Pasa, primavera

Cualquier momento es bueno para venir a Atentamente. Aconsejo hacerlo en las mañanas de primavera. Atrás quedan las lanas, la calefacción, que no se escape el calor. Atrás el frío y la niebla, lo gris, lo puff.

Declaro la primavera el día que decido quitarme las medias y no hay vuelta atrás así me congele, que me congelo, y da igual porque aprecio mi terquedad. Lo mismo hago en la tiendita: un día equis, decido dejar la puerta abierta, y que pase lo que la primavera quiera.

Y pasa que los pájaros están parlanchines y se cuentan cosas —”Te invito a mi nido, ¡tengo gusanos!”—; pasa que los jardineros comienzan a cortar el césped del jardín, a remover la tierra, a humedecerla; pasa que oyes silbar a los que andan en bici, clen, clen, clen, por la acera apavesada; pasan mil veces las niñas que miran el escaparate —”Miiira, es la tienda bonita, ¡esos sellos de ratoncitos, muerooo!”—.

Y descalza, desde el atelier… pasa la bimba, con su tutú amarillo—le encanta el tutú— y la camiseta que le pintó la tallerista de pintura textil. Allá va, con una galleta en una mano y papel y lápiz en la otra, de puntillas, hacia el jardín.

  • ¡Hola, bimba!, saluda el jardinero.
  • Ciao! agita la galleta.

Se pasa la mañana trepando, mirando nubes, cogiendo hojas del magnolio, contando flores, una, due, trè, dibujando cosas de bimba.

Y pasa la cartera. Trae una factura —¿ha vuelto el invierno?— y una postal de la corriente atenta —ay, no, que es primavera—. Tumbada en el césped, pregunta la bimba:

  • ¿Te llevas esta carta?
  • ¡Claro!

A mediodía vuelve a la tiendita, con hojas en los rizos y el tutú manchado de tierra.

  • ¿Qué has hecho, bimba?
  • Dibujar una carta.
  • Eso está muy bien. ¿Y a quién?
  • A la primavera.
  • ¿Y qué le has dicho?
  • Que se quede.

 

 

Atenta de fábrica

Me cuenta una clienta que ha pasado unos días en una ciudad muy grande y cosmopolita, con tiendas muy grandes y cosmopolitas, y que en una de ellas se acordó de esta humilde papelera.

  • Pero qué pedante eres. Cuéntalo sin haberte tragado a Góngora.

Dice M. que encontró por casualidad una papelería con taller, un Atentamente enooorme, de dos plantas, y montones de cosas bonitas. Y dice que le atendieron de muy bruscas maneras, y aunque compró un sello, no lo piensa usar, que le da mal rollo:

  • Me acordé de ti, que siempre sonríes.
  • Tendría mal día la chiqueta.
  • Qué va. Venía así de fábrica. Anda, ponme este sello.
  • Llévatelo mejor el sábado, que como vienes al taller, tienes descuento.
  • ¿Ves? Es que así, sí.

Siento compasión por mi homóloga papelera: a veces se hace muy cuesta arriba atender con levedad sin sentir el peso de las facturas; responder suavemente aunque te duela la cabeza, la espalda, el corazón; saludar con alegría al cliente que entra justo cuando acabas de apagar el ordenador. Sí, la atención al público es exigente. Pero haber elegido monasterio, de clausura.

Yo creo que juego con ventaja: soy atenta de fábrica, es mi superpoder. Sonrío de forma natural, me brota solo el entusiasmo, escucho con atención las historias de la corriente atenta, me gusta preparar el té para el taller. Como decía un compañero de mi vida anterior: “Tía, es que tienes un feedback cojonudo.” Claro que tengo días cansados, aburridos, tristes, muy tristes, pero no se me ocurre espetárselo a los atentos, ellos vienen a mi casa a disfrutar del papel. Además, siempre me lo ponen fácil —vale, ahí estuvo regalobajona. Que, por supuesto, volvió a por dos bolsas más, por si se rompía la del envoltorio.—

Se marcha M., tan sonriente. Y pienso que, al final, la atención al público es mutua, fluye de papelera a corriente atenta, y vuelta.

