La ganancia emocional

De igual modo que abro y cierro la caja a diario, me fijo mucho en quién es la primera y la última clienta, como si una y otra abarcaran la ganancia emocional del día en la tiendita. Claro que es importante que al final de la jornada la caja atesore pasta gansa; pero en mi balance también hago inventario de personas, porque con sus gestos, sus palabras, la manera amorosa con que miran a la bimba, siempre obtengo un saldo a mi favorcísimo. Entran algunas a mirar, a preguntar, muchas pasan a comprar, y algunas vienen… a mear.

En las tardes de yoga procuro cerrar puntual, para llegar a la cita con el saludo al sol. Estoy haciendo zx y aparece una señora: canas en pelo cardado, rebequita, zapatos anchos, el foulard arrastrando por el suelo. Saludo al sol: adiós:

  • Buenas tardes.
  • Buenas tardes.
  • ¿Tienes baño?
  • Pues… sí.
  • ¿Me permitirías usarlo? Es que he salido a caminar, hace una tarde tan agradable, pero es que veo que no llego a casa.

Mientras indico a la señora el camino al pis feliz, ella admira: “¿Y este banco? ¡Pero si yo estudié en uno igual! ¿Puedo dejar el pañuelo en él?”

Suena la cisterna. Sale la señora, que quiere irse pero se va enganchando, como su foulard:

  • Es que se nota delicadeza, mira lo que has escrito en el espejo, en la pared… Y el escaparate, ¿cómo has pintado esta maravilla?
  • Lo hizo una amiga ilustradora.
  • Qué cosa tan preciosa. ¿Y este boli cuánto cuesta? ¡Si tiene erizos! Me paso otro día que traiga dinero. Hoy solo iba a caminar. Y tú tienes que cerrar. ¡Ay, la mesa con faldillas!
  • (Aquí ya no digo nada. Solo sonrío).
  • ¿Y estas macetas de la puerta? ¡Todo! ¡Es que es todo!

Me precipito en yoga como un Sputnik, maravillada por el cierre de la última clienta. Cierro los ojos, cojo aire, y le dedico mi saludo al sol.

 

 

 

El diezmo de la prosperidad

  • ¡Ya he pillado entradas para el teatro, Ror! ¡Qué guay ir en horario infantil, no?
  • ¿Qué horario infantil? Si el teatro es a las 22.00h.

Saco entradas para ver una obra de mucha risa y pasar un rato con Ror, que es la gracia y el ingenio y la chistorra —porque Ror es ¿de? Exacto—. Todo es perfecto hasta que cometo el error de comprarlas mientras hago multitareas de papelera. No me doy cuenta de que hay dos sesiones, la infantil, y la de Ror. Y ahora: ¿qué hago yo con dos entradas, patio de butacas, pasillo, fila 10?

Un grupo de mujeres salerosas se reúnen en el atelier para hacer postales solidarias a porrillo. Acuden convocadas por la tallerista más fuerte y bella del planeta scrap. El plan es pasar la tarde haciendo postales para regalárselas a niños que las están pasando canutas. Da igual si se conocen o no: ellas se juntan, y ponen generosamente sobre la mesa su tiempo y su papel.

Entre ellas está I., que trae infusiones, “es que sé que te gustan”: té verde y jazmín, manzana y rosa mosqueta, y mi favorita, revoltijo de especias. Me acuerdo de las entradas:

  • ¿Alguien quiere ir al teatro?
  • ¡Yo!, es I.
  • ¡Y yo!, se suma S.

A los días, aparece S. por la tiendita, a explicarme las risas que se echaron, las birritas que después bebieron, la tarde chachi que pasaron sin conocerse. Y sin terminar de hablar, saca del bolso una muñequita sonriente, con la cabeza llena de flores de cerezo, desnuda y con alitas. Es un ángel. La muñequita también.

En yoga, esto se conoce como el diezmo de la prosperidad: si quieres que te vaya bien, dedica algo de tu dinero, de tu tiempo, de ti… a los demás. Y la vida te lo devolverá en forma de té, de teatro, de alitas, de flores, de postales, de amigas, de papel.

