Mujeres fuertes y atentas

Entra una mujer en Atentamente. La saludo desde la silla de dentista, le digo mi frase —Si te puedo ayudar en algo, me dices…—, asiente con la sonrisa, pasea, suspira un par de veces… y ya aclimatada, se lanza:

  • Te voy a comprar una tinta y otras cosas… ¿Pero me puedes decir antes quién es la bimba?

A mí, entonces, se me olvidan las facturas, las dudas, las multas. Dejo todo lo urgente, y le cuento que la bimba es la tiendita de papel, un proyecto muy soñado, muy deseado, una papelería que aún es muy bebé, que con un año está aprendiendo a andar, que reclama toda mis ojeras y mi atención. Que ahora es lo más importante de mi vida.

  • ¿Cómo una hija?
  • Exactamente así.

La señora parece compartir la exagerada comparación. Me cuenta que su hija acaba de abrir una tienda, que dejó su trabajo porque no era feliz, que esa tinta que se lleva es para estampar unos adornos que va a colocar en el escaparate, que la apoya en todo lo que puede.

Y ahora soy yo la que la entiendo bien. Su historia es la mía y la de tantas mujeres bellas y fuertes que nos hemos hartado de lo que hacíamos y nos hemos lanzado a lo que queríamos, en ocasiones, con más sentido común que conocimientos, pero con una determinación clarividente: no tenemos mucha idea de cómo se hace, pero lo vamos a hacer.

Antes de marcharse, la señora aún me regala palabras atentas:

  • Me gusta mucho lo que escribes en La servilleta.
  • ¡Gracias!
  • Me sirve de inspiración para la tienda de mi hija.
  • <Me quedo sin palabras>

Ya sé que las tiendas son lugares propicios para la anécdota, la historia curiosa, la ocurrencia… Pero me pregunto en cuántas sucederán estos pequeños milagros. Entonces, la bimba se ríe, me tira de la falda, y me señala, como queriendo decir: pues en las tiendas de las mujeres bellas, fuertes. Y atentas.

Las tardes de puntillas

La búsqueda del equilibrio —Paulo Coelho, sal de mi cuerpo— también existe en las papelerías. Hay semanas en las que vas como la carita que aprieta el culo los dientes del wasap: se te apelotonan cuatro talleres, cinco pedidos, infinitos correos, la regla y la cansaera general. También los clientes acuden en aluvión, y me chino porque no me dejan concentrarme en cosas propias de papelera.

  • Vender es LA COSA de la papelera.
  • Tío Gilito, sal de mi cuerpo.

Y luego, llega el equilibrio. Tardes en las que todo se detiene, apenas entra gente, las horas caminan de puntillas, y parece que no pasa nada, como en las etapas de transición del Tour. La cosa es que me encantan las etapas de transición del Tour.

Y por eso, disfruto mucho las tardes de pedalada lenta, silenciosa, en las que me dedico a contemplar atentamente la tiendita. El sol de la tarde hace cosquillas a las pajaritas de papel y, durante unos minutos apenas, se ve una guirnalda de sombras reflejadas en la pared, efímera, hermosa. Giro en el taburete para no perdeme el cinexín que, las tardes de sol, se proyecta sobre la pared de papel pintado. Dura solo un instante -hay que estar muy atento- y puede leerse…

AtentamentE

Lunes, de 17-20; martes a sábado, de 10.30-14…

Me sé de memoria el horario pero, intuirlo sombreado en la pared me parece un pequeño espectáculo. Como descubrir que a la orquídea le está brotando un tallo nuevo. O que los membrillos siguen perfumando. O que la bimba se duerme cuando dejo de oír su botita roja —pom, pom, pom—, golpeando el suelo, al compás de la música… Parece que no pasa nada; pero por las tardes, de puntillas, pasa todo.

Cosas que abrigan

El papel es una cosa.

Viniendo de una papelera, no parece la manera más convincente de explicar lo que trato de vender. Porque es verdad que el papel no es persona ni es animal; el papel es una cosa: pero se trata de una cosa emocional. Cuando queremos decir algo importante, buscamos la tarjeta adecuada; los regalos que más nos emocionan son los garabatos que pintan nuestros críos en un folio; si viajamos atentamente, guardamos el mapa manoseado, las entradas de los museos, los billetes del tren, una servilleta… Pero también, por ser emocional, el papel atesora historias dolorosas. Quizás por eso insisto en que es una cosa, para que la vida que contuvo no me duela demasiado.

