Haciéndote la papelería más fácil

“Voy a hacer un recado rápido. Vuelvo ídem. Atentamente : )”

Dejo pegado el letrero con washi en la puerta de la tiendita, y salgo pitando hacia una empresa de mensajería de nombre ficticio digamos Seúl. Me avisan de que han intentado entregarme un pedido a las 15.45, y que estaba ausente. ¡Hay que ser descarada: a quién se le ocurre cerrar para comer?

En condiciones normales, hubiera esperado a que me lo entregaran al día siguiente. Pero en condiciones paranormales, preciso el pedido para ya: contiene 150 bolsas que S. me pidió con la carita de agobio con gotita del wasap: “Son para meter los regalos de los invitados para una boda… que es este finde.” Sonrío, la tranquilizo, le aseguro que sus bolsas estarán a tiempo, y se marcha superfeliz. “Hemos venido a hacer la papelería más fácil”, me digo agarrada al volante de la macchina, y si hay que ir a Seúl, se va.

En Seúl me comentan que el bulto está aún en la furgoneta, que hasta última hora de la tarde no regresará el repartidor, que sólo hace un intento de entrega, que vuelva más tarde. Le digo gracias muy amable mientras por los subtítulos de por dentro de la cabeza mecagoensuputamadre me enojo.

Regreso a toda castaña a la tiendita pensando si tendré en casa 150 bolsas de Zara que puedan valer a la atenta. Ya descuelgo el teléfono para darle la malísima noticia cuando se abre la puerta:

  • Hola, papelera.
  • ¡Seúúúl!
  • Vine antes pero no estabas.
  • ¡Pero si ya sabes que tengo la manía de cerrar para comer!
  • Que sí, mujer. ¿Dónde te dejo esta caja?
  • En mis brazos.

Y me quedo pensando en todo lo que he penado para conseguir estas bolsas. Y todo se me olvida cuando se las lleva S. Y todo tiene sentido porque ¿a qué hemos venido? A hacernos la papelería, la mensajería, la vida, más fácil.

Las alegrías, a voces

 Atentamente está cerquita de muchos coles: por las mañanas y a mediodía, una legión apresurada de padres dejan y recogen a sus bambinos. Habitualmente van con demasiada prisa como para entrar en la tiendita —con gran acierto, en mi plan de empresa, destaqué su ubicación como ventaja estratégica, pero no pensé en “¡Que te montes en el coche pero yaaa!”—

En estos mediodías exigentes de calor, grandes y pequeños parecen cansados de correr todo el año, y se conceden una tregua: charlan los mayores de sus planes de verano; los pequeños pululan por el jardín, corretean, saltan, se emplean en ser niños. Uno se arrima al escaparate, mete la cabeza, “¡Javieeer, que nos vamos!”, y se va.

A los días, entran niño y mamá. “¡Mira, mami! ¡Una goma que es un gorila! ¿Me la regalas para mi cumple? Yo me sorprendo, ¡te lo prometo! Suena el móvil de la madre:

  • Hola, cariño, sí, en la papelería. Cogemos el pan y vamos a casa.

Hoy es el padre quien viene a recogerlo. Como tantos, se afana por encontrar un sitio donde malaparcar. Yo me solidarizo con todo el que aparca en zonas dudosas y alegales. A punto de alunizar, frena justo delante del escaparate:

  • ¿Te importa? Es un momento.
  • Pues claro.

Vuelven al rato. El padre se mete en el coche y el niño, en la tiendita:

  • ¡Hola!
  • ¿Has estrenado tu goma?
  • ¡Sííí! Y me gusta también este boli de erizos, porque me gustan los erizos.
  • Porque son muy chulos.
  • ¿A qué hora te vas?
  • A las dos.
  • ¿Y cuánto falta?
  • ¡Javieeer!

Pasan los días, pasan los mediodías, se abre la puerta:

  • ¿Sabes?
  • Dime, Javier.
  • ¡¡Que me queda una semana para las vacaciones!!

Y lo dice con los ojos, con los brazos, a voces, superfeliz. Me contagio de su alegría, le doy un aplauso, se lo cuento a la bimba, aplaude también ella, y sigue pintando, un ventilador.