La importancia de no llamarse mirto

Entra E. en la tiendita, con bufanda amarilla, katiuskas amarillas, le encanta el amarillo, el papel, la música, la botánica.

  • ¿Sabes que tenemos encendido debate a cuenta de la planta que tienes en la escalera?
  • ¿Del mirto?
  • Creemos que no es mirto.
  • ¿Comor?
  • ¿Le puedo hacer una foto? Y voy a cortar una hoja. Es que no sabemos qué es. Pero mirto, fijo que no.
  • ¿Pero quiééénes?

〈Música dramática. Tipo Chachachachán〉

Me explica E. que invitó a un montón de amigos amarillos a que siguieran Atentamente por las redes sociales, y que cuando publiqué la foto para bienvenir la primavera, el mirto posando en la escalera, saltó la polémica. Mi floristera más favorita me lo vendió en navidad, cuando tenía bolitas rojas, y ya me anticipó que iba a ser difícil que superara el invierno, que es planta de clima cálido, que no olvidara mi mano con la zamioculca, que asesiné hace unos años. “La zamioculca se lo tenía muy creído. Ya verás cómo el mirto arraiga.”

El mirto —que no es miiirto—se ha empapado, se ha helado, lo he recogido del suelo varias veces sacudido por los vientos; esta semana, le ha nevado. Y con estas circunstancias adversas, que cualquiera hubiéramos dicho: “¡Si no sabes ni cómo me llamo! Va a florecer tuputamadre Rita,” llega la primavera, y brota unas hojitas tiernas, unas flores diminutas. Me vuelvo loca de amor por esta planta terca.

〈Clink. Mensaje del feisbuk〉

  • ¡Lo encontré! Tu planta se llama Ugni Molinae. Popularmente murta, murtilla, o uñi. No es autóctona, y la floristera tenía razón: es una mirtácea.

Me envía, además, la foto de una enciclopedia, en la que aprendo que es de hoja perenne, y sus flores, ligeramente péndulas, y anoto mentalmente usar cuanto antes este adjetivo genial.

Salgo a la calle a ver mi mirt ugni molinae, beso sus flores péndulas, le doy las gracias por venir esta primavera, y por querer, terca y decididamente, florecer.

El hombre mÁs aLTo del mundo

Viene a la tiendita el hombre mÁs aLTo del mundo. El que más. Más alto que el Kilimanjaro, ¿he contado alguna vez que he subido el Kilimanjaro?

  • Tenemos digestiones lentas de tanto oírtelo.

Más alto que Tachenko y que Gulliver en Liliput, más que Alicia después de comer el agrandapastel, inmenso como la Montaña de basura de Fraguelrock. Por supuesto, mucho más grande que el representante de Artemio que, hasta ahora, era mi medida de todo lo alto que se puede llegar a ser.

Notas que estás frente al hombre mÁs aLTo del mundo cuando tiene que doblarse como un junco para pasar por debajo de la puerta; cuando, de tan alto, ya es cóncavo; cuando remata de cabeza la lámpara modernista, modo Sergio Ramos minuto 93. Yo, que soy de tamaño casi normal, le miro fascinada. También la bimba, que lo rodea como a la peana del David de Miguel Ángel.

  • ¿Tienes… unas gomas… que son azules, que valen para hacer sellos?
  • ¿Gomas de carvar? Ven que te las enseño.

Con dos zancadas le basta. Retumba un poco la tarima. Se lleva 3000 (vale, un par).

  • ¿Y papel para calcar?
  • ¿Cuántos necesitas?
  • 2000 (bueno, fueron 5).

Corremos bimba y papelera tras él, que ya está en la caja, junqueándose para pagar. Me fijo en sus manos: son las manos de un titán, de Hércules, ¡de San Cristobalón! Se lleva la compra en una bolsa más pequeña que la uña de su dedo meñique, vuelve a doblarse para salir —por eso está cóncavo, pienso, de tanto agacharse: para él, entrar significa la puerta pequeñita del Imaginarium—. Cierra la puerta, brrrrum, la lámpara se tambalea, nos quedamos mudas. Miramos el techo, crriiiiin, se abre una grieta. Y la vamos a dejar. A lo mejor, con un letrero: aquí estuvo el hombre mÁs aLTo del mundo.

