarrados de la mano –“¡Que tengas mucha suerte!”-, cuando veo su papel tirado en el suelo, frente al pupitre. Salgo al encuentro de los reconciliados –quéfríííío-, pero ya no están. Así que, lo guardo en el bolsillo mientras apago las lámparas, la calefacción, la música, me preparo para cerrar.

Entonces, noto el calorcito. ¿Es el papel? Es el papel, que, como los buenos recuerdos, también abriga.

Y dice el papel -el flyer, la hoja, el trozo de folio: “Y esto os servirá de señal: encontraréis una tienda que es una bimba preciosa…  envuelta en papeles.”

 

Imperfecto y bonito

– ¡Lo que tú eres es una currrsi!

– ¿Cursi, yo? ¡Habló el afrancesado!

– Una cursi que huele a colonia de bebé, se pasa las horas venerando papeles, acariciando sellos, ¡de rodillas frente a un mueble de cartón con ceeelos!

– ¡Se llama washi tape, asno!

Salgo de puntillas del baño, porque la tiendita de papel y el atelier están teniendo tremenda bronca. Me hundo en el ordenador, como que a hacer pedidos, pero con la antena puesta en la primera crisis de la pareja atenta.

– Lo que no entiendo es que, llamándote atelier, no te cuides un poco más, que estás siempre potroso perdío.

– Es que mademoiselle lacitos hubiera preferido un quirófano, ya lo sé. Pero te tocó un taller, y un taller ES desordenado, sucio, cuanta más mugre, mejor taller. Si, ¡además!, me has vestido como te ha dao la gana, con cortinas de saco…

– De arpillera.

– Lo que sea.

“Querida lou, te escribo porque necesitaba una cortina de arpillera una mesa de cerezo para la tienda…”

– Es que me pongo triste cuando todo el mundo te suspira, cuando oigo las cosas preciosas que te dicen, y yo aquí, mientras, acumulando facturas que son papeles feos, cortando cartones recios y grises, aguantando al cansino del váter, que a cada poco le entran delirios de grandeza y empieza a hiperventilar…

– Eso no es cierto. En el taller también ocurren cosas maravillosas: yo doy saltitos cuando retumbas a golpe de martillo y punzón, me perfumas con el té de tardes lluviosas que ofreces en las meriendas, me encanta cómo la gente se ríe contigo, cómo se concentra en el trabajo, y qué emoción mirar sus caras al marcharse, con su álbum, su carpeta, su cuaderno, su sello artesano…

– Pero tengo una forma rara. Soy oscuro. Y del techo me sale un platillo volante.

Lo imperfecto es bonito.

– Tú sí que eres bonita.

– Anda, dame un beso, tonto.

“Ya me dices cuánto tardará en llegar la mesa, lou. Y a la espera de noticias, dame un beso, tonta te saluda, atentamente.”

 

Un cuento atento

Apreciados,

Esta servilleta la escribe pilar, vecina de tierra santa, compañera musical en Las Flemingas, doctora en avutardas, escritora de lunas luneras y letras cascabeleras, mujer jara, madre miel, y amiga queso.

Ha escrito un cuento atento… y me la comería a besos.

Lo leo callandico, sentada en el pupitre rural, que primorosamente restauró para la tiendita de papel.

Es un cuento de reír y de llorar. Es para soñar, bailar y volar. Para leer de felicidad.

Atentamente,

 

La tiendita de papel, por Pilar López Ávila.

Ha llovido toda la noche.

La bicicleta de María evita los charcos para no mojarse las ruedas.

Está a punto de llegar a su tiendita de papel, hay que abrir aunque al papel no le guste el agua, y menos la que viene del cielo, pero a María sí, a ella le gustan la lluvia y las calles mojadas y rodear los charcos con su bicicleta.

El magnolio del jardín inclina sus ramas cuando la ve llegar, a modo de saludo, y se sacude las gotas dejándolas caer sobre las briznas de hierba que han brotado a su pie.

¡Es hora de abrir!

Al entrar, los muebles se colocan en su sitio en menos de lo que dura un suspiro. La vitrina tropieza y está a punto de ocurrir una catástrofe.

María la mira de reojo y finge no darse cuenta.

Como la puerta se ha quedado abierta, el aire fresco aprovecha para entrar.

– ¡Achís!, estornuda la mesa.

Al caracol Jacinto también le gustan los días de lluvia porque avanza más deprisa cuando el suelo está mojado.

Le ha encontrado a su caracola Jacinta un trébol de cuatro hojas y quiere envolverlo con un papel verde yerba y un cordel gris nube, para regalárselo durante la cena a la luz de la luna.

Si sale ahora llegará a tiempo a la tiendita de papel.

