Ser o no ser online

  • ¿Tienes tienda online?
  • Carita de dientes del wasap.

Ser o no ser online. Madre mía, Hamlet, cómo te entiendo. A veces pienso en cuántos turistas se han marchado suspirando por papeles que se arrugarían en sus maletas; la de clientes atentos que se han mudado y añoran esta papelería con cero folios y mucho encanto; o mi familia, que se come las uñas con las fotos que pongo en redes sociales: “Tita, ¿me puedes traer el boli de bigotes las próxima vez que vengas?”

Una tienda online sería, además, un buen impulso para esas tardes templadas de otoño en las que parece que los seres humanos se han extinguido. Alcanzar a mogollón de gente, vender porrones de cuadernos… y comprar un terreno para plantar tilos. Porque las ventas a distancia que he hecho hasta ahora, han sido una cagalera inquietud permanente.

Escribe C.:

  • Hola, ¿te queda la agenda de erizos? ¿Me la podrías enviar? Vivo en Canadá.
  • Pues me queda una, ¡y es tuya! Te indico precio y gastos de envío, haces una transferencia, y te la mando.

¡Al mes! voy a Correos a indignarme. Redacto una reclamación exageradísima, y vuelvo a la tiendita poniendo la lengua en forma de turuto, para que se me pase la furia visigoda. Entonces, clinc-clinc-clinc, mensaje de C.: “¡¡Acabo de recibir mi agenda!! ¡¡Si hasta viene con confetti!!”

R. habita en mi tierra santa, así que sus deseos son órdenes para mí:

  • ¡Hola! Resulta que el otro día fui al taller de carvado de sellos y olvidé el exlibris que tallé. ¿Me lo puedes mandar?
  • ¡Claro!

(De este envío sigo sin noticias. A lo mejor fue por Canadá)

Se supone que la tienda online sería un paso natural en el crecimiento lento de Atentamente. Pero, ¿de qué manera envolvería su olor, la calma por contemplar cosas bellas, el cariño que destilan las postales atentas, el atelier? ¿Cómo haría para incorporar la música? ¿Y la sonrisa, cómo agradecería venir una tarde templada de otoño? Pero vamos a ver: ¿se puede ser onlinemente atenta?

 

 

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Servilletas auténticas

  • Esta es la servilleta 100.
  • Con más garbo, papelera.
  • ¡Esta es la servilleta cieeeeen!

Las primeras servilletas están escritas en el sofá de mi hogar de ladrillo, unas semanas antes de que abriera la tiendita. Explicaba el porqué de esta ida de olla; cómo vi aparecer el nombre de Atentamente de mi mano zurda; los avatares previos a la apertura, mis solemnes intenciones. Eran la parte teórica del servilletero. Porque, desde el momento en que Atentamente nace, comienzan las servilletas prácticas, auténticas, filtradas, vale, por mi mirada novelesca, pero basadas todas en hechos reales: el váter se anegó, el inventario se perdió, la puerta se cerró, el boj se murió, no así las multas, que resucitaron milagrosamente cada tres días.

Real también es el pupitre de escuela que P. me regaló y metió por la puerta porcojones con determinación, los tinteros que rebuscó una medici atenta para completarlo, el juego de compases del abuelo de N., la máquina de escribir y la máquina de coser, todas las postales atentas.

Y aunque parezcan personajes de novela fantástica, son de carne y hueso mi floristera más favorita, la niña guitarra y la niña caracol, la baby sitter de la bimba, clienta callada y atenta, los guiris que no encontraban aparcamiento y el que buscaba regalos para llevar a su amor. La corriente atenta es vera y verdadera, generosa, divertida, paciente, inspiradora, amable. Auténtica.

En el sofá de mi hogar, yo quería escribir servilletas porque intuía que en Atentamente iban a suceder cosas maravillosas. También porque no me veía haciendo un blog con tutoriales de scrapbooking o para promocionar los últimos washitapes. Yo quería contar historias cotidianas, y hacerlo brevemente, en lo que permite una servilleta. Lo que no sabía es que iba a llegar a 100, ¡100! así de alucinada, porque todo lo contado ha sido verdad.

