Servilleta cumpleañera (y II)

SERVILLETA: Entonces, lo que quiero como regalo de cumple eees…

PAPELERA: Dilo rapidito que llevo una mañana preciosa: he ido a recoger la penúltima multa; luego a solicitar-pagar un duplicado del carné de conducir de cuando me mangaron la cartera; como la cosa se ha alargado, no me ha dado tiempo a comprar el tóner, y ya no me acuerdo si he fregado aquí o en mi casa de ladrillo.

SERVILLETA: En las dos, que eres mu repulía. ¿Y con ese duplicado puedes viajar around the world?

PAPELERA: Pues no. Para eso hay que solicitar-pagar un permiso especial.

– Pues ya lo estás pidiendo porque…

– Ay, qué confeti más bueno me hacía yo contigo.

– ¡Te vas de vacaciones!

– Voy a por la tijera ahora mismo.

– Que sí, chorlita, que mi regalo son vacaciones. Repite conmigo: va, ca…

– ¿¡Pero cómo me voy a ir de vacaciones!? ¡Si Atentamente no tiene ni un año! Sería una emprendedora irresponsable cerrando el negocio con la que está cayendo, la bimba es muy bebé, hay que hacer pedidos para la vuelta al cole, el atelier está pidiendo a gritos una buena limpieza, y y y…

– Haz maleta para 11 días.

– ¡11 días! ¡Auxilio! ¡La servilleta está completamente trastornada!

– Te vas a Italia.

– … Vale.

Así que, del 5 al 16 de agosto, me doy vacaciones de todo, también de servilletas. Me marcho cansadita y feliz, con ganas de que el viaje me canse y me descanse. Y mientras hago la lista de la maleta —en una servilleta— fantaseo con la cartoleria italiana que me quiero encontrar: cotilleo el escaparate, paseo despacio entre sus papeles, valoro la música, miro de reojo a la papelera, imagino si tendrá un blog que habla, si a la tienda le dirá también niña de papel, si se habrá ido de vacaciones, si será una papelera cansadita y feliz y afortunada, como yo.

Servilleta cumpleañera (I)

¡¿Un año?! Oigo visiones. Busco en el archivo, y sí, dice que ya ha pasado un año desde que escribí la primera servilleta, un poco antes de abrir Atentamente, para ir creando emoción-intriga-dolordebarriga ante la apertura de la tiendita de papel.

Es justo y necesario celebrar su primer cumpleaños de manera especial. Y mientras me planteo si contratar a Mario Testino para que haga unas foticos al blog… releo el servilletero entero.

¡No lo había hecho nunca! Recuerdo las primeras, escritas en el sofá de mi casa de ladrillo, servilletas-piloto en las que declaraba solemnemente las cosas importantes —”Atentamente es un modo de hacer las cosas, una forma de escoger papeles, sellos y tintas, una opción por ser amables tenderos, cordiales vecinos.”—

No entiendo a la gente que dice que no está bien reírse de sus propios chistes. A mí me hace muchísima gracia releer las servilletas de pequeñas catástrofes, como la del váter con delirios de grandeza, la puerta significada —esto es broma, querida, adoro todos tus portazos, gráciles y etéreos—, mis furias visigodas contra los iberdrolos, o los subtítulos que solo se leen por dentro del cerebro ante los de la peana.

Son muchas las servilletas que están garabateadas, de arriba abajo y aprovechando las esquinas, con las historias-regalo de los clientes atentos, los médicis, los romeros, enfáticos, callados… la corriente atenta. Me emocionan todas las servilletas donde aparecen los amigos, los abuelos atentos —”Nena, leo La Servilleta por el móvil. Pero no digas tacos.”—, y la abuelita Rosario —”Me gustan las naranjas y las pescadillas, si son pequeñicas.”— Su delirio, pinchado en el tablón del atelier, también cumple un año. Lo acaricio mucho. La recuerdo mucho.

Ya sé que hay blogs muy molones, con tutoriales que lo petan explicando cómo hacer scrap americano, encuadernación copta, o sellos al modo japonés. Le pregunto a la servilleta si quiere, como regalo de cumpleaños, un vídeo donde explique cómo imprimir facturas sin tóner. Se ríe, juguetona, y me responde, la muy cumpleañera, que su regalo será… Continuará.

Clienta callada y atenta

Reconocerás fácilmente a un cliente atento porque sonríe, pasea tranquilo, musita “ay, qué bonito”, silba, acaricia el pupitre, aprecia el olor de las flores…

A partir de estos rasgos comunes, el cliente atento se diversifica:

– Está el atento y enfático, que se despide agitando frenéticamente la mano y lanzándote besos.

– El atento y viajero, que se acuerda de la bimba en sus viajes, y envía postales atentas —la última, de N., desde el Algarve. Muito obrigada!—.

– El cliente atento y fotitos: “¡Mira lo que hice con tu papel!” Y te empieza a enseñar fotos y fotos y más fotos, —”Esta es la tortilla que hice anoche, ésta no, ¡ésta ésta!”—.

– El atento y generoso, que viene a comprar, y de paso, trae bombones, ilustracionesmagdalenas, tinteros para el pupitre, un cactus de crochet—”Ponlo junto al ordenador y el wifi, para amortiguar las ondas chungas”—.