¡Tiene que darse prisa!

Se asoma con cuidado, el mirlo estuvo ayer merodeando por el jardín.

Desde su escondite en el tronco del magnolio, decide salir y emprender la marcha.

“Lo malo de ser un caracol -piensa- es que cuando te vas de casa, la casa también se va contigo”.

Mientras tanto, en la tiendita de papel suena Vivaldi.

Las cuatro estaciones: Otoño.

Las hojas de los árboles van cayendo al son de los violines y el arpa anuncia la luz de la mañana.

-¡Tan, tan!

-¿Quién es?

-El cartero…

-¿Hay cartas?

-Cartas no, pero sí un paquete que viene envuelto en papel marrón de estraza.

-¡Por fin llegaron!-exclama María.

De mil formas y colores, los pliegos para hacer flores de papel.

Como es otoño, ya no hay flores en el campo.

La ratita presumida está muy preocupada.

-No tengo ramo ¡y me caso mañana!

-¿Con quién?- pregunta María curiosa.

-¡Con quién va a ser! Con un señor gato muy apuesto y educado.

-Ay ratita, piénsalo bien…

-Es que tiene un maullido que embelesa…

María hace un ramo de flores blancas de papel y lo sujeta con una cinta roja, como el color del lazo que la ratita lleva en la cola.

-¡Qué roedora más presumida!

La ratita se marcha entusiasmada.

No deja de pensar en su noche de bodas.

– ¡Buenos días!

-Pasen hermosas grullas.

-Venimos por lo del taller…

-¡Qué puntualidad! Estamos a punto de empezar.

Qué bellas las grullas, con su gorrito rojo sobre la cabeza y su plumero en la cola.

No paran de hablar mientras confeccionan el álbum de recuerdos del verano.

Un recorte por aquí, una foto por allá, una pluma en esta hoja, un pedazo de aurora boreal para iluminar las páginas…

-¿Y cómo dices que llaman a esto, querida?

Scrapbooking

Las grullas no paran de hablar mientras María les prepara la merienda: galletitas saladas de lombriz de tierra y pastel de bellotas de encinas de las dehesas extremeñas.

– Este verano hicimos una excursión al fiordo de los sueños, allá por las regiones de Escandinavia… en este hueco voy a pegar la foto…

-Pues mis polluelos y yo visitamos un bosque de abedules y comimos estupendamente en las praderas… me traje estas semillas…

Y mientras las grullas desgranan sus recuerdos, a María se le ríe el corazón por dentro.

Las grullas se van como llegaron, felices y alborotando.

En la tiendita de papel entra una niña, es pecosa y pelirroja y lleva el pelo recogido en dos trenzas muy tiesas a ambos lados de la cabeza.

Se dirige a María muy resuelta.

-Tengo los bolsillos llenos de monedas de oro, así que compraré un poco de todo porque voy a hacer una fiesta en Villa Mangaporhombro.

-¿Y cómo te llamas, bonita?- le pregunta María.

-Pippi.

Pippi va metiendo un poco de todo en una bolsa decorada con ratones que comen pasteles: varios pliegos de papel de regalo de copos azules, perforadores pequeños con siluetas de libélulas, tarjetas para poner el nombre de sus amigos, cucharas y tenedores de madera, lápices de color turquesa, clips de madera, cintas de estrellas color malva, washi tape de pájaros, un sello de diente de león, tinta verde limón, papel germinado de brotes de amapola para el caballo, chucherías de arte para el señor Nilson y muchos, muchos confetis.

Al ir a pagar, Pippi saca de los bolsillos unas cuantas monedas de oro que relucen como el sol bajo la lámpara art decó que cuelga del techo.

-Con una bastará- le dice María deslumbrada.

Y la pecosa se despide asegurando que todos sus amigos tendrán un regalo, hasta los piratas de los mares del sur, que también han sido invitados.

La tarde va pasando deliciosamente, los espacios se han llenado con las notas de un acordeón en el que suena un tango otoñal.

Un joven enamorado se para frente al escaparate. No deja de suspirar y se ha quedado mirando fijamente la vieja máquina de escribir alemana Bing Werke.

Con paso indeciso entra en la tiendita de papel.

-¿Qué desea, joven?- le pregunta María atentamente.

-Hacer un regalo de amor.

María le indica que para regalar amor se puede dibujar un corazón en una postal en la que esté escrito, por ejemplo, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero

Aunque el joven no parece hacer caso y solamente suspira y no para de suspirar.

-También tenemos cajitas de cartón para guardar suspiros.

Pero el enamorado descubre en una vitrina las joyas de papel y se imagina a su enamorada con unos pendientes de mariposa.

-Si me hace el favor…- le indica a María con los ojos iluminados.