 

El qué y el quién

Escribo servilletas tras un ejercicio de autoexploración, hondo y comprometido, en la búsqueda de una voz genuina, necesaria, trascendente.

  • ¡Sigue, Immanuel Kant, queremos saberlo todo!

Vale. Escribo servilletas con el atropello habitual del emprendimiento y la chaladura natural de mi persona humana. Atrás queda la prehistoria atenta en la que podía escribir en el sofá de mi hogar de ladrillo, reposando cada palabra, valorando la importancia de esta coma, cambiando el orden de las frases, releyendo sin prisa.

Hay días en los que ni siquiera sé muy bien qué contar: he hablado de MRW, de los telefónicos, de que subí al Kilimanjaro, de la bimba, de sus  abuelos, de que hago yoga y bebo birras, en perfecto equilibrio de prana y apana. No tengo claro si esto servirá para el SEO,

  • ¿Qué es el SEO?
  • Que tus redes y tu blog sean tan guays que Google te ame y te recupere en primera posición.
  • Qué hermoso.

pero me gustan estas historias pequeñas. Además, el momento en que descubro el hilo por el que viene la nueva servilleta, doy palmitas, digo bieeeen, y disfruto mucho de la escritura aturullada.

Sí tengo, en cambio, muy claro el quién: escribo servilletas pensando en la corriente atenta, que las espera cada viernes o que se pone al día leyéndolas de cuatro en cuatro; la corriente atenta que me inspira historias, que sonríe con mis ocurrencias, que se emociona también. Y que las lee around the world: una de las cosas buenas que tiene el putowordpress procesador del blog es que te dice desde dónde te leen. A mí me maravilla saber que hay gente en Bolivia, Bélgica, Irlanda, México, Grecia, ¿Filipinas? que lee las cosas que cuento. Por eso no descarto, sé que va a pasar, que algún día se abra la puerta de la tiendita y se oiga: “Soy el de Filipinas. Me encanta la servilleta.”

Palabras dedicadas

De mi comunión, recuerdo el juego Enredos, la paella, mi careto de chinada en las fotos del recordatorio porque mi madre se empeñó en peinarme —”yo te peino, nena, dame una horquilla, cógela, dámela otra vez, ¿hay laca? Voy a por laca al súper”— y el libro de firmas. Aún lo conservo: era de tapas duras y nacaradas, con una niña rezando en la portada. Claramente no era yo. Iba superbién peinada.

Estos días vienen mayores buscando regalos para la comunión de sus pequeños. Una mamá y su hermana rodean la tiendita al tiempo que van encargando a lo loco: “De estas cajas, 9; de esos sellos, pon 3 de corazón, 3 de gatito y 3 que a ti te gusten, sí, claro, con sus respectivas tintas; de los carteles de madera, me llevo cuatro, ya pensaré para qué, y bolsas para chuches, 50.”

Me cuenta una chica que se ha escapado a la hora del café para comprar un detalle a la niña de una compañera de trabajo. Me cae bien esa niña porque ha pedido un cuaderno. Envuelvo para regalo uno de perritos que pasean sin prisa. Ella se marcha volando.

Frena un coche a la puerta. Entra una mujer azorada:

  • Necesito sobres color crema para estos recordatorios.
  • Claro. ¿Cuántos necesitas?
  • 100.
  • Lo siento, pero sólo tengo 44.
  • Vale, me los llevo, y me pides el resto. ¿Para cuándo estarán?

Llega el tíobueno. El tíobueno, su nombre lo anuncia, es un cliente de toma pan, que yo sé que viene a pedirme un morreo, y él disimula con no sé qué de un álbum para su sobrino. Se lleva uno en color kraft, y le estampo un beso, vale, un sello, en la bolsa de la tiendita.

Mi álbum nácar atesoraba hermosas firmas de las poquitas personas que vinieron a comer paella. Y aunque los mayores siguen ajetreados, en busca de la laca, me gusta comprobar cuánto les sigue importando dar con el papel que les dé sosiego, para dedicar palabras a sus pequeños.

