Routers a pares

Menos mal que en yoga he aprendido a hacer una respiración que aleja la furia visigoda. Hay que sacar la lengua, y hacer con ella un turuto; entonces, se inspira por la nariz y se expira por el turuto —zzu zzu—; y así observas las cosas con mucha menos malaostia furia visigoda.

Llevo respirando así n tendiendo a infinito días. Quién me manda a mí —zzu—, qué desayuné aquel día —zzu—, por qué decidí —zzu zzu zzu—  ¡cambiar de compañía telefónica!

Imaginemos que mi compañía es azul, y que tengo el contrato tope guay. Y que ese contrato incluye sí o sí la televisión. Y aunque en la tiendita no hay tele, me traen dos cacharros, “por si algún día quiere poner una tele… aquí,” aconseja el telefónico cegato. Hasta que un día suben la tarifa “porque es que le vamos a meter la Champions.” Entonces, te caes del caballo, llamas a la competencia roja, y empiezas a fantasear como la lechera, pensando en qué te vas a pulir invertir el pastizal que te vas a ahorrar.

Hacen primero la portabilidad del móvil. Bien. Luego, llega una cajita con el router. Vale. Pero, antes de enchufarlo, las dos compañías tienen que entenderse. Y aquí empieza la marcha tropical:

  • Verá, tiene que ir uno de nuestro técnicos porque movistar la compañía azul dice que no hay pares disponibles.
  • ¿Ein?
  • Que le mandamos un técnico de vodafone la compañía roja.

Viene, comprueba, y dictamina: “Vale, pues aunque dicen que no, está clarísimo que sí. En un par de días le avisamos para que autoinstale su nuevo router.”

El router me mira un día, otro, otro más… Y llaman de la compañía roja: “Vamos a iniciar la portabilidad, le vamos a enviar un router, y uno de nuestros técnicos acudirá a comprobar que…” Zzu zzuputamadre zzu.

A día de hoy, tengo:

  • Dos cacharros de una tele que no veo.
  • Dos routers de la compañía azul.
  • Dos routers pendientes de instalar de la compañía roja.
  • Dos contratos con dos compañías distintas.
  • Y la lengua escocía —zzu— de tanto respirar.

 

 

Anuncios

La pulsera de la esperanza (chica)

Los clientes atentos se igualan por lo atento. Traigan la pedrá donde la traigan…

  • Habló la cuerda.
  •  Pues también.

…todos comparten una característica que los identifica: el aprecio por lo bello, por lo bueno, por lo atento. Algunos, además, comparten el nombre.

Está E. Grande, que es toda una señora, con sus hijos, con sus nietos, con su pelo cortito y siempre bien marcado. Hace encuadernación en talleres para mayores, y un día aparece por la tiendita a buscar papel para encuadernar. Le recomiendo, claro, papel italiano, porque es fácil de trabajar, y hermoso de mirar. Me pregunta el precio; le digo; le parece caro; se lo piensa y al final lo compra. Le hago una pequeña rebaja, nos sonreímos, se va.

A los días, aparece con una caja que ha confeccionado usando el papel. Le ha quedado preciosa. Añade, muy satisfecha: “Y mira qué vídeo le ha hecho mi hijo.” Entonces, saca su móvil, abre el wasap, y pincha un enlace que lleva al YouTube, ¡donde se ve el proceso de confección de la caja! Yo me quedo turulata.

Y está E. Chica, una joven estudiante china, que se enfurruña —levemente, a lo oriental— cuando descubre Atentamente: “¡Pero por qué ahora si llevo meses aquí!” Mira todo, le gusta todo, suspira por todo. Compra unos washis, unas bolsitas de regalo, y al marcharse, susurra: “Me gusta tu voz.” Yo me pongo roja.

A los días, vuelve: “Te traigo un regalo.” Reconozco la bolsita y reconozco el washi. La abro y encuentro una carta llena de cariño, y una pulsera: “La he hecho yo. Es roja porque este año es el año del mono, y hay que llevar cosas rojas para que nos vaya todo bien, para tener esperanza.”

Y yo me pongo mi pulsera de la esperanza, pero la tengo ya conmigo: la grande, y la chica.

