Pole pole y sin atajos

Mi casa de ladrillo está al final de una cuesta. De una cuesta arriba. A veces la subo andando, a veces corriendo, pero la cuesta no da tregua: la meta siempre está en alto. Cuando hicimos el Kilimanjaro, los porteadores nos dijeron que íbamos a alcanzar la cima pole pole, es decir, pasito a paso y sin atajos, porque para pisar el cielo de África no había que escamotear ni un solo paso, sino darlos despacio.

Invoco la hazaña del Kili y la más doméstica de mi hogar cuando estoy a punto de coronar la cuesta de enero, que cuando llegas, te dicen: “Buah, esto no es ná; ahora te queda febrero.” A mí me empieza a oler que el emprendimiento es bonito y es una carrera de subidas y bajadas; y que si lo quiero hacer como quiero = atentamente, solo hay un camino posible, no hay atajos.

La sirena suena cada vez que siento tentaciones de atajar:

  • ¿Y si en vez de volver a pedir las cajitas de cartón donde envuelvo las joyas de papel, me apaño con las bolsas y eso que me ahorro?
  • Gnnngggg. Error.
  • Pues qué más da si esta semana no hay flores en el escaparate.
  • Gnnnggg. Camino cortado.
  • ¿En los chinos venderán papel italiano?
  • Gnnnggg. Queno.
  • ¿Y si hoy no escribo La servilleta?
  • ¡ErrorErrorError!

Vale, no hay atajos. Y tampoco hay prisas: no emprendo pensando en seguridades, porque emprender es, me lo está pareciendo a mí, de natural inestable. Es como si que estuviera ascendiendo un 8.000, o comenzando una maratón, y ya veré si llego o no llego, o si llego a un sitio imprevisto y bonito y decido ver qué es. Me ocupo mejor del proceso, de aclimatar, confiar, saber sufrir, y dar pasos lentos.

No. No hay atajos. La tiendita de papel me lleva por un solo camino, con idas y venidas y alegrías y desvelos. Pero un solo camino. Esmerado, pole, detallista, polelento, poleatento, pole.

 

Sé atenta

  • He empezado a hacer yoga.
  • ¡No nos interesan tus mierdaaas!
  • Es verdad. Empiezo otra vez. En menos de un mes han cerrado dos de mis distribuidores, Hacienda me aporrea como si esto fuera un negocio próspero, ha subido la cuota de…
  • ¡Cuéntanos lo del yogaaaa!

M. es clienta atenta, a veces viene en bici, a veces trae a su pequeña V., a veces se me cae la baba con sus rizos… En navidad compra una guillotina, unas etiquetas de colores, “Son para un regalito que vamos a hacer las profes de yoga”, y cobrándole, le digo que sus clases de yoga van a ser mi regalo de Reyes. “Pues qué bien. Ven un día, y pruebas.”

Llego un día y pruebo. Estiro guay las patas porque soy bastante atleta, corro mediamaratones, y no sé si he dicho alguna vez que yo subí el Kiliman

  • ¡Aburres a las ovejaaaas!

Vale. Que lo físico está más o menos en orden, pero la mente, las emociones, la energía, los chakras están muy tarumbas, y la meditación, la relajación —observa, no juzgues, solo observa— me toca donde más lo preciso.

Cuando creo que ya hemos terminado, M. sirve una infusión y nos ofrece el regalito. Es un marcapáginas hecho a mano, cada uno diferente, con una frase y un mantra, palabras hermosas para paladear todo el año. Elijo uno cualquiera, reconozco las etiquetas de colores y me encanta la vida que han cobrado. Mi mantra es Ardas Bhai, y M. explica que es algo así como oración y amor y buen rollo, para ti y para el universo. A ella le gusta mucho. Pues a mí también.

  • ¿Y la frase?
  • La frase la he colocado en el mueble del ordenador, para leerla cada día y que…
  • ¿Y qué pone, pordiosbendito?
  • Este coro está muy tenso. Tendría que ir a yoga. La frase dice: “Sé amable, consciente y compasivo. El mundo entero será tu amigo.”

En otras palabras: sé atenta.

Permitido fijar carteles

Pasé mi infancia con una duda grande, ¡enorme!, inmensa como Barcelona. Paseando por las calles, en paredes impolutas, leía: Prohibido fijar carteles. “¿Y de qué carteles se van a fijar, —razonaba yo— si no hay ninguno que copiar?”