Operación Luz

  • ¡Y como volvamos a pasar por aquí y sigas sin luz, te enteras!

En condiciones normales las hubiera mandado al guano con los subtítulos de por dentro de la cabeza, pero estas señoras me dicen las verdades del barquero con tanta gracia, que tomo nota de todas sus vehemencias.

  • Es que tu tienda es preciosa, ¡es como de Centroeuropa! Pero hoy nos la hemos vuelto a pasar, y sabemos que está aquí, perfectamente.

No digo yo que su parlanchineo intenso pueda distraerles hasta el punto de pasarse la tiendita, pero tienen santa razón: Atentamente no se ve —carita que llora, carita que llora, carita que llora del wasap—.

Despliego el operativo Operación Luz. La Operación Luz —en adelante, OL— acomete dos acciones: una, indoor, dirigida a iluminar mi escritorio. Busco las lámparas más bonitas, pido a S. que me sugiera un electricista, y aparece un señor con el pelo lleno de bombillas, vale, eran rizos: “Me he pasado tu tienda. Necesitas luz fuera.” Que es la acción outdoor: instalar un vinilo luminoso para que, por la noche, cuando acueste a la bimba y baje la persiana, se vea desde Cuenca dónde está Atentamente.

La OL va fenomenal: llamo al señor vinilo. Es joven, amable, escucha pacientemente las dos acciones, toma medidas, me asegura que va a quedar genial. Su cara me resulta familiar, y como me siento poderosa por la envergadura de la operación, le cuento:

  • Pues el caso es que tu cara me suena…
  • Y a mí la tuya también.
  • ¡Anda! ¿Y de qué puede ser? ¿Vas a yoga? ¿Compras en el Gadis? ¿Eres runner?
  • Soy torero 〈sic〉.

Mientras le despido con una ovación, pienso en las cosas extraordinarias que suceden en la tiendita, y espero, por la cuenta que me trae, que se haga la luz antes de que vuelvan las parlanchinas. Van a flipar cuando vean a lo lejos el vinilo ribeteado, todo de bombillitas, de grana y oro.

El cuerpo diplomático

Si la bimba nació el 1 de septiembre de 2014 a las 17.00 h., a las 17.15 h. se presentó A. a estrenar la casita del washi tape. Desde entonces es embajadora, y vierte toda su diplomacia en polinizar las maravillas de esta cinta que la estiras y aparecen erizos, jardines botánicos o las fases de la luna. “Aunque mi favorito es el primero que me compré, éste, el de florecitas. Dame otro que siempre lo regalo.”

Antes de comenzar la clase de yoga, coloco discretamente el cartel con la programación de los talleres atentos:

  • ¿Estos son los talleres de marzo?, pregona J., es profe.
  • ¿Qué talleres?, dice P., es compañera de esterilla.
  • ¿Pero no conoces? Explícale, papelera.
  • Es que tengo una papelería y hacemos…
  • ¡Es un templo, tienes que ir a verlo!, responde, el embajador con turbante.

Barro, escribo correos, atiendo las cosas propias de papelera. Una señora contempla el escaparate. Me parece bien; yo también lo hago. Por detrás aparece P., es profe en un cole cercano, muchos recreos los pasa en la tiendita. Regatea a la señora y le abre la puerta:

  • En caso de duda, siempre entrar.

Pone la señora cara de vaya par de chaladas, recorre la tienda con el bolso agarrado y se pira, mientras me orino con la embajadora, que viene a por unos sellos para su siguiente clase: “Ah, y dame unos flyers para el camino.”

Y así, veces y veces. Adonde yo no llego, ahí están los embajadores atentos, un cuerpo diplomático loco y exagerado que habla, comparte, y representa a lo atento con devoción.

A punto de bajar la persiana, la bimba ya en pijama, entra corriendo una clienta. Pide disculpas por las horas, va derecha a por el papel de mimosas, lleva los 2,50 en la mano y se despide: “Gracias por abrirnos Atentamente.” La próxima vez que venga, que no se me olvide entregarle sus credenciales.

