Emprender sola, y a tu lado

Es cuestión de tiempo que me escriban desde cualquier escuela de negocios para que imparta un módulo de Emprender es Bonito. De manera intuitiva y autodidacta, osea, a chichonazos, me estoy convirtiendo en una Master and Commander del emprendimiento atento y sin abuela, que querrá ser escuchada en lugares con moqueta. ¿Entonces, qué hago, me voy comprando el vestido?

En lo que llega el correo, ya voy preparando el temario: pasado el capítulo introductorio donde explique a los aprendices con corbata qué es emprender que es bonito, pasaré a un asunto medular: Emprender sola: estado de la cuestión.

Cuando planificaba la apertura de la tiendita, lo tenía claro: quién mejor que una misma para dar al proyecto el alma que quieres; quién para saber contar la historia que tantas veces has soñado; eres solo tú quien vivirás y te desvivirás por que tu idea nazca fuerte y crezca despacio y alegre.

Pero, por otro lado, papelera soltera, una bimba de dos años… A veces pienso si no sería mejor recorrer este camino acompañada: encontrar un alma gemela con quien dividir tareas, reconocer debilidades, buscar soluciones, celebrar logros, un alguien que entienda tu proyecto, lo comparta, lo haga mejor.

Viendo que un estudiante llora de tanto bostezar, resolvería que tampoco es tan así: que el emprendimiento a solas es una carrera en bici: en la bici solo cabe uno, pero a tu lado se va sumando gente que anima y aplaude. Y poco a poco, platos y piñones se van engrasando, tus patas se vuelven más resistentes, ¡hasta empiezas a silbar! y a intuir que tardarás un poquito más en llegar que en un tándem, pero fijo que llegarás.

Y en este punto hermoso de la metáfora, iría recogiendo mis servilletas, subiendo los escalones del aula en anfiteatro, y dejando que sonara una canción en el ordenador. Entonces les pediría que la escucharan hasta el final, porque justo habla de hacer planes locos, como emprender sola, y a tu lado.

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El premio de los atentos

Recuerdo un verano que llegué a Viena en bici. Me despisté un rato de la cuadrilla con la que pedaleaba y acabé en una calle de acera estrecha y trazado curvo y luz preciosa: me encantó estar perdida tan de mañana, tan de verano, tan de vacaciones. En mitad de esta calle ondulante había una librería de viejo, entré y compré un grabadito antiguo de la catedral de San Esteban. Guardé con sumo cuidado aquel tesoro en mis alforjas. Me da mucha alegría recordar ese encuentro azaroso cada vez que miro el grabado, enmarcadito ahora en el salón de mi hogar.

La serendipia es el premio de los curiosos, de los atentos, como esta pareja que primero se asoma al escaparate, y luego, entra en Atentamente. Ella lleva una melenita blanca preciosa —al verla, anoto: paso de volver a teñirme las canas del emprendimiento—; él, guapo, rostro fino, surcado de arrugas y de vida. Mapa en mano. Ropa cómoda. Gestos amables. Guiris.

  • ¿Puedo ayudarles?
  • ¿Estamos mirándonos?, duda ella.

Recorren la tiendita con pausa, él marca el compás de la música, ella reconoce washis, pegatinas y troqueles, se enseñan mutuamente, look this!, las ilustraciones, los estuches-pez, el calendario de mapas. Ya para marcharse, les pregunto de dónde son: son de Michigan, muy cerca de Canadá, viven junto a un lago que está helado de noviembre a mayo—de ahí su piel fina, anoto—. Me piden sugerencias de locales donde haya jam session. Me están cayendo tan bien que anoto cerrar la tiendita y marcharme con ellos, pero tacho en seguida: no es verano, no es vacación, tengo por delante tareas propias de papelera.

Con un cálido apretón de manos, se despide agradecida la pareja de Michigan. Con carita de “qué suerte la mía” me quedo yo también. Y agradezco la serendipia de los atentos, que nos premia con encuentros azarosos, efímeros, sutiles, irrepetibles, que quizás no vuelvan… pero que ya están guardados, son tesoros, en la alforja.

La hora de los atentos

Soy una papelera divina.