“Son solo cosas, son solo cosas”, trataba de convencerme cuando hacía la mudanza: cacerolas, toallas, espejos, las cortinas del salón… Eran unas cortinas pesonas, de loneta blanca y unos pequeños pompones beig, iban de pared a pared y cubrían el ventanal que daba al jardín. Aromáticas a la derecha, camelias, un prunus, una acacia de Costantinopla que no terminó de arraigar… Yo quería un boj, y él plantó un boj. Todo el jardín allí se quedó, pero las cosas, las cosas las repartimos y yo las guardé lejos: contaban historias demasiado tristes.

Hace unas semanas, me acuerdo de las cortinas de loneta, de cómo se parecían sus colores a la tiendita de papel, de que podía rehacerlas en faldillas, para la mesa del escaparate. Llamo a la abuela atenta, le cuento. A los días, un wasap muy largo: “Nena, las he llevado a retales Amado y dicen que dan para hacerlas de una sola pieza. Te las mando por Correos, se han puesto cerriles como los iberdrolos, pero me he empeñao y te llegarán enseguida. Carita sonriente, carita de besitos del wasap.”

Fueron las cortinas de nuestra casa con jardín, y ahora son las faldillas de mi casa de papel. Y sí, siguen siendo solo una cosa, pero estas faldillas, éstas, ya no me duelen, ya las puedo acariciar, solo me traen recuerdos hermosos, me abrigan. Como el papel.

La maravillosa historia de niña guitarra y niña caracol

Esta es la historia de dos niñas. Una de piel blanca y otra negra, una con guitarra a la espalda y otra, con caracolitos en el pelo. Dos niñas de ojos curiosos. Dos niñas que no hablan; ¡exclaman! Dos niñas que, de camino a su clase de música de los miércoles, deciden una tarde entrar en la tiendita de papel.

  • ¡Hola! ¿Te acuerdas de nosotras?
  • Pues…
  • ¡Te vimos en el mercadillo! —aquel en el que decidí ser feriante—. ¡Qué escaparate más chulo! ¿Podemos entrar?
  • Pues claro.

Empiezan a corretear: “¡Mira, los waaashis! ¡Mi prima tiene cinco! ¿Cuánto cuesta el más barato?”, pregunta como un riff de guitarra la niña guitarra. Trato de contestar, cuando suspira lentamente niña caracol: “Este cuaderno de lunares… ¡Es precioooso! Le voy a decir a mi padre que me dé la paga los miércoles y así…” Interrumpe su amiga: “¡Ven, ven! ¿Has visto los sellos? ¡Pero qué boniiiitos son!”

Les dejo que disfruten descubriendo las cosas atentas, mientras continúo con los pedidos, los correos, la merienda de la bimba… Pero es del todo imposible. Niña guitarra es una melodía de acordes mayores:

  • ¡¿Y esto qué es?!
  • Son siluetas de madera para decorar…
  • ¡Pero son maravillooosas! ¿Y esto?
  • Una plegadora. Se usa para encuadernar, también para plegar…
  • ¡Qué cosa tan bonita! ¿Y esos libros?
  • Son para colorear.
  • ¡OOOOH!

Niña caracol, mientras, sigue abrazada al cuaderno de lunares. Asiente con entusiasmo todo lo que su amiga señala, pero parece tener claro cuál es su cosa atenta más favorita.

  • Oye, ¿qué hora es?
  • Las seis menos cinco.
  • ¡Tenemos que irnos a clase!

Niña caracol dice adiós a su cuaderno, “la paga, le voy a pedir a papá la paga.” Niña guitarra se tropieza con la caja del papel italiano, “Ups, perdón, ¡pero qué papel tan increíble!” Salen de Atentamente agitando fuerte la mano, y todavía, desde el escaparate, se despiden una vez más.

Por ser ya casi de noche, destaca aún más la luz; la luz que desprenden, los miércoles de otoño, niña guitarra, y niña caracol.