Una decisión impopular

(Conversación telefónica con el gestorabuelo atentoporteador de táperes)

  • Es que con los libros no tengo este problema.
  • Ya, nena, porque tienen precio fijo. Pero, ese problema, en realidad, para ti es una ventaja porque tu washi es muy exclusivo, y lo exclusivo lleva otro precio.
  • Y encima, justo ahora, que la bimba cumple un año. Va a ser una decisión impopular.
  • ¡Precisamente! Con motivo del cumpleaños, se compra con más alegría. Y vas a hacer descuentos, así que, lo comido por lo servido.
  • Es que me sueño con las clientas atentas: entran felices, van como foguetes hacia la casita del washi tape, reparan en que han subido los precios, y puedo leer los subtítulos de por dentro de su cabeza: “Claro, así también me voy yo de vacaciones a Italia. Pues verás tú como le dé por ir a conocer al señor Kamoi.”
  • ¿A quién?
  • Al señor Kamoi. Es el japo fundador del washi. Se dedicaba a fabricar bobinas gigantes, y un día las cambió por los mini celos de papel de arroz, con dibujos bonitos y fácilmente removibles. Se lo saben todo, papá. ¿Pero no recuerdas la que se lió con el taller sopetón?
  • ¡Pues más a tu favor! Tus clientas ya lo conocen, lo adoran, y saben que el más bonito de toda la ciudad lo tienes solo tú.
  • Y que lo coloco precioso.
  • Y que lo colocas precioso.
  • Ya… La verdad es que este curso sube el alquiler del local, y la cuota de autónomos, he cambiado las bombillas a LED, y no veas la pasta que es lo del impuesto de basuras, y…
  • Y eres un negocio, nena. Y has construido una historia maravillosa en torno a tu tiendita de papel. Pero la historia y el negocio tienen que ir de la mano.
  • Vale.
  • En cuanto colguemos, te pones a cambiar precios.
  • Sí.
  • Que te comas las lentejas que te llevé la semana pasada.
  • Que sí.
  • ¿Vamos a por otro año?
  • ¡Vamos!
  • Y, nena. No olvides cuánto te queremos.
  • … (Y aquí, moqueando, empiezo a subir los precios del washitape)

Vacaciones en el país de la bimba

Como cada mañana, la nonna Marta se encarga de preparar el desayuno. “Aquí está la fruta, aquí, el queso, el jamón, el pan… ¿Tomará café, signorina?”, pregunta la nonna, paladeando cada palabra. “¡Ah, la focaccia! Se ha terminado. Arrivo súbito.” Pero entonces, aparecen unos nuevos clientes para desayunar, y comienza la letanía una vez más: “Aquí está la fruta, aquí…”

Ya me lo advierte Ana, su nuera, el día que llego a la casa rural: “La abuela te lo explicará todo. Todo-todo.” Y así es. Mientras prepara ceremoniosamente el capuccino, la nonna me describe el sendero que une Levanto con Bonassola, me aconseja tomar un barco para llegar a Santa Margherita Ligure por mar, me anima a visitar las bodegas de vermentino, a no perderme el festival de música napolitana que hay en la Piazza Maggiore…

Yo la escucho embelesada, esa señora tan mayor y tan despistada y tan resuelta y tan hermosa. Si supiera que elegí Cinque Terre como lugar de vacaciones porque salía en una lección del libro de italiano…

“Però Cinque Terre è veramente affascinante”, asegura la nonna Marta, capuccino eternamente en mano, mientras marcha al encuentro de mapas y folletos que refuercen sus palabras. Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola, Riomaggiore. Cinco tierras donde las casas, las viñas, los limoneros y el tren se ahorman a un territorio retorcido y apretado, de cepas plantadas en empinadísimas terrazas, hilvanadas con una malla similar a la que usan, justo en frente, para faenar: allá, los regalos del mar; acá, los de la vid.

Cazo mi café y le prometo que iré a Cinque Terre, pero que hoy solo quiero desayunar, y escribir postales frente al mar.

Al poco, llega una pareja con su bebé. “Buon giorno, signori. Aquí está la fruta, aquí…” Al reparar en el bebito, la nonna aparca de nuevo la retahíla:

  • E come si chiama?
  • Giulia.
  • È una bimba!!!

Y entonces, me derrito al escuchar la palabra mágica, y es cuando  que van a ser las vacaciones perfectas, estoy en el país de la bimba, de la bimba de papel.