-Ahora mismo se los envuelvo en suspiros de amor.

Ha entrado como una exhalación.

-¡Cien gramos de pastas de té, por favor!

Eso es casi una exigencia.

-Pero es que aquí no vendemos pastas de té, señor conejo.

-Llego tarde, tarde llego- y mira su reloj.

-Por encima hay una pastelería, al final de la cuesta…

-Gracias. Disculpe. No sé si le he dicho que llego tarde…

Y sale de la tiendita llevándose todo el aire tras de sí.

 

El día ha sido intenso.

Pero es hora de cerrar.

María está feliz, aunque un poco cansada.

En esto que llega, resoplando, el caracol Jacinto.

Caminando lentamente, pero llegué felizmente.

María atiende atentamente al caracol.

Introduce el trébol en un sobre verde como la verde yerba y lo cierra con un cordón gris como las grises nubes de tormenta.

El caracol se marcha tan deprisa como puede.

-He de llegar para la cena.

Ahora sí, la tiendita de papel acaba de cerrar.

Pero a María le queda todavía algo pendiente.

Tiene que invitar a sus amigos a la fiesta de inauguración de la tiendita de papel.

Suena la música de The Carpenters. “Please Mr. Postman, look and see, if there´s a letter in you bag for me”…

María se sienta en el pupitre de madera y escribe:

“Apreciados,

Os participo de la fiesta de inauguración de la tiendita de papel, en la que

disfrutaremos una deliciosa merienda, conversaremos de forma

encantadora, y acabaremos piratas como siempre.

No se precisa etiqueta.

Pero sí pajarita.

Os espero.

Atentamente,

María.”

Ya tiene el cartero tarea para mañana.

La bicicleta sube la empinada cuesta y se pierde entre las calles aún mojadas.

Duerme el magnolio.

La noche es fresca.

María pedalea.

En la mirada lleva una flor.

Y un washi tape en el corazón.

Grotesca 12

En verano -no en este; en el verano verdadero- pido a Vadevintage la silla de dentista en la ahora escribo -definitivamente cómoda, como ya me anticipó L. probándola antes de vendérmela-, una minimesa, y la caja tipográfica. No sé muy bien para qué quiero la caja, para nada útil por supuesto, probablemente sea un ornamento de la tienda, de esos que abrigan.

Cuando llega, compruebo que los huecos de los tipos móviles se ahorman perfectamente a las tintas y los sellos. Me parece hermoso que las cajas altas y bajas, en otro tiempo llenas de piezas de plomo ennegrecido, acojan ahora bicis, brújulas y dientes de león de caucho, que esperan, inmaculados, a mancharse con los colores de las flores.

Aprecio la confección de la caja, en madera humilde y rotunda; entro la mano en el tirador de hierro, desgastado por las veces que se habrá abierto y cerrado apresuradamente para acabar de componer una noticia, o la participación de una boda, o un recordatorio funerario. Y me doy cuenta de que todavía lleva pegado, a la derecha, el nombre de la fuente: grotesca cuerpo 12.

Grotesca 12, grotesca 12. Aguanta el nombrecito. Rendida como estoy ante mi tipografía, Calamity Jane, tan voluptosa y aventurera, la grotesca me observa desafiante, espartana y sin rabitos –serifas, perdón, señora Grotesca-. Y para acabar de arreglarlo, resulta que está emparentada con la familia de palo seco -¡carita del Munch del wasap!-

Le digo:

– Señora Grotesca, acomódese. ¿Le apetecería un té?

– ¿Un té? ¡¿Pero qué birria de sitio es este?! ¡Absenta!

– Claro, claro, absenta…

Mientras voy pensando en una excusa para devolver la caja pimplante, decido saber algo más de esta fuente. Leo que es una tipografía del s. XIX,  que en América se llama Gótica, que se usa particularmente en titulares de periódicos por su cómoda lectura, y que pese a su austeridad también se concede ciertas licencias -absenta aparte-, como un leve saliente en la G mayúscula que asemeja una barbilla, y una g minúscula que recuerda dos barrigas. Barrigas, barbillas… cosquillas.

Comienzo a colocar los sellos en la caja. Se muestra indiferente ante el diente de león, la brújula o la partitura. Pero empieza a sonrojarse cuando coloco el sello de Gatos. Parece que se recompone, cuando paso a las tintas:

– Querida, este pigmento se llama embosinG, se usa para acabados con relieve.

– Aquí te dejo las tintas distress, perfectas para dar un aire vintaGe.

– Aunque las más habituales son las eyecat, ya sabes, ojo… de… ¡GGGato!

Es imposible. Inútil resistirse. No hay grotesca cuerpo 12 que se resista a las cosquillas atentas.