 

 

Herencias

Yo nunca había tenido un negocio. Ni conocí a mi abuelo Sergio. Pero de él debo de haber heredado una habilidad natural para lo precioso. Mi abuelo tenía una tienda de tejidos, en un lugar de la Mancha. Él solito se ocupaba de buscar proveedores, colocar las piezas, manejarse con los paños de doble ancho, medir metros de tiras bordadas, llevar las cuentas, y atender exquisitamente a cada persona que entraba en su tiendecica. Una vez, sería verano, hizo para sus clientas unos paipáis de papel, como cortesía. Lo imagino acodado en el mostrador, apremiado por facturas, las penurias, el calor, pero sonriendo generosamente cada vez que se abría la puerta:

  • Buenas tardes, Nati.
  • Nos dé Dios, Sergio. Busco tela para coserme un vestido. Algo sencillico.
  • Claro. Pues precisamente acaba de llegarme de Barcelona una franela muy buena. Se la enseño.

Invoco a mi abuelo mientras hablo con la corriente atenta: vienen a la tiendita hipnotizadas por las cosas bonitas que comparto en las redes sociales, con ganas de comprar, y también de conversar. Y yo, que también tengo pedidos que hacer, correos que responder, llamadas por contestar —”¿Es MRW“?, lo dejo todo para disfrutar de Atentamente como si yo misma fuera clienta:

  • ¿Dónde tienes las cosas nuevas de Italia?
  • Mira, ¡mira! Son pliegos ilustrados, son postales con faros, cuadernos para mirar las estrellas.
  • ¡¿Pero y cómo aguantas tanta maravilla?!
  • Ya. Llevo toda la semana con dolor de barriga, como cuando te enamoras. Mira este papel. Se llama Pietro vuole volare.
  • ¡Ohhhh!

Se marchan los atentos, dichosos con sus joyas de papel. Que me recuerdan al paipai:

  • Tenga, Nati, una cortesía.
  • ¿Un abanico de papel?
  • Y da muy buen aire.

Abuela Nati lo guardó entre sus joyas. También mi madre. Y yo fui suertuda heredando de abuelo su gusto por lo precioso. Ojalá herede también su paipai de papel.

Poesía y prosa del edén

“Si es que además está todo tan cuidado, tan ordenado, lo bien que huele…”

La papelera sonríe, cruza las piernas con gracia, descansa la cabeza sobre la palma de su mano y asiente, como si la tiendita fuera, efectivamente, un edén de papel.

<Dos horas antes>

  • Estooo, papelera, nada, que el fregaderero está atascadísimo. Debe ser que de tanto lavar los peces, pues que se ha petao.

Cuando me proponen el taller de Gyotaku sólo me quedo con lo poético que sería aprender esta técnica de estampación ancestral, usada por los pescadores japoneses para preservar el alma de los peces. “Qué cosa más bonita y cómo lo vamos a petar.” Y vaya si lo petamos; empezando por el fregadero. Porque el fregadero no es poético, es prosaico, su único cometido es tragar, y yo entiendo que estar toda la vida tragando, incluso para un fregadero, es muy chungo. Así que justo ese día, el fregadero, ¡hagamos locuras! decide no tragar ni una agüita más. Y ahí está la pescadera papelera trasvasando agua: del fregadero al barreño, del barreño al cubo, del cubo a la calle. También es prosaico el olor, esa frangancia intensa, ese inconfundible aroma, a sardina. Los clientes, al entrar en la tiendita, lo omiten porque son atentos, pero yo les veo dar un leve respingo porque no aprecian la canela ni el jengibre habitual, y sí en cambio, el pulpito y la trucha. Y anda que no es prosaico entrar al taller y encontrarse 3 kilos de peces churreteados en tinta china. Es prosaico y es una guarrada: al contenedor.

Pero, ¿para qué se inventaron los Mister Proper olor a limón, las barritas de incienso y las bolsas de basura? Pues para hacerme la vida más fácil, ofrecer talleres poéticos, y descansar, dos horas de repulimiento después, en el edén.