 

 

Pasa, primavera

Cualquier momento es bueno para venir a Atentamente. Aconsejo hacerlo en las mañanas de primavera. Atrás quedan las lanas, la calefacción, que no se escape el calor. Atrás el frío y la niebla, lo gris, lo puff.

Declaro la primavera el día que decido quitarme las medias y no hay vuelta atrás así me congele, que me congelo, y da igual porque aprecio mi terquedad. Lo mismo hago en la tiendita: un día equis, decido dejar la puerta abierta, y que pase lo que la primavera quiera.

Y pasa que los pájaros están parlanchines y se cuentan cosas —”Te invito a mi nido, ¡tengo gusanos!”—; pasa que los jardineros comienzan a cortar el césped del jardín, a remover la tierra, a humedecerla; pasa que oyes silbar a los que andan en bici, clen, clen, clen, por la acera apavesada; pasan mil veces las niñas que miran el escaparate —”Miiira, es la tienda bonita, ¡esos sellos de ratoncitos, muerooo!”—.

Y descalza, desde el atelier… pasa la bimba, con su tutú amarillo—le encanta el tutú— y la camiseta que le pintó la tallerista de pintura textil. Allá va, con una galleta en una mano y papel y lápiz en la otra, de puntillas, hacia el jardín.

  • ¡Hola, bimba!, saluda el jardinero.
  • Ciao! agita la galleta.

Se pasa la mañana trepando, mirando nubes, cogiendo hojas del magnolio, contando flores, una, due, trè, dibujando cosas de bimba.

Y pasa la cartera. Trae una factura —¿ha vuelto el invierno?— y una postal de la corriente atenta —ay, no, que es primavera—. Tumbada en el césped, pregunta la bimba:

  • ¿Te llevas esta carta?
  • ¡Claro!

A mediodía vuelve a la tiendita, con hojas en los rizos y el tutú manchado de tierra.

  • ¿Qué has hecho, bimba?
  • Dibujar una carta.
  • Eso está muy bien. ¿Y a quién?
  • A la primavera.
  • ¿Y qué le has dicho?
  • Que se quede.

 

 

Atenta de fábrica

Me cuenta una clienta que ha pasado unos días en una ciudad muy grande y cosmopolita, con tiendas muy grandes y cosmopolitas, y que en una de ellas se acordó de esta humilde papelera.

  • Pero qué pedante eres. Cuéntalo sin haberte tragado a Góngora.

Dice M. que encontró por casualidad una papelería con taller, un Atentamente enooorme, de dos plantas, y montones de cosas bonitas. Y dice que le atendieron de muy bruscas maneras, y aunque compró un sello, no lo piensa usar, que le da mal rollo:

  • Me acordé de ti, que siempre sonríes.
  • Tendría mal día la chiqueta.
  • Qué va. Venía así de fábrica. Anda, ponme este sello.
  • Llévatelo mejor el sábado, que como vienes al taller, tienes descuento.
  • ¿Ves? Es que así, sí.

Siento compasión por mi homóloga papelera: a veces se hace muy cuesta arriba atender con levedad sin sentir el peso de las facturas; responder suavemente aunque te duela la cabeza, la espalda, el corazón; saludar con alegría al cliente que entra justo cuando acabas de apagar el ordenador. Sí, la atención al público es exigente. Pero haber elegido monasterio, de clausura.

Yo creo que juego con ventaja: soy atenta de fábrica, es mi superpoder. Sonrío de forma natural, me brota solo el entusiasmo, escucho con atención las historias de la corriente atenta, me gusta preparar el té para el taller. Como decía un compañero de mi vida anterior: “Tía, es que tienes un feedback cojonudo.” Claro que tengo días cansados, aburridos, tristes, muy tristes, pero no se me ocurre espetárselo a los atentos, ellos vienen a mi casa a disfrutar del papel. Además, siempre me lo ponen fácil —vale, ahí estuvo regalobajona. Que, por supuesto, volvió a por dos bolsas más, por si se rompía la del envoltorio.—

Se marcha M., tan sonriente. Y pienso que, al final, la atención al público es mutua, fluye de papelera a corriente atenta, y vuelta.

 

 

Regalobajona y su antídoto

Envuelvo el regalo en papel de seda,

  •  ¿No sería mejor en tres paquetitos distintos?
  • Cómo no.