Recuerdo esta ingenuidad los días que me toca fijar carteles, los carteles que anuncian los talleres atentos. Podría colocarlos siguiendo los criterios publicitarios del itinerario del buen emprendedor. Abrazando la más pura vagancia, los pego de camino a la tiendita de papel. Con washi tape, eso sí. Vaga pero elegante.

Escuela Oficial de Idiomas. Estuve yendo hasta cuarto de Italiano. Quinto lo aprobé sin casi pisar aula, y este año soy la mecenas del último curso. Voy a proponer en secretaría que inviertan mi matrícula en birra Moretti. Peccato.

La Escuela de Artes y Oficios. Pam, pam, pam. A lo mejor son aporreos de los aprendices de encuadernación. Muchos vienen a comprar papel, y me gusta que Atentamente participe en su formación artesana, imperfecta y bonita.

Conservatorio de Música. Se escapan arpegios, escalas, acordes de las aulas. Quiero aprender música, silbo mientras busco un hueco para el cartel. Cuando la bimba sea un poquito más grande, decido.

Microteatro La Malhablada. “Malhabladas queridas, qué frío hace. ¿Me podéis pegar el cartel, plis?”, y lo cuelo por el buzón.

Cafetería 1. Me chifla porque aquí hago el segundo desayuno y porque el tendero está de toma pan. El bizcocho de yogur también le sale rico.

Cafetería 2. No es fácil encontrar sitio en la entrada, tapizada siempre de mil historias. Que figuren por unos días las historias atentas me parece un honor. Lo miro antes de irme… Un honor.

Biblioteca Municipal. A lo mejor, alguien que venga buscando libros de poesía japonesa, ve el taller de haikus, y decide apuntarse.

Cafetería 3. Este lo pego a toda castaña. Me he recreado demasiado en la 2.

Fotocopiadora. “Vecinos, aquí os pego el cartel que primorosamente me imprimís.” “Deja de hacernos la pelota y trae los cartones, que te los cortemos para el taller de encuadernación.”

Y así cada mes. Es verdad que son efímeros, que el agua los estropea y que el washi no acaba de pegar en la piedra de Villamayor. Pero disfruto mucho fijándolos en lugares tan hermosos; y pienso que tendría que estar permitido fijar carteles. Sobre todo si son atentos.

 

 

 

 

Lo atento que yo más quería

Yo creo que sonreirá. Sonreirá con solo ver la bolsa de Atentamente en sus zapatos, porque adivinará que es el libro de colorear que había pedido, un librote balsámico, para pasar las tardes de invierno sacando punta a sus lápices acuarelables, coloreando bosques encantados.

  • ¿Y si no le gusta, lo puede cambiar?
  • Claro… Pero le va a chiflar.

Cómo me gustaría ver la cara que pondrá cuando deshaga el lazo, abra la cajita de cartón, retire el confeti y, por fin, descubra los pendientes de pajarita de sugus. Azules, los que más quería. Cómo me gustaría verla, poniéndoselos delicadamente, tan leves, cosquilleándole la oreja.

  • ¿Y si los prefiere en otro color?
  • Los puede cambiar sin problema. Pero vas a triunfar.

Qué felicidad cuando abra la bolsa, retire el papel de seda, y aparezcan ¡un montón! de papeles de scrap, varios washitapes, un par de cordeles, pegatinas, sellos de silicona, tintas… Seguro que le mira fascinada, y luego, se lo come a besos.

  • Es que mi chica tiene mogollón de todo esto. Si repito algo, ¿lo puede cambiar?
  • Claro que sí.
  • Si sé que tenéis lo del Bono Atento, pero prefería elegirlo yo.
  • Y seguro que aciertas. —Se lo come a besos fijo—

Envolver para regalo. Parece un gesto mecánico: quitar precio, cubrir de papel de seda, elegir la bolsa, cerrar con washi… Total, dirán algunos tristes, si lo van a romper. Y qué va. En cada regalo sonrío mucho a quien compra, fantaseo con quien lo recibe, deseo que esos lazos y ese papel envuelvan algo muy soñado.

Tras las fiestas,  vuelve la tiendita a la normalidad. Viene una clienta. Se lleva una ilustración. Pregunta:

  • Hoy estarás con devoluciones, ¿no?
  • Pues no.
  • ¿Y eso?
  • Pues no sé… Será que todo el mundo ha recibido lo atento que más quería.