  • Y sin abuela.

Cambiante, lunar, fluyo como el agua del segundo chakra…

  • ¿Pero qué mierda estás diciendo?

Quiero decir que estoy haciendo una reflexión honda, serena, meditada…

  • Qué paliza de chiquilla.

… sobre si cambiar o no cambiar el horario de la tiendita.

Desde el principio, pensé en los sábados por la tarde como el mejor momento para los talleres atentos: en general, la gente está de finde, está feliz, y convocarlos por la tarde es, además, una cortesía para quien curra por la mañana. A cambio, cierro los lunes por la mañana para hacer cosas locas: correr, hacer la compra, comer comida. Me encanta el gustito vacacional que siento los domingos por la noche.

Hace un tiempo que percibo los lunes como días comercialmente casi perdidos, apenas viene gente, y quienes vienen, lo hacen por la mañana, como bien me hacen notar cuando vuelven a lo largo de la semana y me ponen como una moto con el cometarito dichoso de”Esquevineellunesyteníascerrado.” Por otro lado, y aunque procuro parcelar mi vida de ser divino y mi vida de papelera, lo cierto es que muchas mañanas acabo haciendo llamadas, contestando correos, adelantando trabajo, siendo papelera… en pijama.

Claro, si abriera el lunes por la mañana, sólo descansaría el domingo. Entonces, lo que podría hacer sería trasladar los talleres a los sábados por la mañana, y así cerrar los sábados por la tarde, total, los días que hay taller por la mañana, por la tarde la bimba se echa la siesta mientras yo cronometro cuánto falta para tomarme una birrita. Además, tiene más sentido abrir cuando las tiendas de alrededor lo hacen, y cerrar cuando también.

Qué difícil es esto, qué complejo todo, cómo acertar con la hora de los atentos, ¿cómo tú lo ves?

  • ZzzzzZZZ.
  • ¡Oye!
  • Pues que lo cambies, a la corriente atenta le va a parecer todo bien, ¿no ves que eres su papelera divina?
  • ¿Y si no funciona?
  • Pues lo vuelves a cambiar alegando que eres fluctuante.
  • Como el agua.

Útil, bonito, sanador

Hay gente que cocina. Hay gente que escribe un blog. Está el que cuida abejas. Yo empecé a correr. Encaramos las penas como podemos: cocinando, escribiendo, recolectando miel, corriendo… O haciendo manualidades.

En la pared donde están los cacharritos de scrapbooking se lee una frase tremenda:

  • ¿Para qué sirve esto?
  • Sirve para lo bello.

Porque hay gente de inteligencia sutil, que no mide la importancia de las cosas por su utilidad, sino por su belleza. Claro, la troqueladora tiene que cortar; los washis han de pegar; los rotus, mejor si no se secan mañana. Pero a muchas personas se les ilumina la cara cuando encuentran su cuaderno bonito. Lo abrazan, y eso es todo.

O no. Hay otra gente, con heridas aún en las rodillas, que para curarse decide bailar, cantar o tocar la guitarra. Decide, con su dolor, hacer cosas bonitas.

En cuclillas, y mientras elegimos papeles para hacer un álbum de scrap, C. me susurra que está a la espera de resultados de pruebas diagnósticas muy chungas, y espanta los fantasmas cortando cortando y cortando papel. I. viene a montones de talleres, está es radiante, y mientras paga el próximo, comenta con naturalidad que hace años estuvo mal-mal, y que los talleres se los receta como medicina. P. me enseña fotos de la casita de muñecas que ha hecho este verano. Las pasa con mirada triste, pero asegura que hacerla le ha ayudado mucho. M. descubrió Atentamente al mismo tiempo que le diagnosticaban una enfermedad compleja, me confía muchas tardes después.

Yo guardo sus confesiones con respeto, y las entiendo bien. A mí me sanó correr, y mientras algunos lo veían una excentricidad, yo me calzaba las zapas, me tragaba las lágrimas, y a correr como Forrest Gump. Y esto pienso cada vez que entra alguien en la tiendita: deja lo que estés haciendo y sé atenta, puede que precise papel porque sea útil, porque sea bonito, o porque sana.