 

 

 

Guau

Desde que he implantado el pago por anticipado de los talleres, respiro aaamplio. Se me ha quitado esa contracción de ombligoanogenitales tan de yoga, que hacía de manera natural cada vez que abría el correo, esperando encontrarme una baja de última hora. Lo cierto es que no han sido frecuentes estas ausencias, pero cuando ocurrían, me arrabiaba porque se trataba de una plaza no cubierta, un material desaprovechado, un dinero no ingresado. Que emprender en febrero es muy porculero bonito. Por eso, ahora que los aprendices atentos aseguran su plaza pagándola, yo abro el correo con la musculatura pélvica superrelajada.

Y así encuentro el correo de M.J., una clienta atenta que había confirmado y pagado su taller de encuadernación japonesa. Me explica que tiene que renunciar porque su perra K. está muy enfermita, recién operada y con resultados poco esperanzadores. Me relata que ese cuaderno que pensaba encuadernar podría llenarlo de recuerdos, fotos, tiempo compartido con su perrita en tiendas de campaña, en playas, por el monte, paseando por la ciudad… Se me empiezan a caer las lágrimas cuando me propone ofrecer el taller a alguien que se haya quedado fuera, por falta de plazas o de dinero. Sorbo los mocos cuando, al sugerirle que puede venir a cualquier otro taller, me insiste en que quiere regalarlo, “un regalo pequeño de una enorme de cuatro patas.” Saco un klínex del cajón de arriba cuando se despide con un beso y un guau atento, y me pide no hacer más pucheros, “que las lágrimas estropean el papel.”

Yo nunca he tenido mascotas, solo tuvimos un canario que se llamaba Cuchimbri, y lo pasamos fatal el día que amaneció tieso en la jaula, con la hojita de lechuga a mediocomer. Y aunque me siento blandiblú con esta historia de amor perruno, quisiera ladrar de felicidad —guaguaguau—, por esta clienta generosa, compasiva, tan atenta… y su familia de cuatro patas.

Vuelta a escuela

Ha pasado mucho tiempo desde mi último power point. Aquéllos hablaban de las funciones de la documentación y de… ¿de qué más? Bueno, de documentación. Abro el power point para hacer una presentación rumbera para unas jornadas de emprendimiento, en un centro de FP. Quieren que hable de la bimba.

  • Mientras sea fuera del horario de la tiendita, encantada. Que emprender es bonito y unicelular.
  • Pues claro, ríe tibiamente M.C., la organizadora, como arrepentida de la propuesta.

Allá que voy para el insti, me pongo los vaqueros rotos para mimetizarme con el entorno, me sorprende lo nerviosa que estoy, ¡con la de horas de vuelo que tengo!, y mientras disimulo colocando mis cosas, me digo que procure no decir mamarrachadas, que me comporte como una emprendedora que lo peta, que prepare alguna frase lapidaria para cuando les pregunten en el examen: “Según la atenta, emprender es de inconscientes.”

Miro el aula… ¿Son todo varones? ¿Con el mundo cursi de papeles de colores que les traigo? Me van a patear. Se duermen con seguridad. Forza.

Y empiezo a contarles, desde que dejé la zona de confort de la universidad hasta que me subí al trapecio; se ríen cuando digo que soy papelera en prácticas; un chico asiente cuando comparo emprender con una carrera de fondo; les animo a que se formen, se asesoren, se cuiden, a que su pasión sea aquello que, además, sepan hacer muy bien… Y creo que me escuchan de la mejor manera posible, atentamente.

Me marcho muy agradecida y muy a toda pastilla, a abrir la tiendita de papel. Me entra nostalgia de clases y de alumnos, enciendo el ordenador, pongo música, viene una mamá pidiendo 12 gomas de borrar para el cumple de su bambino… Regreso a mi vida de papelera.

Al entrar en el atelier, a por más gomitas, veo el paraguas que el delegado me ha regalado: “Muchas gracias, nos has contagiado mucho entusiasmo.” Y salgo con las manos llenitas de gomas y de ilusión. Qué alegría volver de vez en cuando a escuela. A contar entusiasmada que tengo una tiendita de papel.