  • ¿Cómo la gotera?
  • Y como la bimba que hace dibus en servilletas.

El chungo, el guay, y el de verdad

El cuento chungo: vuelvo después del finde a la tiendita. Muchísimo sueño. Bostezo hacia el atelier a dejar el bols… ¿Qué es ese hueco del techo? Clonc. Parece… Clonc. ¿una gotera? Clonc. ¡Una goteraaaaaa! Una gotera en una papelería es el apocalipsis, el descrédito, ES el fin. Ya oigo los comentarios: “El caso es que era muy bonita, pero tuvo que cerrarla porque se mojó toda.” Pues a ver qué hago yo con tanto stock. Puedo poner unas banderolas de scrap en el escaparate: “Liquidamos que nos ahogamos.” Pero no, la corriente atenta no es tonta, y no vendrá porque a ver quién quiere comprar papel reblandecido, cuadernos anegados, láminas salpicadas, clonc, por el chorrazo. Esto es el fin. ¿Los autónomos tenemos paro?

El cuento guay: vuelvo después del finde a la tiendita. Está preciosa. Huele a lavanda. Anda, mira, ha salido una gotera. Qué bien que no sea un chorrazo, sino un leve clonc. Voy a poner una palangana y a llamar al fontanero, que fue muy diligente cuando arregló el vater con delirios de grandeza. Y si para solucionarlo hay que cerrar la tiendita, pues pido al seguro que me indemnice, y con el pastizal, me voy a un país multicolor. ¡Bendita gotera! ¡Gracias por venir a hacerme la vida más fácil!

Y el de verdad: tras el finde, abro la tiendita. Lo primero que veo es una gotera. Entro en pánico. Por suerte, no ha estropeado nada. Pongo una palangana, llamo al seguro, viene el fontanero, aporrea el techo, descubre la fuga, tapa el boquete con un folio y cuatro washis en cada esquina: “Nada, esto en dos horas te lo arreglamos.” Han pasado 15 días de pasapalabra entre el seguro, la comunidad y suputamadre. Y mientras me disculpo con la corriente atenta, “¿tú te crees, la palangana aquí en medio?”, ellos me alivian: “Ni me había fijado. ¿Y el washi también se pega en el techo?  Si es que es genial.”

 

La bimba cumple 2

De camino a la tiendita, siento el dolor de pies de los tacones: ayer quería estar superguapa para recibir a la corriente atenta por el cumple 2 de la bimba. Hasta las perlas me puse.

De camino a la tiendita entro en la estación de buses y compro el billete de vuelta para la tallerista. Todos los talleres atentos son molones pero, en el mes que cumple la bimba, la programación es especial y vienen celebrities de las cosas bonitas.

De camino a la tiendita me río recordando las Mannenken-Copas que usamos en el brindis. Había traído un espumante semidulce muy pretencioso, pero las copas eran de plástico del malo, y al servirlo, ¡se meaban!

De camino a la tiendita huelo alimentos que llegan de bares y hogares, siento un hambre atroz, y recuerdo que he desayunado un tomate. Mi hogar se habrá vuelto soviético, pero mi piel está plena en antioxidantes.

Y de camino a la tiendita repaso los regalos que le hicieron a la bimba por su cumple: flores y más flores, una tarta toda de chuches, postales coloreadas, palabras cariñosas… Y me emociono un poco, porque estoy con la regla —que como sabemos, nos acompaña en todas nuestras celebraciones—, y porque la corriente atenta es decididamente maravillosa.

Y pienso en otras tienditas que cierran, a las que sus responsables dedicaron tesón y cariño y desvelos y empeño. Igual que yo, desde antes que yo. Me asusta que el trabajo bien hecho a veces no sea suficiente. Y me emociono de nuevo. Aprieto el paso, quiero ver a mi tiendita.

Y trato de averiguar, ya la veo, por qué la gente aprecia tanto Atentamente. Y creo que es porque no esconde sus fragilidades, y con ellas, está contando una historia imperfecta y bonita. Y puede que las historias perfectas gusten. Pero las imperfectas… emocionan. Subo la persiana. Abro la puerta. Qué bien huele la bimba. Qué bien se está en la tiendita.