Los coloco en la bolsa,

  • ¿No la tienes más grande?
  • Pues no. Pero aquí va fenomenal, ya verás.

Cuelgo una etiqueta para que escriba el nombre de la niña. Cierro con washi.

  • Uy, yo creo que se va a despegar.
  • Qué va. Este celo es muy adherente, y mira qué bonito queda.
  • No sé yo… ¿Y si no le gusta? Tendrías que hacerme un ticket regalo.
  • Te lo preparo ahora mismo.

Pobre niña. Ella que reconoce la bolsa de Atentamente, que sin abrirla ya sabe que le va a gustar, que encima es grandota así que fantasea con que viene cargada de cosas bonitas. No va a poder disfrutar nada de nada porque le acaban de hacer: un regalobajona.

El regalobajona se reconoce porque: “Pónmelo pero no me convence; quiero que sea un regalazo; es que no va a saber utilizarlo; ¿esto es una mancha?; con todo lo que me llevo, ¡ya me harás descuento!”

Si arrimas el oído al regalobajona, aún rezuma: “Tengo una prisa horrorosa, ya lo envuelvo yo en casa; venga, hazlo tú si total me lo vas a cobrar igual; y ahora, ¿dónde meto yo esto?”

Por fin se marcha. Preferiría que no hubiera comprado nada, pero esto es un negocio, y tengo birras que beber y multas que pagar. Que se gaste la pasta. Menos mal que, entre queja y queja, he colado el antídoto. Me siento como las bailarinas del wasap imaginándolo:

  • ¡Andaaa!
  • No sé si te va a gustar.
  • ¡Seguro que sí!
  • Puedes ir por si ves alguna otra cosa.
  • Me encanta todo. ¡Muchísimas gracias! ¿Y esta tarjetita?
  • Es el ticket regalo, por si acaso.

Lo abre, y lee el antídoto: “Sí. Es un regalobajona, pero no se lo tengas en cuenta. Sacúdelo un poco al sol, y disfrútalo con alegría. Atentamente.”

Papel para mamá

Es primavera y es por la tarde. Entra una mamá con su hija. Recorren muy despacio la tiendita, curiosean, se llaman la una a la otra, disfrutan de su tiempo juntas. Se marchan sin comprar nada, superfelices, y me parece genial.

Vuelve la niña al día siguiente: “Es que ayer no pude comprar nada porque como estaba mi madre… Quería esta cartulina, ¿la cojo yo? Es para escribirle una carta. Y este sello de flores.”

Viene A., con sus rizos, su delicadeza, su chupa azul: “Pues como no me da tiempo a hacerle nada a mi madre, le llevo esta ilustración. Y este libro de costura. Le encanta coser.”

También tienen rizos las gemelas que cuchichean, granitos en la cara, mochilas en la espalda. Eligen un cuaderno llenito de flores. Hacen colecta en sus monederos. Pagan con calderilla. Les digo que me viene genial y asienten. Les pregunto si es para regalo y asienten. Les pongo dos maripositas de papel en la bolsa —”Como sois dos…”— y asienten.

Mensaje por Instagram: “Papelera atenta: ¿me puedes guardar una de esas postales que acabas de colgar? Me paso mañana.”

Llega una madre con un hermoso punto de vista: “Quiero una tarjeta para felicitar a mi hija. Me pone muy fácil ser madre.” Saca un boli y escribe, apoyada en el escritorio. Y siento como si también a mí me estuviera regalando.

Son montones los hijos atentos que vienen estos días buscando algo bonito para sus mamás. Algunos se llevan material para hacerlo en secreto; otros, lo compran ya hecho, y están los que se ciñen al encargo —”Me han dicho que te pida… ¿una pistola de silicona?”—.

Envuelvo libros para colorear, sellos de unicornio, estuches de pez. Y envuelvo también, postales, tarjetas, etiquetas para mensajitos… Papel, el recipiente perfecto para guardar las cosas importantes: te quiero, besos, guapa, gracias, mamá.