… Y luego, está la clienta callada y atenta.

Fue de las primeras clientas verdaderas, porque al principio solo pululaban por la tienda clientes falsos: familia, amigos, que venían a dar sensación de que éste era un negocio que lo estaba petando. La clienta callada siempre llega sola, seria, susurrando un saludo huidizo. Al principio, compra lápices, lápices, montones de lápices. Cuando llegan las gomas de borrar de animalitos, también las lleva a pares: koalas y osos panda, ballenas y gatitos… Después, incorpora papel de origami; últimamente se decanta por los pliegos de Tassotti. No suspira, ni explica para qué quiere tanto lápiz ni tanta goma, no enseña fotos de las cosas que hace, y se marcha siempre apresuradamente, sin lanzar besos, ni dar saltitos.

Y sin embargo, sin embargo aprecio mucho a la clienta callada y atenta. Porque matiza al resto de clientes, porque viene desde el principio, porque su punto serio recoloca el mío chorlito. Hasta me gusta no poder nombrarla por su inicial, porque ni siquiera sé tu nombre, clienta callada y atenta. Por eso me gustas mucho… C. C. y A.

La suerte del guiri

Pone en el feisbuk de la tienda —¿o es en el tuiter, ¿o en los flyers?, luego lo miro—: “Atentamente es una tienda de papel soñada en viajes.” Y sí. La bimba se sueña mucho en papelerías francesas, en cartolerías italianas, por callejuelas vienesas, en viajes lentos, ligeros, la mayoría en solitario. Qué bien se está de guiri, turuteando por las calles, pasando de los mapas —que están mal hechos, como sabemos todo el mundo… todo el mundo que no los entendemos—, dejando que el azar te guíe, descubriendo lugares maravillosos, que parece que estaban siempre ahí, no haciendo otra cosa que esperarte.

“Qué suerte ser guiri”, pienso, cuando los veo llegar a la tiendita de papel. A todos los trae la serendipia, el hallazgo estrictamente azaroso, porque Atentamente no figura en guías ni mapas, e incluso algunos autóctonos se aturullan para localizarla.

En cambio, desde la Patagonia sabe llegar un viajero argentino, que está unos días por acá, la tienda se cruza a su paso, y desea llevar algunos regalos a su chica. O una señora, grandíííísima como toda Minnesota, que se pega al escaparate y decide entrar: “Busco cosas para mis nietos. Son 4 y 7 años. Y estudian español.” O una joven japonesa, que suspira por todos los rincones de la tienda. K. y J. descubren Atentamente durante los meses que aprenden español, y la víspera de regresar a América, vienen, tristes, a despedirse: “No hay una tienda como esta en nuestro país.”

También son americanas las dos chicas que entran, despistadas, curiosas, felices de ser guiris:

– Si necesitáis ayuda…

– ¿Sorry?

– ¿Can I help you?

– Oh, grasias. Es que hablamos pequeño español.

Qué suerte ser guiri, hacer tu propio mapa, ser tu propio guía, viajar despacio, viajar atento, perderse y dejarse encontrar por lugares tesoro, lugares atentos… lugares de papel.

Apéndice necesario para las guías de emprendimiento

– ¿Estás a dieta?

– No, soy emprendedora.

No lo pone en las guías de autoempleo, pero debería añadirse, a modo de apéndice: emprender te pone tipín. Entre los cabreos, las cagadas, las alegrías, las emociones… he hecho la operación bikini sin privaciones, al contrario, apretándome todo lo que me cabía y bebiendo como el padrino de las bodas de Caná.

Tampoco lo dice en las guías para un emprendimiento feliz, y la advertencia es necesaria: emprender te cansa una jartá. Me agoté menos subiendo el Kilimanjaro —por si algún incauto recién caído de Saturno no se ha enterado aún ¡de que yo! subí el Kilimanjaro—. Me levanto calculando las horas que faltan para acostarme. Es verdad que al llegar a Atentamente se me olvida: veo a la bimba y me pongo superfeliz. Incluso así, como dice mi querida P.: “Es que estar contenta todo el tiempo es mu cansao.”

Ergo… Emprender te vuelve un asocial: de casa a la tienda, de la tienda casa, ni ganas para socializar por la 2.0. te deja, con lo que yo me curraba mis estados del feisbuk, qué lástima de chiquilla… El día que decido hacer locuras y salir a cenar, o al cine —en horario infantil, claro, porque pagar para dormirse en el cine es de emprendedores gilipollas—… lo vivo con pasmo fascinado.

Una consideración que algunas emprendedoras hubiéramos agradecido escuchar: emprende cerca de tu peluquería de confianza. Porque vas a flipar con las canas que te van a salir en menos de un año. La última vez que me fui a teñir tuvieron que hacer doble ración del potingue maravilla, tal era el destrozo canoso.

También es cierto que si hubiera leído este apéndice, si en su momento hubiera tenido toda esta información, probablemente no hubiera dado el paso en el trapecio. ¿Y no existiría entonces Atentamente, no habría servilleta…? Pues bendita sea la locura, la inconsciencia, de la papelera emprendedora y atenta.