 

 

Regalobajona y su antídoto

Envuelvo el regalo en papel de seda,

  •  ¿No sería mejor en tres paquetitos distintos?
  • Cómo no.

Los coloco en la bolsa,

  • ¿No la tienes más grande?
  • Pues no. Pero aquí va fenomenal, ya verás.

Cuelgo una etiqueta para que escriba el nombre de la niña. Cierro con washi.

  • Uy, yo creo que se va a despegar.
  • Qué va. Este celo es muy adherente, y mira qué bonito queda.
  • No sé yo… ¿Y si no le gusta? Tendrías que hacerme un ticket regalo.
  • Te lo preparo ahora mismo.

Pobre niña. Ella que reconoce la bolsa de Atentamente, que sin abrirla ya sabe que le va a gustar, que encima es grandota así que fantasea con que viene cargada de cosas bonitas. No va a poder disfrutar nada de nada porque le acaban de hacer: un regalobajona.

El regalobajona se reconoce porque: “Pónmelo pero no me convence; quiero que sea un regalazo; es que no va a saber utilizarlo; ¿esto es una mancha?; con todo lo que me llevo, ¡ya me harás descuento!”

Si arrimas el oído al regalobajona, aún rezuma: “Tengo una prisa horrorosa, ya lo envuelvo yo en casa; venga, hazlo tú si total me lo vas a cobrar igual; y ahora, ¿dónde meto yo esto?”

Por fin se marcha. Preferiría que no hubiera comprado nada, pero esto es un negocio, y tengo birras que beber y multas que pagar. Que se gaste la pasta. Menos mal que, entre queja y queja, he colado el antídoto. Me siento como las bailarinas del wasap imaginándolo:

  • ¡Andaaa!
  • No sé si te va a gustar.
  • ¡Seguro que sí!
  • Puedes ir por si ves alguna otra cosa.
  • Me encanta todo. ¡Muchísimas gracias! ¿Y esta tarjetita?
  • Es el ticket regalo, por si acaso.

Lo abre, y lee el antídoto: “Sí. Es un regalobajona, pero no se lo tengas en cuenta. Sacúdelo un poco al sol, y disfrútalo con alegría. Atentamente.”

Papel para mamá

Es primavera y es por la tarde. Entra una mamá con su hija. Recorren muy despacio la tiendita, curiosean, se llaman la una a la otra, disfrutan de su tiempo juntas. Se marchan sin comprar nada, superfelices, y me parece genial.

Vuelve la niña al día siguiente: “Es que ayer no pude comprar nada porque como estaba mi madre… Quería esta cartulina, ¿la cojo yo? Es para escribirle una carta. Y este sello de flores.”

Viene A., con sus rizos, su delicadeza, su chupa azul: “Pues como no me da tiempo a hacerle nada a mi madre, le llevo esta ilustración. Y este libro de costura. Le encanta coser.”

También tienen rizos las gemelas que cuchichean, granitos en la cara, mochilas en la espalda. Eligen un cuaderno llenito de flores. Hacen colecta en sus monederos. Pagan con calderilla. Les digo que me viene genial y asienten. Les pregunto si es para regalo y asienten. Les pongo dos maripositas de papel en la bolsa —”Como sois dos…”— y asienten.

Mensaje por Instagram: “Papelera atenta: ¿me puedes guardar una de esas postales que acabas de colgar? Me paso mañana.”

Llega una madre con un hermoso punto de vista: “Quiero una tarjeta para felicitar a mi hija. Me pone muy fácil ser madre.” Saca un boli y escribe, apoyada en el escritorio. Y siento como si también a mí me estuviera regalando.

Son montones los hijos atentos que vienen estos días buscando algo bonito para sus mamás. Algunos se llevan material para hacerlo en secreto; otros, lo compran ya hecho, y están los que se ciñen al encargo —”Me han dicho que te pida… ¿una pistola de silicona?”—.

Envuelvo libros para colorear, sellos de unicornio, estuches de pez. Y envuelvo también, postales, tarjetas, etiquetas para mensajitos… Papel, el recipiente perfecto para guardar las cosas importantes: te quiero, besos, guapa, gracias, mamá.