 

 

 

 

 

Un trabajo alineado. Y una espalda

Estoy haciendo un curso online para…

  • ZZZzzzZZZzzz

reflexionar sobre mi trabajo, sobre cómo hacerlo mejor y más robusto, las cosas que tengo que cambiar y las que potenciar. Es un curso, lo dice mucho la profe, para alinear tu trabajo a tu vida.

Me encanta lo de alinear. Porque soy de estatura casi normal, siempre he caminado muy tiesina, con los hombros muy rotados, reduciendo curva lumbar, aprovechando cada uno de mis 159 centímetros.

  • ¿159? JAJAJAjajajaJAJAJA

Sin embargo, desde que decidí emprender que es bonito, noto como si en la espalda me hubiera salido una chepa emocional donde se agarrotan los miedos, las dudas, los sustos. “Hay que ser muy valiente para vivir con miedo”, escribía Ángel González. ¿Y cómo no sentirlo al gastar pastones en pedidos, cómo no tiritar haciendo números, no es natural que se te apriete el culo mientras meditas si es el momento de contratar a alguien? Estas interrogantes me achuchan, y pesan tanto las hijasdeputa que en ocasiones no me dejan enderezarme, levantar la vista, y tomar decisiones con la espalda fuerte y alineada.

Entonces, el camino del emprendimiento me da la respuesta. Aparece una clienta muy atenta, muy. Viene a comprar postales para bodas, las escoge invitándome a dar mi opinión, me cuenta que viene de ver una hermosa exposición, y acabamos hablando de un concierto de música clásica al que fuimos hace años, sin conocernos entonces ni ahora. O a lo mejor sí. Convenimos que las ciudades, para crecer, precisan regarse con música, arte, cultura. “Precisan tu tienda”, y se va.

Qué sabia es la corriente atenta, qué exigente y qué generosa. Y pienso que a lo mejor me encorvo en el primer paso de cada decisión que tomo sobre Atentamente, ¡es que es la bimba!, es lo mejor y más bonito que he hecho. Pero solo en el primer paso. Los demás, los daré convencida, confiada, sonriente, alineada con mi espalda, y con mi trabajo.

 

La ganancia emocional

De igual modo que abro y cierro la caja a diario, me fijo mucho en quién es la primera y la última clienta, como si una y otra abarcaran la ganancia emocional del día en la tiendita. Claro que es importante que al final de la jornada la caja atesore pasta gansa; pero en mi balance también hago inventario de personas, porque con sus gestos, sus palabras, la manera amorosa con que miran a la bimba, siempre obtengo un saldo a mi favorcísimo. Entran algunas a mirar, a preguntar, muchas pasan a comprar, y algunas vienen… a mear.

En las tardes de yoga procuro cerrar puntual, para llegar a la cita con el saludo al sol. Estoy haciendo zx y aparece una señora: canas en pelo cardado, rebequita, zapatos anchos, el foulard arrastrando por el suelo. Saludo al sol: adiós:

  • Buenas tardes.
  • Buenas tardes.
  • ¿Tienes baño?
  • Pues… sí.
  • ¿Me permitirías usarlo? Es que he salido a caminar, hace una tarde tan agradable, pero es que veo que no llego a casa.

Mientras indico a la señora el camino al pis feliz, ella admira: “¿Y este banco? ¡Pero si yo estudié en uno igual! ¿Puedo dejar el pañuelo en él?”

Suena la cisterna. Sale la señora, que quiere irse pero se va enganchando, como su foulard:

  • Es que se nota delicadeza, mira lo que has escrito en el espejo, en la pared… Y el escaparate, ¿cómo has pintado esta maravilla?
  • Lo hizo una amiga ilustradora.
  • Qué cosa tan preciosa. ¿Y este boli cuánto cuesta? ¡Si tiene erizos! Me paso otro día que traiga dinero. Hoy solo iba a caminar. Y tú tienes que cerrar. ¡Ay, la mesa con faldillas!
  • (Aquí ya no digo nada. Solo sonrío).
  • ¿Y estas macetas de la puerta? ¡Todo! ¡Es que es todo!

Me precipito en yoga como un Sputnik, maravillada por el cierre de la última clienta. Cierro los ojos, cojo aire, y le dedico mi saludo al sol.