 

Una servilleta para I.

Cuadernos de florecitas: 6; planificadores de erizos: 3; gomitas de borrar: 70; washis: ¿cuáles sí y cuáles no? Rebufa la papelera frente a la logística del mercadillo navideño al que acude este puente. ¿Agendas No me da la vida?: Todas. A mí tampoco. Imposible escribir esta semana la servilleta. Imposible de toda imposibilidad.

Corre que suena el teléfono:

  • ¿Es MRW?
  • ¡Noooooo! Pues deben haber cambiado de número porque esto ya es otro negocio. Nada, nada, suputamadre no pasa nada.

Llega el pedido de Artemio: dos cajazas llenas de troqueladoras de renos, pincitas de calcetines, maderitas de copos de nieve impacientes por ser inventariadas. Nada, servilleta del alma querida, hoy no vas a poder ser.

¿Y este catarro que se me ha colado desde que me corté los pelos? Me rota como de oreja a oreja. Ya lo avisó la profe de yoga: “Estás muy guapa con el pelo corto, pero te has cargado todo tu cuerpo radiante.” Y así es. Yo ahora veo una servilleta, y me sueno con ella.

Entonces aparece I., que es clienta atenta de pelo corto y perfume amable:

  • ¿Oye, a ti no se te cuela el catarro por las orejas?
  • ¿Pero qué dices, papelera? Toma, te traigo esto.

Deshago el lazo, abro el paquete, y aparecen un montón de tes de nombres turcos. “Me los trae mi hermano, que vive allí. Como tú hablas siempre del té, pensé que te gustaría. Nada, es solo un detalle, para los talleres. Por cierto: que me encanta leer tu servilleta.”

Pause: a ver, papelera: ¿I. que te trae tes, que te presta taburetes para cuando los talleres lo petan, que un día te regaló un collar porque decía que se acordó de ti al verlo, que te propuso lo de las postales de navidad solidarias? ¿I. que trabaja igual que tú, y se constipa como tú? Ya estás abriendo el wordpress.

Tengo una clienta de pelo corto y perfume amable…

 

 

 

Los valientes con paraguas

Reina la felicidad en las casas con braseros. La inventora del brasero seguro que es santa y está en el cielo, bailando entre las nubes con los pies calentitos. Porque seguro que en las nubes hay braseros. Y mira que por el atelier pasa una tubería que lleva calorcito al edificio, y que el papel abriga, y que el frío es bueno para el cutis, y… que cuánto echo de menos un brasero. Así deliro en estos días de mucho meteoro chungo mientras abrazo un té, me arrimo al radiador, y visualizo una jornada solitaria, porque entiendo que nadie en sus cabales vendrá hoy a la tiendita, con este día de mierda desapacible que hace.

Papelera de poca fe. Se abre la puerta, me giro ante el milagro, y los valientes con paraguas comienzan a aparecer. Entra un matrimonio mayor en busca de papeles italianos. Él va a confeccionar cajas y carpetas para tooooodos sus nietos; ella, a dar su visto bueno. Discuten como si estuvieran en el salón de su hogar, me muerdo la lengua para no preguntarles si tienen brasero, me hacen reír, se marchan satisfechos.

Patapún. ¿La puerta otra vez? Dos chicos: “Mira, esta es la papelería que te dije, es que hay unas cosas superchulas.” Me maravillo: ¡dos chicos con ojos! Pasean, preguntan, y se llevan sendos librinos con chapa. Me encanta poder decir sendos y me encanta el de barba.

Esperando a que salgan los guapos está una mujer. Entra, y pide ayuda: quiere hacer un regalo a su hija, no entiendo bien si por su cumple o para Reyes, porque empieza a subirme como una fiebre. Con la que está cayendo, ¡cuántos de ellos!

Acaba el día con el suelo churretoso de pisadas mojadas y hojas de sauces. Cojo la bolsa de yoga, bajo la persiana, y pienso dedicar la clase entera a la corriente atenta, que no entiende de meteoros, es valiente, y confía siempre en el papel.